Mostrando entradas con la etiqueta Vida de Gracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vida de Gracia. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de enero de 2018

TODO CRECE AL MARGEN DE TU ESFUERZO

Mc 4,26-34
Es un misterio, y me lo he preguntado varias veces, que la semilla, hundida en la tierra, germina y crece sin saber por qué. Sabemos que hay explicaciones científicas de lo que sucede, pero en último término, ¿quién fabricó esa semilla para que germinará ella sola? Sí, tienen que darse unas condiciones, pero, dadas, nace y crece sin pedir permiso a nadie.

Hoy, Jesús nos habla, usando parábolas, del parecido del Reino de Dios:  «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».

También en nosotros se ha plantado esa semilla en la hora del Bautismo. Y en él hemos recibido la Vida de la Gracia, para que, en la medida de nuestro crecimiento y desarrollo humano, vayamos también creciendo en Gracia de Dios. Y lo hacemos sin darnos cuenta, sin percatarnos que la Gracia de Dios nos va haciendo mejores personas hasta el punto de darnos y sacrificarnos los unos por los otros. Es decir, amarnos.

Todo consiste en estar abiertos a esa Gracia que nos purifica y nos riega de santidad y buenas obras. Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, y cuando permanecemos en Él, estamos en el Camino, pero también en la Verdad, y eso florece la Vida dentro de nosotros. Una vida que, sin darnos cuenta, va moviendo nuestro corazón y transformándolo más generoso, más suave y desprendido.

Todo es Gracia y nada por nuestros méritos. Por eso, no caigamos en el error de pensar que las cosas suceden por nosotros y que se deben a nuestros méritos. Todo crece y se transforma al margen de nuestro esfuerzo, porque todo es Gracia de Dios.

miércoles, 2 de enero de 2013

LA VIDA DE LA GRACIA

EVANGELIO DE JUAN (1, 19-28). Hubo un hombre llamado...

Detrás de Juan viene Aquel que nos dará su propia vida. Fue enviado para darnos gratuitamente con su muerte esa Vida del Padre. Vida eterna y gozosa. Nuestro Padre Dios nos da su propia Vida, Vida de la Gracia, por los méritos de su propio Hijo, enviado para hacer esa Voluntad del Padre.

Y esa puerta de la Vida de la Gracia empieza por el Bautismo. Por él, somos revestido de la misma naturaleza divina que el Padre Dios, semejantes a Él, y heredero de su Gloria en Xto. Jesús. Nos quedamos perplejos y asombrados por tanta grandeza que no cabe dentro de nosotros mismos. Supongo que cuando decimos estas palabras estamos impulsados por el Espíritu Santo, porque se nos hace imposible entenderlo.

Juan nos anuncia este hermoso milagro y don de Dios. Él es el último profeta que nos proclama que estamos salvados en Xto. Jesús. Revestidos de su naturaleza divina, por obra y Gracia del Padre, que nos regala su propia Vida y nos hace, con su Hijo, coherederos de su Gloria. ¿Se puede entender esto?

Sólo dejándonos en Manos del Espíritu Santo podremos ir entendiendo la maravilla de Gracia que el Padre Dios nos ha dejado en su Hijo Jesús. Sólo revestido e injertados en Él y bañados de su Gracia por el Bautismo, seremos verdaderos hijos de Dios llamados a su presencia.

Pidamos al Padre que, abandonados en Manos del Espíritu Santo, empecemos este año abierto a la Vida de la Gracia que el Señor nos regala en el Bautismo, y que cada día seamos capaces de renovarla en la Eucaristía alimentados por el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús. Amén.

lunes, 15 de noviembre de 2010

NO SON COSAS DEL PASADO, PASAN AHORA.



No son cosas que ocurrieron en una época pasada, o historias que no sabemos si han ocurrido, son cosas que están pasando en estos momentos, y que seguirán pasando hasta que el mundo acabe, porque el hombre de buen gusto responde a la llamada de DIOS.

Y responde porque la pregunta que guarda en lo más profundo de su corazón es alcanzar la felicidad eternamente, pues para eso ha sido creado y a eso está llamado. Es, por lo tanto, lo lógico que responda afirmativamente y si no lo hace hay que pensar que está esclavizado y sometido por otros dioses cuyos reinados sólo están en el mundo y perecerán como él.

Porque el mundo es caduco y finito. Sí nosotros aspiramos a un mundo eterno y feliz perpetuamente, tenemos que concluir que este mundo no es nuestro destino y que de no descubrirlo significa estar ciego y desviado, por lo tanto, como expresamos coloquialmente, no tener buen gusto o tenerlo enfermo.

Les dejo con una reflexión que nos puede ayudar a este respecto:

 
Sábado, 6 de Noviembre de 2010
Santa María, Reina de los mártires
"También fueron detenidos siete hermanos con su madre, y el rey quiso obligarlos, haciéndoles azotar con correas de cuero, a comer carne de cerdo prohibida por la Ley. Uno de ellos tomó la palabra en nombre de todos y dijo: «¿Qué exiges y qué quieres saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que desobedecer a la Ley de nuestros padres». Furioso, el rey ordenó poner en el fuego ollas y sartenes. En cuanto estuvieron calientes, ordenó que le cortaran la lengua al que había hablado en nombre de todos, que le arrancaran el cuero cabelludo y le cortaran las extremidades ante los ojos de sus hermanos y de su madre… Mientras el humo de la sartén se expandía a lo lejos, sus hermanos y su madre se daban ánimo unos a otros para morir valientemente, diciendo: «El Señor Dios que nos mira tendrá seguramente piedad de nosotros, según la palabra de Moisés en el Cántico que pronunció frente a todos. Allí se dice: Tendrá piedad de sus servidores» … Después de él trajeron al sexto. Cuando estaba a punto de morir, dijo: «No te hagas ninguna ilusión, porque si hemos atraído sobre nosotros estas desgracias y si nos tocan ahora pruebas poco comunes es porque pecamos contra nuestro Dios. Pero tú, que te atreves a hacerle la guerra a Dios, no creas que quedarás sin castigo». ¡Esa madre que vio morir a sus siete hijos en el transcurso de un solo día fue realmente admirable y merece ser famosa! Lo soportó todo sin flaquear, basada en la esperanza que ponía en el Señor… Al último murió la madre, después de sus hijos."
(2 Macabeos 7,1-41)

El ser humano es un ser religioso por naturaleza, crea o no crea en Dios. Pues si dice ser ateo, otras cosas o personas o el mismo, se colocarán en el lugar de Dios: Dinero, poder, sexo, juego … Pero lo admita o no siempre tiene un dios. Y cuando este dios no es el Dios verdadero es capas de cualquier cosa por “adorarlo”, aún hacer sufrir a los demás por conseguirlo.

Este domingo XXXII del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos propone meditar sobre el misterio del martirio, de la muerte y la resurrección. Y para ello la Liturgia de la Palabra comienza con esta situación narrada en el segundo libro de los Macabeos. Lectura que, si vivimos “desprevenidos” nos puede resultar extraña … Una madre que anima a sus hijos a dar la vida por Dios. El mundo, en medio de tanto ruido mediático, nos ha hecho creer que el martirio es cosa de siglos pasados, es cosa de las brumas de la historia.

Pero si no vivimos desprevenidos (o distraídos, o engañados…) habremos leído que en esta semana un ataque terrorista mató a 58 católicos en un ataque terrorista en al Catedral de Bagdad en Irak, de los cuales tres eran Sacerdotes. Y unos días después la misma organización criminal amenazó al Vaticano y a las Iglesias Coptas de Egipto con matar cristianos “allí donde estén”. Hubo una discreta difusión de la primera noticia y casi nula de la segunda … A occidente no le importa ni el mensaje ni la seguridad de los cristianos. Y si estos son católicos menos aún.

Debemos tomar conciencia de que los tiempos del martirio continúan. A tal punto ha sido esto verdad, que el Siglo XX tuvo más mártires cristianos, es decir que murieron a causa de su fe, que todos los siglos anteriores. Y el Siglo XXI sigue la misma curva ascendente.

¿Porqué da la impresión de que a los católicos de occidente nos resulta lejana esta realidad? Porque nos hemos dejado diluir, no todos obviamente pero si demasiados, por una cultura y una sociedad que le escapa al sacrificio, al sufrimiento, al dolor, a la cruz, a la muerte …

La sociedad paganizada modernista nos embrutece continuamente tratando, y consiguiendo, de convencernos de que lo más importante es divertirse, pasarla bien, disfrutar, satisfacerse … Un mundo que le encanta asustarse con cuentos de terror hollywoodenses y cómodamente sentados en butacas de cine pero que en realidad vive aterrorizado por la realidad ineludible de la muerte. Donde halloween y su supuesto “reírse de la muerte” no es más que una manera de distraernos de la Santidad y la Oración por los difuntos que nos enseña la Iglesia. El mundo ni quiere orar ni quiere ser santo ni quiere saber nada de la muerte, sólo le importa el aquí y el ahora. (Leer 2 Timoteo 3)

Y por otro lado, organizaciones criminales que “dicen” ser creyentes, matan salvajemente a aquellos que se interponen en su camino por conseguir el poder y el dinero, o pensando que glorifican a Dios (cfr. Juan 16,2-3),  por medios aberrantes como un atentado en plena Misa.

¿Cómo no va a sonarnos extraña esta lectura propuesta? Esa madre admirable y famosa debe ser un ejemplo para nosotros. Pues quizá en nuestra realidad no tengamos la Gracia (sí, la “Gracia” he dicho) de defender nuestra fe con nuestra propia sangre, pero día a día el cristiano que desee realmente ser Santo (de lo contrario no serás nada…) vive lo que Juan Pablo II y otros llaman “el martirio de lo cotidiano”. Porque si de algo podemos estar seguros es que estos últimos tiempos son los de las decisiones importantes y radicales: Si, No. Fríos, Calientes. Lo tibio, lo del medio, lo que ni es fu ni fa, en definitiva lo mediocre, no es pasta de santo ni de demonio (Apocalipsis 3,16). Basta ya del mediocre mundanismo-cristianizado o cristianismo-mundanizado de bautizados que no son ni chicha ni limonada.

Ser católico en el Siglo XXI implica una cotidiana dosis de martirio, de sufrimiento, de renunciar y morir, como dice San Pablo, al hombre viejo (cfr. Col 3,9-10). Morir a ciertos programas, a ciertas amistades, a ciertas lecturas, a ciertos pasatiempos, a ciertas músicas, a ciertos pensamientos, a ciertas miradas, a ciertos deseos, a ciertos objetivos y a ciertos medios por alcanzarlos.

Y como madres y padres debemos, como aquella madre del Antiguo testamento, ayudar a nuestros hijos a fortalecerse en ese mismo “martirio de lo cotidiano”. Debemos ayudarlos cada hora y cada día a no dejarse envolver por las vanidades, las esclavitudes y la mediocridad imperante en la sociedad actual. Somos discípulos de un Maestro perseguido, calumniado y martirizado hasta morir. ¿Qué esperamos para nuestras vidas si queremos seguir sus huellas manchadas de sangre? El nos lo advirtió: “Quien quiere seguirme tome su cruz de cada día” (Lucas 9,23), asuma el martirio de ser cristiano en lo cotidiano.

Que nuestra Madre Santísima, fiel a su Hijo aún al pie de la Dolorosa y cruenta Cruz donde fue clavado por amor a todos nosotros, Pura, Santa e Inmaculada Virgen María, Reina de los mártires, proteja a los cristianos del mundo entero y a todos nos ayude a crecer en santidad y a nunca jamás renegar de nuestra fe, cualquiera sea la circunstancia que el Padre Eterno permita en nuestra vidas.

Que Dios los bendiga y Santa María les sonría.
- Claudio* -

sábado, 6 de noviembre de 2010

LA DEVOCIÓN A LOS DIFUNTOS en los primeros cristianos


"Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido…? Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en su templo."
(Apocalipsis 7,13-15) 
 
HONOR Y RESPETO A LOS DIFUNTOS
La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.
El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.
Este respeto  se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.
Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.
En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.
Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.
 
LAS CATACUMBAS
En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones,los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.
Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.
Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución.
Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.
Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.
Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.
En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios?
Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.
Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.
Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.
Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.
 
FUNERALES Y SEPULTURA
Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos.
De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos.
Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo.
Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.
San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).
Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.
Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.
 
LOS DIFUNTOS EN LA LITURGIA
Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos.
Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —mementode los difuntos.
Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias.
La Iglesia hoy en día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos

viernes, 27 de agosto de 2010

VIVIR PARA LA VIDA


Toda relación tiene un fundamento y si ese fundamento no la fundamenta, valga la redundancia, pronto pierde el sentido y la razón de vivirla. Esto, lo digo, porque el creyente en JESÚS tiene que buscar las razones, o mejor dicho, la razón, existe sólo una, por la que le sigue y cree en ÉL.

Si esto no es así, estamos perdiendo el tiempo, y, sin pérdida ninguna, ponte presto a caminar y a buscarlo para encontrarte con ÉL seriamente. Es la historia y el caso ocurrido hace, aproximadamente unos dos mil años, a Natanel. Buscaba y se hartó de buscar. Ya nada le convencía y todo le olía a más de lo mismo, hasta que topó con JESÚS, el HIJO de DIOS, como el mismo experimentó.

Si realmente no buscamos bien y en donde debemos, corremos el riesgo de buscar en vano y cansarnos de tanta búsqueda. Lo primero es clarificar qué buscamos y lo segundo, clarificado lo primero, poner manos a la obra. Definir lo primero no es tarea difícil, porque todos buscamos lo mismo: "La vida", porque la vida es lo que nos hace inmensamente feliz.

"Siempre que haya vida hay esperanza", frase que bulle en nuestra memoria y a la que todos nos agarramos fuertemente. La felicidad pasa porque siempre haya vida y vida gozosa y plena. ¿Quién no quiere vivir plena y eternamente?

Pues bien, definida la meta lo importante es ver la manera de alcanzarla. Por experiencia, tengo mis años bien vividos, y por la de todos ustedes, sabemos que el mundo no nos la ofrece. Sí, hay destellos de momentos felices, pero ni son plenos ni son eternos. Tal como vienen se van. Tan fugaces que nos dejan con más sed y hambre de felicidad. En cierto sentido, diríamos que todo esto nos hace más infeliz.

El primer interrogante, y el único, que debemos destapar es la angustia de la muerte. Pienso, ahora después de tanto camino, que, de niño, ese pensamiento fue mi primera llamada a acercarme al SEÑOR. No le encontraba sentido a la vida si existía la muerte. Tenía que haber una explicación o, por el contrario, este mundo era un absurdo tan amargo y trágico para unos y más llevadero para otros, pero siempre amargo.

Y, después de largo tiempo, he ido comprendiendo que lo que ocurre es que no hay muerte. La muerte es un invento de la desesperanza y del hombre que la pierde. La muerte es la justificación de la falta de fe y la entrega a las pasiones de esta efímera vida. La muerte es el resultado que el hombre ciego, perdido y agnóstico ha inventado para justifica su triste paso por este mundo.

Porque mi Bautismo rompe con la muerte y me hace nacer a la verdadera vida. Antes, había nacido a la vida herida por el pecado, pero ahora nazco a la vida verdadera y plena eternamente. La muerte física es algo natural y necesario, pero la verdadera muerte, la que nos hará morir de verdad es la muerte del alma, porque ella nos hará perder la verdadera y eterna vida.

Prepararnos para la verdadera vida, la que durará siempre, es la tarea a emprender, y esto debe ser siempre el tema fundamental de nuestras "RELACIÓNES Y COMENTARIOS". No caigamos en el peligro de dejarnos llevar por la corriente de lo que no es normal, pero se ha hecho corriente. Porque lo normal es hablar de cómo salvar mi vida y guardarla para siempre. Sí, ésta que tengo ahora y que me ha sido dada para salvarla, ¿cómo?: "alcanzando la santidad" como lo han hecho otros, de forma especial, María, nuestra Madre.

Una Madre siempre nos acompañara y enseñará a saber hacerlo. Y la primera lección que nos da es no quedarnos solos, ir juntos, acompañados: "vivir en comunidad". Y esta forma virtual de compartir por medio de los blogs es un camino que nos puede servir.

Por lo tanto, no perdamos lo esencial y fundamental porque nos podemos contagiar y perder. Todo lo demás es necesario y bueno compartirlo, pero como complemento que nos pueda enriquecer y ayudar, más lo esencial es hablar de salvar nuestra vida, y eso sólo se consigue hablando de Quién nos ha prometido salvarla. No es que lo demás no interese, pero son añadidura a todo esto, porque aquello sin esto no tiene sentido.

Para que cuidar nuestro cuerpo si lo importante es el alma. Primero el alma y luego, por añadidura el cuerpo. La muerte es la plenitud de la vida. El hombre va de menos, desde que nace, a más, perfeccionándose, colaborando con su propio proyecto al que está llamado. Está llamado a ser mejor, a perfeccionarse, y, por lo tanto, debe corregirse e ir quitando todo lo malo que va apareciendo en su vida para dejar lo bueno, lo que construya, lo que una y lo haga más perfecto.

Y todo esto necesita oración, momentos de meditación y reflexión que nos hagan encontrar al verdadero JESÚS y al que realmente queremos seguir. No por palabras bonitas, no por acogidas y servicio el hombre se encontrará con JESÚS. Sólo lo hará, como Natanael, cuando se deje interrogar y perciba que su vida es para vivirla eternamente, no para morir. Y eso es algo propio y personal.