| Jn 15, 1-8 |
Hay momentos en la vida en que nos sentimos capaces de todo, hasta el extremo de creernos que el mundo está en nuestras manos. Llegamos incluso a pensar que nos bastamos por nosotros mismos.
—Esa fue la experiencia que Julián —dijo Manuel— experimentó en cierto momento de su vida.
Pero todo cambió repentinamente sin apenas advertirlo. Todo se hundió bajo sus propios pies y su vida se vino abajo.
—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntaron varios tertulianos.
Manuel, con voz templada y serena, dijo.
—Lo que normalmente suele ocurrir cuando uno vive de manera autosuficiente y confía únicamente en sus propias fuerzas. …
Los miró con dulzura y con una leve sonrisa, y añadió.
—Somos de barro y, por muy bien que nos vayan las cosas, cualquier circunstancia basta para derrumbar nuestros planes…
Guardó un breve silencio y, observando sus reacciones, agregó.
—Errores, enfermedad, accidente, traición, descuido, etc. Caminamos al filo de la navaja porque las tempestades, antes o después, llegan para todos; si no está apoyada sobre roca, se derrumbará.
Algunos agacharon la cabeza; otros fruncieron el ceño extrañados y uno se levantó y preguntó.
—¿A qué roca se refiere? No se puede luchar contra las tempestades de la vida y, hagas lo que hagas, sucumbes.
Manuel, sin pestañear y dejando los ojos fijos en él, respondió.
—Sí, la vida se hundirá ante la tempestad, pero no tu esperanza. Saber que tras los avatares y peligros de esta vida hay otra te llena de paz y fortaleza. Y ves lo que sucede a tu alrededor de otra manera…
Hizo una pausa, tomó la Biblia en las manos y comentó.
—Hay una gran diferencia entre caminar por este mundo con las cosas que te ofrece el propio mundo y otra al hacerlo injertado en el Señor…
Entonces, indicando el evangelio de Juan 15, 1-8, leyó:
—En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador». A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto…
Siguió leyendo y, al terminar, agregó.
—El Señor nos invita a sumergirnos en el misterio de cómo nos unimos a Él y al Padre: «Yo soy la verdadera Vid, y mi Padre es el labrador».
No se trata de producir mucho ni de presentar una buena cuenta de resultados. Se trata de alimentarnos de su savia, de permanecer unidos a Él en todo lo que la vida nos trae, tanto en la alegría como en la prueba. Solo así el fruto nace casi sin darnos cuenta.