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jueves, 23 de julio de 2026

SARMIENTOS Y VIDES

Jn 15, 1-8

Hay momentos en la vida en que nos sentimos capaces de todo, hasta el extremo de creernos que el mundo está en nuestras manos. Llegamos incluso a pensar que nos bastamos por nosotros mismos.

—Esa fue la experiencia que Julián —dijo Manuel— experimentó en cierto momento de su vida.

Pero todo cambió repentinamente sin apenas advertirlo. Todo se hundió bajo sus propios pies y su vida se vino abajo.

—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntaron varios tertulianos.

Manuel, con voz templada y serena, dijo.

—Lo que normalmente suele ocurrir cuando uno vive de manera autosuficiente y confía únicamente en sus propias fuerzas. …

Los miró con dulzura y con una leve sonrisa, y añadió.

—Somos de barro y, por muy bien que nos vayan las cosas, cualquier circunstancia basta para derrumbar nuestros planes…

Guardó un breve silencio y, observando sus reacciones, agregó.

—Errores, enfermedad, accidente, traición, descuido, etc. Caminamos al filo de la navaja porque las tempestades, antes o después, llegan para todos; si no está apoyada sobre roca, se derrumbará.

Algunos agacharon la cabeza; otros fruncieron el ceño extrañados y uno se levantó y preguntó.

—¿A qué roca se refiere? No se puede luchar contra las tempestades de la vida y, hagas lo que hagas, sucumbes.

Manuel, sin pestañear y dejando los ojos fijos en él, respondió.

—Sí, la vida se hundirá ante la tempestad, pero no tu esperanza. Saber que tras los avatares y peligros de esta vida hay otra te llena de paz y fortaleza. Y ves lo que sucede a tu alrededor de otra manera…

Hizo una pausa, tomó la Biblia en las manos y comentó.

—Hay una gran diferencia entre caminar por este mundo con las cosas que te ofrece el propio mundo y otra al hacerlo injertado en el Señor…

Entonces, indicando el evangelio de Juan 15, 1-8, leyó:

—En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador». A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto…

Siguió leyendo y, al terminar, agregó.

—El Señor nos invita a sumergirnos en el misterio de cómo nos unimos a Él y al Padre: «Yo soy la verdadera Vid, y mi Padre es el labrador».

No se trata de producir mucho ni de presentar una buena cuenta de resultados. Se trata de alimentarnos de su savia, de permanecer unidos a Él en todo lo que la vida nos trae, tanto en la alegría como en la prueba. Solo así el fruto nace casi sin darnos cuenta.

miércoles, 6 de mayo de 2026

SARMIENTOS Y FRUTOS

Jn 15, 1-8

Ni se había abonado ni cuidado lo necesario para que la tierra estuviese en condiciones de dar frutos. El suelo estaba seco, y las semillas no encontraban alimento para extenderse, arraigar y germinar.

Un año más, la mirada de Antonio se perdía en la lejanía de aquella finca estéril y arruinada.

Sabía cuál era el remedio, pero no encontraba la motivación para aplicarlo. Le costaba permanecer atento a lo que la tierra necesitaba.

«Esa es la razón de la falta de frutos», pensó.

De regreso al pueblo, pasó por la terraza y decidió tomar un café.

—Buenos días, Manuel, a tomar un cafelito en la terraza de Santiago.

Antonio quedó pensativo. Sabía lo que tenía que hacer, pero no se sentía con fuerzas.

También nosotros estamos llamados, como la tierra, a dar fruto.

Hay momentos en la vida en los que es necesario podar. Los sarmientos nos hablan de unión, permanencia y dependencia.

El problema surge cuando vivimos como si no necesitáramos la savia que nos da vida, o cuando buscamos frutos que no nacen de la verdadera vid.

Antonio guardó silencio. Se sabía débil, pero empezaba a comprender que cada poda lo acercaba más a ser, como Jesús, don para los demás.

miércoles, 21 de mayo de 2025

LA VID Y LOS SARMIENTOS

A nosotros nos toca ser sarmientos y nos será imprescindible – para tener vida – estar unidos a la Vid. Él, la Vid, es nuestro Señor, y nosotros los sarmientos. Una comparación que nos deja meridianamente claro que sin el Señor nunca daremos frutos.

Frutos de verdadero amor, gratuitos y sin condiciones. Porque, esa es la esencia principal de la Vid, nos alimenta gratuitamente, y nos da vida de forma incondicional y sin exigencias. Solamente, nos pide amar, es decir, dar frutos de amor como Él nos lo da: sin condiciones y gratuitamente.

De modo que queda muy claro. Tenemos que permanecer unidos al Señor para que nuestra vida sea fecunda y dé frutos. Si nos falta ese alimento – Eucaristía – quedaremos seco y terminaremos en el fuego eterno. Nuestros frutos dependerá de nuestro unión con el Señor.

Él es esa savia Eucarística que nos da la Gracia para convertir nuestras obras, eliminando toda cizaña, en frutos de verdadero amor. Perseveremos, pues, en permanecer siempre unido al Señor.

miércoles, 10 de mayo de 2023

DAREMOS FRUTOS EN LA MEDIDA QUE ESTEMOS INJERTADOS EN JESÚS.

Lo dice claramente Jesús: (Jn 15,1-8): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy… Termina tú de leerlo, es de gran importancia.

De ahí podemos deducir y darnos cuenta de la importancia de permanecer en el Señor. ¿Y cómo?, puede ser la pregunta que inmediatamente suscita nuestro corazón. La respuesta viene a descubrirnos la necesidad vital de los Sacramentos. Precisamente en la Eucaristía, la reconciliación (confesión) fortalecidos en la oración y en la comunidad parroquial o grupos.

Digamos que es el campo para el cultivo de nuestra perseverancia y crecimiento en la fe que concluirá con dar frutos. Esos frutos que, por la Gracia del Espíritu Santo, dará nuestro injerto en el Señor. Su presencia será el abono, el agua y la vida para que nosotros, humildes sarmientos, injertados en Él demos esos frutos de vida eterna. Tengamos siempre eso presente en nuestra vida. Nuestro camino tiene que ir unido al Señor para que como el sarmiento se une a la vid, podamos dar verdaderos y buenos frutos de amor.

jueves, 23 de julio de 2020

PERMANECER Y DAR FRUTOS

Unidos a Jesús daremos mucho fruto. Lee, medita y comparte el ...
Juan 15, 1-8
Seguir a Jesús es permanecer en Él. Y permanecer en Él, es estar a su lado siempre. No un rato o unos momentos concretos y especiales, sino "Siempre". Porque, permaneciendo siempre en Él es la única forma de poder dar frutos, buenos frutos. Porque, no se trata de dar simplemente frutos, sino buenos y santos frutos. Y eso solo se puede conseguir permaneciendo en el Señor. ´

Él es la verdadera Vid, y su Padre es el Labrador. Solo con ellos podemos dar esos buenos frutos a los que hemos aludido y que se espera de cada uno de nosotros. Así nos lo dice el Señor: Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.

Nuestro camino y dirección ha quedado clara y concreta. Sin permanecer en Jesús, no solo nos será difícil, sino imposible dar frutos. Por lo tanto, la única solución es permanecer en el Señor, y eso nos descubre la necesidad de la oración, la necesidad de la Eucaristía, todo lo frecuente que podamos, y la necesidad de la reconciliación que, nuestras debilidades y pecados, nos demandan para estar unidos a nuestro Padre Dios.

Pero, también, la necesidad de ir junto a otros, en comunidad, compartiendo nuestra fe y fortaleciéndola, porque, al compartirla y escucharla, nuestra fe se fortalece. Y es cuando la siembra de nuestro corazón, abriéndose a la escucha de la Palabra, vislumbra sus propios frutos al darse, al ofrecerse, al despojarse y al ofrecerse generosamente y gratuitamente al servicio para el bien de los demás. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

VID Y SARMIENTO

(Jn 15,1-8)
Sabemos que el sarmiento da fruto en cuanto esté unido a la vid. Si deja de estarlo, se secará y no dará fruto. De igual forma, nosotros tendremos que estar unidos al Señor para dar frutos. Y estar unidos al Señor es dejarnos intimar por el Señor e injertarnos en Él. Tenemos que tener claro que sin el Señor nada somos ni nada podemos hacer.

Ese es el secreto, permanecer en el Señor. Sin embargo, también es lo difícil y la lucha de cada día. La pregunta es: ¿Cómo lograrlo y cómo hacerlo? ¿Qué hacer para permanecer en el Señor? Permanecer en alguien significa no perderlo de vista y estar unido a él, y eso consiste en tenerlo presente en cada instante de nuestra vida. Permanecer en el Señor significará estar unido a Él a través de los Sacramentos. De manera especial en la Eucaristía y la Penitencia, y con la oración, tanto personal como comunitaria.

Permanecer en el Señor significa perseverar en la unidad con los hermanos en la fe y, apoyados en el Espíritu Santo, participar en las tareas tanto apostólicas como asistenciales en la medida de nuestras posibilidades. Permanecer en el Señor significa escuchar su Palabra para tratar de vivirla y llevarla a la vida de cada día. Permanecer en el Señor significa que esa unidad con Él dé frutos, que por su Gracia, serán para su Gloria.

Permanecer en el Señor es tomar conciencia que sin Él no podremos hacer nada, y que necesitamos la constante oración para que, llenos de su Gracia, podamos crecer en el amor y la caridad. Y eso sólo se logra estando ahí, presente y en su presencia. Pidiéndoselo, pues nos lo ha dicho Él: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. 

jueves, 23 de julio de 2015

MORIR EN LA BESANA PARA DAR FRUTOS


Jn 15,1-8

Un grano de trigo que cae en la besana (labor de surcos paralelos que se hace con el arado) muere, y lo hace en el anonimato. Es decir, podemos entender que fracasa, que no se sabe más de él. Pero su muerte da paso a una espiga y en ella se encontrará fruto.

Quizás nuestras vidas deben hacer el mismo recorrido. Nuestra siembra consiste en vivir el amor al estilo de Jesús, porque podemos vivirlo a nuestro estilo. De hecho muchas veces lo hacemos cuando interpretamos la siembra a nuestra manera y según nuestra forma de cultivar. Quizás el abono que mezclamos con el estiércol es el pensado y elegido por nosotros, y la acción del Espíritu va por otro lado. ¿Escuchamos?

Quizás el agua de riego es la nuestra, pero no la de la Gracia de Dios. Posiblemente, a la hora de cultivar vamos pensando más en nuestros propios frutos que en los frutos que se derivan de la siembra del amor. Del verdadero amor. Del Amor que plantó Dios en nuestros corazones y que Jesús nos enseña con su Vida y su entrega plena.

Un amor que se da sin contraprestaciones; un amor que se entrega sin nada a cambio; un amor que escucha y comprende; un amor misericordioso, paciente y generoso. Un amor que muere poco a poco para que la semilla viva, nazca y dé frutos. Un amor olvidado, fracasado, perdido y aparentemente inútil. ¿Dónde vemos esa clase de amor que nos pueda iluminar?

¿No es la Cruz un signo de Amor pobre, humilde y abandonado? ¿Acaso fue Jesús vitoreado y enaltecido en la Cruz? ¿O por el contrario fue abandonado, injuriado, ridiculizado, olvidado y objeto de mofa? ¿Qué podemos decir al respecto? ¿Triunfó o fracaso? Supongo que todos estaremos de acuerdo que fue un gran fracaso. Sin embargo, ¿ha dado frutos? ¿Cuál es tu respuesta?

Es evidente que quién escribe esta humilde reflexión es, al menos, un intento de brote pobre y sencillo de fruto. Eso es lo que se esfuerza en ser. Posiblemente inmaduro, con muchas partes tocadas, podridas, pero en definitiva, fruto. Un fruto que, a pesar de no estar maduro ni en buen estado, se sabe bien cultivado y tratado por el mejor de los Labradores. Un fruto que es consciente que puede madurar y ser útil para que otros lo aprovechen por la Gracia de Dios.

Y en esa esperanza, abiertos a tu Gracia, seguimos en el camino aguardando, a pesar de las tempestades y debilidades, tu venida y tus cuidados, para presentarte nuestro débil y frágil esfuerzo en el deseo de que puedas encontrar los frutos que Tú esperas de cada uno de nosotros. Perdona Señor nuestros pecados y, en tu Misericordia, danos tu salvación.

domingo, 3 de mayo de 2015

¡QUÉ FORMA DE HABLAR TAN CLARA!

(Jn 15,1-8)


No sé lo que me ocurre, pero me quedo maravillado por la claridad de las Palabras de Jesús. No puedo ni terminar el pasaje evangélico, porque tan solo con sus primera Palabras me quedo asombrado y surge en mí estos deseos irrefrenables de expresar lo que siento.

He leído este pasaje muchas veces, y nunca, igual que el de ayer, he experimentado, al menos no lo he advertido, esta sensación de claridad, de seguridad y de grandiosa revelación que nos hace el Señor. Sin lugar a duda que Él es la Vid. Lo hemos repetido muchas veces a lo largo del año. Sin el Señor no somos ni podemos hacer nada. Y, ¡claro también!, que su Padre es el Viñador. Todo sarmiento que no da fruto en el Señor, es cortado, más el que da fruto se limpia para que dé más frutos.

Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.

Son Palabras del Señor. Palabras tan claras que no dan lugar a ninguna duda. Y no son Palabras que dijo ayer, sino que son Palabras que se actualizan y las dice hoy. A ti y a mí, y a todos los que quieran escuchar. Escucha: Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.

No se puede hablar más claro. Está dicho todo, y los que creemos en Él seguimos adelante contra viento y marea, porque Jesús es el Señor, la Vida Verdadera en la que, injertados podemos dar frutos. Porque esa es la Gloria del Padre, que demos muchos frutos y seamos discípulos de su Hijo Jesús.

Tú, Señor, eres el Camino, la Verdad y la Vida; Tú, Señor, eres la Fuente inagotable de Vida y Felicidad Eterna; Tú, Señor, eres la Vid Verdadera en la que, injertados, podemos dar frutos tal y como tu Padre espera de los que te seguimos.

Y esa es nuestra esperanza, que a pesar de nuestra condición humana, débil y pecadora, en Ti, Señor, podamos ser purificados y fértiles para dar frutos. Esos frutos que tu Padre quiere y espera. Amén.

miércoles, 1 de mayo de 2013

NECESITADOS DE JESÚS

(Jn 15,1-8)


El gran error del hombre es creer en sus propias fuerzas y pensar que solo él se basta para conseguir la felicidad que busca. El gran error del hombre es creer que por él mismo puede alcanzar su deseo de felicidad sin necesidad de ayuda. Pero, el peor de todos los errores es creerse suficiente y capaz de dirigir su vida hacia la felicidad rechazando a Jesús, el Señor.

No hay nadie más necio que aquel que da la espalda a Jesús y se erige en señor de sí mismo. Su vida queda estéril y sin sentido y su pobre esperanza termina en este mundo. Un mundo que cuenta sus días más de tristeza que de felicidad. Un mundo donde la esperanza se convierte en desesperanza. Un mundo donde las apariencias e hipocresías falsean la vida y siembran la muerte.

Y tras el error, el pecado, la mayor esperanza del hombre es Jesús de Nazaret. Injertados en Él nada tenemos que temer, y permaneciendo en Él todo camino será allanado y superado hasta alcanzar la paz y felicidad por él prometida. En Él daremos frutos, frutos de amor del que este mundo está necesitado y por los que todos los hombres alcanzaran la paz y la justicia.

Pidamos al Espíritu Santo que nos dé la fortaleza de agarrarnos a su Palabra: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».