miércoles, 6 de mayo de 2026

SARMIENTOS Y FRUTOS

Jn 15, 1-8

Ni se había abonado ni cuidado lo necesario para que la tierra estuviese en condiciones de dar frutos. El suelo estaba seco, y las semillas no encontraban alimento para extenderse, arraigar y germinar.

Un año más, la mirada de Antonio se perdía en la lejanía de aquella finca estéril y arruinada.

Sabía cuál era el remedio, pero no encontraba la motivación para aplicarlo. Le costaba permanecer atento a lo que la tierra necesitaba.

«Esa es la razón de la falta de frutos», pensó.

De regreso al pueblo, pasó por la terraza y decidió tomar un café.

—Buenos días, Manuel, a tomar un cafelito en la terraza de Santiago.

Antonio quedó pensativo. Sabía lo que tenía que hacer, pero no se sentía con fuerzas.

También nosotros estamos llamados, como la tierra, a dar fruto.

Hay momentos en la vida en los que es necesario podar. Los sarmientos nos hablan de unión, permanencia y dependencia.

El problema surge cuando vivimos como si no necesitáramos la savia que nos da vida, o cuando buscamos frutos que no nacen de la verdadera vid.

Antonio guardó silencio. Se sabía débil, pero empezaba a comprender que cada poda lo acercaba más a ser, como Jesús, don para los demás.

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