miércoles, 8 de abril de 2026

PENSÁBAMOS QUE ERA EL LIBERTADOR

Lc 24, 13-35

Sucede que muchas veces, distraídos, no nos damos cuenta de lo que está a nuestro lado. Es cierto que en algunas ocasiones pasamos al lado de un conocido y no le saludamos. La razón es que no nos hemos dado cuenta de su persona.

—¿Alguien de ustedes ha vivido esta realidad que nos ocurre de vez en cuando? —preguntó Manuel a los tertulianos.

Algunos levantaron la mano; otros lo confirmaron levantando el dedo pulgar, pero Florencio se levantó y dijo:

—Puedo dar testimonio de eso. Me sucedió con un amigo al que no saludé porque pasé por su lado y no lo vi. Y le costó mucho entender que no me había dado cuenta.

Manuel, que era quien había desarrollado este pensamiento, se levantó y, con voz tenue pero firme, añadió:

—Apegados a las cosas de este mundo, nuestros ojos quedan cerrados a la luz de lo divino, del amor fraterno y de la verdad. Absortos en nuestras expectativas y limitaciones, no percibimos que caminas a nuestro lado.

Hizo un breve descanso y, con mucha delicadeza, continuó:

—Lo que nos sucede a nosotros también les sucedió a aquellos dos discípulos que decepcionados iban de regreso a Emaús.

Fijó sus ojos en sus compañeros tertulianos y agregó:

—Esperaban que Jesús liberara a Israel del yugo romano y, al parecer, estaban ya en el tercer día y no sucedía nada. La resignación se había apoderado de ellos.

Entonces, abriendo la Biblia que tenía a mano, leyó el evangelio según San Lucas (24, 35-48):

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran…

Dejó pasar unos segundos. Y observando las caras confundidas de sus amigos, dijo:

—Jesús, con paciencia y amor, nos explica la realidad desde otra perspectiva, buscando señales de luz y vida, hallando sentido en el sufrimiento; nos abres los ojos.

Y poniendo fuerza en sus palabras, concluyó:

—Está en lo sutil, en lo simple: en un trozo de pan, en la acogida, en la mesa compartida y en la conversación que caldea el corazón.

Las caras de los tertulianos cambiaron por completo. Como los de Emaús, algo cambió en ellos. Sus corazones ardían.

Pidamos hoy la gracia de reconocerlo, pues está a nuestro lado.