miércoles, 25 de marzo de 2026

ENCARNADO EN NATURALEZA HUMANA

Lc 1, 26-38

Todo lo filtraba por su razón. No daba crédito a nada que no pudiese ser filtrado por su intelecto.

 Joaquín se resistía a creer en aquello que no veía. Me recordaba a Tomás (Jn 20,25) cuando dijo a sus compañeros: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”.

Muchas tertulias estaban animadas por la negativa de Joaquín a creer. Decía que lo que no entraba en su entendimiento no lo aceptaba.

Levantándose Manuel, se le acercó y le dijo.

—¿Me estás diciendo que no piense sino en lo que ves? —le interpeló Manuel con cara de asombro.

—Tú lo has dicho —respondió Joaquín—: si no veo, no lo creo. 

Entonces, Manuel, como queriendo atrapar aire entre sus manos, le miró y dijo.

—¿Puedes ver este poco de aire que tengo en mi mano?enc

La cara de Joaquín cambió de color. No supo qué responder.

Después de unos segundos se le ocurrió decir.

—En aire no se puede ver, pero se sabe que está ahí.

—Pero, ¿cuándo sabes que está o que no está? Porque dependerá de que haya o no aire; tus pulmones te dirán que no pueden respirar.

Joaquín se quedó sin palabras. Se daba cuenta de que estaba cogido. Creía en el aire, pero no lo podía ver.

Manuel, en pie y con afabilidad, le dijo.

—Creer es confiar en lo que no vemos… pero que sabemos que está. Sin embargo, como el aire, se puede sentir. Hay muchas cosas que no las vemos, pero creemos en ellas porque vemos sus efectos.

Le miró fijamente a los ojos y añadió.

—También a Dios lo sentimos y vemos la acción de su mano en los misterios de este mundo. Ha tomado nuestra naturaleza humana y se ha hecho hombre como tú y yo.

Hizo una pausa, levantó la Biblia que tenía en la mano y dijo.

—Eso nunca lo podremos entender, pero nuestra propia existencia nos dice que está entre nosotros.

Y con voz suave y clara, leyó: Evangelio según San Lucas (Lc 1, 26-38):

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María…

Al terminar de leer, con los ojos clavados en Joaquín, dijo:

—Dios no se queda lejos… decide entrar en nuestra historia. «Hagamos redención del género humano. Vamos a involucrarnos íntimamente en su realidad; démosle redención y esperanza.

Y así llega la plenitud de los tiempos con el sí de una joven.

El silencio descubría el convencimiento de Joaquín. No necesitamos ver para creer, porque Dios está ya dentro de nosotros mismos.

Para salvarnos, Dios cuenta con María, y cuenta con nosotros. Nos sigue invitando a una misión que no nace de nosotros, pero que nos apasiona: la suya.

La de continuar encontrando a los perdidos, animando a los abatidos, alentando a los que se ahogan, levantando a los caídos, desde un quitar miedos y llevar la alegría.

Que no nos abrume el desafío; lo que se nos pide es una disposición, la del sí.