| Jn 3, 31-36 |
Estaba cansado de darle vueltas a lo mismo. La vida, cuando se mira desde abajo, se vuelve rutina y termina pareciendo un callejón sin salida.
Así se planteaba Julián cómo escapar de esas costumbres ya habituales, de las que resultaba tan difícil salir.
—La vida es algo más —exclamó—. No puede limitarse a permanecer encerrada en las cosas de aquí abajo. Hay otras aspiraciones que nacen de mirarla desde lo alto, con esperanza de eternidad.
Miró a Manuel, que estaba a su lado, y le preguntó:
—¿Qué piensas tú, Manuel, sobre cómo debemos vivir en este mundo?
Manuel, que tenía la mente en otra cosa, quedó algo desconcertado. Dejó pasar unos segundos y, ordenando sus ideas, respondió:
—La vida de aquí abajo ha sido dada para ganarnos la que será eterna, la de arriba… llamémosla así.
Hizo una breve pausa y, al ver a Julián pensativo, continuó:
—Eso significa que aquí debemos aprovechar el tiempo, pero sin perder de vista las cosas de arriba, porque son las que nos conducen a la eternidad.
—¿Y cómo podemos tener en cuenta las cosas de arriba, si las de abajo nos reclaman todo el tiempo? —replicó Julián.
Manuel tomó la Biblia y leyó:
«El que viene de arriba está por encima de todos; el que es de la tierra es terreno y habla de la tierra. El que viene del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído…»
Cuando terminó, miró a Julián con ternura y añadió:
—Se refiere a Jesucristo, que viene del cielo y está por encima de todo. Lo que Él comunica es el mensaje del Padre, no palabras humanas.
Y, levantando ligeramente los brazos, concluyó:
—Y el Espíritu Santo actúa en Él sin medida: es un don pleno, abundante, sin límites.
Julián comprendió entonces que solo unido a Jesucristo, atento y obediente a su Palabra, se puede caminar por este mundo sin olvidar nuestro destino: llegar al cielo y vivir eternamente junto al Padre.
Escuchar la Palabra hoy puede ser preguntarnos: ¿qué espacio le estoy dando a Dios en medio de mis ocupaciones?