Su capacidad era notable. Sus talentos brillaban y todos quedaban admirados de su inteligencia.
Sin embargo, Julián no estaba de acuerdo. Era evidente que Javier era un joven muy listo y dotado de grandes virtudes, pero…
Detuvo unos instantes sus pensamientos y pensó:
«Si no pones tus cualidades al servicio de los demás, sobre todo de los más necesitados, ¿de qué te sirve tener tanto?».
—La vida tiene valor cuando lo que eres lo pones al servicio de los demás. Esto el mundo no lo aprecia ni lo destaca, pero es lo que tendrá importancia al final.
Una voz le interrumpió, y cayó en la cuenta de que estaba hablando en alta voz. Miró a su alrededor y vio a Manuel.
—¿Qué te ocurre? —dijo Manuel— al comprobar que estaba hablando solo. ¿Has perdido el juicio?
—Ah, estaba tan metido en mi pensamiento que empecé a hablar conmigo mismo —respondió Julián.
—¿Y se puede saber de qué hablabas?
—Discernía sobre si vale la pena tener grandes virtudes y no ponerlas en función de los que las necesitan. ¿A ti qué te parece?
Manuel hizo una pausa, se encogió de hombros y alegó:
—Hombre, si tienes talentos y te los guardas, ¿para qué los quieres?
Le miró con una suave sonrisa y añadió:
—Las cualidades son para lucirlas poniéndolas al servicio de los que las necesitan. Eso es lo que te da valor y te hace notable.
—Coincido contigo —intervino Julián—, me parece que guardártelas para ti es egoísmo y no sirve para nada.
—Así es —dijo Manuel—. En el evangelio de Mc 11, 11-25, Jesús lo deja claro al criticar ciertas prácticas en el templo que nos alejan de los demás y de Dios…
Hizo un breve silencio, le miró detenidamente y añadió:
—Una fe hueca… termina secando el corazón.
A Jesús le entristece y enfurece ver cómo algunos se relacionan con Dios desde la manipulación y el provecho propio.
Pensemos: ¿Estamos nosotros también, quizás sin darnos cuenta, en esa situación?
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