| Mt 5, 1-12a |
Había un silencio que invitaba a pensar, a mirar para sí mismo o, incluso, para sorprenderse. No era eso lo habitual en la terraza de Santiago, siempre bulliciosa y llena de ruidos, de diálogos y de ajetreo. Era algo extraño e inusual.
Manuel, un asiduo cliente de las tertulias que solían formarse en la terraza, no se explicaba aquel ambiente tan frío. No había visto nunca la terraza de esa forma.
—«¿Qué extraño?», se preguntó. Esto parece más un santuario que una cafetería. Hay poca gente, pero demasiado silencio, y es muy raro ver esto aquí.
En ese preciso momento entraba un señor muy serio, con el rostro fruncido. Parecía con problemas. Se sentó y, haciendo gestos al camarero, pidió un café.
Después de unos minutos, ocultó su rostro entre sus brazos apoyados en la mesa. Un suave susurro, parecido a quejas, despertó la curiosidad de Manuel. Levantó su cabeza y se fijó atentamente en esa persona desconocida. Parecía lamentarse.
Sin pensarlo se acercó a su mesa y le dijo:
—¿Le sucede algo, señor?
Descubrió su cara y, mirándole con cara desconsolada, dijo:
—En realidad, no debería tener ningún problema. Gozo de salud, de trabajo, de dinero y satisfago todos mis deseos, pero siento una gran tristeza y un vacío en mi vida que hay días, como el de hoy, que me siento muy mal.
—¿Qué le falta o qué busca? —dijo Manuel tratando de encontrar alguna causa de esa tristeza.
—¡Oh, si lo supiera, lo solucionaría enseguida! Ese es precisamente mi problema. Tengo lo suficiente, incluso me sobra, para ser feliz, y no lo soy.
Volvió de nuevo a apoyar sus brazos en la mesa y a esconder su cabeza entre ellos.
Manuel sintió compasión y entendió cuál era su problema. Arrimó su silla a la de la mesa del señor y, pacientemente, abriendo su Biblia, donde siempre encontraba el verdadero sentido de la vida, le dijo:
—Todos buscamos ser felices, pero no todos buscamos donde realmente está. Dependerá de que busquemos en el lugar donde realmente se encuentra.
Hizo una pausa y se cercioró de que le estaba escuchando. Entonces continuó:
—Muchos la buscan en una vida de familia bien fundamentada; otros en tener salud y trabajo; otros, en gozar de la amistad y del ocio…
Dejó de hablar y se fijó en que el señor empezaba a abrir sus brazos y a descubrir su rostro. Entonces siguió diciendo:
—Y los más influidos, quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.
Entonces, al verle reaccionar y dándole tiempo para ello, guardó silencio y se dispuso a leer la Biblia con suavidad y delicadeza; dejó que la Palabra de Jesús hablara:
— Evangelio (Mt 5,1-12): En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los…
Su cara, ahora más normal, desenfadada y, no solo más alegre, sino en paz, miraba a Manuel con ojos de agradecimiento y casi a punto de abrazarle. Se había dado cuenta de que la felicidad no estaba donde él la buscaba, sino dentro de sí mismo.