sábado, 5 de septiembre de 2026

VIVIR DESDE EL AMOR

Lc 6, 1-5

Posiblemente, no tengamos siempre la suficiente paciencia, ni la necesaria capacidad para discernir y comprender que las cosas, aunque procuremos hacerlas bien y, en ocasiones, incluso perfectas, siempre hemos de vivirlas desde el amor.

Y, si es preciso, que sea más laxo… por amor.

Porque existe un grave peligro en empecinarnos en el rigor de la perfección. Esa obsesión puede llevarnos a contradicciones, a juicios y a prejuicios. Puede hacer que terminemos dando más importancia a cumplir que a comprender, a la norma que a la persona, a hacer las cosas «bien» que a hacerlas desde el amor.

Conviene, por tanto, no perder de vista algo esencial: necesitamos estar disponibles para tratarnos unos a otros con amor y misericordia. Lo necesitamos nosotros y lo necesitan quienes caminan a nuestro lado.

Sabemos que las religiones suelen estar relacionadas con rituales, formas externas y leyes. Y existe el riesgo de que lleguemos a darles tanta importancia que terminen convirtiéndose en formas de esclavitud, de dependencia o incluso de infantilización.

Y eso tampoco es ajeno a la religión cristiana ni, especialmente para nosotros, a la Iglesia católica.

A quienes hemos sido educados dentro de la Iglesia nos puede resultar difícil distinguir entre lo que es verdaderamente propio del seguimiento de Jesús —la fe, la esperanza y, sobre todo, el amor— y aquello que nosotros hemos ido construyendo alrededor de ese seguimiento: normas, costumbres, obligaciones y formas de hacer que, en ocasiones, pueden terminar ocupando el lugar de lo esencial.

Porque Jesús no vino a complicarnos la vida con más normas.

Jesús pasó haciendo el bien.

Se acercó a los pobres, a los enfermos, a quienes estaban al margen. Miró a las personas con misericordia y supo ver más allá de una religión reducida al cumplimiento de ritos y leyes.

Manuel se levantó y, con una mirada firme, convencido de lo que iba a decir, comentó:

—Todo lo que Jesús, el Señor, nos ha enseñado es a vivir desde un amor misericordioso, un amor que se nos regala gratuitamente.

Y, sin más, abrió la Biblia y leyó:

—Del santo Evangelio según san Lucas 6, 1-5:

«Un sábado, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos. Unos fariseos dijeron: “¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?”.

Respondiendo Jesús, les dijo: “¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre?

Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él”.

Y les decía: “El Hijo del hombre es señor del sábado”».

Manuel cerró lentamente la Biblia y añadió:

—Jesús nos recuerda que la norma está al servicio de la persona y no la persona al servicio de la norma. Que el sábado está para el ser humano, y no el ser humano para el sábado.

Por eso el papa Francisco insistía, comentando precisamente este Evangelio, en el peligro de convertir la fe en una cuestión de mandamientos y obligaciones.

Hablaba de quienes tienen «la enfermedad de los fariseos», de cristianos que ponen su fe y su religiosidad en muchos mandamientos y se preguntan continuamente: «¿Por qué hacéis esto?». Y planteaba una pregunta que quizá también nosotros deberíamos hacernos:

«¿Y dónde está Jesús?»

Francisco recordaba que Jesús es el centro. Y señalaba una regla muy sencilla para saber si estamos viviendo una fe verdaderamente cristiana: solo vale aquello que nos lleva a Jesús y aquello que viene de Jesús.

Quizá esa sea también nuestra tarea: aprender a distinguir lo esencial de lo secundario, la fe de la costumbre, el amor de la obligación, la misericordia del rigor.

Porque podemos llegar a cumplir muchas cosas y, sin embargo, olvidarnos de lo más importante.

Podemos hacer todo «correctamente» y estar muy lejos del corazón de Jesús.

Por eso, Señor, enséñanos a vivir desde el amor.

A no convertir la perfección en una exigencia que nos haga infelices ni en una medida con la que juzguemos a los demás.

Enséñanos a comprender que, cuando una norma nos impide amar, quizá tengamos que detenernos y preguntarnos dónde estás Tú.

Que sepamos vivir con más libertad, con más misericordia y con más humanidad.

Y que aprendamos también a descansar contigo.

Porque quizá el sábado, además de un día para cumplir, pueda ser un día para respirar, para disfrutar, para agradecer y para recordar que la vida no está hecha para que la vivamos bajo el peso permanente de la exigencia.

Está hecha para vivirla contigo.

De vacaciones con Dios.

viernes, 4 de septiembre de 2026

VINO AÑEJO O VINO NUEVO

Lc 5, 33-39

Es posible que, sin darnos cuenta, hayamos ido formando una mentalidad atada a leyes, esquemas y tradiciones que nos paralizan y no nos dejan avanzar con frescura y novedad.

En ocasiones, somos nosotros mismos quienes ponemos en tela de juicio al otro y nos acercamos desde la sospecha, los prejuicios, las ideologías, las expresiones negativas e incluso las medias verdades sacadas de contexto.

Nos cuesta romper con ese pasado, filtrado en nuestro corazón, y abrirnos a la novedad que nace en los nuevos tiempos.

La novedad que nos enseña el Evangelio rompe la horma de la ley antigua y la trasciende, llevándola a su plenitud en el vino nuevo del Reino. Jesús no libera del ayuno por ser una práctica antigua, sino de la atadura a una prescripción que corre el riesgo de perder de vista su sentido, el porqué y para quién se realiza.

«Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “Está bueno el añejo”». La invitación no es al inmovilismo ni a rechazar lo nuevo, sino a abrirnos a aquello que es bueno y a cuestionar, cuando sea necesario, nuestras respuestas y maneras habituales de vivir la fe.

—Me gustaría conocer qué piensan sobre el ayuno —preguntó Manuel.

Pedro levantó la mano y dijo:

—Me parece que el ayuno debe tener un porqué, una razón. No es cosa de norma o costumbre.

—Yo también pienso lo mismo —comentó otro tertuliano—. El ayuno debe estar justificado y tener sentido. No se trata de ayunar por ley.

Manuel, mirándolos con ternura, añadió:

—Estoy de acuerdo. Eso es lo que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy (Lc 5, 33-39).

Y, abriendo la Biblia, empezó a leer:

En aquel tiempo, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús:

«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber».

Jesús les dijo: «¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo; entonces ayunarán en aquellos días».

Hizo una pausa y continuó la lectura:

Les dijo también una parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».

En nuestro camino de identificación con la persona de Cristo y con sus sentimientos, como hijos e hijas de Dios, nuestros odres han de mantenerse siempre abiertos a un esfuerzo constante de renovación.

Mientras que el ayuno de los discípulos de Juan el Bautista era expresión de humillación, tristeza y arrepentimiento, ahora Cristo, con su vino nuevo, apunta y dispone a la celebración del perdón y la misericordia, a la fiesta de la promesa esperada y cumplida en su persona.

Hoy podemos replantearnos si nuestra adhesión a la persona de Jesús nos aferra a tradiciones y disposiciones humanas que nos convierten en «vinagre para nosotros mismos y para los otros», o si, por el contrario, nos dejamos transformar por el vino nuevo del Evangelio.

Repensemos si la novedad que aporta Cristo a nuestra vida y a nuestras comunidades destila vida y alegría, verdad y paz sobreabundantes. (Hna. María José Abad, Dominica de la Anunciata)

jueves, 3 de septiembre de 2026

MAR ADENTRO

Lc 5, 1-11

En la vida atravesamos momentos buenos, otros difíciles y otros que nos dejan cansados, decepcionados o sin saber qué hacer.

Y las consecuencias pueden también ser diferentes:

Para unos son obstáculos que, con paciencia, hay que salvar. Para otros, son paréntesis que les hacen cambiar de rumbo y, por último, otros se muestran impotentes y deciden abandonar la tarea.

Manuel se levantó y, mirándolos, abrió la Biblia y dijo:

—Eso fue lo que sucedió con Simón cuando Jesús le invitó a remar mar adentro.

Puso la mirada en el evangelio de Lucas 5, 1-11, y leyó:

—En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Hizo una pausa, levantó la mirada y, pacientemente, siguió con la lectura:

—Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».

Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Guardó unos breves segundos de silencio y, mirando a todos los presentes, continuó leyendo:

—Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano.

Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».

Entonces, leyendo de nuevo, concluyó:

—Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

La vocación, la llamada, es iniciativa de Dios. Seguir a Jesús requiere abandonarlo todo; supone una conversión interior que se traduce en una radicalidad práctica.

Simón experimenta que el fracaso de una noche no tiene por qué ser el final. Jesús le invita a confiar, a volver a intentarlo y a adentrarse en aguas más profundas. 

También nosotros podemos descubrir que, precisamente en nuestros momentos de cansancio y frustración, puede resonar con más fuerza la llamada de Jesús: “Rema mar adentro”.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

LLAMADOS AL SERVICIO

Lc 4, 38-44

Cuesta entenderlo porque no es nada fácil bajarse, humillarse y servir. Y cuando la propuesta de seguir a Jesús se concreta en el servicio desinteresado y gratuito, la cara se arruga y la respuesta es la evasiva.

No hay otra manera de amar a Dios sino amando al prójimo. Y al prójimo necesitado, vulnerable, marginado que tiende su mano.

Pero, para poder recibir ese amor, también es necesario dejarse amar y dejarse ayudar. Hay personas necesitadas que, por diferentes circunstancias, rechazan la ayuda que se les ofrece, no aceptan orientaciones o se resisten a cambiar aquello que les perjudica.

Amar al necesitado no significa darle siempre lo que pide, sino buscar sinceramente su bien, aunque a veces eso implique acompañar, orientar o poner límites.

Ya lo dijo Pablo en —2 Tesalonicenses 3, 10—: «El que no quiera trabajar, que tampoco coma».  Porque ayudar no significa hacer todo por el otro ni permitir que la ayuda sea utilizada de manera inadecuada. El verdadero servicio busca el bien de la persona, desde el respeto, la paciencia y la verdad.

 

El evangelio de Lucas 4, 38-44, nos muestra a Jesús entregado a la curación, empezando por la suegra de Pedro y continuando por todos los que le traían a su presencia.

Manuel se levantó y leyó:

—En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.

Hizo una pausa y pacientemente continuó:

—Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.

Tomó de nuevo asiento y, mirándolos, prosiguió:

—Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado». Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Todos permanecían en silencio. Sus rostros traslucían conformidad con lo que habían oído. No cabe ninguna duda de que Jesús es el modelo y la referencia.

Los líderes son servidores, no competidores. El mismo Pablo, siendo fundador, no asume un lugar de preeminencia; se hace siervo, eso es todo.

«Ese es el rango más alto al que podemos aspirar en la Iglesia: ser servidores»; no hay necesidad de competencia o rivalidad. Todos somos siervos de Cristo; estamos en cooperación.

Una de las glorias de la Iglesia es que nadie hace la misma cosa. Diferentes, pero trabajando unidos por un proyecto común. (Recogido de Fr. Martín Alexis González Gaspar O.P.) - Convento de Ntro. Padre Sto. Domingo (Torrente, Valencia). 

martes, 1 de septiembre de 2026

PALABRAS LLENAS DE AUTORIDAD

Lc 4, 31-37

Llama la atención la reacción de aquellos contemporáneos de Jesús al quedarse asombrados de sus enseñanzas porque su palabra estaba llena de autoridad.

La reciente visita del papa León XIV a España y, muy especialmente, sus palabras, nacidas de la Verdad del Evangelio, no han dejado a nadie indiferente.

Y es que hay autoridad que obliga simplemente a actuar como se te indica y autoridad que nos convence no solo por las palabras, sino por el ejemplo de quien la ejerce. Y así es la de Jesús en el Evangelio.

No se tiene autoridad simplemente por hablar. No es solo una forma elocuente de hablar, sino una fuerza efectiva que se manifestaba en hechos.

Jesús no necesitaba apelar a fuentes externas; hablaba con la fuerza directa de Dios y desde su propia identidad como Hijo.

Inmediatamente después del discurso, Jesús ordena al espíritu inmundo: «¡Cállate y sal de él!», y el demonio obedece al instante.

Su palabra no se limitaba a teorías, sino que restablecía la libertad, la salud y el orden allí donde reinaba el caos del mal.

Levantándose y abriendo la Biblia, Manuel leyó:

—Del santo evangelio según san Lucas 4, 31-37: En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.

Hizo una pausa, tomó asiento y continuó:

—Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz: «¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Guardó unos segundos y prosiguió:

—Pero Jesús le increpó diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.

De nuevo, Manuel se levantó y, alzando la voz, dijo:

—Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: «¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen». Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.

El Señor no deja a nadie indiferente. Dios se hace presente no solo en sus Palabras, sino en toda su vida. 

Contra él nada ni nadie puede. Ni aun los espíritus malignos, esos que minaban la vida de aquel hombre de la sinagoga y de tantas y tantas personas que experimentan el mal en su vida y en la de tantos que les rodean.

lunes, 31 de agosto de 2026

¿EN QUÉ AUTORIDAD NOS APOYAMOS?

Lc 4, 16-30

Cuando algo se quiere comunicar, debe estar apoyado en la verdad. Y esa verdad solo la puede dar aquel que tiene la suficiente autoridad para anunciarla.

Nadie de este mundo nos puede dar esa garantía. Jesús no solo da testimonio de la Verdad, sino que Él mismo es la Verdad, el Camino y la Vida. 

Y es así como está escrito en el evangelio de Lucas 4, 16-30:

—En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».

Manuel, que era quien hablaba, hizo una pausa y siguió:

—Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.

Al terminar de proclamar el evangélico, cerró la Biblia y añadió:

—Sin embargo, al final fue rechazado. Al parecer, como Él dijo: nadie es profeta en su tierra.

Esta misma lógica aparece con fuerza en la enseñanza de san Pablo; sin desdeñar lo humano, el Espíritu de Dios trasciende las lógicas a las que está acostumbrado el ser humano.

En el evangelio, los últimos se vuelven primeros; perder la vida por el Reino, en realidad, significa ganarla, etc.

Así, en la lógica de san Pablo, la fragilidad humana, abierta a la fuerza de Dios, se convierte en Buena Noticia de salvación… en Jesús, en primer lugar, como Crucificado, y en el apóstol, por consecuencia, como Su instrumento. 

domingo, 30 de agosto de 2026

UNA CRUZ QUE LLEVA A LA VIDA

Mt 16, 21-27

Es inevitable rechazar la cruz. Nadie en sus cabales permanece impasible ante el sufrimiento de las personas que amamos; queremos evitarlo a toda costa.

Por otro lado, si alguien te pregunta: «¿Quieres perder tu vida?», la respuesta lógica sería: «No, no quiero perder mi vida». Hasta en el Deuteronomio, Dios nos propone elegir entre dos caminos: «la vida y el bien, o la muerte y el mal».

Está claro: desde la sensatez, todos optaríamos por la vida, por conservarla, por no perderla.

Manuel guardó un breve silencio. Miró a los tertulianos y preguntó:

—¿Tiene alguien algo que decir?

Pedro, sin pensarlo, levantó la mano y añadió:

—Todos queremos ganar la vida, pero eso de perderla no llego a entenderlo. Creo que, si podemos elegir, todos queremos lo primero.

Nadie dijo nada. Manuel, mirándole con ternura, abrió la Biblia y leyó:

—Evangelio según san Mateo 16, 21-27: «En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Hizo una pausa y continuó:

—Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Todos permanecieron en silencio. Entonces Manuel, con tranquilidad, siguió:

—Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Y, alzando suavemente la voz, añadió:

—«Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará».

Dio un paso adelante y, con una mirada serena, concluyó:

—¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».

Manuel cerró lentamente la Biblia.

—No se trata de buscar el sufrimiento ni de querer cargar con una cruz que no nos corresponde. Se trata de asumir nuestra propia cruz siguiendo a Jesús. Él entregó su vida por amor, haciendo de su cruz el camino de la liberación y de la vida para el mundo.

Pedro permaneció pensativo. Manuel lo miró y añadió:

—Tal vez perder la vida por Jesús no significa dejar de vivir, sino aprender a vivir de otra manera: dejando atrás el egoísmo, el miedo, la comodidad y todo aquello que nos impide amar. Pedro, y todos nosotros, estamos invitados a asumir nuestra propia cruz en este proceso de identificación con la vida y la causa de Jesús.

Hubo de nuevo un breve silencio.

—Quizá la pregunta no sea si queremos perder nuestra vida —concluyó Manuel—, sino por quién y para qué estamos dispuestos a entregarla.

La cruz cristiana no consiste en buscar sufrimiento, sino en amar cuando amar cuesta.