jueves, 20 de agosto de 2026

INVITADOS A LA FIESTA DE LA SALVACIÓN

Mt 22, 1-14

Cuando somos invitados a una fiesta, la costumbre es corresponder con algún presente o ir vestido según la fiesta a celebrar. 

Y es también costumbre que todos tratemos de ir lo más elegantes que podamos. Nos llamaría fuertemente la atención si vemos a alguien que no lleva el vestido apropiado según la fiesta a celebrar.

La pregunta que les hago ahora es:

—¿Qué determinación tomarían con alguien que se presenta sin el vestido apropiado para la fiesta a la que ha sido invitado?

Varios de los presentes levantaron la mano y alguien, con voz firme, dijo:

—Lo echaría a la calle y le llamaría la atención.

Manuel se quedó con la mirada fija en el que habló y le preguntó:

—Pero, supón que esa invitación es una cuestión de vida o muerte, ¿qué harías?

Guardó silencio, su cara reflejó duda e indecisión, susurró:

—Creo que le condenaría.

Nadie se atrevió a decir nada. Tras un breve silencio, Manuel abrió la Biblia y dijo:

—En Mateo 22, 1-14, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo: mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir.

Hizo una pausa, tomó un poco de agua, los miró con ternura y continuó:

—Volvió a mandar a otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Los miró con cariño observando su reacción y, sin más, siguió:

—Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

Al terminar de leer el pasaje evangélico, Manuel dijo:

—Al final el rey entró en cólera, terminó con aquellos asesinos y prendió fuego a la ciudad. Entonces dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convidados no se lo merecían.

Levantó la cabeza, hizo una pausa y añadió con serenidad:

—Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda… Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos.

Nadie se movía. Todos estaban atentos y expectantes y ansiosos por saber qué pasaría.

Manuel, con paciencia, siguió:

—La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”

El Evangelio acaba diciendo: El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

El traje de boda simboliza la misericordia que Dios nos ofrece gratuitamente. Pero necesitamos abrirnos a ella, acogerla y dejarnos revestir por su Gracia. 

Porque la Gracia no es algo que conquistamos con nuestros méritos: es un don de Dios que transforma nuestro corazón y nos permite avanzar en la vida cristiana.

Todo es Gracia. No basta con aceptar la invitación a seguir al Señor; hay que estar dispuesto a un camino de conversión que cambia el corazón. (Papa Francisco 11/10/2020).

miércoles, 19 de agosto de 2026

ÚLTIMOS QUE SERÁN PRIMEROS

Mt 20, 1-16

Hoy vivimos comparándonos con los demás. Ponemos nuestros objetivos según nuestras capacidades y tratando de alcanzar o superar a otros. Y, quizás sin quererlo ni darnos cuenta, vamos metiéndonos en el pozo de la envidia.

Los agravios que sentimos frente a los otros, nuestro sentido sobre el mérito y la recompensa subsiguiente, nos condicionan y distorsionan nuestra manera de ver la buena intención de otros.

Nos fastidia que alguien sea remunerado de la misma forma que nosotros habiendo trabajado menos. No lo entendemos y esa forma de actuar trastoca nuestra razón.

Manuel hizo una pausa, miró las caras de los tertulianos y preguntó:

—¿Por qué esas caras extrañas? ¿No están de acuerdo?

Muchos levantaron la mano y uno de ellos dijo:

—Sin ánimo de contradecir, pero no me parece justo que una persona que haya trabajado menos horas cobre lo mismo que el que ha trabajado toda la jornada completa.

Manuel se encogió de hombros y dijo:

—Yo lo veo igual, pero la Palabra del Señor (Mt 20, 1-16) pone patas arriba todas nuestras lógicas y expectativas sobre lo que es justo y la idea generalizada de a mayor trabajo, mayor salario… Solo atendemos a razones de mérito.

Guardó un breve silencio y, viendo sus rostros algo confusos, agregó:

—Es verdad que nos cuesta entenderlo, pero mucho cuidado porque nos molesta que Dios sea bueno incluso con aquellos que, a nuestros ojos, no han hecho los mismos méritos que nosotros… Mucho cuidado porque podemos caer en la envidia.

Entonces, dándose cuenta de que muchos discrepaban un poco, agregó:

—Jesús quiere hacernos contemplar la mirada de aquel jefe con la que ve a cada uno de los obreros en espera de trabajo y les llama a ir a su viña.

Suavizó un poco la voz y con ternura comentó:

  —Es una mirada llena de atención, de benevolencia, que llama e invita a levantarse, a ponerse en marcha porque quiere la vida para cada uno de nosotros.

Dios nos da la oportunidad a todos. Nos ha creado para que seamos felices eternamente, y a todos nos da la oportunidad de recibir el perdón de nuestros pecados y de levantarnos y vivir dignamente.

«Dios no mide como nosotros medimos; su misericordia no se reparte según nuestros méritos. Su mirada se fija en la intención de nuestros corazones. Y su Misericordia es infinita». 

martes, 18 de agosto de 2026

DEL "MÍ" AL "TÚ"

Mt 19, 23-30

Desde el punto de vista humano, es imposible no preguntarnos que gano con esto o que me toca si hago lo otro.

Nuestra tendencia es egoísta, y siempre se pone en primer lugar y no se da gratuitamente, sino que se cambia por una recompensa que le satisfaga.

Sin embargo, también existe la posibilidad de que pueda negarse y renunciar. Pero para eso se necesita primero liberarse de muchas cosas que llenan y absorben el corazón.

Solo cuando es libre puede negarse a sí mismo y darse gratuitamente a los demás.

—¿Alguna objeción o idea contraria? —preguntó Manuel a los tertulianos que le escuchaban.

Después de un breve silencio, alguien dijo:

—Es evidente que esa es la realidad, pero hay ejemplos de abnegación y de gente que ha dejado todo para darse a los demás.

Manuel, mirándole con bondad, añadió:

—Nadie ha negado eso. Hay personas, incluso santos, que son testimonio de eso que dices. Pero a lo que me refiero es que para dar ese paso necesitamos estar unidos al Señor.

Hizo una pausa, abrió la Biblia y comentó:

—No lo digo yo, lo dijo el Señor en Mateo 19, 23-30: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos»...

Cuando terminó de leer todo el pasaje, agregó:

—El paso del “mí” al “tú” es todo un reto que no podremos realizar si no estamos injertados en el Señor… Lo acabamos de leer en el evangelio: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».

No se oyó nada. Todos eran conscientes de que por nuestras propias fuerzas no podemos liberarnos del apego a nuestros egoísmos y menos darnos gratuitamente a los demás.

Sí, eso reinaba en el ambiente; solo unidos al Señor podemos liberarnos y darnos plenamente a los demás. Y esa es la lucha y el reto a conseguir.

lunes, 17 de agosto de 2026

LIBERTAD PARA AMAR

Mt 19, 16-22

En cierta ocasión escuché decir a una persona que ser un buen cristiano de cumplimiento era cosa fácil. Al menos no presentaba grandes dificultades.

Sin embargo, ser cristiano no consiste fundamentalmente en vivir desde el cumplimiento. Eso está bien, no se defrauda a nadie… pero relacionarse desde «el cumplir» limita.

Falta algo más, porque el amor no queda satisfecho con el simple cumplimiento, sino que exige ir más allá.

Manuel levantó la mirada, alzó la mano y dijo:

—¿Alguien intuye ese algo más que falta?

No se oyó nada. Muchos desviaron la mirada para no encontrarse con la de Manuel. Se hizo un sepulcral silencio.

Entonces, Manuel, abrió la Biblia y en Mateo 19, 16-22, leyó:

—En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».

Al terminar de leer todo el pasaje evangélico, añadió:

—Jesús nos invita, también a nosotros, a no pensar en recibir, sino en dar; en darlo todo, desde el amor, en esta vida terrenal. Porque detrás del amor experimentamos el gozo y la felicidad que buscamos. Él es nuestro modelo y referencia.

Todos guardaron silencio. Nadie levantaba la cabeza, como dando a entender que todos estamos un poco encadenados por nuestras propias esclavitudes.

Manuel, consciente de lo que posiblemente estaban pensando, agregó:

—Es la llamada a una mayor madurez, a pasar de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total… Se trata de dejar todo aquello que lastra el corazón y obstaculiza el amor.

Hizo una pausa y, mirándolos con ternura, comentó:

—Lo que Jesús propone no es tanto un hombre despojado de todo, sino un hombre libre y rico en relaciones.

Y llamando la atención, clamó:

—¡Si el corazón está abarrotado de posesiones, el Señor y el prójimo se convierten solo en una cosa entre otras!

Algunos habían reaccionado y, al menos, asentían con la cabeza.

Es evidente que cuando nuestro corazón está lleno de cosas y ambiciones, el Señor y el prójimo apenas tienen lugar para alojarse en él.

Cuando nuestro corazón está lleno de cosas, Dios queda desplazado y nuestra libertad encadenada. Y, la experiencia nos lo dice, solo un corazón libre es capaz de amar como nos ama el Señor.

domingo, 16 de agosto de 2026

CUESTIÓN DE FE

Mt 15, 21-28

El desánimo o simplemente el cansancio vienen en cualquier momento. Incluso cuando más fuertes nos encontramos o más desprevenidos estamos.

Aparece sin darnos cuenta y nos somete, se nos hace duro y casi imposible sostenernos en pie. Incluso nos hace dudar y perder el sentido de nuestro vivir.

Todos hemos experimentado esa situación alguna vez en el camino de nuestra vida. Unas veces la hemos vencido, pero otras, si no hemos sido derrotados, sí nos ha costado más sobreponernos.

También es cierto que algunos se han quedado inmovilizados y sin posibilidad de reaccionar. El impacto les ha superado y han sucumbido a seguir el camino con esperanza y sentido.

¿Y tú, cómo te encuentras? ¿Tienes experiencia de estas situaciones o todavía no las has experimentado?

Conviene, al menos, conocerla, para cuando nos llegue, que seguro llegará, estemos preparados y fortalecidos para recibirla y no decaer.

En ese momento, Manuel se levantó, abrió la Biblia y dijo:

—Este pasaje evangélico de Mateo 15, 21-28 nos habla de una mujer cananea que le pidió, a gritos, al Señor que librara a su hija de un demonio. Y no recibió ninguna respuesta, pero su insistencia fue tan notable que su fe fue admirada por Jesús.

Cerró la Biblia y, mirándolos, añadió:

—¿Tenemos nosotros esa fe? ¿Insistimos sin desfallecer aunque nos parezca que recibimos el silencio por respuesta?

Muchos se miraron entre sí sin saber qué decir. Otros agacharon la cabeza y solo muy pocos expresaron estar de acuerdo.

La cuestión es tu respuesta y qué piensas al respecto. ¿Cuál sería tu reacción?

sábado, 15 de agosto de 2026

UNA MIRADA IMPREGNADA DE CARIÑO

Lc 1, 39-56

Es posible que muchos acontecimientos pasen por delante de nosotros y no nos demos cuenta. A veces no somos capaces de mirar más allá de lo que realmente tenemos delante ni de interpretar el significado de lo que vemos.

Desde hace tiempo me di cuenta de que este pasaje evangélico de Lucas 1, 39-56 es uno de esos milagros que, quizás, no adviertes fácilmente, pero en cuanto te paras y meditas, «descubres que estás ante un verdadero milagro».

Estamos en un contexto donde moverse no es nada fácil ni rápido. No hay medios para comunicarse. Las noticias tardan mucho en saberse. Son lentas y tardías.

Imaginemos cómo María, después de ser anunciada como la elegida para ser la Madre del Mesías, se encamina humildemente para visitar a su prima Isabel.

Cuando Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? 

Me pregunto, ¿no es esto un milagro?

Muchas veces pedimos una prueba, un milagro o algún hecho que despierte nuestra fe. Sin embargo, nuestra mirada se queda en lo puramente humano y no se abre más allá de lo evidente, descubriendo lo no dicho, lo velado y lo que realmente tenemos delante.

Pidamos ser capaces de, como María, movernos de nuestro centro para situarnos en el mundo del otro, en su encrucijada, en su realidad. Salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, ser más humanos y más sensibles a las realidades ajenas.

El milagro no siempre es algo espectacular que irrumpe desde fuera; puede estar ocurriendo delante de nosotros y no percibirlo porque nuestra mirada no sabe descubrirlo.

¿Cuántos milagros de Dios estarán pasando delante de mí sin que yo sea capaz de reconocerlos?

Abramos nuestros ojos a todo lo que nos rodea que nos habla de la presencia de Dios en nuestra vida.

viernes, 14 de agosto de 2026

UNA SITUACIÓN COMPLEJA

Mt 19, 3-12

Posiblemente, nadie quiere ser el malo. O dicho de otra forma, todos queremos ser el bueno, el que gana y tiene la razón.

Pero sucede que hay muchas razones, pero una sola verdad y, aunque se pueda llegar a ella por distintos caminos, si la buscan, tienden a converger; no pueden subsistir separadas.

—¿A qué viene esa historia ahora de malos, buenos, separados y unidos? —dijo Pedro.

—Viene —respondió Manuel— a que hay muchos matrimonios y familias enfrentados y al borde de la ruptura…

Le miró fijamente y replicó:

—Y las consecuencias las pagan otros, sobre todo los hijos.

Tras un breve silencio se oyó una voz:

—Doy fe de ello. Yo soy uno de esos hijos, y puedo certificar que somos los que en mayor medida pagamos las consecuencias.

El ambiente enmudeció a la espera de ver lo que pasaba.

Manuel encogió los hombros y con gran parsimonia comentó:

—Es un problema complejo y muy difícil de analizar. Cada caso tiene sus propias circunstancias y hay que tratarlo con mucho cuidado, desde el respeto y la libertad.

Hizo una pausa, tomó un respiro y, volviendo al tema, dijo:

—No es fácil, y menos realizar una lectura literal del texto, sin matices. Jesús señala «la dureza de corazón» de algunos y el plan de Dios, que tiene que ver con la plenitud y la complementariedad.

Había mucha atención, pues era un asunto que todos de alguna manera habían vivido en carne propia o en la de gente próxima.

Alguien se levantó y frunciendo el ceño, preguntó:

—¿Y qué se puede hacer cuando el matrimonio tiene problemas serios?

Manuel, con mucha paciencia y cara compasiva, añadió:

—No hay recetas.  Cada caso presenta sus propias heridas, por las que cada cual, según sus circunstancias, toma sus propias decisiones; otros soportan mejor la situación a pesar del dolor, ofensas y abusos… pero es necesario encontrar el equilibrio que se sostenga desde el respeto y la libertad…

Manuel, con verdadera compasión, le miró y añadió:

 —Lo verdaderamente importante es apoyarnos en el criterio de que estamos llamados a la plenitud. Y eso no basta con permanecer unidos; hay que cuidar aquello que hace posible esa unión.

Tomó la Biblia e indicó el pasaje evangélico (Mt 19, 3-12) donde Jesús habla del repudio a la mujer, y tranquilamente dijo:

—El Señor busca la compasión y el deseo de aliviar el sufrimiento. Lo que toca es acoger, acompañar, animar, reconocer que la realidad es compleja y apoyar, hasta que la persona se sienta capaz de liberarse.

Todos asintieron manifestando su total acuerdo. Solo desde la buena intención, la verdad y la comprensión podemos entender y darles salida a estas situaciones. 

Ponerse en el lugar del otro siempre ayuda a ver las consecuencias de nuestros propios actos: ¿me gustaría a mí que me hicieran esto?