martes, 28 de abril de 2026

RAZONES SOBRAN… PERO FALTA ESCUCHAR.

Jn 10, 22-30

Muchas veces no es que no entendamos… es que no queremos entender. Unas veces por nuestras propias distracciones y otras porque nos cerramos a lo que nos revelan.

Cuando priorizamos nuestras ideas, dejamos de lado las demás, incluso aunque sean verdaderas. No queremos entender ni escuchar sino lo que nos gustaría oír.

Con esas actitudes, el diálogo se vuelve imposible para llegar a entenderse. De esa manera se frustran muchos acuerdos de paz y de concordia.

Juan, que buscaba dar respuesta a sus interrogantes, no comprendía cómo se podía estar tan ciego y cerrarse a sus convicciones.

—Pedro —preguntó Juan con decisión—, ¿crees que esto pasa?

Algo extrañado por la pregunta, Pedro, algo pensativo, dijo:

—Los hechos lo demuestran. En el fondo hay muchos desacuerdos porque solo se piensa en lo que tú llevas como verdad, y se desestiman las demás.

—Sí, creo que tienes razón —añadió Juan—. Muchas veces hay suficientes razones para zanjar las dudas y creer en lo que se debate, pero…

Sin darle tiempo a seguir, Pedro le interrumpió:

—Nadie quiere dar el brazo a torcer y, aunque haya razones para hacerlo, continúan en sus treces.

Manuel, que escuchaba pacientemente, los miró con una suave sonrisa y, levantando el brazo para intervenir, dijo:

—Solemos formar grupos y quienes no están en ellos los excluimos. No admitimos que nos saquen de nuestras ideas y comodidades. Y así a la verdad le cerramos la puerta.

—Quieres decir —comentó Juan— que por nuestra terquedad no damos el paso que debemos dar.

Mirándole fijamente a los ojos, Manuel le dijo:

—Quiero decir que nuestra soberbia no nos deja reconocer la verdad.

Sacó la Biblia y abriéndola delante de ellos, dijo:

—En el evangelio de Juan 10, 22-30, Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí…

Dejó pasar unos segundos y concluyó:

—Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas.

Aguardó unos segundos y, observando sus miradas extrañas, continuó:

—Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.

Esto ha pasado siempre. La gente se cierra a la verdad cuando piensa y cree que su verdad es mejor.

Los contemporáneos de Jesús como los nuestros ahora presentan los mismos síntomas. Admitimos lo que nos interesa, lo inmediato, el gozo rápido, y nos equivocamos.

Algo había quedado claro: cuando no se quiere escuchar y se cierra el corazón, la verdad no entra por mucho que se oiga.

Y reconocer su voz no es cuestión de oír… sino de querer escuchar.

lunes, 27 de abril de 2026

AMOR INCONDICIONAL

Jn 10, 11-18

—¿Crees que hay personas capaces de darse incondicionalmente por los demás? —preguntó Pedro a Manuel.

—Por sí solas, creo que no —respondió Manuel—. La naturaleza humana tiende al egocentrismo y difícilmente escapa a esa inclinación…

Hizo una pausa, quedó pensativo y añadió:

—Es verdad que no todos somos iguales. Hay personas más desprendidas, más dispuestas a servir, pero…

Con cierta firmeza concluyó:

—Solo unidos a Aquel que ama sin condiciones y entrega su vida por todos, podemos llegar a darnos así a los demás.

Pedro, algo confuso, preguntó:

—¿De quién me hablas? ¿Quién es Aquel al que te refieres?

Frunciendo el ceño, añadió:

—¿Tiene ese poder para vencer nuestro egoísmo?

Manuel, que esperaba con paciencia esas preguntas, tomó su Biblia y buscó en el Evangelio de Juan 10,11-18.

—En este pasaje, Jesús nos dice que es el Buen Pastor, y que cada uno de nosotros es importante para Él, incluso cuando nos perdemos o dudamos de nuestro propio valor.

Le tocó el brazo para llamar su atención y, mirándolo con insistencia, añadió:

—Él no deja de llamarnos ni de buscarnos. Quiere que vivamos bajo su cuidado.

Hizo una breve pausa, lo miró fijamente a los ojos y concluyó:

—Eso es amor incondicional.

Podemos entregar nuestra vida cuando vivimos unidos al Padre, por medio del Hijo.

Es su gracia la que nos hace libres para amar y servir sin condiciones a los demás.

domingo, 26 de abril de 2026

PUERTA: SOLO HAY UNA

Jn 10, 1-10

Todos entendemos lo que significa pastorear. Un pastor es quien cuida, protege y guía. Tradicionalmente, lo asociamos a los rebaños, ya sean ovejas, cabras o ganado.

Sin embargo, la historia también nos habla de falsos pastores que no han cumplido su misión. Incluso los cuentos, a modo de fábula, advierten de las consecuencias de jugar con el peligro.

Pero hoy queremos mirar a Aquel que nos ama de verdad, que cuida de nosotros con un amor fiel.

—De alguna manera —dijo Pedro—, nuestros padres han sido nuestros primeros pastores. Nos han cuidado hasta que hemos podido valernos por nosotros mismos.

—Es una bonita comparación —respondió Manuel—. Nos han dado nuestros primeros “pastos”, nos han guiado fuera del redil y nos han protegido de tantos peligros.

Levantó la vista, como buscando algo más allá, y añadió:

—Han sido verdaderos colaboradores del Creador… como una pequeña puerta que nos ha permitido crecer.

Se detuvo un instante. Miró a Pedro y dijo con firmeza:

—Pero Puerta, solo hay una.

Abrió la Biblia y leyó:

—«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas… Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará: entrará y saldrá y encontrará pasto».

Hizo una breve pausa y continuó:

—Nosotros somos administradores de los dones recibidos. Pastores unos de otros en lo cotidiano… pero la salvación viene solo por Él.

Quedó claro para todos: solo Uno es el Pastor y la Puerta por la que se alcanza la vida verdadera.

—Pidamos por las vocaciones —añadió—, las nuestras y las que vendrán.

sábado, 25 de abril de 2026

UNA GRAN TAREA

Mc 16, 15-20

La verdad no se puede ocultar, y menos guardarla en silencio —decía Pedro.

Entonces, «¿cómo se puede progresar?» —añadió pensativo.

—Buenos días, Pedro —dijo Manuel al llegar a la terraza.

Santiago, que lo había visto llegar, le acercó su café.

—Buenos días, Manuel —respondió Pedro, todavía enredado en su reflexión.

—¿En qué pensabas? Te noto abstraído —preguntó Manuel.

Pedro levantó la mirada y, tras un instante, respondió:

—Pensaba que la verdad no se puede esconder. Si lo haces, impides que otros la conozcan y progresen. Y tú, ¿qué opinas?

Manuel dio un sorbo a su café y contestó con calma:

—La verdad está para ser conocida. Ocultarla es una falta grave, porque priva a otros de aprender. Enseñar al que no sabe es un precepto de la Santa Madre Iglesia.

—Y también de cualquier sociedad civilizada —añadió Pedro—. El mundo avanza gracias a los descubrimientos de otros…

Guardó silencio unos segundos y, como iluminado por una idea, exclamó:

—¡Claro! Si se hubieran ocultado, hoy seríamos más ignorantes y viviríamos más atrasados.

Alzó ligeramente los brazos y añadió con énfasis:

—¡Cuántas personas habrían dejado de beneficiarse, incluso de salvar sus vidas, si esos descubrimientos no hubieran salido a la luz!

Manuel colocó la Biblia sobre la mesa, la abrió por Mc 16, 15-20 y leyó:

—«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará…».

Luego, mirando a Pedro y a algunos tertulianos que se habían acercado, dijo:

—Por eso, los bautizados tenemos una gran tarea: gastar la vida y el corazón en anunciar esta verdad que salva.

Hizo una breve pausa, sonrió suavemente y añadió:

—Porque, en el fondo, todos queremos ser felices eternamente.

El rostro de Pedro reflejaba una profunda satisfacción.

—Sí —afirmó convencido—, la verdad hay que anunciarla.

Y ese será nuestro principal trabajo: anunciar al mundo entero el amor y la misericordia infinita de Dios.

viernes, 24 de abril de 2026

EL ALIMENTO QUE SOSTIENE Y TRANSFORMA

Jn 6, 52-59

Cuando te propones mantener una línea determinada en tu conducta diaria, experimentas que eso te exige disciplina y voluntad.

Entonces observas que sostenerte firme no es cosa fácil y que necesitas ayuda para permanecer fiel a tu propósito.

Cada día trae nuevas experiencias que a veces se tornan alegrías y otras tristezas.

El camino de la vida está plagado de llanuras, pero también de montañas, y nuestra marcha debe estar proporcionada a cada dificultad.

Mientras se debatía en esos pensamientos, Emeterio degustaba su café en la terraza de Santiago.

Llevaba un buen rato cuando, sin advertirlo, oyó un saludo que le sacó de su reflexión.

—Buenos días, amigo Emeterio —le saludó Manuel—. 

Llegaba en ese momento a la terraza.

Dándose la vuelta, encontró la cara de Manuel que le sonreía.

—Buenos días, Manuel —respondió alegremente—, me alegro de verte.

Ambos amigos se dieron un fuerte abrazo.

—¿Cómo te encuentras? —dijo Manuel—. Hace tiempo que no venías por aquí.

—Sí, es verdad —respondió Emeterio—, a veces por una cosa y otra por otras, pasa el tiempo y no tengo la hermosa oportunidad de tomarme un café en esta estupenda terraza.

Permaneció unos breves segundos mirando a Manuel y continuó.

—Oyes, Manuel, estos últimos días he estado pensando que la vida reclama firmeza y voluntad. Sin esfuerzos no consigues nada.

—Así es, querido amigo —respondió Manuel—, firmeza y voluntad son imprescindibles para conseguir tus metas propuestas.

Algo pensativo y confuso, Emeterio le preguntó:

—Pero, cuando tus fuerzas desfallecen y tu voluntad empieza a resquebrajarse, ¿qué haces?

Manuel le miró compasivamente y levantando la cabeza al cielo, le dijo:

—Buscar a quien nunca desfallece. Alimentarte de su fuerza y voluntad y apoyarte en él para renovar tu energía y seguir tu camino.

Asombrado y extrañado, con los ojos fijos en él, exclamó:

—Pero ¿de quién me hablas? —preguntó Emeterio—. ¿Acaso hay alguien en quien me pueda apoyar para recobrar mis fuerzas y voluntad?

—Si no lo hubiera, no te lo propondría —respondió Manuel.

Entonces, puso la Biblia sobre la mesa y le dijo:

—En el evangelio de Jn 6, 52-59, Jesús se nos ofrece como el alimento necesario para poder seguirle. Sus palabras nos lo dejan claro: «En verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.»

Hizo una pausa, observó su expresión de asombro y añadió:

—«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.»

Emeterio se quedó sin palabras. No esperaba esta respuesta de Manuel. Sin embargo, tras unos minutos su rostro fue cambiando.

Ahora tenía alguien a quien acudir.

Comer tu carne y beber tu sangre, Señor, se convierte en intimidad y unión contigo para transformarnos en aquello que nos nutre, ser como Tú.

jueves, 23 de abril de 2026

LLAMADOS A LA VIDA QUE NO TERMINA

Jn 6, 44-51

No sabía qué decir ni cómo explicarlo. No entendía cómo la gente podía vivir de manera tan superficial. Todo aquello le dejaba desconcertado.

Mientras tomaba su café, seguía dándole vueltas. Observaba a la gente pasar, como si nada, sin plantearse lo esencial… sobre todo lo que tiene que ver con la trascendencia.

«¿Es que no queremos salvarnos?», pensó.

«¿No nos damos cuenta de que nuestra vida está marcada por el tiempo?»

«¿Y nadie se pregunta qué hay después?», se dijo, levantando la cabeza justo cuando llegaba Manuel.

Lo miró con agrado, pero con cierta vehemencia le dijo:

—Manuel, ¿entiendes cómo es posible que la gente no se plantee nada?

Algo extrañado, Manuel guardó silencio unos segundos. Tomó asiento y, señalando a Santiago, pidió su café.

Después, fijando la mirada en Florencio, respondió con una suave sonrisa:

—Recuerda que somos libres… y que en nuestras respuestas siempre existe la opción de resistirnos.

—De acuerdo —dijo Florencio—, pero todos queremos vivir felices… y para siempre. ¿O me equivoco?

—No te equivocas —respondió Manuel—. Pero nuestra elección necesita un conocimiento más íntimo del Señor. Solo así podemos fiarnos de su Palabra.

Hizo una breve pausa y añadió:

—Por eso, después de unos ejercicios o un cursillo espiritual, muchas personas cambian de manera sorprendente. Su vida se transforma.

Y, acompañando sus palabras con un gesto de las manos, concluyó:

—Cuando se conoce de verdad a Jesús, la vida cambia… y eso se nota, sobre todo, en el entorno más cercano.

El rostro de Florencio reflejaba ahora serenidad.

«Claro», pensaba, «el Señor no nos obliga; nos llama, nos habla al corazón y nos muestra el amor del Padre…».

Y comprendía que, en el fondo, todos tenemos hambre… y solo Él puede saciarnos. 

Ahora, ¿dónde estamos nosotros? 

¿Estamos respondiendo a esa llamada… o resistiéndonos? 

miércoles, 22 de abril de 2026

EN OTRO MUNDO

Jn 6, 35-40

Si fuésemos conscientes de la mejor oferta —sed y hambre saciadas—, nos enfrentaríamos a la realidad de otra manera, mucho más humana.

De esta manera pensaba Manuel mientras tomaba su café en la terraza de Santiago.

—¿Alguno de ustedes conoce una oferta mejor que la de la plenitud de la vida eterna? —preguntó Manuel a sus amigos tertulianos.

Todos quedaron en silencio.

La realidad era esa: buscamos la felicidad… pero, ¿qué felicidad?

¿Una que nos deja con la sensación de no quedar nunca satisfechos?
¿Una que, cuando parece alcanzarse, se evapora en pocos minutos?
¿Una que nos obliga a estar siempre persiguiéndola?

Pasados unos segundos, se oyó la voz de Pedro:

—¿Y qué es lo que nos ocurre? Porque sí, todos buscamos la felicidad… pero, ¿no nos damos cuenta de que no está en este mundo?

—Al menos, no plenamente —dijo Roberto.

—Eso es —añadió Pedro—. Entonces, ¿por qué no la buscamos donde está?

—Pero… ¿Dónde? —preguntó Francisco, siguiendo con interés la conversación.

Manuel, que esperaba esas preguntas, se levantó; con una suave sonrisa, señaló la Biblia que sostenía en su mano y dijo:

—En el Hijo, que se nos ofrece como Pan de Vida eterna. En el evangelio de Juan (6, 35-40) nos dice: «Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Dios es Padre —y también Madre en su ternura— que anhela la plenitud para cada uno de nosotros.

Una oferta que nadie debería rechazar: la plenitud… la Vida, con mayúscula.

Ahora, ¿dónde estoy yo buscando hoy la felicidad?