| Lc 6, 1-5 |
Posiblemente, no tengamos siempre la suficiente paciencia, ni la necesaria capacidad para discernir y comprender que las cosas, aunque procuremos hacerlas bien y, en ocasiones, incluso perfectas, siempre hemos de vivirlas desde el amor.
Y, si es preciso, que sea más laxo… por amor.
Porque existe un grave peligro en empecinarnos en el rigor de la perfección. Esa obsesión puede llevarnos a contradicciones, a juicios y a prejuicios. Puede hacer que terminemos dando más importancia a cumplir que a comprender, a la norma que a la persona, a hacer las cosas «bien» que a hacerlas desde el amor.
Conviene, por tanto, no perder de vista algo esencial: necesitamos estar disponibles para tratarnos unos a otros con amor y misericordia. Lo necesitamos nosotros y lo necesitan quienes caminan a nuestro lado.
Sabemos que las religiones suelen estar relacionadas con rituales, formas externas y leyes. Y existe el riesgo de que lleguemos a darles tanta importancia que terminen convirtiéndose en formas de esclavitud, de dependencia o incluso de infantilización.
Y eso tampoco es ajeno a la religión cristiana ni, especialmente para nosotros, a la Iglesia católica.
A quienes hemos sido educados dentro de la Iglesia nos puede resultar difícil distinguir entre lo que es verdaderamente propio del seguimiento de Jesús —la fe, la esperanza y, sobre todo, el amor— y aquello que nosotros hemos ido construyendo alrededor de ese seguimiento: normas, costumbres, obligaciones y formas de hacer que, en ocasiones, pueden terminar ocupando el lugar de lo esencial.
Porque Jesús no vino a complicarnos la vida con más normas.
Jesús pasó haciendo el bien.
Se acercó a los pobres, a los enfermos, a quienes estaban al margen. Miró a las personas con misericordia y supo ver más allá de una religión reducida al cumplimiento de ritos y leyes.
Manuel se levantó y, con una mirada firme, convencido de lo que iba a decir, comentó:
—Todo lo que Jesús, el Señor, nos ha enseñado es a vivir desde un amor misericordioso, un amor que se nos regala gratuitamente.
Y, sin más, abrió la Biblia y leyó:
—Del santo Evangelio según san Lucas 6, 1-5:
«Un sábado, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos. Unos fariseos dijeron: “¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?”.
Respondiendo Jesús, les dijo: “¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre?
Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él”.
Y les decía: “El Hijo del hombre es señor del sábado”».
Manuel cerró lentamente la Biblia y añadió:
—Jesús nos recuerda que la norma está al servicio de la persona y no la persona al servicio de la norma. Que el sábado está para el ser humano, y no el ser humano para el sábado.
Por eso el papa Francisco insistía, comentando precisamente este Evangelio, en el peligro de convertir la fe en una cuestión de mandamientos y obligaciones.
Hablaba de quienes tienen «la enfermedad de los fariseos», de cristianos que ponen su fe y su religiosidad en muchos mandamientos y se preguntan continuamente: «¿Por qué hacéis esto?». Y planteaba una pregunta que quizá también nosotros deberíamos hacernos:
«¿Y dónde está Jesús?»
Francisco recordaba que Jesús es el centro. Y señalaba una regla muy sencilla para saber si estamos viviendo una fe verdaderamente cristiana: solo vale aquello que nos lleva a Jesús y aquello que viene de Jesús.
Quizá esa sea también nuestra tarea: aprender a distinguir lo esencial de lo secundario, la fe de la costumbre, el amor de la obligación, la misericordia del rigor.
Porque podemos llegar a cumplir muchas cosas y, sin embargo, olvidarnos de lo más importante.
Podemos hacer todo «correctamente» y estar muy lejos del corazón de Jesús.
Por eso, Señor, enséñanos a vivir desde el amor.
A no convertir la perfección en una exigencia que nos haga infelices ni en una medida con la que juzguemos a los demás.
Enséñanos a comprender que, cuando una norma nos impide amar, quizá tengamos que detenernos y preguntarnos dónde estás Tú.
Que sepamos vivir con más libertad, con más misericordia y con más humanidad.
Y que aprendamos también a descansar contigo.
Porque quizá el sábado, además de un día para cumplir, pueda ser un día para respirar, para disfrutar, para agradecer y para recordar que la vida no está hecha para que la vivamos bajo el peso permanente de la exigencia.
Está hecha para vivirla contigo.
De vacaciones con Dios.