![]() |
| Lc 12, 8-12 |
Juan no entendía por qué todo le salía mal. Tenía como un presentimiento de que las cosas se le torcían porque sí y entendía que su destino era ese.
Al entrar en la terraza se encontró con Manuel y, sin pérdida de tiempo, le dijo:
—Tengo un mal presentimiento, hoy me va a pasar algo.
Manuel, sorprendido por lo que le dijo Juan, respondió:
—¿Por qué dices eso? ¿Acaso te ha sucedido algo?
—No, pero no puedo dejar de pensar que me va a pasar algo.
Manuel, poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:
—Quítate eso de la cabeza y no seas tan negativo. A veces nosotros mismos barruntamos cosas que parece que esperamos.
—Sí, tienes razón, pero hay momentos que me superan y no puedo evitarlo.
—Lo comprendo —comentó Manuel—, pero tenemos que enfrentarnos con valentía y sobreponernos a esos sentimientos.
Hizo una pausa y continuó:
—Ocurre que en muchas ocasiones somos nosotros mismos los que dictamos nuestra condena, rechazando los buenos pensamientos y aceptando los malos.
Juan le miró desconcertado y añadió:
—No entiendo lo que dices.
—Posiblemente no me haya explicado bien. El miedo puede condicionarnos, paralizarnos y llevarnos a renunciar a aquello que estamos llamados a vivir. Y sin darnos cuenta cortamos la rama en la que estamos sentados.
Manuel, con la intención de dar esperanza, sacó la Biblia y dijo:
—Pues eso sucederá si no luchamos contra los sentimientos o presagios que nos vienen de afuera y nos abaten.
Entonces, mirándole con ternura, leyó:
—Del santo evangelio según san Lucas 12, 8-12
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.
Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».
El ejemplo de la rama nos invita a reflexionar sobre cómo, en ocasiones, nuestros miedos pueden condicionarnos hasta el punto de impedirnos avanzar. No se trata de negar las dificultades ni de pensar que todo depende de nuestra actitud, sino de no permitir que el temor tenga la última palabra.
Dios respeta nuestra libertad, pero no nos deja solos. Nos ofrece la fuerza de su Espíritu para afrontar las dificultades y mantenernos firmes en aquello que sabemos que es bueno y justo.
En una sociedad cada vez más secularizada, declararnos seguidores de Jesús significa no ocultar nuestra condición de creyentes ni avergonzarnos de ella. Pero dar testimonio no consiste únicamente en manifestar nuestras convicciones religiosas, sino, sobre todo, en vivir de acuerdo con el Evangelio.
Se trata de buscar la verdad, practicar el bien y defender la justicia, incluso cuando hacerlo no resulte cómodo o no coincida con lo que la sociedad considera aceptable. Porque no todo lo legal es necesariamente justo, ni todo lo socialmente bien visto responde a los valores del Reino de Dios.
Así lo entendieron los apóstoles después de la resurrección del Señor. A pesar de las amenazas y prohibiciones, continuaron anunciando a Jesús, convencidos de que debían obedecer a Dios antes que a los hombres.
Ese es también nuestro desafío: no dejarnos vencer por el miedo, no renunciar a nuestras convicciones por comodidad y confiar en que el Espíritu Santo nos dará la fuerza y las palabras necesarias para ser testigos de Jesús con nuestra vida.






