domingo, 24 de mayo de 2026

EN Y CON EL ESPÍRITU SANTO

Jn 20, 19-23

No sabía qué decir, le faltaban palabras para expresarse y, cuando encontraba la forma, las palabras no lograban salir de su boca. Sentía miedo y eso paralizaba su voz.

Javier era incapaz de mostrar sus sentimientos cuando los experimentaba interiormente. El miedo le superaba y le impedía hablar.

«¿Por qué me siento sometido e incapaz de decir lo que siento?», pensó.

El miedo paraliza muchas gargantas que se vuelven mudas ante el desafío de exteriorizar lo que desean manifestar.

¡Cuántas verdades calladas están en el origen de muchas injusticias emergidas que causan el sufrimiento de muchos! Sobre todo de los más débiles y marginados.

Sucedió que esa mañana, Javier se encontró con su buen amigo Manuel y, tras el saludo, Manuel le invitó a tomar un café.

—Gracias —dijo Javier—, te lo agradezco grandemente, creo que lo necesito.

—Será un placer —respondió Manuel—, con una amable sonrisa.

Al verle el rostro, Manuel percibió su preocupación y le preguntó.

—¿Te sucede algo?, pareces preocupado.

—Sí, no estoy contento conmigo mismo. Siento cierta cobardía a la hora de expresar mi fe. El miedo paraliza mi lengua y experimento tristeza.

Manuel guardó un breve silencio, le puso la mano sobre el hombro y con ternura le dijo:

—No te preocupes, todos hemos sido cobardes en muchos momentos de nuestra vida. Y todavía hoy seguimos siéndolo.

Hizo una pausa, le miró con firmeza y añadió:

—Solos, el miedo nos supera, pero con el Espíritu Santo lo podemos todo y nuestros miedos desaparecen…

Abrió la Biblia y dijo:

—Precisamente, este domingo celebramos Pentecostés (Jn 20, 19-23), la venida del Espíritu Santo (Hch. 2, 1-11) que hace que los discípulos se lancen sin miedo a hablar de Jesús a la gente.

La alegría, como si hubiese recibido una renovada energía, volvió al rostro de Javier. Se sentía capaz de proclamar que Jesús vive y es nuestra salvación.

Nace en nosotros el deseo de reconstruir relaciones de amor, de justicia y de paz.

Y una misión, un sentido, un horizonte que adoptar… dejar como herencia otro mundo posible, urdidores de sueño aparentemente frágiles que hunden sus raíces en Dios.

Ser trovadores de perdón y reconciliación, de abrazos y nuevas oportunidades.

sábado, 23 de mayo de 2026

DIOS DA A CADA UNO SU PROPIO CAMINO

Jn 21, 20-25

Tomás tenía un ideal: ser feliz. Y todos sus esfuerzos iban encaminados a conseguir dinero. Buscaba la manera de encontrar un medio o un trabajo con el que pudiera hacerse rico.

«El dinero da poder con el que puedes conseguir muchas cosas. Y con esas cosas que deseas alcanzarás la felicidad, pensaba».

—¿No te parece, Leonardo, que el dinero se necesita para ser feliz? —preguntó Tomás, convencido de lo que decía.

—No lo sé —dijo Leonardo—, encogiéndose de hombros…

Titubeó unos momentos y, decidido, añadió:

—Pero es verdad que se necesita para obtener muchas cosas.

—Perdonen mi atrevimiento —intervino Armando. He oído de lo que hablaban y puedo decir que conozco a algunas personas ricas que no son felices.

La cara de Tomás cambió de color. No sabía dónde mirar. Entonces, poniendo los ojos en Armando, exclamó:

—¿Está usted seguro de lo que dice?

—¡Hombre, son amigos míos desde la juventud! Conozco sus trayectorias y sus orígenes y también sus ideales.

Hizo una pausa y añadió:

—Desde jóvenes perseguían hacerse con dinero. Pensaban, como usted, que el dinero les haría felices, pero la realidad de la vida es otra.

Guardó silencio, los miró con ternura y añadió:

—Ahora que lo han conseguido, se dan cuenta de su equivocación. El dinero no da la felicidad…

Se detuvo unos breves momentos y agregó:

—Es verdad que ayuda, pero simplemente eso, ayuda nada más. La felicidad está en otra parte.

Tomás y Leonardo se habían quedado asombrados. ¿Cómo era posible que el dinero, que ellos tanto deseaban, no diera la felicidad?

«¿Sería eso verdad?», se preguntaban.

Somos especialistas en distraernos del propio camino, ponemos el foco en el camino ajeno, dando cabida a esas palabras y pensamientos que nos perturban, que nos comparan, que nos hacen sentir de menos… «¿Por qué yo no?», o de más… «Mira a ese pobre desgraciado».

¿No deberíamos vivir pendientes de lo que pasa con el otro? Tenemos nuestro propio destino y ese es al que debemos atender y el que nos debe importar.

Jesús, el Señor, es tajante, pero no se trata de una reprimenda, sino de una invitación a vivir desde la confianza; a acallar los ecos de nuestras propias inseguridades para centrarnos en lo importante…

Él tiene un camino para mí. «¿A ti qué? Tú sígueme».

viernes, 22 de mayo de 2026

VERDAD, JUSTICIA Y PAZ

Jn 21, 15-19

No cabe duda de que la vida está necesitada de amor. Sin amor imperan la fuerza y el poder y, en consecuencia, aparecen la injusticia y la defensa de los intereses por encima de los derechos de las personas.

Orlando tenía esta percepción del mundo que habitaba. Había vivido muchas escenas donde los débiles eran relegados a los niveles más bajos y sometidos a los caprichos e intereses de los poderosos.

La soberbia y el egoísmo eran los motores que gobernaban el mundo, de modo que en los débiles y pobres recaía el peso de los más fuertes.

Orlando se había dado cuenta: solo amando como nos ama el Señor, nuestras relaciones serían de verdad, de justicia y de paz.

Lo más importante, finalmente, es dejar de luchar con el Señor y permitir que sea Él quien actúe en nuestra vida, permitiendo que su cariño despierte nuestras áreas heridas o muertas y las haga revivir en comunicación, generosidad y entrega.

Él nos sigue dando su misión, la nuestra particular, para nuestro propio bien y para el bien de los demás.

jueves, 21 de mayo de 2026

VIVIR EN LA UNIDAD

Jn 17, 20-26

No entiendo cómo unos han recibido mucho, y otros apenas tienen para sobrevivir. Unos han nacido en tierra buena, mientras otros en tierra mala.

La desigualdad es muy grande y, a veces, me asustan los privilegios de algunos y la pobreza de otros.

Cuando me bebo un vaso de agua, me viene la imagen de aquellos que pasan sed.

¿Cómo es posible que exista esto en el mundo?, pensaba Emeterio. ¿No somos todos hijos de Dios?

Levantó la cabeza, miró para Manuel y le preguntó:

—¿Tienes alguna explicación de por qué hay tantas personas que sufren y pasan hambre, mientras otras viven en la opulencia?

Manuel le miró pacientemente y, con ternura, le dijo:

—Dios ha dado lo suficiente a la tierra para que haya para todos. Otra cosa es que el hombre, su administrador, no lo considere así.

Tomó la Biblia de su bolso, la apoyó en la mesa y abriéndola por Juan 17, 20-26, leyó:

—En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego solo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado…

Al terminar de leer el pasaje evangélico, cerró la Biblia y, mirándolo con cariño, añadió:

—Jesús ora por sus amigos, los de entonces y por los que somos, por la palabra de esos primeros.

Entonces, respondiendo directamente a la pregunta de Emeterio, dijo:

El amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras, y todo lo recibido debe ser compartido. De modo que a nadie le falte lo necesario para vivir dignamente.

Emeterio empezó a darse cuenta de que era el hombre, con su egoísmo, el culpable de tantas desigualdades.

Nuestro desafío, como cristianos, es no dar lugar a la división ni a las desigualdades entre nosotros.

No debemos dejar que el espíritu de división, el padre de la mentira, entre en nuestro corazón.

Debemos buscar siempre la unidad; aunque cada uno sea como es, permanecer unidos debe ser nuestro fin.

 Una unión que nos permita vivir dignamente como hijos de Dios.

miércoles, 20 de mayo de 2026

SANTIFICADOS EN LA VERDAD

Jn 17, 11b-19

«Añoro», pensaba Ernesto, cuando la palabra tenía valor y cumplimiento.

Aquellos tiempos, recordaba, donde bastaba un apretón de manos para dejar sellado el trato acordado.

Parecían sueños lejanos o épocas que ya no volverían a verse.

Manuel, al observar que Ernesto tenía la mirada perdida y un estado pensativo, le dijo:

—¿En qué piensas?, querido amigo. ¿Tienes algún problema que no te deja dormir?

Ernesto, interesado en desentrañar la evolución de cómo la verdad se había convertido en algo ficticio y a lo que no se le daba ningún valor, expresó:

—El valor de la palabra dada parece algo desfasado en un contexto en el que los acuerdos a menudo vienen cargados de letra pequeña y trampas…

Se detuvo unos momentos y añadió:

—¿No te parece? —preguntó a Manuel.

Sospechando a lo que se refería Ernesto, Manuel respondió:

—Frente a la ingeniería legal y al miedo de que «nos la cuelen», nos vemos obligados a leer y releer, a estar siempre alerta antes de firmar…

Hizo una pausa, miró para Ernesto y, sonriendo, agregó:

—Jesús, en Juan 17, 11b-19, nos propone una forma distinta de compromiso: Él mismo es la Palabra entregada, la Alianza y el Pacto del lavatorio y la acción de gracias.

Guardó unos segundos de silencio y, fijando los ojos en Ernesto, agregó:

—Nos invita a transformar nuestra manera de relacionarnos: menos sospecha, más compasión…

Y levantando los brazos, concluyó:

—«Yo les he dado tu Palabra, Padre», nos dice el Señor, y nos desafía a recuperar el valor de una palabra auténtica y transformadora, que apuesta por el compromiso y la verdad. 

martes, 19 de mayo de 2026

UN DIOS QUE NOS CUIDA COMO PADRE Y MADRE

Jn 17, 1-11a

Sabía que, a pesar de que muchos no respetan las leyes establecidas, el mundo guardaba un equilibrio asombroso.

Todo seguía un orden y la vida parecía estar regulada de forma inteligente.

Ambrosio se admiraba de la maravilla con la que todo funcionaba y cómo tanto las leyes gravitatorias como las civiles eran cumplidas.

«¿Qué pasaría si algo dejase de ser cumplido? ¿Se vendría todo abajo?», pensó.

El hombre es débil y, sometido a sus propios pecados, incumple las leyes y delinque. Pero, así y todo, el mundo guarda un orden que no llego a entender.

Abrió los ojos y se dio cuenta de que se había quedado dormido.

¡Era un sueño!, se dijo. ¡Y qué bonito sueño!

Cuando se percató de dónde estaba, sintió algo de vergüenza. Santiago, el camarero, se le acercó y lo tranquilizó.

—Observé que se había dormido y le dejé el café para cuando se despertara. Aquí lo tiene, recién hecho.

—Muchas gracias. No sé lo que me ha sucedido, pero he quedado sumido en un profundo y hermoso sueño.

Manuel, que hacía rato que había llegado a la terraza, al verlo despierto, le dijo:

—Dormía placenteramente y su cara dibujaba una agradable sonrisa. Coincidí con Santiago en dejarlo gozar de ese buen sueño.

—Gracias —respondió Ambrosio. Un sueño revelador.

Manuel le miró, y algo extrañado no pudo evitar preguntarle:

—¿Cómo que revelador? ¿Podría explicarse?

Ambrosio se frotó los ojos y, complacido por la pregunta, dijo:

—Veía cómo el mundo, a pesar del pecado del hombre, está protegido por su Creador…

Guardó unos segundos de silencio y con gran gozo añadió:

—Reza por nosotros al Padre, y en Él nos sentimos protegidos y eternos.

Entonces, Manuel comprendió de qué hablaba y añadió:

—Hablas de lo que dijo Jesús en el Evangelio de Juan 17, 1-11ª, cuando pide al Padre para que dé la vida eterna a todos los que creen en Él.

El asombro de Ambrosio era manifiesto.

«¿Le habría mostrado el Señor en sueños aquella promesa? 

Jesús cumplió su misión: manifestarnos el nombre de Dios. Y a quienes vivimos en medio del mundo, ayer y hoy, se nos sigue pidiendo guardar su palabra.

lunes, 18 de mayo de 2026

UN MUNDO VENCIDO

Jn 16, 29-33

No cabe ninguna duda, estamos en el mundo, pero no pertenecemos a él.  La muerte, que llegará a su hora, nos separa de este mundo y nos descubre el verdadero mundo al que pertenecemos.

Se trata, pues, de encontrar el camino que, permaneciendo en este mundo, nos lleve al que realmente pertenecemos.

En esas tribulaciones estaba Genaro cuando se encontró con Manuel en la terraza.

—Buenos días, Manuel —le saludó con gran regocijo. Tengo algo que consultarte…

Manuel tomó asiento en su propia mesa y, con una suave sonrisa, se dispuso a escucharle.

Genaro le miró con esperanza y le preguntó:

—¿Qué piensas de nuestra pertenencia a este mundo en el que vivimos?

Manuel tenía ya la Biblia sobre la mesa; mientras escuchaba la pregunta de Genaro, la abrió. Entonces, mirándole, añadió:

—Estamos llamados al mundo que Dios nos prepara. Jesús nos ha dicho que se va a prepararnos una morada (Jn 14, 2-3) y volverá para llevarnos con Él.

Le miró con alegría y le dijo:

—Su Palabra tiene siempre cumplimiento.

Guardó un breve silencio; señaló la Biblia y agregó:

—Es verdad que en este camino mundano tendremos luchas, pero Jesús nos anima y nos dice: «Tengan valor: Yo he vencido al mundo.

Genaro se había transfigurado. Su rostro mostraba serenidad y paz. 

Sí, a pesar de la lucha y tristeza de este mundo, tenemos la esperanza puesta en ese otro mundo del que el Señor nos habla.