martes, 10 de marzo de 2026

SETENTA VECES SIETE

Mt 18, 21-35

La angustia de Juan era insoportable. No lograba conciliar el sueño y las noches se le hacían muy duras. Su figura llamaba la atención por su tristeza hasta el extremo de ser compadecido por sus íntimos amigos.

—No te preocupes, hombre —le decía uno de sus amigos—, todo se arreglará. Ten confianza y paciencia.

—No puedo evitarlo —respondió Juan, compungido y desesperado—. El dolor me supera.

Manuel, que llegaba en ese momento a la terraza, observó la escena y, viendo el abatimiento de Juan, se acercó para animarlo.

—Ánimo, amigo. Nunca debemos perder la esperanza. Todo tiene solución; incluso la muerte no tiene la última palabra.

—Trato de sobreponerme —respondió Juan—, pero la deuda que tengo encima no me deja en paz. No logro apartarla de mi mente y no le veo salida.

Manuel se acercó y, poniéndole la mano sobre el hombro, le preguntó con suavidad:

—¿Se puede saber qué problema te aflige?

Juan levantó la cabeza y, con la mirada perdida, respondió:

—Debo mucho dinero y no puedo pagarlo. Estoy a punto de hacer un disparate.

—Cálmate —le dijo Manuel—. Confía y pide clemencia. No te rindas.

Entonces se sentó a su lado, abrió su Biblia y, con serenidad, leyó:

Evangelio según san Mateo 18, 21-35: En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Al terminar la lectura guardó silencio unos instantes. Permaneció sentado junto a Juan y luego dijo:

—Al perdonar, no solo liberamos a la otra persona; también nos liberamos nosotros del peso del rencor.

Juan levantó la cabeza, enderezó su cuerpo y, lleno de esperanza, se puso en pie con la decisión de enfrentarse a su problema, confiando en alcanzar clemencia y tiempo para saldar su deuda.

lunes, 9 de marzo de 2026

MÉRITOS Y SEGURIDADES

Lc 4, 24-30

Sigfredo sentía que se merecía todo lo que tenía. Estaba orgulloso de sus acciones y se sabía muy valorado por todo el pueblo.

Esperaba reconocimientos y honores por sus méritos, pero estos no llegaban. La intranquilidad comenzó a instalarse en su orgullo y terminó convirtiéndose en soberbia. No entendía cómo a él, que había hecho tanto por el pueblo, no se le daba el tributo merecido.

Indignado y rebozando ira, se alejó del pueblo. Cansado de vagar, se acomodó bajo la sombra de un árbol a descansar. Sin saber cómo y absorbido por sus pensamientos, cayó en un profundo sueño.

Alguien se le acercó y, viendo su corazón ensoberbecido, le dijo:

No porque creamos que somos quienes somos se nos aseguran honores.

Los honores que esperamos por nuestros méritos no siempre coinciden con las cosas de Dios.

La humildad no consiste en mostrarnos pequeños, que no servimos para nada, escondiendo nuestra soberbia. La verdadera humildad es decir la verdad y reconocernos pecadores.

Sintió un toque en su cara. Abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba tendido bajo un árbol. Recordó que se había sentado allí y pensó: «¡Me he dormido!».  

Desconcertado por lo que había percibido en el sueño, regresó al pueblo. Al pasar por la plaza, un extraño impulso le llevó a entrar en la iglesia.

Su corazón empezó lentamente a ablandarse y a limpiarse de toda esa ira acumulada, mientras oía al sacerdote explicar el evangelio de Lc 4, 24-30.

También nosotros dividimos: los otros, los buenos y los malos, los de dentro y los de afuera. 

Y cuando el mensaje no coincide con lo que esperamos, nos puede la ira y nos sentimos tratados injustamente.

El Señor, al borde del precipicio, se abre paso desde el coraje, imperturbable, dejando atrás la incomprensión y el rechazo.

domingo, 8 de marzo de 2026

SED DE ENCUENTRO

Jn 4, 5-15. 19b-26. 39a.40-42

Después de una larga caminata, Segundo se sentó; estaba cansado y sediento.

—¿Desea algo el Señor? —dijo solícito el camarero.

—Sí, por favor —respondió Segundo—, un poco de agua.

—Enseguida, señor.

Aquella experiencia, común a toda la humanidad, le trajo recuerdos a Segundo. La sed muestra una de las necesidades fundamentales para vivir, nos recuerda nuestra vulnerabilidad y nuestras penurias, no solo las físicas, sino también los anhelos humanos de aceptación, amor, comprensión y sentido.

«¡Cuánta gente pasa sed en estos momentos en muchas partes del mundo!», pensó con cara de angustia.

«Y yo no me puedo quejar, tengo delante de mí una botella con agua para apagar mi sed», se dijo con cara consolada.

Hundió su cabeza entre sus brazos y susurró unas palabras desde lo más profundo de su corazón:

«Pero hay muchas clases de sed: de vacío, de soledad, de aburrimiento, de sentido, de paz, de trascendencia o conexión con lo divino… ¿Y cómo puedo calmarla?».

Tras unos breves segundos, sintió una mano en su hombro. Abriendo los brazos, levantó la cabeza y vio la figura de un hombre que le interrogó:

—¿Le ocurre algo, señor?

—¡Ah!, no, nada. Estaba meditando.

—Bien, mejor. —respondió Manuel.

Y, quedándose, mirándolo fijamente, le dijo:

—¿Y se puede saber, si no es indiscreción y quiere compartirla, su meditación?

Algo desconcertado, Segundo titubeó unos segundos, pero como si una voz desde lo más hondo de sus entrañas le dijera: “compártela”, accedió a confesarla a Manuel.

Después de un largo rato, y tras un paciente diálogo, Manuel le agradeció a Segundo su confianza y su apertura a compartir su pensamiento.

Entonces, tomando su Biblia, leyó en el evangelio según san Juan:

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo.


Al terminar de leerlo todo, cerró la Biblia y, señalando la botella de agua sobre la mesa, dijo:

—Una invitación a reconocer quiénes somos, reconocer nuestra sed y deseos, nuestras insatisfacciones radicales, reconocer nuestras propias necesidades, reconocer a Aquel que desea saciarnos y atrevernos a pedirle:

«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed».

Segundo, entrelazando las manos, se llenó de paz y con una hermosa sonrisa agradeció a Manuel sus palabras.

sábado, 7 de marzo de 2026

SIEMPRE SE PUEDE VOLVER

Lc 15, 1-3. 11-32

Hundido en el lodazal de aquel corral, Onésimo se lamentaba de su pecado. Había dilapidado toda su fortuna casi sin darse cuenta.

La buena vida te venda los ojos y llena tu cabeza de falsas promesas, hasta el extremo de que, cegado por los placeres y el buen vivir, no reparas en tu propio desenfreno… hasta que llega el derrumbamiento.

«¿Qué hago ahora?», pensaba Onésimo, escondiendo la cabeza entre sus brazos húmedos por sus propias lágrimas.

Abandonado por todos aquellos que habían disfrutado a su lado cuando su bolsillo estaba lleno, ahora se encontraba solo, sin nadie a quien recurrir. El hambre empezaba a hacerse presente y sus fuerzas a flaquear.

«Solo tengo una solución —pensó—: confiar en mi padre».

Dolorido por su mal proceder, recapacitaba sobre su mala decisión. Se preguntaba una y otra vez en qué momento había decidido abandonar lo conocido en busca de aventuras soñadas, de falsas libertades que terminan esclavizando.

No encontraba consuelo.

Pero algo se movió en su interior y le hizo reaccionar. Sus lágrimas cesaron y su corazón comenzó a latir con fuerza:

«¿Y si mi padre me perdona?», pensó.

En ese instante se dijo a sí mismo:

«Me levantaré e iré a casa de mi padre. Le pediré perdón y le diré que me trate como a uno de sus criados, porque reconozco que no merezco nada».

Desolado y casi sin fuerzas, pero esperanzado en la bondad y la misericordia de su padre, Onésimo emprendió el camino.

«Siempre —pensó— estaré mejor que aquí».

Levantándose y dando unos pasos por la terraza, Manuel tomó su Biblia y lentamente leyó el evangelio según san Lucas (15, 1-3. 11-32). Hablaba de un padre y de sus dos hijos. Y de cómo uno de ellos decidió abandonar la casa paterna.

Al terminar la lectura completa, mirando a todos los presentes, dijo:

—La historia protagonizada por Onésimo que acaban de escuchar encuentra su respuesta en el evangelio que hemos leído. El amor misericordioso del padre de la parábola es la esperanza de arrepentimiento y perdón que busca el hijo.

Así actúa Dios con todos sus hijos.

Su misericordia es infinita.

viernes, 6 de marzo de 2026

LABRADORES Y FRUTOS

Mt 21, 33-43. 45-46

Después de años de duro trabajo, decidió retirarse dejando su hacienda arrendada a unos jóvenes labradores. Su intención era descansar y, llegado el tiempo, cobrar los frutos que le correspondían.

Carlos no pudo imaginar lo que le sucedió a la hora de recibir su cosecha. Los inquilinos se negaron a darle la parte que le correspondía y se rebelaron contra todo el que pretendiera exigirle los frutos de la cosecha.

Poniéndose en pie, Manuel dijo a todos los presente:

—¿Qué debe hacer el dueño? ¿Tiene alguien alguna respuesta?

—En mi opinión, debe castigarlos por sus delitos y arrendar su hacienda a otros labradores —respondió Fernando.

Así debe ser, dijo Manuel. Entonces, volviéndose a sentar pacientemente y dirigiéndoles una mirada tierna llena de misericordia, les dijo:

—Ser justo no a menudo coincide con nuestra idea de castigo. Y, según el evangelio de Mt 21, 33-43. 45-46 Jesús nos da otra oportunidad.

Viendo sus caras confundidas, dando a entender que no se enteraban de lo que Manuel les decía, se levantó de nuevo, abrió su Biblia y leyó:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos…

Cuando terminó de leerlo, dando un paso hacia delante y clavando su mirada en todos, agregó:

La piedra desechada es ahora la piedra angular. El miedo y el orgullo surgen cuando sentimos que se ha desvelado un gran secreto que queremos ocultar, cuando se revelan verdades profundas que nos incomodan.

Flotaba en el ambiente la certeza de que esos labradores no eran personajes lejanos: éramos nosotros. Se nos ha dado la vida, talentos, tiempo, oportunidades y la posibilidad de dar frutos para la eternidad. 

La piedra rechazada sigue esperando que la aceptemos como fundamento de nuestra vida.

jueves, 5 de marzo de 2026

CAMBIO Y ESCUCHA

Lc 16, 19-31

Emeterio disfrutaba de la vida. Gozaba de una solvencia económica y de una posición privilegiada que le permitía saborear los placeres que le apetecían.

Solía gastar su tiempo en presumir de sus vestimentas y banquetes festivos sin preocuparse de lo que acontecía a su alrededor, ni siquiera de lo más próximo.

No todos corrían con esa suerte. Había muchos que lo pasaban mal y muy pocos se fijaban en sus desgracias. Mientras unos poseían de todo, otros no tenían qué echarse a la boca.

Sucedió, como marca la ley de la vida, que los tiempos se acaban o cambian. Emeterio enfermó a pesar de todos los recursos que su poder económico podía ofrecerle; el sufrimiento hizo presencia y su vida cambió.

Le sacaban a dar largos paseos con el fin de distraerlo y reconfortarlo, pero cada día su tristeza y dolor se acrecentaban.

Sucedió que un día, al pasar por una terraza, oyó una conversación que le llamó la atención. Mandó a parar y escuchó atentamente.

En esos momentos hablaba Manuel sobre la empatía, la solidaridad y el uso que hacemos de los recursos a nuestro alcance, la inutilidad de las advertencias si nos aferramos a nuestras propias ideas y no permitimos que la realidad nos cuestione.

Aquellas palabras sonaron interiormente en su corazón. Se sentía identificado y como si alguien le señalara.

Manuel abrió la Biblia y leyó en el evangelio según san Lucas (16, 19-31): 

«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.

Cuando terminó de leer, cerró su Biblia y se sentó lentamente.

El silencio que siguió fue más elocuente que las palabras.

Emeterio cerró sus ojos, su mente se abrió y su corazón se ablandó. Entonces, tocado por el Espíritu Santo, dijo interiormente:

«Señor, no permitas que me vuelva indiferente ante el sufrimiento de los demás, especialmente al de los que tengo más cerca.

miércoles, 4 de marzo de 2026

SERVICIO Y HUMILDAD

Mt 20, 17-28

Lo que importa es el poder —dijo con mucho entusiasmo Jaime. Porque con la autoridad puedes conseguir todos tus caprichos y objetivos.

—No me parece correcto —alegó Rodolfo—, el dominio corrompe y aviva la soberbia y eso al final trae confrontación, envidias y guerras.

La tertulia está viva y dinámica esta mañana. El tema gira en torno al poder: anhelo mundano que parece colmar aspiraciones terrenales, pero deja el corazón vacío.

Relajando los hombros hacia atrás, Manuel se levantó y dijo:

—Cuando el poder se concentra en una o dos personas, se corre el peligro de abusos e injusticias que se cuecen en el horno de la soberbia y la envidia. Es una tentación difícil de controlar.
    
Pero el poder es necesario para poder mandar, ordenar y administrar la vida —dijo Rodolfo—. Sin poder, todo puede convertirse en un caos.

Manuel dio un paso al frente:

—Sí, se necesita poder, pero depende de dónde provenga. Si nace solo de la autoridad humana, la tentación terminará por vencernos…

Hizo un silencio, miró a Rodolfo y añadió con ternura:

—Pero, si nace de la humildad y del deseo de servir, entonces ese poder es bueno y traerá justicia y paz.

Entonces, sacó su Biblia, y abriéndola por Mt 20, 17-28, leyó:

En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte.

Al terminar de leerlo, levantando sus brazos, agregó:

—No se trata de poder ni de opresión, sino de servicio y humildad. «El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el servidor de todos», porque servir es amar.

Flotaba en el ambiente la consigna de que solo se es realmente grande cuando la autoridad nace como consecuencia del servicio y la humildad.

¿Mi autoridad nace del deseo de servir… o del deseo de ser servido?