viernes, 13 de marzo de 2026

¿EN QUÉ GASTO EL MAYOR TIEMPO DE MI VIDA?

Con una sonrisa de medio lado, Sebastián se mofaba de todo aquel que no ponía el poder como prioridad en su vida. Para él no había otra cosa: poder, poder y poder.

—¿Crees que con el poder se consigue todo lo que deseas? —le preguntó Servando, uno de sus amigos más cercanos.

—Claro que sí, sin lugar a duda —respondió Sebastián—. Con el poder consigues dinero y todos los objetivos que te propongas. El poder te da la fuerza para lograr tus deseos.

Un momento, levantó la voz Carmelo:

—En mi opinión, no estoy de acuerdo. No todo se puede comprar con el poder y el dinero. El ser humano tiene voluntad. Aunque puedan seducirlo o presionarlo, en su interior sigue siendo libre para decidir.

—Sí, puede oponerse, pero al final, bien o de malas maneras, se hace lo que el poder quiere.

Levantándose y tomando su Biblia en la mano con paciencia y serenidad, Manuel leyó en Mc 12, 28b-34:

—En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Cuando terminó de leer todo el pasaje completo, volvió a sentarse y, mirándolos, añadió:

—Jesús nos habla de la única prioridad necesaria:

 Escuchar a Dios.

Amar a Dios.

Unir dos amores: a Dios y al prójimo.

 De amar a quien está cerca.

Todos quedaron sorprendidos y expectantes con las palabras de Manuel. Verdaderamente, el amor es la fuerza más grande y poderosa del universo.

El amor supera al poder. Aunque parezca más débil, mueve la voluntad y actúa como una fuerza constructiva que impulsa la paz, la unidad familiar y el crecimiento humano.

jueves, 12 de marzo de 2026

EL MAYOR BIEN: LA PAZ

Lc 11, 14-23

Adolfo se extrañaba de todo lo que ocurría a su alrededor. No lograba entender tanta desunión entre unos y otros, de la que nacía tanto mal.

—¿Por qué tanta división, no se dan cuenta de que eso no conduce a nada bueno? —dijo Adolfo con un gran suspiro.

A pesar de estar inmerso en la disputa, todos le observaron con una mirada extraña.

Rodolfo, uno de los líderes, dijo:

—No podemos consentir que estos —refiriéndose a los del grupo enemigo— se salgan con la suya. Son los causantes de todo el mal que hay en el barrio.

—Con estas peleas solo se empeora la convivencia y se rompe la paz del barrio —respondió Adolfo.

Elevando su voz y mostrando sus palmas, añadió.

—No se dan cuenta de que es mejor dialogar razonadamente, buscando acercar posturas. Divididos no se logra nada.

—Estamos de acuerdo —respondió Rodolfo con cierto apuro—, pero con esta gente no hay posibilidad de entablar una conversación tranquila y razonable.

Cuadrándose de hombros, dando un paso hacia delante y con la mirada clavada en ambos grupos, Adolfo abrió su Biblia, levantó los brazos y, llamando la atención de todos, dijo pacientemente:

—En el evangelio de Lc 11, 14-23 se dice: En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios».

Cuando terminó la lectura, y lleno de paz y templanza, añadió:

—El poder no soluciona las diferencias, sino enciende las confrontaciones. Quizás Jesús nos esté llamando a ser claros en nuestro alineamiento con Él y a reconsiderar desde dónde interpretamos la realidad.

El mayor bien es la paz, porque de la paz nacen la verdad, la justicia y el amor misericordioso.

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL SENTIDO DE LA LEY

Mt 5, 17-19

Lo había intentado muchas veces, pero no lograba enderezar su vida. Cipriano era de aquellos que, a pesar de sus errores, luchaban por levantarse y no volver a caer. Sin embargo, sus reiteradas caídas lo arrastraban, poco a poco, a darse por vencido.

Un día, cansado de tanto querer y no poder, se dejó llevar por la desgana. Cogió su coche y se alejó de su pueblo. Quería experimentar nuevas sensaciones y conocer otros lugares.

Recorrió varios pueblos y caminos y, ya algo cansado, se detuvo en la plaza de uno donde la tranquilidad le llamó la atención. Allí, sentado bajo unos árboles, reponía fuerzas.

De pronto reparó en una iglesia que había enfrente. Le extrañó ver a algunas personas entrar y, seducido por la curiosidad, se acercó. Al entrar, comprobó que se celebraba una misa. Sorprendido por la paz que allí se respiraba, tomó asiento en uno de los bancos.

En ese momento el sacerdote leía el Evangelio (Mt 5, 17-19):

—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

Cuando terminó de proclamarlo, hizo el siguiente comentario:

—Jesús viene a anunciarnos el Amor misericordioso de su Padre. No viene a abolir nada, sino a darle cumplimiento, a ayudarnos a descubrir el Espíritu que da vida a la Ley.

Tras unos segundos, añadió:

—Los mandamientos, la Ley, nos ayudan a tratarnos con respeto, con prudencia y con sencillez evangélica. Y esa sencillez la contemplamos en Jesús. Él es nuestra referencia y nuestro ejemplo.

E irguiendo un poco el cuerpo, para dar mayor énfasis a sus palabras, concluyó:

—«El hombre sencillo y recto —como dijo san Juan XXIII—, el que teme al Señor, es siempre el más digno y el más fuerte».

Cipriano se había quedado inmóvil, como si su vida se hubiera detenido por un instante. Su corazón, sereno, sentía gozo y paz. Ahora comprendía que, solo con sus fuerzas, los errores seguían pesando; pero, junto al Señor, la esperanza de ir corrigiéndose —no por su mérito, sino por la gracia de Dios— daba verdadero sentido a su vida.

Se levantó y salió del templo. Era el mismo de antes, pero su manera de ver y entender la vida había cambiado. Ahora todo tenía más sentido y la vida, aunque todavía no estuviera del todo enderezada, estaba llena de esperanza.

martes, 10 de marzo de 2026

SETENTA VECES SIETE

Mt 18, 21-35

La angustia de Juan era insoportable. No lograba conciliar el sueño y las noches se le hacían muy duras. Su figura llamaba la atención por su tristeza hasta el extremo de ser compadecido por sus íntimos amigos.

—No te preocupes, hombre —le decía uno de sus amigos—, todo se arreglará. Ten confianza y paciencia.

—No puedo evitarlo —respondió Juan, compungido y desesperado—. El dolor me supera.

Manuel, que llegaba en ese momento a la terraza, observó la escena y, viendo el abatimiento de Juan, se acercó para animarlo.

—Ánimo, amigo. Nunca debemos perder la esperanza. Todo tiene solución; incluso la muerte no tiene la última palabra.

—Trato de sobreponerme —respondió Juan—, pero la deuda que tengo encima no me deja en paz. No logro apartarla de mi mente y no le veo salida.

Manuel se acercó y, poniéndole la mano sobre el hombro, le preguntó con suavidad:

—¿Se puede saber qué problema te aflige?

Juan levantó la cabeza y, con la mirada perdida, respondió:

—Debo mucho dinero y no puedo pagarlo. Estoy a punto de hacer un disparate.

—Cálmate —le dijo Manuel—. Confía y pide clemencia. No te rindas.

Entonces se sentó a su lado, abrió su Biblia y, con serenidad, leyó:

Evangelio según san Mateo 18, 21-35: En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Al terminar la lectura guardó silencio unos instantes. Permaneció sentado junto a Juan y luego dijo:

—Al perdonar, no solo liberamos a la otra persona; también nos liberamos nosotros del peso del rencor.

Juan levantó la cabeza, enderezó su cuerpo y, lleno de esperanza, se puso en pie con la decisión de enfrentarse a su problema, confiando en alcanzar clemencia y tiempo para saldar su deuda.

lunes, 9 de marzo de 2026

MÉRITOS Y SEGURIDADES

Lc 4, 24-30

Sigfredo sentía que se merecía todo lo que tenía. Estaba orgulloso de sus acciones y se sabía muy valorado por todo el pueblo.

Esperaba reconocimientos y honores por sus méritos, pero estos no llegaban. La intranquilidad comenzó a instalarse en su orgullo y terminó convirtiéndose en soberbia. No entendía cómo a él, que había hecho tanto por el pueblo, no se le daba el tributo merecido.

Indignado y rebozando ira, se alejó del pueblo. Cansado de vagar, se acomodó bajo la sombra de un árbol a descansar. Sin saber cómo y absorbido por sus pensamientos, cayó en un profundo sueño.

Alguien se le acercó y, viendo su corazón ensoberbecido, le dijo:

No porque creamos que somos quienes somos se nos aseguran honores.

Los honores que esperamos por nuestros méritos no siempre coinciden con las cosas de Dios.

La humildad no consiste en mostrarnos pequeños, que no servimos para nada, escondiendo nuestra soberbia. La verdadera humildad es decir la verdad y reconocernos pecadores.

Sintió un toque en su cara. Abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba tendido bajo un árbol. Recordó que se había sentado allí y pensó: «¡Me he dormido!».  

Desconcertado por lo que había percibido en el sueño, regresó al pueblo. Al pasar por la plaza, un extraño impulso le llevó a entrar en la iglesia.

Su corazón empezó lentamente a ablandarse y a limpiarse de toda esa ira acumulada, mientras oía al sacerdote explicar el evangelio de Lc 4, 24-30.

También nosotros dividimos: los otros, los buenos y los malos, los de dentro y los de afuera. 

Y cuando el mensaje no coincide con lo que esperamos, nos puede la ira y nos sentimos tratados injustamente.

El Señor, al borde del precipicio, se abre paso desde el coraje, imperturbable, dejando atrás la incomprensión y el rechazo.

domingo, 8 de marzo de 2026

SED DE ENCUENTRO

Jn 4, 5-15. 19b-26. 39a.40-42

Después de una larga caminata, Segundo se sentó; estaba cansado y sediento.

—¿Desea algo el Señor? —dijo solícito el camarero.

—Sí, por favor —respondió Segundo—, un poco de agua.

—Enseguida, señor.

Aquella experiencia, común a toda la humanidad, le trajo recuerdos a Segundo. La sed muestra una de las necesidades fundamentales para vivir, nos recuerda nuestra vulnerabilidad y nuestras penurias, no solo las físicas, sino también los anhelos humanos de aceptación, amor, comprensión y sentido.

«¡Cuánta gente pasa sed en estos momentos en muchas partes del mundo!», pensó con cara de angustia.

«Y yo no me puedo quejar, tengo delante de mí una botella con agua para apagar mi sed», se dijo con cara consolada.

Hundió su cabeza entre sus brazos y susurró unas palabras desde lo más profundo de su corazón:

«Pero hay muchas clases de sed: de vacío, de soledad, de aburrimiento, de sentido, de paz, de trascendencia o conexión con lo divino… ¿Y cómo puedo calmarla?».

Tras unos breves segundos, sintió una mano en su hombro. Abriendo los brazos, levantó la cabeza y vio la figura de un hombre que le interrogó:

—¿Le ocurre algo, señor?

—¡Ah!, no, nada. Estaba meditando.

—Bien, mejor. —respondió Manuel.

Y, quedándose, mirándolo fijamente, le dijo:

—¿Y se puede saber, si no es indiscreción y quiere compartirla, su meditación?

Algo desconcertado, Segundo titubeó unos segundos, pero como si una voz desde lo más hondo de sus entrañas le dijera: “compártela”, accedió a confesarla a Manuel.

Después de un largo rato, y tras un paciente diálogo, Manuel le agradeció a Segundo su confianza y su apertura a compartir su pensamiento.

Entonces, tomando su Biblia, leyó en el evangelio según san Juan:

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo.


Al terminar de leerlo todo, cerró la Biblia y, señalando la botella de agua sobre la mesa, dijo:

—Una invitación a reconocer quiénes somos, reconocer nuestra sed y deseos, nuestras insatisfacciones radicales, reconocer nuestras propias necesidades, reconocer a Aquel que desea saciarnos y atrevernos a pedirle:

«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed».

Segundo, entrelazando las manos, se llenó de paz y con una hermosa sonrisa agradeció a Manuel sus palabras.

sábado, 7 de marzo de 2026

SIEMPRE SE PUEDE VOLVER

Lc 15, 1-3. 11-32

Hundido en el lodazal de aquel corral, Onésimo se lamentaba de su pecado. Había dilapidado toda su fortuna casi sin darse cuenta.

La buena vida te venda los ojos y llena tu cabeza de falsas promesas, hasta el extremo de que, cegado por los placeres y el buen vivir, no reparas en tu propio desenfreno… hasta que llega el derrumbamiento.

«¿Qué hago ahora?», pensaba Onésimo, escondiendo la cabeza entre sus brazos húmedos por sus propias lágrimas.

Abandonado por todos aquellos que habían disfrutado a su lado cuando su bolsillo estaba lleno, ahora se encontraba solo, sin nadie a quien recurrir. El hambre empezaba a hacerse presente y sus fuerzas a flaquear.

«Solo tengo una solución —pensó—: confiar en mi padre».

Dolorido por su mal proceder, recapacitaba sobre su mala decisión. Se preguntaba una y otra vez en qué momento había decidido abandonar lo conocido en busca de aventuras soñadas, de falsas libertades que terminan esclavizando.

No encontraba consuelo.

Pero algo se movió en su interior y le hizo reaccionar. Sus lágrimas cesaron y su corazón comenzó a latir con fuerza:

«¿Y si mi padre me perdona?», pensó.

En ese instante se dijo a sí mismo:

«Me levantaré e iré a casa de mi padre. Le pediré perdón y le diré que me trate como a uno de sus criados, porque reconozco que no merezco nada».

Desolado y casi sin fuerzas, pero esperanzado en la bondad y la misericordia de su padre, Onésimo emprendió el camino.

«Siempre —pensó— estaré mejor que aquí».

Levantándose y dando unos pasos por la terraza, Manuel tomó su Biblia y lentamente leyó el evangelio según san Lucas (15, 1-3. 11-32). Hablaba de un padre y de sus dos hijos. Y de cómo uno de ellos decidió abandonar la casa paterna.

Al terminar la lectura completa, mirando a todos los presentes, dijo:

—La historia protagonizada por Onésimo que acaban de escuchar encuentra su respuesta en el evangelio que hemos leído. El amor misericordioso del padre de la parábola es la esperanza de arrepentimiento y perdón que busca el hijo.

Así actúa Dios con todos sus hijos.

Su misericordia es infinita.