| Jn 16, 20-23a |
La lucha era diaria. Cada mañana Gustavo se levantaba con la firme promesa de enfrentarse con la dura tarea que le esperaba.
Detrás del esfuerzo de cada día, estaba la esperanza de que llegara un día la alegría plena y eterna.
Sabía —o al menos esa era su esperanza— que ahora era tiempo de tristeza, de lucha y esfuerzo, pero mantenía la esperanza de que llegaría el cumplimiento de la promesa.
De camino hacia una de sus tareas, Gustavo, al pasar por la terraza, decidió tomarse un ligero descanso y saborear el buen café de Santiago.
—Buenos días, querido amigo —dijo Gustavo con alegría—. ¿Puede usted servirme un buen café?
—Buenos días, señor —respondió Santiago—, y más a usted que lo conozco.
Carlos, otro amigo común que se encontraba en ese momento en la terraza, se admiraba de la alegría de Gustavo.
—Buenos días, Gustavo, me admira tu alegría —dijo con cierta envidia— a pesar de la dureza del trabajo.
Gustavo le miró con bondad y añadió:
—Se vive y se trabaja con la esperanza de que algún día llegue el cumplimiento de la promesa, y todo será verdadera alegría y felicidad.
—¿De qué promesa hablas? —dijo Carlos frunciendo el ceño.
Manuel, que estaba escuchando, levantó el brazo y dijo:
—Supongo que se referirá a lo que dijo Jesús en Juan 16, 20-23ª cuando habla de que lloraremos y nos lamentaremos mientras el mundo estará alegre.
Y mirando a Gustavo agregó:
—Y termina diciéndonos que volverá y se alegrará nuestro corazón y nadie les quitará su alegría.
—Sí —dijo Gustavo con un semblante lleno de esperanza y gozo.
La cara de Carlos cambió de expresión.
Él no tenía esa esperanza, pero ahora, conociendo el porqué de la alegría de Gustavo y la promesa que Manuel había citado, empezó a desear ese mundo pleno y feliz del que hablaban.