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| Lc 11, 27-28 |
Una y mil veces, conscientes e inconscientes, buscamos el bienestar. Sin él no entendemos la vida. Vivir para sufrir no entra dentro de los planes de nadie. Todos queremos ser felices, y eso se consigue buscando el bienestar de cada día.
Ahora, ¿cómo podemos conseguirlo? Esa era la pregunta que rondaba por la cabeza de todos los tertulianos que se habían concentrado aquella mañana en la terraza de Santiago.
—¿Alguien tiene alguna idea que aportar? —preguntó Manuel.
Tras un breve silencio, Pedro levantó la mano y dijo:
—No sé si alguien tiene alguna iniciativa, pero estoy convencido de que lo que nos propone el Evangelio, de llevarlo a la práctica, es el camino que nos conduce a ser felices.
Manuel, mirando a todos los que estaban presentes, añadió:
—¿Qué les parece? ¿Están de acuerdo?
Al no tener respuesta, sacó la Biblia y leyó:
—Del santo evangelio según san Lucas 11, 27-28:
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
—Estoy de acuerdo —comentó Manuel—, pero no porque lo haya dicho Pedro, sino porque es Palabra de Dios.
Todos permanecían atentos a las palabras de Manuel, asintiendo estar de acuerdo.
Como hemos oído, lo dice Jesús en el evangelio. Somos bienaventurados en la medida en que nos proponemos vivir en la Voluntad de nuestro Padre Dios.
Y, por nuestra propia experiencia, sentimos que cuando hacemos vida en nuestra vida esa Palabra, nuestro corazón reboza de gozo y alegría.
La fe no es una serie de ritos, ni de dogmas; es una vida que surge del seguimiento consciente, de una opción radical lejos del sentimentalismo y fortalecida por el Espíritu que robustece en nosotros el Evangelio de la Alegría.
María, la Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo—, sino por haber sido oyente de la Palabra y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús.
Es la primera discípula, la mujer que escucha, acoge y responde.



