| Lc 6, 43-49 |
A cada persona se le conoce por los frutos que da en su vida. Quien da frutos sanos como la bondad es porque tiene sano el corazón.
Todos estamos llamados a la bondad y a la sencillez en nuestra forma de ser y de actuar. La Palabra de Dios nos abre esa puerta; sin embargo, no todos la aceptan e, incluso, muchos, sintiendo ese deseo de hacer el bien, hacen el mal.
Nuestra forma de actuar de cada día, en las cosas pequeñas y las grandes, nos está constantemente retratando. Y es eso lo que nos define como personas, no nuestras palabras o discursos, por maravillosamente bien que los construyamos.
Pronto nos damos cuenta del talante de una persona en cuanto nos relacionamos y observamos su coherencia entre lo que dice y lo que hace.
Un corazón sano, bien intencionado e inquieto por encontrar la verdad, respira bondad y da buenos frutos. Se percibe y se nota enseguida.
En la persona verdaderamente sana, lo que rebosa del corazón lo habla la boca. Desgraciadamente, hoy estamos viendo con demasiada frecuencia una total disociación entre lo que dicen las palabras y lo que muestra la vida.
—¿Qué opinión tienen ustedes? —dijo Manuel a los tertulianos presentes.
Todos, con un gesto, asintieron estar de acuerdo. Entonces, Manuel, abriendo la Biblia, añadió:
—Jesús en Lc 6, 43-49, nos exhorta a la coherencia entre la forma de hablar y la de actuar. Tienen que hablar más nuestros hechos y nuestros gestos que nuestras palabras.
Y sin más, empezó a leer:
—En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
Hizo una breve pausa y, mirándolos con ternura, continuó:
—¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece:
Se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.
El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó, desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».
Jesús nos exhorta a la coherencia entre la forma de hablar y la de actuar. Tienen que hablar más nuestros hechos y nuestros gestos que nuestras palabras.
El Señor nos previene de una forma de entender la fe que se limita a ponerse bajo su mirada misericordiosa, pero que no se traduce en un cambio del corazón, de la vida ni del mundo que nos rodea.
El Señor nos invita no solo a escuchar con mayor o menor agrado, sino a poner en práctica lo que Él nos propone.
Tenemos que construir, que edificar. Pero nuestra construcción tiene que ser en roca firme, no en arena. Lo construido en roca es lo único que prevalece ante las lluvias y los vientos, ante las dificultades de la vida.
El Señor nos pone en guardia. No podemos hacer de nuestra fe una religión meramente cultual y apartada de la vida real. Algo así no merece la pena; estaremos perdiendo el tiempo y, en el fondo, la vida.