jueves, 19 de marzo de 2026

UN HOMBRE JUSTO

Mt 1, 16. 18-21.24a

No estaba seguro. Su vida le exigía dar un paso hacia delante. Tenía que tomar una decisión y, al parecer, no era cosa fácil.

Francisco decidió dar un paseo con la intención de aclarar su mente. Necesitaba poner en orden sus ideas y buscaba la tranquilidad que le ayudara en esa tarea.

«¿Cómo decir que sí cuando no estás seguro de dar ese paso?», se preguntaba en sus reflexiones más profundas.

Se acurrucó bajo la sombra de un gigantesco árbol y, tratando de serenarse, se hizo estas preguntas:

«¿Seré capaz de soportar esa responsabilidad una vez asumida?»

«¿Tendré fuerza, paciencia y sabiduría para vivirla?»

«¿Sabré responder a lo que me piden y esperan de mí?»

Cansado y aturdido por estos pensamientos, su mente se fue relajando hasta que, perdido en sus dudas, quedó profundamente dormido.

Pasadas unas horas, Francisco abrió los ojos. Se incorporó sobresaltado y miró a su alrededor. ¿Dónde estaba? No entendía qué había sucedido. Trató de calmarse y volvió a sentarse.

Recordó que lo último en lo que pensaba era aquella decisión que tanto le angustiaba. Sin embargo, ahora esa pesadumbre había desaparecido. Se sentía fuerte, valiente y, aunque con incertidumbres, decidido a dar el paso.

Sí, pensó: «He tomado una decisión».

Sereno y fortalecido con esa convicción, emprendió el camino de regreso. A pesar de los interrogantes que aún se le presentaban, experimentaba paz y firmeza.

No sabía cómo había llegado a esa decisión, pero, después de aquel profundo sueño, había despertado con la certeza de afrontar la responsabilidad que se le pedía.

Mientras daba vueltas a esa experiencia, se encontró con un grupo que celebraba el Día del Padre. Hablaban de san José, exaltándolo como un hombre justo.

Uno de ellos, con la Biblia en la mano, subido a un pequeño montículo, comenzó a leer el evangelio de Mateo (Mt 1, 16.18-21. 24a):

—Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo…

Al terminar la lectura, uno de los presentes alzó la voz y dijo:

—Era un hombre justo. Ojalá algún día puedan decir eso mismo de nosotros. A pesar de las dudas y los temores, José confía y acepta asumir un papel crucial en la historia de la salvación.

Hizo una pausa, miró a todos y añadió:

—Y, además, ser reconocido como el padre de Jesús en nuestro mundo.

En ese momento, el rostro de Francisco se iluminó. Comprendió que, como San José, es necesario levantar la mirada y ver más allá.

Se trata de acoger la sorprendente lógica de Dios, que no se basa en cálculos humanos, sino en la apertura a nuevos horizontes, hacia Cristo y su Palabra.

miércoles, 18 de marzo de 2026

LLEGA LA HORA

La discusión adquiría cada vez más fuerza. Bernardino seguía muy obstinado en mantener su teoría. No admitía otra versión.

—No se puede sostener algo que se apoye en la mentira —dijo Julio—, muy enérgico.

—Estoy de acuerdo —replicó Fernando—. Si no partimos de la verdad, todo se derrumbará como un castillo de naipes.

Todos volvieron sus miradas hacia Bernardino, que, sorprendentemente, se mantenía tranquilo y hasta con una aparente indiferencia.

—Vamos a ver, lo que se dice y se oye es lo que cada cual piensa o cree —comentó Bernardino. La verdad es relativa, la que cada cual cree y defiende.

Levantándose de su asiento, Julio clavó su mirada en Bernardino y le dijo:

—Eso no es serio cuando se trata de descubrir la verdad. En este caso, lo que tú defiendes y lo que defendemos otros…

Hizo un breve silencio y con una mirada complacida hacia Bernardino dijo:

—Hay que partir del objetivo de que la verdad es la adecuación de nuestra mente a la realidad objetiva, no la imposición de gustos personales o intereses subjetivos.

Bernardino, refugiado en un lenguaje abstracto y sin reglas claras, trató de salirse por la tangente, pero Julio, decidido a poner las cosas en su punto, lo paró y añadió:

—El diálogo verdadero busca revelar verdades, lo que implica estar abierto a cambiar de opinión ante nuevas evidencias, incluso si resulta difícil de aceptar.

Manuel, que contemplaba toda la disputa con interés, en búsqueda de la verdad, levantó su mano para intervenir.

Aceptada esta, y puesto de pie, dijo:

—La vida tiene dos opciones: la verdad y la mentira. La verdad, el bien y la justicia, lo que todos queremos. ¿No es así?

Después de una pausa, y mirando a todos a la cara, continuó:

—La mentira se disfraza de verdad con la intención de engañar y hacer trampa. Diríamos que es egoísta y hace el mal con el fin de salir con la suya.

Entonces, sacando su Biblia, siempre a mano, leyó:

Evangelio según Jn 5, 17-30: En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo». Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo, porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Al terminar de leer todo el pasaje evangélico mencionado de Juan, cerró la Biblia y con voz suave y dulce, comentó:

—Jesús busca el bien. Sus milagros y preocupación por evitar el sufrimiento se ponen de manifiesto en su vida. Esa es la labor de Dios, incluso en sábado. «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo», nos dice.

Moviendo las manos y con el rostro emocionado, concluyó:

—Dios sostiene constantemente su creación, y el Hijo también la hace, tanto entonces como ahora. Su Verdad está delante de nosotros para que todo el que crea en Él tenga vida eterna en plenitud.

En la atmósfera flotaba la convicción de que:

«Quien busca la verdad termina encontrando a Dios».

martes, 17 de marzo de 2026

EL MENDIGO DE LA PLAZA

Jn 5, 1-16

Cada vez que pasaba por aquel lugar, Severino se encontraba con el mendigo de la plaza. Era ya una cosa tan habitual que todos los del pueblo lo conocían por aquel nombre: “el mendigo de la plaza”.

Un día, acostumbrado a verlo allí postrado, sintió compasión y le dijo:

—Buenos días, amigo, ¿qué tal estás?

—Resignado y soportando esta parálisis que no me deja moverme con facilidad hace ya bastante tiempo.

Severino puso cara de asombro y dijo:

—¿Pero es que estás ahí porque padeces una parálisis? No sabía nada. Creía que era por tu propia voluntad.

—No exactamente. Es verdad que yo tengo mucha culpa, pero desde hace ya algún tiempo padezco una parálisis que me impide moverme con facilidad.

Severino, compadecido, no supo cómo reaccionar. Permaneció unos segundos en silencio, y al final dijo:

—¿Y qué piensas hacer? ¿No deseas salir de esta situación y curarte?

—Eso es lo que quiero, pero necesito ayuda. Solo no puedo buscar algún remedio.

Después de unos breves segundos de silencio sin saber qué decir, Severino le respondió.

—No te lo prometo, pero trataré de ayudarte.

Siguió su camino con esa idea en la cabeza. Quería ayudar a aquel paralítico que llevaba largo tiempo inmóvil en aquella plaza.

Con esos pensamientos bailando en su mente, se dirigió a la terraza de Santiago con la intención de refrescarse y tomar un café. «Quizás encuentre una solución», pensó.

—Buenos días, amigo Severino —le recibió Santiago amablemente. ¡Cuánto tiempo sin verte!

—Sí, hace algún tiempo, pero hoy he sentido esa necesidad de pasar por aquí.

—¿Algún problema? —dijo Santiago.

—No, nada importante. Bueno… sí, muy importante para una persona y por la que me siento preocupado.

Manuel, que había escuchado a Severino, se acercó sigilosamente y le dijo:

—¿Puedo ayudarte de alguna manera?

Severino le miró con cara de esperanza y, tras pensar unos segundos, le respondió.

—No sé, pero quizás podríamos darle algo de esperanza que le levantara al menos el ánimo. ¿Te parece?

—Me parece bien. ¿Qué podemos hacer? —dijo Manuel.

—Ven conmigo, vamos a la plaza —respondió Severino.

Sin pérdida de tiempo se pusieron en camino. Manuel recogió sus cosas y siguió a Severino con entusiasmo y con el deseo de dar esperanza a aquella persona.

Era mediodía, una hora en la que transitaban algunas personas por aquel lugar. Severino vio inmediatamente al mendigo y, deteniendo a Manuel, le dijo:

—Ahí está el problema. Es aquel aparente mendigo; tiene mucha dificultad para moverse y necesita ayuda. Se pasa casi todo el tiempo en este lugar. ¿Qué podemos hacer?

Manuel no supo qué decir. Se acercó lentamente al mendigo y le tendió la mano ofreciéndole una limosna.

—Hola, amigo, esta pequeña limosna no resuelve tu problema, pero puede levantarte el ánimo si logra que pongas atención y escuches esta Palabra.

Y leyendo suavemente, dijo: Evangelio: San Juan 5, 1-16: Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda.

Después de leer el pasaje del evangelio de Juan sobre el paralítico de Betesda, levantó la mirada y le dijo:

A veces nuestro camino no es el que a nosotros nos gustaría elegir, pero es el camino. Y es necesario que Él nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu.

Y con la mirada clavada en su rostro, le cogió las manos y le dijo:

—Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.

Aquella persona llamada “el mendigo de la plaza” cambió de semblante. Enderezó su dorsal y estrechó fuertemente la mano de Manuel.

Había comprendido que la verdadera parálisis no está en las piernas, sino en el corazón que deja de esperar.

Mientras se alejaban de la plaza, Severino rompió el silencio.

—Manuel… ¿Tú crees que ese hombre podrá salir de su parálisis?

Manuel caminó unos pasos antes de responder.

—Depende.
—¿Depende de qué? —preguntó Severino.

Manuel lo miró con serenidad.

—De si un día decide escuchar de verdad esa pregunta que Dios siempre hace al corazón del hombre.

Severino frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué pregunta?

Manuel respondió con suavidad:

—La misma que Jesús hizo al paralítico de Betesda:
“¿Quieres curarte?”

Severino guardó silencio.

Y mientras continuaban su camino, comprendió que muchas parálisis no están en las piernas… sino en el corazón.

lunes, 16 de marzo de 2026

CREER ANTES DE VER

Jn 4, 43-54

Juan Fernando era una de esas personas que podrían considerarse felices. Disfrutaba de una situación acomodada y tenía todos los privilegios que cualquiera podría desear.

No necesitaba nada, y mucho menos creer en dioses que le solucionaran los problemas. Se bastaba a sí mismo y se sentía seguro. Solo creía en lo que veía o en aquello que, una vez comprobado, merecía su confianza.

En realidad, muchas veces valoramos las palabras según el prestigio de quien las dice, y así nos perdemos mensajes valiosos porque no vienen acompañados de trompetas, fuegos de artificio o argumentos de autoridad.

Nunca pensó que llegaría a verse necesitado. Pero un día, movido por el inmenso amor a su hijo, gravemente enfermo, comenzó a recordar lo que había oído sobre los milagros y sobre la fe en Dios.

Entonces empezó a pedir oraciones por la sanación de su hijo. Visitó lugares santos y se puso a rezar.

No se rendía. Algo dentro de él le empujaba a seguir buscando, a seguir pidiendo, a recorrer caminos donde pudiera implorar por la curación de su hijo.

Un día, por el camino, se encontró con un hombre sentado a la sombra de un árbol leyendo. La serenidad que reflejaba su rostro le llamó la atención, y decidió acercarse.

—Buenos días, buen hombre —le dijo con cierta esperanza—. Con su permiso, ¿podría decirme qué lee con tanta paz?

El hombre levantó la mirada. Tenía una suave sonrisa y una expresión tranquila.

—Leo la Palabra de Dios. En ella encuentro paz y luz para mis problemas. Quizás no siempre los resuelve como yo espero, pero me ayuda a vivirlos sin perder la paz.

Juan Fernando, animado por aquellas palabras, le preguntó:

—¿Y qué evangelio está leyendo?

—El capítulo cuatro, versículos del cuarenta y tres al cincuenta y cuatro, donde Jesús cura al hijo de un funcionario real.

El hombre le acercó la Biblia para que pudiera leerla.

Cuando terminó, el rostro de Juan Fernando parecía iluminado por una paz nueva. Cerró la Biblia, se la devolvió con gratitud y emprendió el camino de regreso a su casa.

Su corazón se había abierto a la confianza en el Señor.

Sabía ahora que Jesús, sin gestos dramáticos, solo con su Palabra, puede transformar la realidad. Una realidad que quizá no siempre coincide con lo que nosotros deseamos, pero que siempre conduce a la verdadera salvación.

domingo, 15 de marzo de 2026

LA PERSONA POR ENCIMA DE LA LEY

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Para León, todo aquel que no cumplía la ley debería ser excluido. Él no entendía la vida de otra manera; su postura era vivir estrictamente de acuerdo con lo mandado.

Por eso, cuando le llegó la noticia de que alguien estaba incumpliendo lo establecido, su reacción fue señalarlo y excluirlo de la sociedad. Era intolerable que esa actitud conviviera con el pueblo.

—No se puede aceptar a alguien que se arrogue el derecho de incumplir las reglas —dijo León dando un fuerte golpe con el puño sobre la mesa. Eso es inadmisible. Por lo tanto, hay que excluirlo.

—Sí, pero primero debemos comprobar los hechos del posible infractor —respondió Guillermo—, no sea que estemos equivocados.

—Claro —dijo León—, todo debe estar bajo la ley.

Todos parecían conformes; sin embargo, se oyó un pequeño murmullo que llamó la atención de León. Estaba algo extrañado, irguió su cuerpo y miró hacia donde procedía el murmullo.

Sin darle tiempo a intervenir, emergió una figura que, levantando los brazos, dijo:

—No estoy de acuerdo con lo que aquí se ha dicho. Es obvio que la ley está para cumplirla, pero por encima de la ley está el bien de la persona.

Ante la mirada furiosa de León y los demás, cuadrando sus hombros y dando un paso hacia delante, Manuel, que así se llamaba quien había hablado, abrió su Biblia y dijo:

—Evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38: En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa enviado)».

Al terminar de leerlo todo, miró con ternura a León y dijo:

—Muchas veces nuestras posturas previas terminan condicionando nuestras conclusiones.

Y levantando los brazos, exclamó:

—¿No nos damos cuenta de que lo que hace Jesús es aliviar el sufrimiento de aquella persona ciega? ¿Es que ponemos el cumplimiento del sábado ante la curación de una persona?

Entonces, llevándose las manos a la cabeza, añadió:

—Lo verdaderamente importante es «que se manifiesta la obra de Dios».

La presencia de Dios busca eliminar el sufrimiento o ayudarnos a vivirlo de otra manera.

sábado, 14 de marzo de 2026

ENALTECIDOS Y HUMILLADOS

Lc 18, 9-14

Con los hombros cuadrados, el cuello alzado y la barbilla hacia delante, Florencio se paseaba seguro de sí mismo. Con cierta ironía y una sonrisa de medio lado, se mofaba de todos aquellos a quienes consideraba débiles y pequeños.

Él era diferente y su fortaleza la sacaba a relucir en todo momento. Se vanagloriaba de sus virtudes y presumía de ser un varón justo, cumplidor de la ley, no como esos, decía, pobres diablos, ladrones y adúlteros que van pidiendo clemencia que no merecen.

En cierta ocasión alardeó de sus capacidades delante de otros que, humildemente, reconocían sus debilidades y sus faltas. Irguió su figura y, con un ademán despreciativo, ignoró a los demás, diciendo:

—Estoy orgulloso de ser diferente de los demás, y de hacer las cosas como deben hacerse, tal cual manda la ley.

Miró a su alrededor y levantando los brazos en señal de triunfo, dijo:

—No hay obstáculo, puedo con todos.  Nada parecido a estos otros que se derrumban ante cualquier dificultad y faltan a las normas más elementales.

En ese momento alguien con cara de enfado y apretando los puños, le miró fijamente y dijo:

—No es buena señal creerse buena persona, pues esa creencia puede alejarnos sin advertirlo de la verdad. Todos, aunque no nos demos cuenta, cometemos errores y faltas.

Florencio apretó los puños y trató de contenerse. No supo qué responder, pero su cara reflejó cierto desconcierto.

Con ternura y paciencia, el señor que había intervenido sacó una Biblia y, mirando con suavidad a Florencio, leyó:

Lc 18, 9-14: En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos…

Dejó de leer y levantando su cabeza miró con cariño a Florencio. Tras unos segundos, continuó:

—Por considerarse justos y despreciar a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro, publicano.

Después de unos segundos de acabar de leer todo el pasaje, dijo:

—La misma vida nos enseña lo que dice el evangelio: el que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Y clavando su mirada en Florencio, añadió:

Porque todos cometemos faltas y tenemos debilidades. Necesitamos de la humildad y de la misericordia.

Florencio, a pesar de su ira, abrió sus puños y empezó a relajarse. Su corazón comenzaba a comprender que todos somos pecadores.

viernes, 13 de marzo de 2026

¿EN QUÉ GASTO EL MAYOR TIEMPO DE MI VIDA?

Con una sonrisa de medio lado, Sebastián se mofaba de todo aquel que no ponía el poder como prioridad en su vida. Para él no había otra cosa: poder, poder y poder.

—¿Crees que con el poder se consigue todo lo que deseas? —le preguntó Servando, uno de sus amigos más cercanos.

—Claro que sí, sin lugar a duda —respondió Sebastián—. Con el poder consigues dinero y todos los objetivos que te propongas. El poder te da la fuerza para lograr tus deseos.

Un momento, levantó la voz Carmelo:

—En mi opinión, no estoy de acuerdo. No todo se puede comprar con el poder y el dinero. El ser humano tiene voluntad. Aunque puedan seducirlo o presionarlo, en su interior sigue siendo libre para decidir.

—Sí, puede oponerse, pero al final, bien o de malas maneras, se hace lo que el poder quiere.

Levantándose y tomando su Biblia en la mano con paciencia y serenidad, Manuel leyó en Mc 12, 28b-34:

—En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Cuando terminó de leer todo el pasaje completo, volvió a sentarse y, mirándolos, añadió:

—Jesús nos habla de la única prioridad necesaria:

 Escuchar a Dios.

Amar a Dios.

Unir dos amores: a Dios y al prójimo.

 De amar a quien está cerca.

Todos quedaron sorprendidos y expectantes con las palabras de Manuel. Verdaderamente, el amor es la fuerza más grande y poderosa del universo.

El amor supera al poder. Aunque parezca más débil, mueve la voluntad y actúa como una fuerza constructiva que impulsa la paz, la unidad familiar y el crecimiento humano.