| Mt 12, 46-50 |
Sebastián consideraba que la sociedad era el resultado de muchas familias y que, como consecuencia, surgían los pueblos.
—Somos seres en relación —dijo— con la mirada puesta en Manuel. No se concibe al ser humano individualmente…
Y sin dejar de mirarle, le preguntó.
—¿Qué piensas al respecto? ¿Crees que el hombre puede vivir sin relacionarse?
Manuel, sin apenas inmutarse y muy seguro de sí mismo, respondió.
—El hombre ha sido creado para amar. Y el amor implica relación. De ahí que su vida se inicie en una familia y durante muchos años dependa de ella…
Hizo una pausa, tomó la Biblia y dijo.
—Ese es el ámbito donde el ser humano se desarrolla, aprende a convivir y, sobre todo, a amar. Y a distinguir lo bueno de lo malo…
Entonces, abrió el evangelio de Mateo 12, 46-50, y leyó:
—En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo» …
Al terminar de leerlo, comentó.
—Jesús amplía el concepto de familia hacia la fraternidad: «Estos son mi madre y mis hermanos».
Vino a la memoria de muchos la llamada a la relación con los demás que nace en la familia y en todos los que la rodean.
Todos los presentes entendieron que la relación fraternal va más allá de los vínculos de sangre.
Es evidente que la solución que el mundo busca no depende únicamente de pactos y acuerdos, sino, sobre todo, de la conciencia de que estamos unidos por un vínculo de amor que trasciende razas, culturas y fronteras.