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| Mt 5, 1-12ª |
Muchos son los que se afanan por conseguir fortuna, fama, poder y admiración. Piensan que la felicidad consiste en eso y a eso dedican toda su vida.
—Con el tiempo, siguió Manuel hablando, todo se viene abajo. Algunas veces por mala administración; otras por vicios, envidias o desórdenes, y…
Hizo una breve pausa y continuó:
—La mayoría de las veces por codicia y ambición. Al final, el deseo de tener más que el otro origina enfrentamientos y luchas que conducen a la destrucción.
Pedro, que estaba atento, levantó la mano y dijo:
—Una pregunta: ¿Entonces dónde está la felicidad?
Manuel, mirándole con cariño, respondió:
—La verdadera felicidad no nace del poder, del éxito o del reconocimiento, sino del amor vivido con humildad, misericordia y entrega.
—Pero —dijo Pedro—, ¿con esas premisas será muy difícil conseguir riqueza y poder? En el mundo en que vivimos será imposible.
Manuel le miró fijamente y con ternura añadió:
—La felicidad que buscamos, aunque no lo entendamos, no está en este mundo… Aunque podemos empezar a vivirla desde aquí. Por tanto, tendremos que emplear armas que quizás este mundo no acostumbra a usar.
Entonces Pedro, algo extrañado, preguntó:
—¿Cuáles son esas armas?
Manuel, pacientemente y con serenidad, abrió la Biblia y leyó:
—Del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12ª.
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Pedro y los demás comenzaron a comprender que Jesús les estaba mostrando un camino diferente.
Solo el amor es capaz de sembrar la paz en el mundo. Porque no se trata de ser más, sino de darnos más con amor y misericordia. Es ahí donde está el núcleo de la verdadera felicidad.
La solemnidad de Todos los Santos puede llevarnos fácilmente a pensar en personas extraordinarias, casi inalcanzables, cuya vida parece muy distante de la nuestra.
Sin embargo, el Evangelio nos propone una mirada muy distinta. Jesús no presenta la santidad como un privilegio reservado a unos pocos, sino como una llamada universal que pasa por la vida cotidiana.
Las bienaventuranzas dibujan el rostro de quienes han descubierto que la verdadera felicidad no nace del poder, del éxito o del reconocimiento, sino del amor vivido con humildad, misericordia y entrega.
En ellas encontramos el camino de una santidad posible, cercana y profundamente humana, una invitación a dejarnos transformar por el Evangelio para que nuestra manera de vivir haga visible, aquí y ahora, el rostro de Dios.
Porque la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias para que los demás nos admiren, sino en vivir las cosas ordinarias con un amor extraordinario.






