| Lc 9, 18-22 |
No estaba seguro de nada y todo le parecía confuso. Incluso, en algunos momentos, llegaba a dudar de sí mismo hasta el extremo de preguntarse: «¿Quién soy realmente?».
Fernando no comprendía qué le estaba pasando. Tomó asiento en aquella terraza y trató de tranquilizarse.
—Buenos días, señor —le dijo el camarero—. ¿Desea tomar algo?
—Bueno, sí. Tráigame un café, a ver si espabilo. Estoy algo aturdido.
—De acuerdo, señor. Enseguida se lo serviremos.
Después de unos minutos de desconcierto, Fernando empezó a sentirse mejor. El café pareció sentarle bien y, poco a poco, fue recuperando la claridad y el equilibrio que necesitaba.
Observó que, en la mesa de al lado, había un señor y, deseando compartir con alguien lo que le estaba sucediendo, se atrevió a dirigirle la palabra.
—Buenos días, caballero. Perdone mi interrupción, pero hace unos minutos que, algo descentrado, me he sentado aquí con la intención de descansar...
Lo miró con cierta preocupación y continuó:
—Ahora mismo, aunque me siento mejor, sigo algo despistado. Me cuesta reconocerme y ubicarme. No sé dónde estoy.
Manuel, que era el señor que estaba sentado a su lado, lo miró con ternura y le respondió:
—No se preocupe. Tranquilícese. No se desespere. Todo volverá a la normalidad... A veces nos ocurre que perdemos nuestra propia identidad y no sabemos ni de dónde venimos ni a dónde vamos.
Fernando, admirado por lo que Manuel le decía, comentó:
—Tiene usted razón. Hay momentos en que perdemos nuestra identidad.
Manuel, aprovechando aquella afirmación, tomó la Biblia y dijo:
—Estoy de acuerdo. La vida nos da sorpresas y muchas veces no sabemos cómo actuar.
Lo miró con cariño y añadió:
Abrió la Biblia por el Evangelio de Lucas, 9, 18-22, y leyó:
«Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Ellos contestaron:
“Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas”.
Él les preguntó:
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”».
Al terminar de leer todo el pasaje, agregó:
—Es de vital importancia tener muy claro quién es Jesús, porque, de no tenerlo, podemos confundirnos, como le sucedió a Fernando.
El riesgo en el que muchos podemos caer es pensar que, con Jesús, vamos a solucionar todos nuestros problemas. Y no se trata de eso, sino de entender bien quién es y a qué viene el Señor.
De ahí que Jesús quisiera guardar su identidad para que no se confundieran. No es el Mesías que tanto los apóstoles como el pueblo se habían imaginado y deseaban, sino el Mesías que viene a dar su vida por amor y para nuestra salvación.