miércoles, 4 de marzo de 2026

SERVICIO Y HUMILDAD

Mt 20, 17-28

Lo que importa es el poder —dijo con mucho entusiasmo Jaime. Porque con la autoridad puedes conseguir todos tus caprichos y objetivos.

—No me parece correcto —alegó Rodolfo—, el dominio corrompe y aviva la soberbia y eso al final trae confrontación, envidias y guerras.

La tertulia está viva y dinámica esta mañana. El tema gira en torno al poder: anhelo mundano que parece colmar aspiraciones terrenales, pero deja el corazón vacío.

Relajando los hombros hacia atrás, Manuel se levantó y dijo:

—Cuando el poder se concentra en una o dos personas, se corre el peligro de abusos e injusticias que se cuecen en el horno de la soberbia y la envidia. Es una tentación difícil de controlar.
    
Pero el poder es necesario para poder mandar, ordenar y administrar la vida —dijo Rodolfo—. Sin poder, todo puede convertirse en un caos.

Manuel dio un paso al frente:

—Sí, se necesita poder, pero depende de dónde provenga. Si nace solo de la autoridad humana, la tentación terminará por vencernos…

Hizo un silencio, miró a Rodolfo y añadió con ternura:

—Pero, si nace de la humildad y del deseo de servir, entonces ese poder es bueno y traerá justicia y paz.

Entonces, sacó su Biblia, y abriéndola por Mt 20, 17-28, leyó:

En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte.

Al terminar de leerlo, levantando sus brazos, agregó:

—No se trata de poder ni de opresión, sino de servicio y humildad. «El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el servidor de todos», porque servir es amar.

Flotaba en el ambiente la consigna de que solo se es realmente grande cuando la autoridad nace como consecuencia del servicio y la humildad.

¿Mi autoridad nace del deseo de servir… o del deseo de ser servido?

martes, 3 de marzo de 2026

APARIENCIAS Y AUTOESTIMAS

Mt 23, 1-12

 —Por ahí viene Florencio —dijo uno de los tertulianos de la terraza.  Maestro y doctor, que nos alumbra con sus enseñanzas.

La cara de Florencio brillaba de regocijo. Presumía de que le llamaran maestro y de que le halagaran por sus enseñanzas.

—Gracias, amigos, me satisfacen sus alabanzas y, en prueba de ello, les invito a tomar algo.

No todos habían recibido a Florencio con entusiasmo. Alguien, dando un resoplido, pensó: «Se puede aceptar lo que dice, pero no es ejemplo para nada. Dice, pero no hace, sino que lo carga en las espaldas de los demás».

Al otro lado de la terraza, Manuel observaba la bienvenida dada a Florencio por sus adeptos y amigos. Conocía muy bien al personaje y, enderezando su espalda al mismo tiempo que se levantaba, dijo:

—No siempre es fácil encontrar el equilibrio entre la autoestima y la humildad, aún más en un contexto que nos invita a negarnos pocas cosas y a reconocer nuestros propios logros.

Viendo que había logrado llamar la atención de todos, aprovechó para sacar su Biblia y, abriéndola por el pasaje evangélico de Mt 23, 1-12, leyó:

—En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: hagan y cumplan todo lo que les dicen; pero no…»

—Palabra del Señor… y palabra que nos examina.

Al terminar de leerlo, clavó su mirada en Florencio y sus amigos y dijo:

—La trampa aparece cuando la autoestima se disfraza de egoísmo y se convierte en orgullo, cuando se alimenta del reconocimiento ajeno y nos eleva por encima de los demás.

Hubo un silencio prolongado. Algunos apartaron la mirada, otros encogieron sus cuerpos sintiéndose culpables, y Florencio carraspeó disimulando su nerviosismo.

Las palabras de Manuel habían desnudado el ambiente de tanta hipocresía.

lunes, 2 de marzo de 2026

PERDONA, PARA QUE SEAS TAMBIÉN PERDONADO

No sabía cómo reaccionar ante los insultos que recibía. Desde pequeño le habían hablado de ser misericordioso, pero…

«¿Cómo ser misericordioso en un mundo donde la dureza nos protege de posibles agresiones?», se preguntaba Orlando.

En su cabeza no encajaba esa forma de entender el perdón, pero tampoco encontraba cómo afrontarlo.

Confuso y atormentado con este dilema, se dirigió a la terraza con la esperanza de escuchar la opinión de Manuel u otros tertulianos.

—Buenos días, compañeros —dijo con rostro tenso—. Estoy preocupado y nervioso porque no sé cómo responder a quienes me hablan con insultos e irresponsabilidad.

Manuel, al oírlo, respiró hondo y con paciencia le dijo:

—No es fácil responder a las afrentas con suavidad y misericordia, pero ese es nuestro camino.

Con tranquilidad y cierta parsimonia abrió su Biblia y leyó:

—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados…».

Después de leer, clavó su mirada en Orlando y añadió:

—No soy yo quien lo dice; son palabras de Jesús. Y además afirma que, según midamos, seremos medidos. Nos guste o no, ese es el camino.

Hizo una pausa. Observó los puños apretados de Orlando y, mirándolo con bondad, continuó:

—No olvides que el Espíritu Santo está contigo y espera que le abras tu corazón para ayudarte a perdonar y llenarte de misericordia.

Las manos de Orlando empezaron lentamente a abrirse, y una suave paz fue inundando su corazón. Su mirada transmitía un deseo misericordioso de ser como el Padre, pues de Él había recibido el perdón.

Cada acción, pensamiento y juicio se refleja en el mundo que construimos a nuestro alrededor.

Jesús, ayúdanos a vivir tus palabras en lo cotidiano. Que cada encuentro, decisión y momento sea una oportunidad para vivir a tu manera.

domingo, 1 de marzo de 2026

MONTE TABOR

Mt 17, 1-9

Francisco vivía muy distraído. Muchas de las cosas que vivía pasaban inadvertidas para su conciencia. Existía, pero no bajaba a la realidad. Digamos que, de alguna manera, se instalaba en la superficialidad de lo que le acontecía en cada instante de su vida.

Manuel, que se daba cuenta de su ensimismamiento, trató de desadormecerlo y que se diera cuenta de dónde estaba.

—¿Sabes realmente dónde vives, Francisco?

—¿Por qué me dices eso? —respondió Francisco elevando los hombros y extrañado.

—Porque te noto abstraído y en el aire —replicó Manuel, tenso y preocupado.

Ambos amigos cruzaron sus miradas; sin embargo, Francisco parecía no darse cuenta del toque que Manuel le había dado. Su actitud era como quien está subido en una nube. Daba la impresión de estar bien instalado en las alturas sin importarle mucho lo que sucediera abajo.

Manuel, cuadrándose de hombros y con firme decisión, le dijo:

—Las cosas son más serias de lo que pareces que te las tomas. A pesar de que podamos en muchos momentos elevar nuestra mirada, no podemos permanecer instalados en los ideales.

Esperó unos segundos y, clavando la mirada en Francisco, le dijo:

—Nunca olvides que tus pies están en la tierra, y es en ella donde debes comprometerte y trabajar para que la vida, no solo la tuya, sino la de todos, especialmente la de los que te rodean, sea mejor.

Muchos de los que escuchaban levantaron las cejas. No esperaban la respuesta de Manuel.

Viendo Manuel sus caras de sorpresa, sacó su Biblia lentamente y dijo:

—Evangelio de Mt 17, 1-9: En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro…

Al terminar de leer, y con una plácida sonrisa, concluyó:

—Incluso las epifanías pueden cegarnos y paralizarnos: «Como ya veo con claridad, he llegado a mi destino; quedémonos aquí».

Aunque nos haga bien subir a lo alto acompañados de Jesús, la mayoría del tiempo vivimos en llanuras, y en muchas ocasiones en valles. Más allá del deseo de retener el momento por complacencia, el Señor nos invita a integrar estas experiencias en nuestra vida cotidiana.

Como a los discípulos en el monte, también a nosotros nos asusta no entenderlo todo.

sábado, 28 de febrero de 2026

AMOR SIN RECOMPENSA

Mt 5, 43-48

En el corazón humano anida el deseo de recompensa. Si hacemos el bien a quienes no lo merecen, esperamos un premio. Y si incluso nos pagan con el mal, la compensación exigida será mayor.

—Nunca entenderemos hacer el bien sin recibir nada a cambio —continuaba su reflexión—, Rogelio. El hombre busca siempre su propio bien, y cuando se da a los demás, espera una contraprestación. Actuar de otra manera le parece contrario a su razón.
    —En eso consiste precisamente el amor: en buscar el bien del otro —argumentó Manuel—. Cuando amas, lo demuestras asumiendo su dolor o buscando su alivio, incluso poniéndote en su lugar.

Nadie respondió al comentario de Manuel. Algunos descruzaron las piernas en actitud receptiva, dispuestos a abrir el corazón a ese amor generoso y gratuito.

Animado por aquella disposición, se atrevió a compartir las palabras de Jesús en el pasaje evangélico del Evangelio de Mateo 5, 43-48, y leyó:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que les persiguen…”

Y tras concluir el pasaje, añadió:

—Se trata de reconocer la humanidad compartida también en quienes nos incomodan. El Señor nos invita a participar en la bondad radical del Padre celestial. Una bondad que no discrimina entre buenos y malos, sino que se derrama generosamente sobre todos.

Entonces, alzando los brazos y elevando la voz, exclamó:

—¡Menudo reto!

viernes, 27 de febrero de 2026

HORIZONTE DE SANACIÓN Y RECONCILIACIÓN

Mt 5, 20-26

La terraza está animada esta mañana. Una excursión de turistas había hecho una parada para un breve descanso y reponer energía. Santiago, el camarero, no daba abasto a atender a todos los clientes: cafés, bocadillos, refrescos, pepitos, etc. Desde el punto de vista económico, la terraza hoy presentaba un día pleno.

 Juan Fernando, uno de los habituales tertulianos, miraba con cierta ironía, tamborileando sus dedos sobre la mesa.

—Santiago es tonto, no se da cuenta de que este es el momento de aprovecharse y cobrarle más caro el servicio a los turistas.

—No estoy de acuerdo —dijo Antonio—, se debe tratar a todos por igual. ¿O es que te gustaría que te lo hicieran a ti.

—Yo no soy turista y no vengo exigiendo atenciones —respondió Juan Fernando—. Considero una idiotez no aprovecharse cuando la ocasión te lo pone en bandeja.

—Pero eres una persona, y tienes derecho a que se te trate con justicia —replicó Antonio.

 Manuel, que había llegado hacía un buen rato, levantó su cabeza y, tosiendo para llamar la atención, dijo:

—A veces se cometen errores o no se aprovecha la ocasión lo mejor posible, pero eso nunca te da derecho para insultar o menospreciar a nadie.

Todos quedaron sorprendidos por las palabras de Manuel. Juan Fernando cruzó sus brazos en señal de rechazo mientras Antonio levantó su dedo pulgar.

Fijándose en la reacción de Juan Fernando, Manuel abrió su Biblia y dijo:

—En el evangelio de Mt 5, 20-26, leemos: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos». Han oído que se dijo a los antiguos…

Cuando terminó de leer completamente, hizo una pausa, y clavando su mirada en Juan Fernando, dijo:

—Jesús afirma que es pecado no sólo matar, sino también dejarse llevar de la cólera e insultar y regañar al hermano. Conviene no olvidarlo nunca, porque en los tiempos que corren estamos muy acostumbrados a estos calificativos y tenemos un vocabulario muy creativo para insultar.

Juan Fernando escondió su cara entre sus manos en señal de vergüenza, como quien quisiera esconder también sus palabras.

 Apretando sus labios para contener su ira, se había dado cuenta de su mal proceder. Todos tenemos derecho a ser respetados.

jueves, 26 de febrero de 2026

PEDIR, BUSCAR, LLAMAR

Mt 7, 7-12

Las cosas se ponían difíciles y Agapito tenía la sensación de que nadie le escuchaba. Estaba cansado de pedir, llamar y buscar atención; nadie le hacía caso.

Llegó un momento en que, no pudiendo aguantar más, se rebeló contra todos y adoptó la misma actitud. Cuántos le pidieron, le buscaron o llamaron, no encontraron contestación. Había decidido responder con la misma moneda.

Se sentía satisfecho de su manera de enfrentarse a quienes le ignoraban y, con una actitud arrogante, decidió dar un paseo con el propósito de lucir su firmeza y decisión. Ahora no se reirían de él, ni tampoco haría caso a nadie.

Orgulloso y presumiendo de su postura, llegó a la terraza. Allí, chuleándose ante todos los que le miraban, se sentó plácidamente, consciente de que le observaban.

—Buenos días, ¿desea tomar algo, el señor? —dijo el camarero.

Entonces, enderezando la espalda y clavando la mirada en él, respondió:

—¿Puede usted servirme un café, por favor?

—Enseguida, señor —contestó el camarero.

Algunos sonrieron de medio lado, con cierta ironía y burla.

Alguien, percatándose de la arrogancia con la que se presentaba Agapito y compadecido de su forma equivocada de actuar, se acercó amistosamente con la intención de ayudarle a salir de aquella situación.

—Buenos días, amigo, disfrutando del día —dijo con voz cordial.

—Buenos días, Manuel. Sí, eso trato de hacer —respondió Agapito.

—¿Y se consigue? —añadió Manuel, clavando la mirada en espera de respuesta.

Agapito se rascó la nariz, algo nervioso, sin saber qué responder. No encontraba razones para justificarse. Apretó los puños y guardó silencio.

Manuel, dándose cuenta de que era el momento de echarle una mano, no esperó más:

—La paz, querido amigo, se esconde en el trato con los demás. Y todo ser humano, alcanzada cierta edad, anhela tranquilidad, vivir en paz y no complicarse la vida.

Sacó su Biblia, la abrió por el capítulo 7 y leyó el pasaje del Evangelio de Mateo (7, 7-12):

—«Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá…».

Y, tras terminar la lectura, concluyó:

—Las palabras de Jesús resuenan con un desafío especial: “Traten a los demás como quieren que ellos les traten a ustedes”.

Porque las cosas no siempre salen bien para nosotros o para quienes amamos; a veces la paz es esquiva. En esos momentos, el bien que nos hace un trato amable es incalculable. Del mismo modo, cuando percibamos esa necesidad en otro, ya sabemos qué tenemos que hacer.

En medio del silencio reinante, Agapito abrió sus manos, liberando la tensión contenida, y respiró hondo.

Había comprendido que caminaba equivocado.