jueves, 12 de febrero de 2026

EL PAN ES PARA TODOS

Mc 7, 24-30

La vida era dura y más en aquella comarca donde había distinción de clase y dignidad. Para unos, todo eran derechos y privilegios; para otros, obligaciones y trabajos. Mientras unos ocupaban la primacía, otros eran los sin derechos, extranjeros o esclavos.

La fama de Virgilio se había extendido por todo el país. La noticia de sus curaciones recorría todos los lugares y, en consecuencia de su gran fama, muchos venían buscando la curación de sus males.

Sucedió que una mujer, de clase baja, pudo llegar a él y, postrándose a sus pies, le imploró la curación de su hija. Virgilio, al notar su condición de extranjera y esclava, pensó: «No es de mi incumbencia», y con un gesto frío le negó su intervención.

La mujer se resistía a que su hija no fuese curada y, aun importunando, insistía en que la vida de los esclavos también tenía su valor. 

En ese momento, un señor que casualmente se encontraba allí, dando un paso adelante, decidió intervenir en favor de la mujer extranjera, movido por una inquietud interior que no podía callar. 

Nadie entendía cómo aquel individuo se había atrevido a defender a aquella extranjera frente al afamado y grandioso Virgilio.

Pero, ante el asombro de todos, dijo:

—Permítame decirle que toda persona, por el hecho de serlo, tiene la misma dignidad y derecho que todos los demás a ser atendido, a pesar de su pertenencia y clase social. Y esta mujer, solo por su insistencia y ruegos, debería ser asistida.

Todos quedaron admirados de la valentía de aquella persona y de sus certeras palabras.

Entonces, sin dar tiempo a ninguna respuesta, tomó en sus manos la Biblia y leyó en Mc 7, 24-30:

 En aquel tiempo, Jesús, partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa, quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, enseguida, habiendo oído hablar de Él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba.

Cuando terminó de leer todo el pasaje, mantuvo unos segundos su mirada en la Biblia. Luego, lentamente dirigió su mirada hacia Virgilio y, con gran ternura y caridad, le dijo:

—Ese atrevimiento e insistencia por su hija merece una respuesta salvadora. Así lo entendió Jesús, que, admirado por el riesgo de aquella madre expuesta a quedar en ridículo por amor, le concedió lo que pedía.

Todos enmudecieron e interiormente sus corazones sintieron compasión por aquella mujer. Mientras Virgilio entendió que, antes de las apariencias y clases, está el derecho a la vida de toda persona.

miércoles, 11 de febrero de 2026

LO IMPURO SE CUECE EN EL CORAZÓN

Mc 7, 14-23

—La cuestión está —decía Ovidio— en la intención de los actos, no en la pureza o impureza.

Miró con delicadeza a Octavio e insistió en lo que acababa de decir.

—Una cosa es impura cuando es mala y va contra el bien de la persona. A diferencia de lo que contamina o infecta, causando enfermedad, la impureza, referida a nuestras relaciones, está relacionada con la moralidad de estas.

—Coincido contigo —respondió Octavio—, lo que verdaderamente hace daño y perjudica al hombre sale de nuestro corazón, no viene de afuera.

En ese momento llegó Manuel a la terraza y con un gesto afectuoso saludó a los tertulianos presentes.

Entonces, Octavio, queriendo confirmar lo que él acababa de decir, al tener en gran estima a Manuel, quiso saber lo que pensaba al respecto.

—Estábamos hablando sobre la impureza y me gustaría saber tu opinión al respecto.

Manuel, que no esperaba tal pregunta, solicitó unos breves segundos, pidió su acostumbrado café y, sacando su Biblia, al mismo tiempo que se disponía a contestar, dijo:

—La impureza puede considerarse cuando algún alimento está en mal estado, e incluso algo material se adultera con otras sustancias.

Se paró unos breves segundos y levantando su Biblia dijo:

—Pero, referido a lo que nos dice Jesús…

Hizo una pausa y leyó el pasaje evangélico de Mc 7, 14-23, que ya tenía delante de sus ojos:  

—En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga».
Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le…

Cuando terminó de leerlo, mirando para Octavio y todos los que le escuchaban, concluyó:

—Jesús lo deja muy claro. No lo que viene de afuera contamina, sino lo que sale de dentro, del corazón del hombre. Porque es ahí donde se cuecen y salen pensamientos perversos, tal y como hemos escuchado.

Octavio y Ovidio levantaron su dedo pulgar manifestando su acuerdo con lo dicho por Manuel.

Todo había quedado muy claro: las impurezas desde el punto de vista moral y en relación con los demás nacen en el corazón del hombre, y es ahí donde se tienen que purificar con la Gracia de Dios y el Espíritu Santo que nos asiste.

martes, 10 de febrero de 2026

FORMAS Y SUSTANCIAS

Mc 7, 1-13

No había norma que se le escapara. Para él, el cumplimiento de la ley estaba por encima de todo.

Esa era la forma de pensar de Eusebio; para él primaba el legalismo y el ritualismo, y lo demás pasaba por debajo de la mesa.

Un día observó que un grupo de personas se sentaron a la mesa donde él atendía y organizaba el reparto de alimentos y otras necesidades. Al observar que no se habían, previamente, lavado las manos, se enfadó notablemente y comenzó a amonestar a todos por no cumplir la norma.

Bastante irritado y con cara de pocos amigos, les dijo:

—La ley hay que cumplirla a rajatabla, así que ya se están levantando para lavarse las manos.

Muchas miradas se cruzaron con cierta perplejidad, pero la necesidad y el hambre mandaban a callarse la boca. Lentamente y disimulando discrepar un poco, se levantaron y accedieron a lavarse las manos.

Mientras tanto, algunas personas mayores, impedidas y necesitadas de atención, eran postergadas y olvidadas. Pero eso no lucía ni molestaba: la ley estaba primero.  Además, quien no podía entrar no era incumbencia de él.

Observado todo lo que ocurría, tanto dentro como fuera, una persona levantó su mano y, poniéndose de pie, llamó la atención de Eusebio. 

Este le miró con cara de desafío y le indicó si tenía algún problema.

—No me pasa nada —dijo aquel señor—, solo que me parece más importante atender a los que difícilmente se pueden mover que a nosotros, que podemos acudir con facilidad.

Hizo una pausa, miró para todos los que estaban sentados y, fijando sus ojos en Eusebio, concluyó:

—Ya que veo que usted es mucho de la ley y el cumplimiento, quiero decirle que el amor es la máxima ley. Si amamos, todo lo demás viene por añadidura. Y no son palabras mías, están muy bien dichas en el evangelio de Mc 7, 1-13.

Con cierta paciencia y dando un breve respiro, dijo:

—Las tengo muy metidas dentro de mí. Dejamos el mandamiento de Dios para aferrarnos a la tradición de los hombres.

Entonces hizo una pausa y, con firmeza y seguridad, añadió:

—Anulamos el mandamiento del amor por mantener nuestra tradición.

Y saliendo, ayudó a algunas personas con discapacidad a sentarse a la mesa y servirles.

Eusebio permaneció en silencio. Dentro de él comenzaba a abrirse una certeza nueva: el amor es lo primero.   

No tenía palabras con que responder e interiormente comprendía que lo que le había dicho aquella persona tenía razón.

Evidentemente, el amor es lo primero, y porque Dios nos ama con un amor infinito y misericordioso, tenemos nosotros esa posibilidad de ser felices eternamente.

lunes, 9 de febrero de 2026

CUESTIÓN DE FE

Mc 6, 53-56

La enfermedad mueve a buscar soluciones. Quedarte quieto es rendirte, bajar los brazos y aceptar la muerte. Son esos momentos, cuando la ciencia no tiene respuestas, en que muchos elevan su mirada al Cielo y piden la sanación.

El hombre busca siempre una respuesta a su dolencia. Muchos que nunca se han planteado la fe, llegado el momento del peligro, se la plantean. Pero no todos reaccionan así; también hay muchos que aceptan la situación y su corazón endurecido no tiene otra salida.

Es evidente que la fe es un don de Dios, y un regalo para aquellos que la buscan y se abren a ella. Porque quien no quiere la impide entrar en él. Somos libres y tenemos esa opción. Por lo tanto, la única manera de recibirla es abriendo tu corazón, creyendo como un niño cree lo que le dice su padre, dejando que entre dentro de sí.

Cada día hay muchos milagros que no vemos o no queremos ver. Sé de personas que se han curado milagrosamente sin que los médicos puedan dar alguna explicación. Y eso ocurre con más frecuencia de la que pensamos. Son los milagros de cada día que ocultamos a nuestros ojos.

Olegario, después de meditar sobre las curaciones de Jesús, abrió su Biblia y, buscando en Mc 6, 53-56, leyó: En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron.

Hizo una pausa, elevó su mirada al cielo y dio gracias a Dios por su fe. Luego, con un rostro agradecido y gozoso de verse salvado en el Señor, continuó la lectura:

 Apenas desembarcaron, le reconocieron enseguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados. 

Con gran regocijo, Olegario pensó: “Eso mismo ocurría entonces… y sigue ocurriendo hoy”,

Cuando nos acercamos con ternura a los que necesitan atención, llevamos la esperanza y la sonrisa de Dios en medio de las contradicciones del mundo. Y eso a menudo llena de consuelo y genera confianza y fe.

domingo, 8 de febrero de 2026

MARCAR DIFERENCIA

Mt 5, 13-16

Preparaba las comidas con tal maestría que la gente se preguntaba si era el propio Justiniano quien las había cocinado. Su fama se extendió por toda la comarca y muchos venían de pueblos y lugares cercanos para saborear su afamada cocina.

No eran pocos los que se acercaban con el deseo de descubrir algún secreto que les permitiera dar a sus guisos esos sabores tan peculiares con los que Justiniano sorprendía a sus comensales. Sin embargo, sobre su cocina se cernía un bien guardado hermetismo del que nadie lograba sacar conclusión alguna.

En una de estas ocasiones, Sebastián, un famoso cocinero y conocido de Justiniano, consiguió entrar en su cocina y observar cómo se aderezaban los platos. Entabló conversación con el ayudante hasta el punto de distraerlo en el momento en que se sazonaba el guiso.

—Buenos días, querido amigo —saludó Justiniano al llegar y encontrarse con Sebastián.

—Buenos días —respondió este—. Pasaba por aquí y me dije: ¿por qué no saludar a mi amigo? Y, al ver que no estabas, he charlado un rato con tu ayudante.

—Espero que no hayas podido abrirle la boca —dijo Justiniano—. Todo lo que se cocina aquí se hace en secreto. Se puede ver, pero no conocer los manejos ni las medidas, ni tampoco la forma de elaborarlo. Ahí están los secretos de la buena cocina.

Sebastián, que había advertido el descuido del ayudante, lo miró con una sonrisa interior, sabiendo que al guiso le faltaba esa medida de sal que le daba su sabor característico. Con aire socarrón añadió:

—Y bien, después de cocinar, conviene probar el plato para darle el visto bueno antes de presentarlo en la mesa.

—Así es —respondió Justiniano—. Vamos a ello.

Su mirada no daba crédito a lo que su paladar acababa de descubrir. Al probar el guiso, notó enseguida que faltaba ese gusto inconfundible que aporta la sal.

¿Qué había pasado? No podía entender que su ayudante hubiera olvidado añadirla. Miró a Sebastián y comprendió que algo no iba bien.

Buscó entonces al ayudante, quien, con el rostro desencajado, reconoció que, entretenido en la conversación con Sebastián, no había puesto sal al guiso.

Mirándolos a ambos, Sebastián dijo con calma:

—No se preocupen. La sal, aun pasando desapercibida, tiene una gran importancia en la comida. Sin ella, el sabor y el gusto no son los mismos. Aunque, por suerte, siempre se puede arreglar.

Y, sacando de su bolso la Biblia, les leyó el pasaje evangélico (Mt 5, 13-16) en el que Jesús habla de la importancia de la sal y de la luz.

Después, con suavidad y ternura, les comentó:

—En nuestra vida, la luz sirve para iluminar, no para cegar; y la sal para potenciar, no para anular. Tocar la vida de los demás y permitir que su realidad nos impacte, ser reflejo de Alguien grande… Eso es marcar la diferencia.

Desde ese momento y, por la gracia de Dios, Justiniano comprendió que todos nuestros talentos deben ponerse al servicio del Señor para que, como la sal y la luz, den sabor y brillo a su Palabra.

sábado, 7 de febrero de 2026

NECESIDAD DE DESCANSO

Mc 6, 30-34

La tarea era ingente, pero Eusebio se bastaba para realizarla. Presumía de su gran capacidad para abarcar muchas cosas y se lucía ante los más débiles y necesitados de ayuda.

Cuando muchos necesitaban descansar, él eludía el reposo y continuaba exhibiéndose, cargando incluso con el trabajo de los demás. Era, sin duda, un buen gesto y muchos se lo agradecían; pero, en el fondo, se escondía una sutil intención de lucimiento.

A la hora de compartir con sus amigos, alardeaba de sus fuerzas y de que no necesitaba detenerse a relajarse o descansar. Su fortaleza —decía— era suficiente para afrontar toda la tarea que le pusieran delante.

Nada ni nadie lograba convencerlo de que el descanso, no solo físico, sino también mental, era necesario, aunque no se advirtiera su urgencia. Incluso algunas voces cercanas intentaban prevenirlo, sin éxito.

Un día, cuando se sentía especialmente pletórico, se encontró con una gran algarabía. Una parte del lado oeste de la ciudad se había inundado y muchos ciudadanos —sobre todo mujeres de cierta edad— tenían serias dificultades para pasar al lado este.

Eusebio se lanzó a la acción y, sin pensarlo, se entregó a la faena. Ayudaba a trasladar a unas y otras personas de un lado a otro, sin concederse pausa alguna. De pronto comenzó a sentir la fatiga; sus fuerzas flaquearon y el cuerpo ya no respondía como antes. Alguien que lo advirtió corrió a su lado, lo sostuvo en pie y, ayudándolo, lo retiró a un lugar donde pudiera descansar.

El rostro de Eusebio, que tantas veces había reflejado orgullo por su fortaleza, se tornó rojo. Él, que tanto se había jactado de su capacidad, ahora estaba rendido y débil, necesitado de ayuda.

Alguien que lo vio abatido se le acercó despacio y, con tono sereno, le dijo:

—Amigo, no se disguste ni se deprima. Todos necesitamos descansar, detenernos para reponer fuerzas, relajarnos y caer en la cuenta de que somos simples criaturas, y que nuestras capacidades y energías nos han sido regaladas.

Sacando una pequeña Biblia de su agenda, leyó el Evangelio de Mc 6, 30-34:

«En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Vengan ustedes a solas a un lugar desierto a descansar un poco”».

Al terminar la lectura, añadió:

—Y a Él, a nuestro Padre Dios, debemos dar gracias. Sin Él nada podemos.

El rostro de Eusebio fue recobrando poco a poco su color natural. Hizo falta pasar por la experiencia de la debilidad para comprender que nuestras fuerzas vienen de Dios, y que a Él debemos entregarlas, también cuando necesitamos detenernos.

viernes, 6 de febrero de 2026

LA VERDAD, POR ENCIMA DE TODO

Mc 6, 14-29

Cuando se dice la verdad, se corre cierto peligro. Hay quienes la escuchan y la aceptan aunque les hiera el corazón, pero hay otros que la rechazan y tratan de apagarla para que no se extienda como el fuego.

Celedonio era uno de esos hombres que, por donde quiera que iba, proclamaba la verdad y con su vida iba descubriendo la mentira. Porque, cuando tus actos están revestidos de justicia, desnudas al que los cubre con falsedad, y eso en muchas ocasiones amenaza tu vida.

Un día que paseaba tranquilamente por la marina de su pueblo, se vio amenazado por unos que trataban de taparle la boca. Y no solo eso, sino que le obligaban a inhibirse de muchas cosas con las que solía aconsejar a la gente que con él se relacionaba.

Cuando le dejaron, siguió su paseo decidido a no amedrentarse y a seguir dando testimonio como había hecho toda su vida.

«Seguiré mi camino, incluso hasta el extremo de que ponga en peligro mi vida», pensó.

Algo cansado y con deseos de tomar un poco de agua, se sentó en una terraza por la que pasó. Allí trató de descansar y poner en orden sus pensamientos. Había sido una mañana amenazadora y mostraba cierta tensión.

—¿Desea tomar algo, el señor? —le interrumpió la voz del camarero.

—Un poco de agua, por favor —respondió Celedonio.

—Enseguida —dijo amablemente el camarero.

Pasados unos breves minutos, oyó unas voces que hablaban en una mesa cercana.

—Cuando dices la verdad —hablaba Pedro—, a menudo tienes problemas con aquel que quiere sostener la mentira por intereses.

—Habitualmente pasa, y no solo ahora —comentó Manuel—, ha sido la constante en la historia. Por ejemplo, guillotinaron a Tomás Moro por defender la verdad; también a Juan el Bautista por denunciar a Herodes con Herodías, mujer de su hermano Filipo. En el Evangelio de Mc 6, 14-29 se narra cómo y por qué lo decapitaron.

Algo sonó dentro del corazón de Celedonio, como una sensación de fortaleza y valentía, y se dijo a sí mismo:

«También yo seguiré adelante con mi vida y mi verdad, aunque me cueste la vida».

Aquel diálogo entre Pedro y Manuel avivó el fuego en el interior de Celedonio. Fue como una llama que incendió su corazón y le señaló que su camino era el Camino; que su verdad era la Verdad, y que su vida se apoyaba en la Única y Verdadera Vida, la del Espíritu Santo, que nos alumbra el camino.