| Mt 16, 13-19 |
Cuando contemplas cómo está el mundo; cuando percibes que hay muchos que buscan solo su propio bien y lo anteponen al bien de otros, incluso sometiéndolos y excluyéndolos. Te haces muchas preguntas.
¿Cómo es posible que el mundo se sostenga?
Porque también observas que hay muchos que buscan la verdad y quieren hacer justicia. Hay muchos que se preocupan por el bien de los demás, sobre todo por los más débiles y necesitados.
Entonces, levantas tu mirada hacia arriba y experimentas que hay Alguien que está en el mundo, lo cuida y con su presencia lo llena de esperanza.
Y esa presencia de Dios no permanece difusa en el mundo. Cristo quiso hacerla visible en la Iglesia.
La Iglesia edificada sobre la fe de Pedro y enriquecida por la misión de Pablo, continúa anunciando a Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.
Hoy, bebemos de esa herencia que, por la Gracia de Dios, nos alimenta en la Eucaristía y en el Sacramento del perdón. Con ellos fortalecemos nuestro espíritu y, como Pedro y Pablo, hombres como nosotros, fortalecidos en el Espíritu Santo, recibido en la hora de nuestro bautismo, hacemos vida de la presencia de Dios, en el camino humilde de nuestra vida.
Todo se lo debemos a nuestro Padre Dios, que nos envió a su Hijo—nuestro Señor Jesús— para mostrarnos el Camino, la Verdad y la Vida, transmitidos a través de sus discípulos, y de manera especial por estos dos santos, Pedro y Pablo.