| Mt 20, 17-28 |
—Lo que importa es el poder —dijo con mucho entusiasmo Jaime. Porque con la autoridad puedes conseguir todos tus caprichos y objetivos.
—No me parece correcto —alegó Rodolfo—, el dominio corrompe y aviva la soberbia y eso al final trae confrontación, envidias y guerras.
La tertulia está viva y dinámica esta mañana. El tema gira en torno al poder: anhelo mundano que parece colmar aspiraciones terrenales, pero deja el corazón vacío.
Relajando los hombros hacia atrás, Manuel se levantó y dijo:
—Pero el poder es necesario para poder mandar, ordenar y administrar la vida —dijo Rodolfo—. Sin poder, todo puede convertirse en un caos.
Manuel dio un paso al frente:
—Sí, se necesita poder, pero depende de dónde provenga. Si nace solo de la autoridad humana, la tentación terminará por vencernos…
Hizo un silencio, miró a Rodolfo y añadió con ternura:
—Pero, si nace de la humildad y del deseo de servir, entonces ese poder es bueno y traerá justicia y paz.
Entonces, sacó su Biblia, y abriéndola por Mt 20, 17-28, leyó:
—En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte.
Al terminar de leerlo, levantando sus brazos, agregó:
—No se trata de poder ni de opresión, sino de servicio y humildad. «El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el servidor de todos», porque servir es amar.
Flotaba en el ambiente la consigna de que solo se es realmente grande cuando la autoridad nace como consecuencia del servicio y la humildad.
¿Mi autoridad nace del deseo de servir… o del deseo de ser servido?