martes, 15 de septiembre de 2026

EL DOLOR DE LA CRUZ

Jn 19, 25-27

Es indudable que tenemos que pararnos y reflexionar para darnos cuenta de muchas cosas que pasan desapercibidas. Hay momentos en que somos capaces de hacerlo, pero otros se nos escapan envueltos en la telaraña del mundo en que vivimos.

A veces pienso que nuestra memoria es olvidadiza, y lo es porque, de no serlo, quizá no podríamos vivir.

Pronto nos olvidamos de las cruces con las que hemos cargado en nuestra vida y, gracias a ello, seguimos adelante, renovando nuestras esperanzas. Sin embargo, quieras o no, las cruces están ahí para recordarnos cuál es el verdadero camino de nuestra vida.

María, la Madre de Dios, es referencia de dolor. De ahí su advocación como Señora de los Dolores. Dolores que conocemos, que evocamos con frecuencia y que, quizá, no llegamos a valorar en toda su intensidad el sufrimiento con el que la Virgen los aceptó y padeció.

Hoy, día en el que recordamos las angustias y el camino de dolor que padeció María, la Madre de Dios, volvemos nuestra mirada hacia ella y la tomamos como modelo de seguimiento a su Hijo.

Imagino la escena y me sitúo cerca del lugar que nos indican, en el Calvario de Jerusalén, donde se encontraba María con otras mujeres y el discípulo amado: ese resto pobre de Israel que todo lo espera del Señor.

Excepto este pequeño grupo, todos habían huido llenos de miedo, también de dolor, para no presenciar aquel escarnio: el maestro bueno, el amigo maltratado, despojado y expuesto, también a la indiferencia. Ellas seguían allí, con sus ojos fijos en su rostro y atentas a sus últimas palabras.

Contemplamos la escena como si se tratase de una nueva Anunciación, en la que el Hijo se convierte en mensajero de la nueva maternidad universal de María. Al pie de la cruz, María vuelve a recibir una misión: acoger como hijos a quienes permanecen junto a Jesús y, con ellos, a toda la humanidad.

Con el discípulo amado, que permanece a los pies de la cruz junto a las mujeres que tanto amaban a Jesús, nos podemos sentir acogidos maternalmente, recibiendo el amor incondicional que nos regala su generoso corazón.

Y recordar a tantas mujeres fuertes que, con dolor, pero también con fortaleza y coraje, sostienen la vida en este mundo roto. Esas mujeres que, en medio del sufrimiento, siguen generando redes de compasión para evitar que el mundo se hunda.

Moniciones:

Con el paso del tiempo nos damos cuenta de que, en muchos momentos de nuestra vida, el dolor nos enseña a sostenernos firmes y a fortalecer nuestras esperanzas.

Cuando nos encontramos a mitad de nuestro camino, descubrimos que el dolor ha sido el que nos ha hecho madurar en nuestros criterios y crecer en firmeza.

La cruz, vivida desde la fe, puede convertirse en camino de fortaleza y esperanza.

lunes, 14 de septiembre de 2026

MIRANDO AL CRUCIFICADO

Jn 3, 13-17

No es la cruz lo que miramos, sino a quien está clavado en ella, nuestro Señor Jesucristo. Y lo miramos, crucificado en la Cruz, porque al entregar su Vida, salva la nuestra.

También nosotros sabemos que llegará un momento en el que tengamos que compartir esa cruz, la de la muerte. Y, por nuestra fe, la esperamos confiados en que resucitaremos como nos ha prometido el Señor.

Con esa esperanza vivimos agarrados a la promesa del Señor: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25).

Guardó silencio, levantó la mirada y preguntó:

—¿Alguno quiere decir algo respecto a lo que hemos leído?

Pedro, que había estado muy atento, dijo:

—A mí me parece que el Señor no ha venido a quitarnos nuestras cruces, sino a darles sentido.

Hizo una pausa, miró a Manuel y continuó:

—Si la vida termina con la muerte, no le encuentro sentido a este mundo…

Se inclinó y, poniendo la mirada fija en los que estaban a su lado, añadió:

—Hay tantas injusticias, abusos, engaños, sufrimientos, desigualdades que tienen que ser juzgadas y restituidas. Y eso solo, por sentido común, exige que esta vida continúe.

Manuel, que escuchaba con mucho agrado, intervino:

—Estoy de acuerdo. La razón nos hace pensar que tiene que haber otra vida en la que la verdad salga finalmente a la luz, en la que cada persona responda de lo que ha hecho y en la que la justicia que tantas veces falta aquí encuentre su plenitud.

Entonces, alguien levantó la mano y preguntó:

—Pero, si quienes hayan cometido injusticias se arrepienten. ¿No son perdonados?

—Claro que lo son —respondió Manuel—. Pero el arrepentimiento verdadero tiene que darse mientras vivimos y lleva consigo, en la medida de lo posible, reparar el daño causado».

Y abriendo la Biblia, leyó:

—Del santo evangelio según san Juan 3, 13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios».

Cristo es levantado en la cruz. Su aparente fracaso es precisamente su entrega amorosa. Dios salva por amor. Creer en Él significa aceptar su camino. También nosotros estamos llamados a vivir nuestras pequeñas «cruces» sin buscar siempre reconocimiento.

domingo, 13 de septiembre de 2026

NO OLVIDES: SED MISERICORDIOSO

Mt 18, 21-35

La experiencia me dice que perdonar no es fácil, pero también me deja muy claro que el rencor daña y pasa factura.

De tener que elegir, lo más inteligente es tratar de perdonar y reconciliarte. Siempre es conveniente dejar una puerta abierta porque nunca se sabe a dónde te va a llevar la vida.

Hay olvidos que no tienen que ver con la memoria, sino con el corazón. Olvidamos un nombre, una fecha, un rostro; pero también podemos olvidar algo mucho más decisivo: que estuvimos de rodillas, y que unas manos nos levantaron sin pedirnos nada a cambio.

Ese es el olvido que retrata el Evangelio de este domingo (Mt 18, 21-35), y es también el olvido en el que, con demasiada facilidad, podemos caer todos.

Pedro pregunta a Jesús cuántas veces hay que perdonar, buscando un límite razonable, una cifra que permita decir «hasta aquí».

Jesús no responde con un número, sino con una historia: la de un hombre que debía diez mil talentos, una fortuna imposible de devolver, y a quien el rey, sin negociar ni exigir garantías, se compadeció y dejó libre.

El drama no empieza ahí. Empieza unos versículos después, cuando ese mismo hombre, con las rodillas todavía calientes del suelo donde había suplicado, agarra por el cuello a un compañero que le debe una suma insignificante.

Las tres lecturas de este domingo repiten, desde ángulos distintos, una misma invitación: no olvides.

No olvides la alianza, dice el Eclesiástico.

No olvides a quién perteneces, dice Pablo.

Y el Evangelio añade: no olvides el corazón del Rey.

Perdonar no siempre es fácil. Necesita su ritmo, su tiempo y, muchas veces, un camino interior. Pero también necesitamos buscarlo, o al menos mantener abierta la puerta para que pueda suceder.

Porque quizá perdonar no consiste en olvidar lo que ocurrió, sino en no permitir que aquello que ocurrió tenga la última palabra sobre nuestro corazón.

La misericordia que hemos recibido es la que nos enseña a ofrecer misericordia. Y quizá la pregunta que hoy nos deja el Evangelio sea muy sencilla: ¿recordamos que también nosotros hemos necesitado que alguien nos perdonara?

MONICIONES:

¿Contamos las veces que perdonamos, poniendo un límite a nuestra misericordia, o dejamos que el perdón permanezca siempre disponible en nuestro corazón? 

¿Hay heridas que decimos haber perdonado, pero que seguimos guardando por dentro, cerrándonos a la posibilidad de reconciliación?

sábado, 12 de septiembre de 2026

DE LO QUE REBOZA EL CORAZÓN HABLA LA BOCA

Lc 6, 43-49

A cada persona se le conoce por los frutos que da en su vida. Quien da frutos sanos como la bondad es porque tiene sano el corazón.  

Todos estamos llamados a la bondad y a la sencillez en nuestra forma de ser y de actuar. La Palabra de Dios nos abre esa puerta; sin embargo, no todos la aceptan e, incluso, muchos, sintiendo ese deseo de hacer el bien, hacen el mal.

Nuestra forma de actuar de cada día, en las cosas pequeñas y las grandes, nos está constantemente retratando. Y es eso lo que nos define como personas, no nuestras palabras o discursos, por maravillosamente bien que los construyamos.

Pronto nos damos cuenta del talante de una persona en cuanto nos relacionamos y observamos su coherencia entre lo que dice y lo que hace.

Un corazón sano, bien intencionado e inquieto por encontrar la verdad, respira bondad y da buenos frutos. Se percibe y se nota enseguida.

En la persona verdaderamente sana, lo que rebosa del corazón lo habla la boca. Desgraciadamente, hoy estamos viendo con demasiada frecuencia una total disociación entre lo que dicen las palabras y lo que muestra la vida.

—¿Qué opinión tienen ustedes? —dijo Manuel a los tertulianos presentes.

Todos, con un gesto, asintieron estar de acuerdo. Entonces, Manuel, abriendo la Biblia, añadió:

—Jesús en Lc 6, 43-49, nos exhorta a la coherencia entre la forma de hablar y la de actuar. Tienen que hablar más nuestros hechos y nuestros gestos que nuestras palabras.

Y sin más, empezó a leer:

—En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.

El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.

Hizo una breve pausa y, mirándolos con ternura, continuó:

—¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece:

Se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.

El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó, desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».

Jesús nos exhorta a la coherencia entre la forma de hablar y la de actuar. Tienen que hablar más nuestros hechos y nuestros gestos que nuestras palabras.

El Señor nos previene de una forma de entender la fe que se limita a ponerse bajo su mirada misericordiosa, pero que no se traduce en un cambio del corazón, de la vida ni del mundo que nos rodea.

El Señor nos invita no solo a escuchar con mayor o menor agrado, sino a poner en práctica lo que Él nos propone.

Tenemos que construir, que edificar. Pero nuestra construcción tiene que ser en roca firme, no en arena. Lo construido en roca es lo único que prevalece ante las lluvias y los vientos, ante las dificultades de la vida.

El Señor nos pone en guardia. No podemos hacer de nuestra fe una religión meramente cultual y apartada de la vida real. Algo así no merece la pena; estaremos perdiendo el tiempo y, en el fondo, la vida.

viernes, 11 de septiembre de 2026

CONÓCETE A TI MISMO

Lc 6, 39-42

—Es obvio que, en la medida en que te conozcas, serás más comprensivo con las caídas de los demás —dijo Manuel a los tertulianos presentes.

Pedro, frunciendo el ceño, comentó:

—¿Quieres decir con eso que, si conozco mis luces, pero también mis sombras, seré más misericordioso con los demás?

—Sí, eso exactamente quiero decir —respondió Manuel—. Cuando sabes de qué pata cojeas, entiendes mejor las meteduras de pata del otro.

—Sí, creo que tienes razón —dijo Pedro.

Todos estaban de acuerdo. Si conoces tus debilidades, también serás más benigno con las de los demás.

Esto supone reconocer nuestras luces y sombras, conocer las piedras con las que tropezamos constantemente, nuestros límites y nuestras taras.

Y precisamente no para ser duros con nosotros mismos, sino para ser más comprensivos con los demás.

Manuel, con paciencia, tomó de nuevo la palabra y dijo:

—Solo en la medida en que vayas descubriendo tus errores serás capaz de encontrar luz para que otros puedan evitarlos.

Entonces sacó la Biblia y, alzando la voz, leyó:

—Del santo Evangelio según san Lucas 6, 39-42:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:

«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro; si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».

Al terminar de leer, cerró la Biblia y añadió:

—Todo queda muy claro: primero tengo que intentar limpiar las posibles vigas que hay en mis ojos para, después, viendo más claro, poder ayudar a mi hermano a quitar la mota de los suyos.

Porque solo cuando reconozco mis propias limitaciones, mis errores y mis tropiezos puedo acercarme al otro sin juzgarlo y ayudarlo desde la comprensión y la misericordia. 

Moniciones:

¿Somos conscientes de que primero tenemos que procurar ver claro en nosotros mismos para poder alumbrar después el camino de los demás?

¿Me doy cuenta de que, cuando conozco las piedras en las que tropiezo, puedo ayudar a otro a reconocerlas y a evitarlas?

jueves, 10 de septiembre de 2026

SOLO VALE EL AMOR

Lc 6, 27-38

—Cuando oigo que tengo que amar a aquel que incluso me hace daño, se me erizan los pelos de la cabeza. Me parece que eso, por lo menos desde mi naturaleza humana, es imposible.

Manuel, esbozando una ligera sonrisa, miró a Pedro y dijo:

—Si te empeñas en amar con solo tus fuerzas, estás perdido. No lo conseguirás. Pero, si lo haces poniéndote en manos del Espíritu Santo, todo cambia.

Se levantó y, encogiéndose de hombros, añadió:

—No, la cosa no es sencilla. Se necesita tu colaboración y esfuerzo, pero, abiertos a la acción del Espíritu Santo, tu corazón endurecido…

Los miró con ternura y agregó:

 —Se puede transformar en un corazón suave, bueno, paciente, comprensivo y humilde.

Pedro permaneció en silencio y con la cabeza gacha. No daba señales de estar de acuerdo. Entonces, Manuel, tomó la Biblia y leyó:

—Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 27-38:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.

Hizo una pausa, observó las caras de los que le escuchaban y, con ternura, continuó:

—Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

Esta página del evangelio no necesita explicación, se entiende demasiado bien. La cuestión es cumplirla, adecuar nuestro estilo de vida a esta enseñanza de Jesús, que además es un maestro con autoridad porque es el primero en vivir lo que dice. El amor que nos pide es como el que Él nos dio: hasta el extremo.

Sí, en las bienaventuranzas nos decía: “Dichosos vosotros cuando os odien y os insulten”; hoy aumenta y desarrolla esa bienaventuranza amando a los enemigos; haciendo el bien a los que nos odian; bendiciendo a los que nos maldicen; orando por los que nos injurian; poniendo la otra mejilla; y despojándonos hasta de la túnica… 

Y por si no nos ha quedado claro, nos dice: Si amáis solo a los que os aman, si hacéis el bien a los que os hacen bien, si prestáis solo cuando esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? 

Moniciones: 

Después de escuchar esto, ¿podemos ser los mismos en nuestras relaciones?, ¿podemos seguir creyendo que somos buenos cristianos?, ¿podemos rezar tranquilamente el Padrenuestro, y pedir que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden?

Incluso podemos pensar que esto es imposible, pero Jesús nos conoce bien y nos da la receta “milagrosa” y fácil para vivir su mandamiento del amor: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

PAZ Y JUSTICIA

Lc 6, 20-26

No es buen síntoma cuando percibes que todo el mundo habla bien de ti. Y digo esto porque siempre, aunque hagas las cosas bien, siempre hay algunos a los que les suscita envidia y no les cae bien lo que haces.

Pedro se sintió molesto y, levantándose, protesto:

—¿Entonces hay que portarse mal para que esos envidiosos no se enfaden contigo?

Manuel, mirándole con paciencia, respondió:

—No se trata de eso. Lo que sucede es que nunca llueve a gusto de todos.

Hizo una pausa y, con ternura, dijo:

—Sí, bueno; unos porque no lo entienden; otros porque difieren un poco y otros por envidia o egoísmo.

Pedro, con un gesto de la cabeza, asintió estar de acuerdo.

En nuestra vida, esto es lo extraño. Porque si nunca incomodamos a nadie, quizá deberíamos preguntarnos si estamos viviendo realmente todas las exigencias del Evangelio.

El anuncio del Reino de Dios (Lc 6, 20-26) y los valores que conlleva no siempre están en consonancia con ciertas realidades religiosas, políticas o sociales que nos rodean.

Y eso trae desacuerdos, desasosiegos, rompe la paz y nos complica la vida. Viene el llanto, el esfuerzo, la lucha… por permanecer fieles a la solidaridad con los hermanos descartados en una sociedad de apariencias farisaicas.

Manuel se levantó, dio un paso hacia delante y dijo:

—¿Estarán de acuerdo en que quienes buscan romper la paz y pisotear la justicia no querrán hablar bien de nosotros?

Guardó un breve silencio y, mirándonos, añadió:

—Cuando nuestras opciones por la justicia cuestionan intereses, privilegios o formas de vivir poco solidarias, es posible que encontremos rechazo. No debemos responder con enfrentamiento, sino con firmeza, paciencia y misericordia.  

Nuestra fidelidad al Reino de Dios nos alienta a trabajar para que nadie se sienta desamparado, para que la fuerza del Evangelio vaya creando un clima de solidaridad y cercanía entre todos los hombres y mujeres de este mundo.

Pero esto no es nada fácil; esta fidelidad tenemos que cuidarla día a día, pedirle a nuestro Dios, que es Padre misericordioso, que nos dé la fuerza necesaria para mantenernos firmes, aunque no todo el mundo hable bien de nosotros.

Moniciones:

Es evidente que la presencia del Reino de Dios entre nosotros crea un clima de paz y justicia. ¿Buscamos nosotros hacer presente ese Reino con nuestra manera de vivir? 

Jesús nos recuerda que el Reino de Dios pertenece a los pobres y llama dichosos a quienes viven desde la confianza en Dios. ¿Sabemos desprendernos de aquello que nos aleja de Él y acercarnos a quienes más necesitan nuestra solidaridad?