viernes, 16 de octubre de 2026

NO TENGAS MIEDO

Lc 12, 1-7

Cuando miramos el camino recorrido y nos preguntamos qué nos espera al final, quizá descubrimos que la cuestión decisiva no es cuánto hemos hecho ni cuánto nos queda por hacer, sino en qué manos descansa nuestra vida. 

Y san Pablo nos recuerda algo fundamental: antes de todo lo que hacemos está lo que Dios hace por nosotros.

Es la hora de preguntarnos qué hay detrás de ese final al que estamos próximos. 

Sin embargo, son muchos los que no se hacen esa pregunta; otros temen hacérsela y otros dejan pasar la vida de una forma indiferente. La realidad es que, queramos o no, estamos en ese punto de nuestra vida.

Hay una verdad profundamente consoladora en este texto: antes de todo lo que hacemos está lo que Dios hace por nosotros. Antes de nuestras respuestas, de nuestros proyectos y hasta de nuestras fragilidades, está su amor gratuito.

 Pablo nos recuerda que la identidad cristiana no se conquista, se recibe. No somos hijos porque seamos buenos. Intentamos vivir como hijos e hijas porque ya hemos sido amados.

Esta convicción transforma la manera de vivir la fe. Deja de ser una carga para convertirse en una respuesta agradecida.  Dejamos de apoyarnos únicamente en nuestras fuerzas para descansar en la fidelidad de Dios.

La fe madura cuando dejamos de preguntarnos continuamente qué tenemos que hacer para Dios y comenzamos a dejarnos sorprender por lo que Dios ya está haciendo en nosotros.

Podemos preguntarnos: ¿Desde dónde estoy sosteniendo mi vida, mi fe y mis responsabilidades? ¿Desde la confianza o desde la exigencia constante?

Cuando olvidamos que el Espíritu es el verdadero protagonista, aparecen el cansancio, el activismo y la frustración.

Cuando recordamos que somos herederos de una promesa, renacen la alegría, la esperanza y la libertad. Ya lo decía el Maestro Eckhart: “Si la única oración que dijiste en toda tu vida fue gracias, eso sería suficiente.”

Jesús habla a sus discípulos mientras crece la tensión con quienes rechazan su mensaje. Por eso comienza con una advertencia contundente: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía».

La imagen de la levadura es muy expresiva. Una pequeña cantidad basta para fermentar toda la masa. Del mismo modo, la falta de verdad y de coherencia puede infiltrarse poco a poco en la vida de una persona o de una comunidad.

Después, Jesús enlaza esta advertencia con una llamada insistente a no tener miedo. En realidad, ambas cosas están profundamente unidas. Muchas veces las máscaras nacen del miedo: miedo a ser juzgados, a fracasar, a perder prestigio o a mostrar nuestra fragilidad.

Quizá una de las palabras que más necesitamos escuchar hoy sea precisamente esta: «No tengáis miedo». Vivimos rodeados de incertidumbres personales, sociales y eclesiales. Sin embargo, Jesús nos recuerda que nuestra vida descansa en una providencia más grande que nuestros cálculos y preocupaciones.

El centro de este evangelio no es la denuncia, sino la confianza. Jesús llama a los discípulos «amigos míos» y les recuerda que el Padre cuida hasta de los pequeños pájaros y conoce incluso el número de los cabellos de su cabeza.

Nada de nuestra vida le es indiferente. La fe no elimina las dificultades ni las incertidumbres. Pero nos permite afrontarlas desde otro lugar. 

Cuando sabemos que somos amados por Dios, ya no necesitamos vivir escondiéndonos detrás de una imagen ideal de nosotros mismos. Podemos reconocer nuestras debilidades, aceptar nuestras limitaciones y mostrarnos como somos. 

La confianza no nos hace perfectos; nos permite vivir en la verdad sin dejar de sentirnos amados.

jueves, 15 de octubre de 2026

“VENID A MÍ”

Mt 11, 25-30

—Cuando nos encontramos con alguien que se cree autosuficiente, comprendemos que cuanto más confía en sus propias fuerzas, más difícil puede resultarle reconocer que necesita a Dios.

Y pensamos así porque entendemos que el que cree que puede con todo puede tener dificultad para reconocer que necesita a Dios; sin embargo, Dios sostiene al que está cansado y necesita recibir.

El encuentro con Dios necesita de la humildad. Y solo es humilde aquel que se cree necesitado y reconoce sus limitaciones.

Quien piensa que por estar con Jesús se libra de cargas está equivocado. Jesús no promete una vida sin cargas. Dice algo más profundo: «Cargad con mi yugo». El cristiano aprende a llevar sus responsabilidades, luchas y sufrimientos con Cristo y desde Cristo. Su yugo no aplasta porque no lo llevamos solos. 

Todos miraban a Manuel y estaban atentos a su palabra. Hizo una pausa y, sin más, continuó:

—San Agustín escribió: «Ama y haz lo que quieras». Cuando el corazón ha sido alcanzado por el amor de Dios, la obediencia deja de ser una carga exterior y se convierte en respuesta de amor.

Jesús no dice: «Venid cuando estéis fuertes, cuando hayáis cambiado, cuando seáis dignos». Dice simplemente: «Venid a mí». La iniciativa es suya. La gracia precede a nuestra respuesta.

Si queremos que nuestra vida cristiana dé fruto, primero se tiene que dar el encuentro con Jesús; después viene la transformación y, finalmente, la misión.

No somos enviados a anunciar el Reino para conseguir que Dios nos ame; somos enviados porque hemos experimentado que ya somos amados. La misión nace de la intimidad. 

Había conformidad y todos estaban de acuerdo con lo que escuchaban de la palabra de Manuel 

Santa Teresa sabía que la oración era, ante todo, amistad: permanecer muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama. Desde ahí podemos entregar a Jesús nuestros cansancios, heridas, exigencias y miedos. 

Cuando en la vida te veas cansado y agobiado, y vuelvan a tu memoria recuerdos dolorosos, atrévete a presentárselos a Jesús.    

Pregúntale con confianza: «Jesús, ¿dónde estabas Tú en aquel momento de mi vida?».  

Quizá no encuentres enseguida una respuesta, pero puedes dejar que Él te acompañe también en esa herida.  

Pídele, además, la gracia de caminar hacia el perdón, a tu ritmo, sin negar el daño que sufriste. Porque poner nuestras heridas en manos de Jesús y dejarnos acompañar por Él puede ayudarnos a recuperar una libertad que el dolor nos había arrebatado. 

Tal vez hoy necesitamos dejar de intentar sostener nuestra vida con nuestras propias fuerzas y escuchar nuevamente su invitación: «Venid a mí». No se trata de escapar de la cruz, sino de descubrir que Cristo está en la cruz y podemos descansar en Él.

miércoles, 14 de octubre de 2026

AMAR Y COMPARTIR

Lc 11, 42- 46

Sucede muy a menudo que nos preocupamos seriamente por cumplir los mandatos, la legislación, los mandamientos …

Somos muy cumplidores, y eso no es malo, pero se convierte en algo malo cuando anula el derecho y el amor de Dios.

A veces pensamos que, cumpliendo, Dios siempre estará a nuestro lado. ¿No nos damos cuenta de que «por sí mismos» los mandatos no garantizan la presencia de Dios?

Los fariseos del tiempo de Jesús pensaban que cumpliendo las normas establecidas, hacían la voluntad de Dios. Y hoy nosotros no estamos excluidos de esa tentación. 

Conviene, pues, revisar nuestras actitudes y todo aquello que nos aleja del amor, para crecer como personas y acercarnos al sueño de Dios para nosotros.

La terraza estaba expectante. Todos permanecían atentos a las palabras de Manuel.

Entonces, mirándolos con ternura, sacó la Biblia y leyó:

Esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello.

¡Ay de vosotros, que sois como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!». Le replicó un maestro de la Ley:

Jesús replicó:

Manuel, cerrando la Biblia y dirigiéndose a todos los presentes, dijo:

Solo de un corazón que ama sale vida para los demás.

Se respiraba un ambiente fraterno. Todos comprendían que, para ser cristianos coherentes y creíbles, no basta con predicar el Evangelio ni con cumplir exteriormente sus preceptos: es necesario vivirlos con autenticidad, de modo que nuestras obras nazcan de un corazón sincero. 

Cumplir puede ser necesario, pero amar es lo que da sentido a nuestro cumplimiento. Porque, al final, la autenticidad cristiana no se mide por el lugar que ocupamos ni por el reconocimiento que recibimos, sino por la vida que ayudamos a generar en los demás.

martes, 13 de octubre de 2026

RITUALISMO O COMPASIÓN

Lc 11, 37-41

En muchas ocasiones nos encontramos enfrascados en conversaciones que nos llevan a descubrir cómo se incumplen una serie de normas externas que, sin dejar de ser importantes, no son lo más relevante.

Pero ahí no queda la cosa. Observamos cómo muchos incumplen lo acostumbrado sin mirarnos a nosotros mismos.

¿Cuántas veces hemos dejado de lado muchas de esas rutinarias normas porque priorizamos otras? ¿Y cuántas veces aparentamos cumplirlas cuando, en realidad, no lo hemos hecho?

De cualquier forma, lo verdaderamente importante no es estar limpio externamente, y menos aparentemente, sino estar limpio internamente.

Abrió la Biblia y leyó:

Manuel, mirándolos con ternura, dijo:

Frente a incoherencias y ritualismos, compasión.

lunes, 12 de octubre de 2026

MARÍA, MADRE DE TODOS

Lc 11, 27-28

Muchas veces hemos oído decir: «Madre no hay más que una». Sin embargo, todos tenemos una Madre en el cielo, que es también Madre de todos nosotros.

Una Madre que nunca nos abandona y que siempre está a nuestro lado para señalarnos el camino que nos lleva al encuentro con su Hijo.

Una Madre que nos espera pacientemente y que nos enseña, con su ejemplo, a aceptar la voluntad de Dios.

María es ejemplo en todo. Aceptó el plan de Dios, aun sin comprenderlo todo. Se fio de su Palabra y permaneció fiel hasta la cruz.

No es, ciertamente, una madre cualquiera. Es la Madre de Dios, que no se enorgullece de su privilegio, sino que, desde la humildad, se pone al servicio de los demás.

Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora del Pilar y le pedimos que nos acompañe y nos guíe por el camino de la conversión, para que podamos caminar al encuentro de Cristo, luz del mundo.

Que, bajo su amparo, la luz de Cristo nos libre de todo mal y disipe la oscuridad de este mundo atormentado por las guerras.

domingo, 11 de octubre de 2026

INVITADOS AL BANQUETE ETERNO

sábado, 10 de octubre de 2026

ESCUCHAR Y CUMPLIR

Lc 11, 27-28

Una y mil veces, conscientes e inconscientes, buscamos el bienestar. Sin él no entendemos la vida. Vivir para sufrir no entra dentro de los planes de nadie. Todos queremos ser felices, y eso se consigue buscando el bienestar de cada día.

Ahora, ¿cómo podemos conseguirlo? Esa era la pregunta que rondaba por la cabeza de todos los tertulianos que se habían concentrado aquella mañana en la terraza de Santiago.

Tras un breve silencio, Pedro levantó la mano y dijo:

Manuel, mirando a todos los que estaban presentes, añadió:

Al no tener respuesta, sacó la Biblia y leyó:

Todos permanecían atentos a las palabras de Manuel, asintiendo estar de acuerdo.

Como hemos oído, lo dice Jesús en el evangelio. Somos bienaventurados en la medida en que nos proponemos vivir en la Voluntad de nuestro Padre Dios.

Y, por nuestra propia experiencia, sentimos que cuando hacemos vida en nuestra vida esa Palabra, nuestro corazón reboza de gozo y alegría.

La fe no es una serie de ritos, ni de dogmas; es una vida que surge del seguimiento consciente, de una opción radical lejos del sentimentalismo y fortalecida por el Espíritu que robustece en nosotros el Evangelio de la Alegría.

María, la Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo—, sino por haber sido oyente de la Palabra y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús. 

Es la primera discípula, la mujer que escucha, acoge y responde.