viernes, 11 de septiembre de 2026

CONÓCETE A TI MISMO

Lc 6, 39-42

—Es obvio que, en la medida en que te conozcas, serás más comprensivo con las caídas de los demás —dijo Manuel a los tertulianos presentes.

Pedro, frunciendo el ceño, comentó:

—¿Quieres decir con eso que, si conozco mis luces, pero también mis sombras, seré más misericordioso con los demás?

—Sí, eso exactamente quiero decir —respondió Manuel—. Cuando sabes de qué pata cojeas, entiendes mejor las meteduras de pata del otro.

—Sí, creo que tienes razón —dijo Pedro.

Todos estaban de acuerdo. Si conoces tus debilidades, también serás más benigno con las de los demás.

Esto supone reconocer nuestras luces y sombras, conocer las piedras con las que tropezamos constantemente, nuestros límites y nuestras taras.

Y precisamente no para ser duros con nosotros mismos, sino para ser más comprensivos con los demás.

Manuel, con paciencia, tomó de nuevo la palabra y dijo:

—Solo en la medida en que vayas descubriendo tus errores serás capaz de encontrar luz para que otros puedan evitarlos.

Entonces sacó la Biblia y, alzando la voz, leyó:

—Del santo Evangelio según san Lucas 6, 39-42:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:

«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro; si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».

Al terminar de leer, cerró la Biblia y añadió:

—Todo queda muy claro: primero tengo que intentar limpiar las posibles vigas que hay en mis ojos para, después, viendo más claro, poder ayudar a mi hermano a quitar la mota de los suyos.

Porque solo cuando reconozco mis propias limitaciones, mis errores y mis tropiezos puedo acercarme al otro sin juzgarlo y ayudarlo desde la comprensión y la misericordia. 

Moniciones:

¿Somos conscientes de que primero tenemos que procurar ver claro en nosotros mismos para poder alumbrar después el camino de los demás?

¿Me doy cuenta de que, cuando conozco las piedras en las que tropiezo, puedo ayudar a otro a reconocerlas y a evitarlas?

jueves, 10 de septiembre de 2026

SOLO VALE EL AMOR

Lc 6, 27-38

—Cuando oigo que tengo que amar a aquel que incluso me hace daño, se me erizan los pelos de la cabeza. Me parece que eso, por lo menos desde mi naturaleza humana, es imposible.

Manuel, esbozando una ligera sonrisa, miró a Pedro y dijo:

—Si te empeñas en amar con solo tus fuerzas, estás perdido. No lo conseguirás. Pero, si lo haces poniéndote en manos del Espíritu Santo, todo cambia.

Se levantó y, encogiéndose de hombros, añadió:

—No, la cosa no es sencilla. Se necesita tu colaboración y esfuerzo, pero, abiertos a la acción del Espíritu Santo, tu corazón endurecido…

Los miró con ternura y agregó:

 —Se puede transformar en un corazón suave, bueno, paciente, comprensivo y humilde.

Pedro permaneció en silencio y con la cabeza gacha. No daba señales de estar de acuerdo. Entonces, Manuel, tomó la Biblia y leyó:

—Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 27-38:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.

Hizo una pausa, observó las caras de los que le escuchaban y, con ternura, continuó:

—Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

Esta página del evangelio no necesita explicación, se entiende demasiado bien. La cuestión es cumplirla, adecuar nuestro estilo de vida a esta enseñanza de Jesús, que además es un maestro con autoridad porque es el primero en vivir lo que dice. El amor que nos pide es como el que Él nos dio: hasta el extremo.

Sí, en las bienaventuranzas nos decía: “Dichosos vosotros cuando os odien y os insulten”; hoy aumenta y desarrolla esa bienaventuranza amando a los enemigos; haciendo el bien a los que nos odian; bendiciendo a los que nos maldicen; orando por los que nos injurian; poniendo la otra mejilla; y despojándonos hasta de la túnica… 

Y por si no nos ha quedado claro, nos dice: Si amáis solo a los que os aman, si hacéis el bien a los que os hacen bien, si prestáis solo cuando esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? 

Moniciones: 

Después de escuchar esto, ¿podemos ser los mismos en nuestras relaciones?, ¿podemos seguir creyendo que somos buenos cristianos?, ¿podemos rezar tranquilamente el Padrenuestro, y pedir que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden?

Incluso podemos pensar que esto es imposible, pero Jesús nos conoce bien y nos da la receta “milagrosa” y fácil para vivir su mandamiento del amor: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

PAZ Y JUSTICIA

Lc 6, 20-26

No es buen síntoma cuando percibes que todo el mundo habla bien de ti. Y digo esto porque siempre, aunque hagas las cosas bien, siempre hay algunos a los que les suscita envidia y no les cae bien lo que haces.

Pedro se sintió molesto y, levantándose, protesto:

—¿Entonces hay que portarse mal para que esos envidiosos no se enfaden contigo?

Manuel, mirándole con paciencia, respondió:

—No se trata de eso. Lo que sucede es que nunca llueve a gusto de todos.

Hizo una pausa y, con ternura, dijo:

—Sí, bueno; unos porque no lo entienden; otros porque difieren un poco y otros por envidia o egoísmo.

Pedro, con un gesto de la cabeza, asintió estar de acuerdo.

En nuestra vida, esto es lo extraño. Porque si nunca incomodamos a nadie, quizá deberíamos preguntarnos si estamos viviendo realmente todas las exigencias del Evangelio.

El anuncio del Reino de Dios (Lc 6, 20-26) y los valores que conlleva no siempre están en consonancia con ciertas realidades religiosas, políticas o sociales que nos rodean.

Y eso trae desacuerdos, desasosiegos, rompe la paz y nos complica la vida. Viene el llanto, el esfuerzo, la lucha… por permanecer fieles a la solidaridad con los hermanos descartados en una sociedad de apariencias farisaicas.

Manuel se levantó, dio un paso hacia delante y dijo:

—¿Estarán de acuerdo en que quienes buscan romper la paz y pisotear la justicia no querrán hablar bien de nosotros?

Guardó un breve silencio y, mirándonos, añadió:

—Cuando nuestras opciones por la justicia cuestionan intereses, privilegios o formas de vivir poco solidarias, es posible que encontremos rechazo. No debemos responder con enfrentamiento, sino con firmeza, paciencia y misericordia.  

Nuestra fidelidad al Reino de Dios nos alienta a trabajar para que nadie se sienta desamparado, para que la fuerza del Evangelio vaya creando un clima de solidaridad y cercanía entre todos los hombres y mujeres de este mundo.

Pero esto no es nada fácil; esta fidelidad tenemos que cuidarla día a día, pedirle a nuestro Dios, que es Padre misericordioso, que nos dé la fuerza necesaria para mantenernos firmes, aunque no todo el mundo hable bien de nosotros.

Moniciones:

Es evidente que la presencia del Reino de Dios entre nosotros crea un clima de paz y justicia. ¿Buscamos nosotros hacer presente ese Reino con nuestra manera de vivir? 

Jesús nos recuerda que el Reino de Dios pertenece a los pobres y llama dichosos a quienes viven desde la confianza en Dios. ¿Sabemos desprendernos de aquello que nos aleja de Él y acercarnos a quienes más necesitan nuestra solidaridad?

martes, 8 de septiembre de 2026

UN PROYECTO DE VIDA APOYADO EN LA PALABRA DEL SEÑOR

Mt 1, 1-16. 18-23

La liturgia de la Iglesia, usando el evangelio de Mateo, nos presenta la vocación de María y los orígenes de Jesús, de la tribu de Judá, partiendo de Abrahan y pasando por David hasta José:

«Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo».

Hay algo sorprendente y que me llama la atención: En Jesús se cumplen todas las promesas esperadas, y María desempeña con su «» un papel fundamental.

En la genealogía también aparecen otras cuatro mujeres: Tamar, Rahab, Rut y Betsabé, mujeres extranjeras y protagonistas de historias marcadas por situaciones irregulares, dolorosas o socialmente comprometidas, como lo fue la concepción de Jesús y la reacción inicial de José.

En la trama humana, con luces y sombras, aparece la joven María como el lugar de encuentro de la humanidad con Dios. Con su «Fiat» cambia la historia y nos abre una nueva puerta a Dios.

Es María quien nos regala a Jesús y nos invita a confiar como ella y participar en el proyecto de vida que Dios tiene para toda la humanidad.

Mateo comienza su exposición doctrinal y catequética de su evangelio con la genealogía de Jesús, confirmando que procede de la estirpe de David, y, a continuación, desarrolla cómo se produjo la concepción del Hijo de Dios, quedando gestante María cuando ya estaba desposada con José.

El desposorio ya constituía un compromiso matrimonial vinculante, aunque todavía no se hubiera iniciado la convivencia. La ruptura del desposorio supone un repudio formal, y las relaciones sexuales con otro hombre serían comparables a un adulterio.

José, hombre justo, al repudiarla podía exponerla públicamente a una situación de enorme humillación y rechazo, pero no quiere difamarla y acusarla públicamente. 

En sueños, un ángel le advierte que es obra del Espíritu Santo, pues el hijo que va a nacer salvará al pueblo de sus pecados. Y como María, dice “sí”.

Mateo recurre con frecuencia a citas del Antiguo Testamento para justificar que deben cumplirse lo que relatan las escrituras.

La aceptación de María del proyecto que Dios le ha designado podría suponer el rechazo por parte de sus amigos y parientes, incluso, si llega a hacerse público, por parte de sus conciudadanos, pero ella pone toda su confianza en el Señor.

 Y, junto a José, deciden criar y educar al que será el “Salvador del Mundo”, pues en su vida, muerte y resurrección anunciaba la presencia amorosa de Dios que ofrece a toda la humanidad.

Moniciones;

¿Somos capaces de aceptar los designios de Dios, aunque conlleven incomprensión, tal como hizo María?

¿Nos fiamos de la Palabra de Dios hasta el punto de aceptar su voluntad y esforzarnos por vivirla, aun reconociendo nuestras limitaciones y pecados?

lunes, 7 de septiembre de 2026

LA IMPORTANCIA DE HACER EL BIEN

Lc 6, 6-11

Muchas veces hemos presenciado, cuando no experimentado, que la vida se llena de enfrentamientos y tensiones provocadas por diversas posturas ante la realidad.

Tensiones relacionadas con intereses propios o con ideas sobre qué hacer y cómo actuar.

Y nos preguntamos: ¿Cómo respondemos a la realidad en lo cotidiano? ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?

Manuel, levantando los brazos, dijo:

—Lo lícito, lo bueno, lo útil, lo conveniente, lo humano es hacer el bien y no dejar morir a nadie…

Pero los problemas, las dudas, las dificultades concretas comienzan cuando pasamos a los medios: ¿Qué nos exige actuar así?

Pues nada más y nada menos que fijarnos en el otro, comprender sus necesidades, emplear nuestro tiempo, talentos y medios para socorrerlo.

Guardó un breve silencio y con suavidad continuó:

 —Y, sobre todo, hacer que nuestra mentalidad vaya cambiando desde un egoísmo narcisista que piensa que yo soy el centro del mundo y los demás solo medios para mi felicidad o comodidad…

Hizo una pausa, los miró con ternura y siguió:

—Hasta un sentido de fraternidad que entiende algo tan difícil como que mi libertad no comienza cuando termina la del otro, sino cuando descubrimos que solo podemos ser verdaderamente libres cuando nos hacemos libres los dos.

Todos escuchaban en silencio y con gestos de aprobación. Se había entendido que esto es un verdadero proceso, a veces largo y doloroso, siempre costoso, de saber preguntarnos:

 ¿Por qué hago lo que hago? O, más exactamente, ¿por quién hago lo que hago?

Jesús, en el evangelio (Lc 6, 6-11) de hoy, descubre una sutil y peligrosísima corrupción de la religiosidad.  En medio de la sinagoga, en sábado, día especialmente consagrado a Dios y sometido a unas estrictas normas religiosas, lanza la pregunta decisiva a los asistentes, poniendo en el centro de la sinagoga a un hombre que tenía paralizada una mano.

La cuestión fundamental es: ¿qué es más importante para Dios, el culto o la misericordia?

Y, más profundamente, ¿vamos al culto para comprometernos más en ser hijos de “ese” Dios y hermanos de los demás, o para tranquilizar nuestra conciencia o cumplir un precepto? 

domingo, 6 de septiembre de 2026

CENTINELAS DEL BIENESTAR

Mt 18, 15-20

Juan se había confesado a la comunidad. Había reconocido su error y, con humildad y arrepentimiento, solicitaba, desde el amor, la reconciliación a la comunidad.

En ese momento, Manuel levantó la mirada y preguntó:

—¿Cómo creen que debe actuar la comunidad ante alguien que reconoce su error y pide reconciliarse?

Pasaron unos segundos y nadie se atrevía a decir nada. Iba a continuar Manuel cuando Pedro levantó la mano y dijo:

—Creo que ese debe ser el último paso. Claro, todo depende de las circunstancias de cada caso.

Manuel, mirándole, le preguntó:

—¿Puedes explicarte mejor?

Entonces, Pedro, levantándose y alzando la voz, comentó:

—Lo que quiero decir es que, cuando alguien comete un error, incluso si nos parece grave, lo primero es hablar con él.

Hizo una breve pausa y, mirándolos, continuó:

—Si no le hace caso, llama a otro o a otros dos para que haya dos o más testigos… Y si incluso se resiste, acude entonces a la comunidad, como ya hemos visto.

Manuel, satisfecho con la respuesta de Pedro, abrió la Biblia y dijo:

Esto, en el evangelio de Mt 18, 15-20, es lo que Jesús nos dice. Y leyó:

—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

Hizo una breve pausa y, con renovado ánimo, siguió:

—En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.

Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Al acabar de leer, Manuel, cerrando la Biblia, añadió:

—Dos criterios para acercarnos a alguien que se daña a sí mismo o a otros: a) con un corazón que no sea duro (ante el otro, ante nosotros mismos, ante Dios).

b) Y desde el amor, que es la plenitud de la fe. Tengamos en cuenta que corregir no significa condenar. La corrección evangélica nace del amor y busca recuperar, no castigar.

El modo de actuar del Señor Jesús es suave, respetuoso, cordial… Se mueve desde el deseo de mejorar la vida de la otra persona, y nos invita a caminar hacia la reconciliación desde el amor, dialogando en la intimidad sin juzgar, animando, buscando la restauración.

sábado, 5 de septiembre de 2026

VIVIR DESDE EL AMOR

Lc 6, 1-5

Posiblemente, no tengamos siempre la suficiente paciencia, ni la necesaria capacidad para discernir y comprender que las cosas, aunque procuremos hacerlas bien y, en ocasiones, incluso perfectas, siempre hemos de vivirlas desde el amor.

Y, si es preciso, que sea más laxo… por amor.

Porque existe un grave peligro en empecinarnos en el rigor de la perfección. Esa obsesión puede llevarnos a contradicciones, a juicios y a prejuicios. Puede hacer que terminemos dando más importancia a cumplir que a comprender, a la norma que a la persona, a hacer las cosas «bien» que a hacerlas desde el amor.

Conviene, por tanto, no perder de vista algo esencial: necesitamos estar disponibles para tratarnos unos a otros con amor y misericordia. Lo necesitamos nosotros y lo necesitan quienes caminan a nuestro lado.

Sabemos que las religiones suelen estar relacionadas con rituales, formas externas y leyes. Y existe el riesgo de que lleguemos a darles tanta importancia que terminen convirtiéndose en formas de esclavitud, de dependencia o incluso de infantilización.

Y eso tampoco es ajeno a la religión cristiana ni, especialmente para nosotros, a la Iglesia católica.

A quienes hemos sido educados dentro de la Iglesia nos puede resultar difícil distinguir entre lo que es verdaderamente propio del seguimiento de Jesús —la fe, la esperanza y, sobre todo, el amor— y aquello que nosotros hemos ido construyendo alrededor de ese seguimiento: normas, costumbres, obligaciones y formas de hacer que, en ocasiones, pueden terminar ocupando el lugar de lo esencial.

Porque Jesús no vino a complicarnos la vida con más normas.

Jesús pasó haciendo el bien.

Se acercó a los pobres, a los enfermos, a quienes estaban al margen. Miró a las personas con misericordia y supo ver más allá de una religión reducida al cumplimiento de ritos y leyes.

Manuel se levantó y, con una mirada firme, convencido de lo que iba a decir, comentó:

—Todo lo que Jesús, el Señor, nos ha enseñado es a vivir desde un amor misericordioso, un amor que se nos regala gratuitamente.

Y, sin más, abrió la Biblia y leyó:

—Del santo Evangelio según san Lucas 6, 1-5:

«Un sábado, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos. Unos fariseos dijeron: “¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?”.

Respondiendo Jesús, les dijo: “¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre?

Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él”.

Y les decía: “El Hijo del hombre es señor del sábado”».

Manuel cerró lentamente la Biblia y añadió:

—Jesús nos recuerda que la norma está al servicio de la persona y no la persona al servicio de la norma. Que el sábado está para el ser humano, y no el ser humano para el sábado.

Por eso el papa Francisco insistía, comentando precisamente este Evangelio, en el peligro de convertir la fe en una cuestión de mandamientos y obligaciones.

Hablaba de quienes tienen «la enfermedad de los fariseos», de cristianos que ponen su fe y su religiosidad en muchos mandamientos y se preguntan continuamente: «¿Por qué hacéis esto?». Y planteaba una pregunta que quizá también nosotros deberíamos hacernos:

«¿Y dónde está Jesús?»

Francisco recordaba que Jesús es el centro. Y señalaba una regla muy sencilla para saber si estamos viviendo una fe verdaderamente cristiana: solo vale aquello que nos lleva a Jesús y aquello que viene de Jesús.

Quizá esa sea también nuestra tarea: aprender a distinguir lo esencial de lo secundario, la fe de la costumbre, el amor de la obligación, la misericordia del rigor.

Porque podemos llegar a cumplir muchas cosas y, sin embargo, olvidarnos de lo más importante.

Podemos hacer todo «correctamente» y estar muy lejos del corazón de Jesús.

Por eso, Señor, enséñanos a vivir desde el amor.

A no convertir la perfección en una exigencia que nos haga infelices ni en una medida con la que juzguemos a los demás.

Enséñanos a comprender que, cuando una norma nos impide amar, quizá tengamos que detenernos y preguntarnos dónde estás Tú.

Que sepamos vivir con más libertad, con más misericordia y con más humanidad.

Y que aprendamos también a descansar contigo.

Porque quizá el sábado, además de un día para cumplir, pueda ser un día para respirar, para disfrutar, para agradecer y para recordar que la vida no está hecha para que la vivamos bajo el peso permanente de la exigencia.

Está hecha para vivirla contigo.

De vacaciones con Dios.