domingo, 15 de marzo de 2026

LA PERSONA POR ENCIMA DE LA LEY

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Para León, todo aquel que no cumplía la ley debería ser excluido. Él no entendía la vida de otra manera; su postura era vivir estrictamente de acuerdo con lo mandado.

Por eso, cuando le llegó la noticia de que alguien estaba incumpliendo lo establecido, su reacción fue señalarlo y excluirlo de la sociedad. Era intolerable que esa actitud conviviera con el pueblo.

—No se puede aceptar a alguien que se arrogue el derecho de incumplir las reglas —dijo León dando un fuerte golpe con el puño sobre la mesa. Eso es inadmisible. Por lo tanto, hay que excluirlo.

—Sí, pero primero debemos comprobar los hechos del posible infractor —respondió Guillermo—, no sea que estemos equivocados.

—Claro —dijo León—, todo debe estar bajo la ley.

Todos parecían conformes; sin embargo, se oyó un pequeño murmullo que llamó la atención de León. Estaba algo extrañado, irguió su cuerpo y miró hacia donde procedía el murmullo.

Sin darle tiempo a intervenir, emergió una figura que, levantando los brazos, dijo:

—No estoy de acuerdo con lo que aquí se ha dicho. Es obvio que la ley está para cumplirla, pero por encima de la ley está el bien de la persona.

Ante la mirada furiosa de León y los demás, cuadrando sus hombros y dando un paso hacia delante, Manuel, que así se llamaba quien había hablado, abrió su Biblia y dijo:

—Evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38: En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa enviado)».

Al terminar de leerlo todo, miró con ternura a León y dijo:

—Muchas veces nuestras posturas previas terminan condicionando nuestras conclusiones.

Y levantando los brazos, exclamó:

—¿No nos damos cuenta de que lo que hace Jesús es aliviar el sufrimiento de aquella persona ciega? ¿Es que ponemos el cumplimiento del sábado ante la curación de una persona?

Entonces, llevándose las manos a la cabeza, añadió:

—Lo verdaderamente importante es «que se manifiesta la obra de Dios».

La presencia de Dios busca eliminar el sufrimiento o ayudarnos a vivirlo de otra manera.

sábado, 14 de marzo de 2026

ENALTECIDOS Y HUMILLADOS

Lc 18, 9-14

Con los hombros cuadrados, el cuello alzado y la barbilla hacia delante, Florencio se paseaba seguro de sí mismo. Con cierta ironía y una sonrisa de medio lado, se mofaba de todos aquellos a quienes consideraba débiles y pequeños.

Él era diferente y su fortaleza la sacaba a relucir en todo momento. Se vanagloriaba de sus virtudes y presumía de ser un varón justo, cumplidor de la ley, no como esos, decía, pobres diablos, ladrones y adúlteros que van pidiendo clemencia que no merecen.

En cierta ocasión alardeó de sus capacidades delante de otros que, humildemente, reconocían sus debilidades y sus faltas. Irguió su figura y, con un ademán despreciativo, ignoró a los demás, diciendo:

—Estoy orgulloso de ser diferente de los demás, y de hacer las cosas como deben hacerse, tal cual manda la ley.

Miró a su alrededor y levantando los brazos en señal de triunfo, dijo:

—No hay obstáculo, puedo con todos.  Nada parecido a estos otros que se derrumban ante cualquier dificultad y faltan a las normas más elementales.

En ese momento alguien con cara de enfado y apretando los puños, le miró fijamente y dijo:

—No es buena señal creerse buena persona, pues esa creencia puede alejarnos sin advertirlo de la verdad. Todos, aunque no nos demos cuenta, cometemos errores y faltas.

Florencio apretó los puños y trató de contenerse. No supo qué responder, pero su cara reflejó cierto desconcierto.

Con ternura y paciencia, el señor que había intervenido sacó una Biblia y, mirando con suavidad a Florencio, leyó:

Lc 18, 9-14: En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos…

Dejó de leer y levantando su cabeza miró con cariño a Florencio. Tras unos segundos, continuó:

—Por considerarse justos y despreciar a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro, publicano.

Después de unos segundos de acabar de leer todo el pasaje, dijo:

—La misma vida nos enseña lo que dice el evangelio: el que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Y clavando su mirada en Florencio, añadió:

Porque todos cometemos faltas y tenemos debilidades. Necesitamos de la humildad y de la misericordia.

Florencio, a pesar de su ira, abrió sus puños y empezó a relajarse. Su corazón comenzaba a comprender que todos somos pecadores.

viernes, 13 de marzo de 2026

¿EN QUÉ GASTO EL MAYOR TIEMPO DE MI VIDA?

Con una sonrisa de medio lado, Sebastián se mofaba de todo aquel que no ponía el poder como prioridad en su vida. Para él no había otra cosa: poder, poder y poder.

—¿Crees que con el poder se consigue todo lo que deseas? —le preguntó Servando, uno de sus amigos más cercanos.

—Claro que sí, sin lugar a duda —respondió Sebastián—. Con el poder consigues dinero y todos los objetivos que te propongas. El poder te da la fuerza para lograr tus deseos.

Un momento, levantó la voz Carmelo:

—En mi opinión, no estoy de acuerdo. No todo se puede comprar con el poder y el dinero. El ser humano tiene voluntad. Aunque puedan seducirlo o presionarlo, en su interior sigue siendo libre para decidir.

—Sí, puede oponerse, pero al final, bien o de malas maneras, se hace lo que el poder quiere.

Levantándose y tomando su Biblia en la mano con paciencia y serenidad, Manuel leyó en Mc 12, 28b-34:

—En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Cuando terminó de leer todo el pasaje completo, volvió a sentarse y, mirándolos, añadió:

—Jesús nos habla de la única prioridad necesaria:

 Escuchar a Dios.

Amar a Dios.

Unir dos amores: a Dios y al prójimo.

 De amar a quien está cerca.

Todos quedaron sorprendidos y expectantes con las palabras de Manuel. Verdaderamente, el amor es la fuerza más grande y poderosa del universo.

El amor supera al poder. Aunque parezca más débil, mueve la voluntad y actúa como una fuerza constructiva que impulsa la paz, la unidad familiar y el crecimiento humano.

jueves, 12 de marzo de 2026

EL MAYOR BIEN: LA PAZ

Lc 11, 14-23

Adolfo se extrañaba de todo lo que ocurría a su alrededor. No lograba entender tanta desunión entre unos y otros, de la que nacía tanto mal.

—¿Por qué tanta división, no se dan cuenta de que eso no conduce a nada bueno? —dijo Adolfo con un gran suspiro.

A pesar de estar inmerso en la disputa, todos le observaron con una mirada extraña.

Rodolfo, uno de los líderes, dijo:

—No podemos consentir que estos —refiriéndose a los del grupo enemigo— se salgan con la suya. Son los causantes de todo el mal que hay en el barrio.

—Con estas peleas solo se empeora la convivencia y se rompe la paz del barrio —respondió Adolfo.

Elevando su voz y mostrando sus palmas, añadió.

—No se dan cuenta de que es mejor dialogar razonadamente, buscando acercar posturas. Divididos no se logra nada.

—Estamos de acuerdo —respondió Rodolfo con cierto apuro—, pero con esta gente no hay posibilidad de entablar una conversación tranquila y razonable.

Cuadrándose de hombros, dando un paso hacia delante y con la mirada clavada en ambos grupos, Adolfo abrió su Biblia, levantó los brazos y, llamando la atención de todos, dijo pacientemente:

—En el evangelio de Lc 11, 14-23 se dice: En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios».

Cuando terminó la lectura, y lleno de paz y templanza, añadió:

—El poder no soluciona las diferencias, sino enciende las confrontaciones. Quizás Jesús nos esté llamando a ser claros en nuestro alineamiento con Él y a reconsiderar desde dónde interpretamos la realidad.

El mayor bien es la paz, porque de la paz nacen la verdad, la justicia y el amor misericordioso.

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL SENTIDO DE LA LEY

Mt 5, 17-19

Lo había intentado muchas veces, pero no lograba enderezar su vida. Cipriano era de aquellos que, a pesar de sus errores, luchaban por levantarse y no volver a caer. Sin embargo, sus reiteradas caídas lo arrastraban, poco a poco, a darse por vencido.

Un día, cansado de tanto querer y no poder, se dejó llevar por la desgana. Cogió su coche y se alejó de su pueblo. Quería experimentar nuevas sensaciones y conocer otros lugares.

Recorrió varios pueblos y caminos y, ya algo cansado, se detuvo en la plaza de uno donde la tranquilidad le llamó la atención. Allí, sentado bajo unos árboles, reponía fuerzas.

De pronto reparó en una iglesia que había enfrente. Le extrañó ver a algunas personas entrar y, seducido por la curiosidad, se acercó. Al entrar, comprobó que se celebraba una misa. Sorprendido por la paz que allí se respiraba, tomó asiento en uno de los bancos.

En ese momento el sacerdote leía el Evangelio (Mt 5, 17-19):

—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

Cuando terminó de proclamarlo, hizo el siguiente comentario:

—Jesús viene a anunciarnos el Amor misericordioso de su Padre. No viene a abolir nada, sino a darle cumplimiento, a ayudarnos a descubrir el Espíritu que da vida a la Ley.

Tras unos segundos, añadió:

—Los mandamientos, la Ley, nos ayudan a tratarnos con respeto, con prudencia y con sencillez evangélica. Y esa sencillez la contemplamos en Jesús. Él es nuestra referencia y nuestro ejemplo.

E irguiendo un poco el cuerpo, para dar mayor énfasis a sus palabras, concluyó:

—«El hombre sencillo y recto —como dijo san Juan XXIII—, el que teme al Señor, es siempre el más digno y el más fuerte».

Cipriano se había quedado inmóvil, como si su vida se hubiera detenido por un instante. Su corazón, sereno, sentía gozo y paz. Ahora comprendía que, solo con sus fuerzas, los errores seguían pesando; pero, junto al Señor, la esperanza de ir corrigiéndose —no por su mérito, sino por la gracia de Dios— daba verdadero sentido a su vida.

Se levantó y salió del templo. Era el mismo de antes, pero su manera de ver y entender la vida había cambiado. Ahora todo tenía más sentido y la vida, aunque todavía no estuviera del todo enderezada, estaba llena de esperanza.

martes, 10 de marzo de 2026

SETENTA VECES SIETE

Mt 18, 21-35

La angustia de Juan era insoportable. No lograba conciliar el sueño y las noches se le hacían muy duras. Su figura llamaba la atención por su tristeza hasta el extremo de ser compadecido por sus íntimos amigos.

—No te preocupes, hombre —le decía uno de sus amigos—, todo se arreglará. Ten confianza y paciencia.

—No puedo evitarlo —respondió Juan, compungido y desesperado—. El dolor me supera.

Manuel, que llegaba en ese momento a la terraza, observó la escena y, viendo el abatimiento de Juan, se acercó para animarlo.

—Ánimo, amigo. Nunca debemos perder la esperanza. Todo tiene solución; incluso la muerte no tiene la última palabra.

—Trato de sobreponerme —respondió Juan—, pero la deuda que tengo encima no me deja en paz. No logro apartarla de mi mente y no le veo salida.

Manuel se acercó y, poniéndole la mano sobre el hombro, le preguntó con suavidad:

—¿Se puede saber qué problema te aflige?

Juan levantó la cabeza y, con la mirada perdida, respondió:

—Debo mucho dinero y no puedo pagarlo. Estoy a punto de hacer un disparate.

—Cálmate —le dijo Manuel—. Confía y pide clemencia. No te rindas.

Entonces se sentó a su lado, abrió su Biblia y, con serenidad, leyó:

Evangelio según san Mateo 18, 21-35: En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Al terminar la lectura guardó silencio unos instantes. Permaneció sentado junto a Juan y luego dijo:

—Al perdonar, no solo liberamos a la otra persona; también nos liberamos nosotros del peso del rencor.

Juan levantó la cabeza, enderezó su cuerpo y, lleno de esperanza, se puso en pie con la decisión de enfrentarse a su problema, confiando en alcanzar clemencia y tiempo para saldar su deuda.

lunes, 9 de marzo de 2026

MÉRITOS Y SEGURIDADES

Lc 4, 24-30

Sigfredo sentía que se merecía todo lo que tenía. Estaba orgulloso de sus acciones y se sabía muy valorado por todo el pueblo.

Esperaba reconocimientos y honores por sus méritos, pero estos no llegaban. La intranquilidad comenzó a instalarse en su orgullo y terminó convirtiéndose en soberbia. No entendía cómo a él, que había hecho tanto por el pueblo, no se le daba el tributo merecido.

Indignado y rebozando ira, se alejó del pueblo. Cansado de vagar, se acomodó bajo la sombra de un árbol a descansar. Sin saber cómo y absorbido por sus pensamientos, cayó en un profundo sueño.

Alguien se le acercó y, viendo su corazón ensoberbecido, le dijo:

No porque creamos que somos quienes somos se nos aseguran honores.

Los honores que esperamos por nuestros méritos no siempre coinciden con las cosas de Dios.

La humildad no consiste en mostrarnos pequeños, que no servimos para nada, escondiendo nuestra soberbia. La verdadera humildad es decir la verdad y reconocernos pecadores.

Sintió un toque en su cara. Abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba tendido bajo un árbol. Recordó que se había sentado allí y pensó: «¡Me he dormido!».  

Desconcertado por lo que había percibido en el sueño, regresó al pueblo. Al pasar por la plaza, un extraño impulso le llevó a entrar en la iglesia.

Su corazón empezó lentamente a ablandarse y a limpiarse de toda esa ira acumulada, mientras oía al sacerdote explicar el evangelio de Lc 4, 24-30.

También nosotros dividimos: los otros, los buenos y los malos, los de dentro y los de afuera. 

Y cuando el mensaje no coincide con lo que esperamos, nos puede la ira y nos sentimos tratados injustamente.

El Señor, al borde del precipicio, se abre paso desde el coraje, imperturbable, dejando atrás la incomprensión y el rechazo.