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| Lc 14, 15-24 |
Siempre me ha llamado la atención cuando nos apegamos tanto a las cosas cotidianas de cada día, anteponiéndolas a posibles invitaciones o pausas que la vida misma nos propone.
A veces me lo planteo personalmente, pues sin darme cuenta percibo que en muchos momentos me someto al horario y al cumplimiento más que al amor y la misericordia.
—¿Piensas —dijo Pedro— que debemos faltar al compromiso de cada día por una invitación?
—No se trata de eso —respondió Manuel. Se trata de valorar y saber discernir cuando está en juego la dignidad de la persona.
Hizo una pausa, lo miró con ternura y añadió:
—¡Y tu propia salvación! Eso significa trabajar por un Reino de Dios donde la igualdad y la hermandad de todos los seres humanos sean compartidas.
Pedro frunció el ceño y, con cara de pocos amigos, añadió:
—¿Y cuándo y cómo sabemos que se trata de algo valioso con respecto a la persona? ¿O de nuestra salvación?
Manuel dejó escapar una ligera sonrisa y dijo:
—Cuando comprendemos que ninguna obligación puede hacernos olvidar la dignidad de una persona, que ninguna agenda debería estar por encima de quien necesita nuestra presencia, nuestra escucha o nuestra ayuda». Lo mismo nos pasa a nosotros.
Guardó un breve silencio y continuó:
—Suele pasarnos a todos que, una vez se nos muestra cómo construir y celebrar el Reino de Dios, ponemos excusas, y es que la vida cotidiana puede encerrarnos tanto que dejamos pasar lo verdaderamente importante. Dios.
Y mirándole fijamente con mucha seriedad, comentó:
—No se trata de quién creemos que merece estar en la mesa, sino de quién está dispuesto a aceptar la invitación y de quién está dispuesto a abrirle la puerta». Conviene reflexionar el evangelio de Lc 14, 15-24, para entender mejor el amor y la misericordia de nuestro Padre Dios.
Pedro desvió la mirada y, agachando la cabeza, permaneció pensativo.
La mesa no puede estar vacía, y Dios llama a quienes normalmente quedan fuera de esta para llenarla de personas enfermas, excluidas o heridas. Dios siempre se acuerda de quienes carecen de poder o de oportunidades para participar en las decisiones.
Quizá el problema no sea que falten invitados al banquete de Dios, sino que nosotros seguimos poniendo condiciones para sentarlos a nuestra mesa.
El mensaje de hoy es claro: toda persona merece estar en la mesa del Señor. Toda persona está dotada de dignidad para compartir la fiesta. Sin distinción alguna. Sin discriminación.
La vida se convierte en una verdadera celebración cuando nadie queda fuera. Seamos anfitriones capaces de construir, incluir y compartir el banquete del Señor, sin poner excusas para dejar a nadie fuera.






