| Mt 21, 28-32 |
Todos sabemos que, si lo que se dice no está de acuerdo con lo que se hace, la palabra pierde gran parte de su valor.
Sin embargo, hay algo que puede devolverle ese valor: reconocer el error, arrepentirse y rectificar.
A veces, por las circunstancias que sean, podemos decir o decidir algo de lo que, poco después, nos arrepentimos. Reconocer que nos hemos equivocado y cambiar de actitud puede dar un nuevo valor a nuestra decisión.
Pedro, algo desencantado, frunció el ceño y dijo:
—Supongo que cuando alguien se arrepiente es porque su conciencia le remuerde. ¿No es así?
—Supongo que sí —respondió Manuel firmemente—. Pero también creo que darse cuenta del error tiene un gran valor.
Aprovechando la ocasión, sacó la Biblia y leyó:
—Del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32:
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
«Obras son amores y no buenas razones». Este refrán lo aclara muy bien. Las palabras sobran cuando, por muy bonitas que sean, se quedan en palabras y no pasan a la realidad.
La cuestión no va de rangos ni de apariencias, sino de la voluntad de escuchar, ver, creer y actuar, abriéndose de nuevo a hacer el bien.
De ahí que el testimonio sea la confirmación de la palabra.