| Mc 12, 38-44 |
Humberto se afanaba en demostrar que era una buena persona. Se paseaba por las calles más importantes luciendo su buena presencia y su generosidad.
Le gustaba destacar, ser tenido en cuenta y ocupar los primeros puestos en los lugares significativos. Para ello aprovechaba las ocasiones para hacer visibles sus obras de generosidad donde más gente pudiera contemplarlas.
—¿Qué piensas, Pedro? —le preguntó Manuel, respecto a lo que realmente hace valioso a una persona.
Sorprendido por la pregunta, Pedro guardó un breve silencio y dijo:
—Creo que la cantidad es lo de menos…
Hizo una pausa y concluyó afirmando:
—Lo verdaderamente importante y lo que le da valor a tu donación es la intención.
Manuel, mirándole fijo a los ojos, inquirió:
—¿A qué te refieres con eso de la intención?
—¡Hombre! —respondió Pedro—, me refiero a si es desinteresada y gratuita. No busca beneficios ni segundas intenciones.
Manuel dibujó en su cara una agradable sonrisa. Su rostro manifestaba su pleno acuerdo con las palabras de Pedro.
Tras un breve silencio y mirándole gratamente, añadió:
—Jesús lo deja muy claro en el Evangelio de Mc 12, 38-44, al elogiar a aquella viuda pobre que echó dos simples monedillas…
Miró a Humberto y agregó:
—Jesús termina diciendo: En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie.
Humberto, avergonzado por su actitud, sostenía la cara agachada, incapaz de levantar la mirada.
Viudas invisibles, ignoradas por quienes viven pendientes del prestigio y del aplauso; mujeres espléndidas que lo dan todo y se entregan por completo.
Descubrir la grandeza en lo nimio, enseñar a ver de verdad, porque «solo en el corazón se puede ver bien», para que deje de ser invisible lo esencial.