| Mc 6, 17-29 |
La falta de coherencia está detrás de muchos atropellos e injusticias. A veces, bajo una apariencia respetable, se esconden imposiciones que limitan la libertad y silencian a quienes se atreven a decir la verdad.
Hay situaciones en las que el poder, el interés personal y la relajación de la conciencia terminan justificándolo todo. Y cuando alguien incomoda, denuncia una injusticia o pone al descubierto una mentira, no faltan quienes intentan acallar su voz.
—¿Qué opinión tienen ustedes de Juan el Bautista? —preguntó Manuel, con la intención de conocer lo que pensaban los tertulianos que lo escuchaban.
Pedro, siempre dispuesto a intervenir, levantó la mano y dijo:
—Creo que fue un hombre valiente, justo y santo. Un hombre coherente con lo que pensaba, decía y hacía. De esos hombres que dan su palabra y la mantienen, aunque las circunstancias cambien y aunque hacerlo les pueda costar caro.
Manuel, complacido por la respuesta de Pedro, añadió:
—Estoy totalmente de acuerdo. Y hoy necesitamos personas así: personas que sepan denunciar cuando sea necesario y que se hagan respetar, no por la fuerza, sino por la coherencia de su vida.
Abrió la Biblia y, señalando el Evangelio de Marcos, capítulo 6, versículos 17 al 29, comenzó a leer:
—En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Hizo una pausa y continuó:
—Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes...
Al terminar la lectura del Evangelio, Manuel cerró la Biblia y añadió:
—Juan el Bautista fue una voz incómoda. No buscaba el aplauso ni pretendía conservar su posición. Su misión era anunciar la verdad y preparar el camino del Señor.
Guardó unos instantes de silencio y prosiguió:
—Su voz sigue resonando cuando nos llama a despertar de nuestras tinieblas y de nuestra comodidad. Cuando nos invita a descubrir quién es realmente Jesucristo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Mirando a los presentes, agregó:
—La predicación de Juan golpea seriamente la conciencia de Herodes. Aunque no logra cambiar definitivamente su vida, sus palabras le obligan a pensar, a cuestionarse lo que está haciendo y a enfrentarse, aunque sea por un momento, con la verdad.
Y eso es lo que puede hacer también la Palabra de Dios con nosotros: sacarnos de nuestras tinieblas, hacernos pensar en el sentido de nuestra vida y descubrir la riqueza insondable de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida; fuente de amor y proyecto de amistad.
Por eso resulta paradójico que quien parece más débil sea, en realidad, quien posee una fuerza que el poder no puede dominar. Juan está encadenado, mientras Herodes ocupa el trono; Juan pierde la vida, mientras sus enemigos parecen triunfar. Sin embargo, es la voz de Juan la que permanece.
El poder pudo degollarlo, pero no pudo silenciar la verdad que anunciaba.