| Mt 5, 13-16 |
Hay momentos en que percibo mis miserias y me parece imposible ser sal para dar sabor o luz para iluminar a los diferentes ambientes de este mundo.
Me sorprende leer en Mt 5, 13-16 cómo el Señor me considera luz y sal, obviando mi impotencia.
Confieso que no entiendo esa confianza que el Señor pone en cada uno de nosotros.
—¿Qué piensas —preguntó Pedro a Manuel— sobre eso de ser sal y luz para el mundo?
Sin apenas pensárselo, Manuel dio una clara respuesta:
—Si no lo somos, el mundo quedará a merced de la oscuridad y de la falta de sabor…
Permaneció unos segundos en silencio y dijo:
—Estamos llamados a eso, a ser sal y luz para contagiar al mundo de la Palabra de Dios e iluminarlo.
Pedro, desorientado y frunciendo el ceño, replicó:
—Pero, ¿cómo podemos dar gusto e iluminar con nuestras miserias y pecados?
—Eso no dependerá de nosotros, sino de Dios. En Él podemos transformarnos para ser instrumentos capaces de salar e iluminar el mundo…
Hizo una pausa y, mirándole a los ojos, añadió:
—Hemos recibido desde el instante de nuestro bautismo al Espíritu Santo y, abiertos a su acción, podemos ser esa sal que la tierra necesita y esa luz que haga brillar nuestras obras para que, al verlas, los hombres se abran a Dios.
Pedro se dio cuenta de que el Señor confía en nosotros, y que no debemos contradecirle, pues si Él lo cree es porque podemos.
Otra cosa será que, por nuestra condición de ser libres, no queramos colaborar.
Señor, ayúdame a aceptar lo bueno, a dejarme llenar e impactar por tu Palabra, a mirarme como Tú me miras. A recibir el afecto de los demás no con desconfianza, sino con humildad y sencillez, y así, acercarme a ellos como Tú lo harías.