jueves, 26 de febrero de 2026

PEDIR, BUSCAR, LLAMAR

Mt 7, 7-12

Las cosas se ponían difíciles y Agapito tenía la sensación de que nadie le escuchaba. Estaba cansado de pedir, llamar y buscar atención; nadie le hacía caso.

Llegó un momento en que, no pudiendo aguantar más, se rebeló contra todos y adoptó la misma actitud. Cuántos le pidieron, le buscaron o llamaron, no encontraron contestación. Había decidido responder con la misma moneda.

Se sentía satisfecho de su manera de enfrentarse a quienes le ignoraban y, con una actitud arrogante, decidió dar un paseo con el propósito de lucir su firmeza y decisión. Ahora no se reirían de él, ni tampoco haría caso a nadie.

Orgulloso y presumiendo de su postura, llegó a la terraza. Allí, chuleándose ante todos los que le miraban, se sentó plácidamente, consciente de que le observaban.

—Buenos días, ¿desea tomar algo, el señor? —dijo el camarero.

Entonces, enderezando la espalda y clavando la mirada en él, respondió:

—¿Puede usted servirme un café, por favor?

—Enseguida, señor —contestó el camarero.

Algunos sonrieron de medio lado, con cierta ironía y burla.

Alguien, percatándose de la arrogancia con la que se presentaba Agapito y compadecido de su forma equivocada de actuar, se acercó amistosamente con la intención de ayudarle a salir de aquella situación.

—Buenos días, amigo, disfrutando del día —dijo con voz cordial.

—Buenos días, Manuel. Sí, eso trato de hacer —respondió Agapito.

—¿Y se consigue? —añadió Manuel, clavando la mirada en espera de respuesta.

Agapito se rascó la nariz, algo nervioso, sin saber qué responder. No encontraba razones para justificarse. Apretó los puños y guardó silencio.

Manuel, dándose cuenta de que era el momento de echarle una mano, no esperó más:

—La paz, querido amigo, se esconde en el trato con los demás. Y todo ser humano, alcanzada cierta edad, anhela tranquilidad, vivir en paz y no complicarse la vida.

Sacó su Biblia, la abrió por el capítulo 7 y leyó el pasaje del Evangelio de Mateo (7, 7-12):

—«Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá…».

Y, tras terminar la lectura, concluyó:

—Las palabras de Jesús resuenan con un desafío especial: “Traten a los demás como quieren que ellos les traten a ustedes”.

Porque las cosas no siempre salen bien para nosotros o para quienes amamos; a veces la paz es esquiva. En esos momentos, el bien que nos hace un trato amable es incalculable. Del mismo modo, cuando percibamos esa necesidad en otro, ya sabemos qué tenemos que hacer.

En medio del silencio reinante, Agapito abrió sus manos, liberando la tensión contenida, y respiró hondo.

Había comprendido que caminaba equivocado.

miércoles, 25 de febrero de 2026

JESÚS ES EL SIGNO QUE NOS SALVA

Lc 11, 29-32

Era casi imposible conseguir que alguien creyera en tu palabra. Nadie daba crédito a lo que decías si antes no lo veía con sus propios ojos. Todos pedían pruebas y signos para fiarse de lo que escuchaban.

Las elecciones, la publicidad y todo lo que se proponía estaban embadurnados por la mentira escondida en una aparente verdad. Todos los destinatarios —entre ellos también nosotros hoy— estamos ávidos de imágenes, estímulos, signos, espectáculos, focos y milagros.

—Vivimos unos momentos en los que la palabra ha perdido todo su valor —decía Pedro en la tertulia de esa mañana—. Se hace muy costoso creer lo que te dicen.

—Estoy de acuerdo —agregó uno de los tertulianos allí presentes—; no se dicen más que mentiras con tal de conseguir el objetivo que se persigue.

En el ambiente reinaba una despreocupación por la esencia de la verdad. No se prestaba atención a nada y era difícil suscitar interés, orden y seriedad.

En ese contexto, Manuel tomó la palabra y dijo:

—Amigos, vivimos tiempos en los que se ha perdido la confianza y la duda es lo primero que nos viene al pensamiento. Pero la verdad siempre está presente y debemos creer en ella.

Muchos levantaron los brazos con gestos despectivos; otros esbozaron una sonrisa burlona y algunos permanecieron atentos.

—Esto no es algo que ocurra solo ahora —continuó—; ya sucedía en tiempos de Jesús.

Entonces, abriendo la Biblia que tenía en su mano, leyó el pasaje del Evangelio de Lucas (Lc 11, 29-32):

«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás…»

Y, tras leer el pasaje completo, añadió:

—Si queremos un signo, fijémonos en Jesús; Él es el Signo en el que debemos poner nuestra mirada y nuestra fe.

Y, dando un grito de exhortación, exclamó:

—¡Abramos los ojos y el corazón! Yo estoy a tiro, ¿lo están ustedes?

La atmósfera se había transformado. Las palabras de Manuel invitaban a proceder como los ninivitas, que escucharon y cambiaron su corazón; no como aquellos otros que, cegados por sus expectativas, no supieron reconocer la trascendencia escondida en lo cotidiano.

martes, 24 de febrero de 2026

LA VERDADERA SEMEJANZA

Mt 6, 7-15

De tal palo, tal astilla; era lo que repetía Ambrosio cuando se encontraba con alguien que le ponía dificultades a sus objetivos. Defendía que las personas siempre heredan las características y costumbres de sus padres.

Un día, estando en la tertulia, brotó este tema entre los allí congregados. Uno de ellos, Carlos, no estaba muy de acuerdo con lo que pensaba Ambrosio.

—No todos son como sus progenitores —expuso Carlos. En mi opinión, hay hijos que no tienen nada que ver con sus padres en su forma de pensar y actuar.

—Sí, eso sucede también —replicó Ambrosio, pero como excepciones que confirman la regla.

Manuel, que estaba en la conversación, decidió intervenir:

—A mi manera de ver, son cosas diferentes. Puedo, y es lo más natural, heredar las cualidades y costumbres de mis padres, pero también mi corazón puede sentir de otra manera.

—¿Qué quieres decir con eso de “sentir de otra manera”? —respondió Ambrosio.

Entonces Manuel le miró, hizo un breve silencio y añadió:

—Me refiero a que, siendo de esta u otra familia, tu corazón puede experimentar misericordia y estar abierto al perdón.

Y haciendo una breve parada, dijo:

—Cuando eres capaz de perdonar, estás abriendo tu corazón desde lo esencial: reconocer a Dios, abrazar sus sueños, apasionarte con el Reino, aceptar la realidad y vivir desde el perdón mutuo y la liberación del mal.

Ambrosio frunció el ceño dando a entender que no comprendía eso del perdón ni tampoco la relación con la genética heredada.

Manuel, observando el desacuerdo reinante, intentó aclarar lo que quiso decir:

—Cuando nos consideramos hijos de un mismo Padre, nuestras relaciones son diferentes. Y cuando perdonamos, estamos reflejando ese perdón que también hemos recibido de nuestro Padre.

Hizo un breve silencio, como esperando que hubieran comprendido. Y concluyó:

—Todos somos hijos y semejantes a nuestro Padre. A Él tendemos a parecernos y nuestra semejanza está por encima de las que podamos heredar de nuestros padres terrenales.

Ahora se comprendía lo que Manuel trataba de transmitir. Ambrosio asintió, comprendiendo el verdadero significado, y levantó el pulgar en señal de acuerdo.

lunes, 23 de febrero de 2026

LA SALVACIÓN ESTÁ EN TU MIRADA

La tertulia estaba animada; se hablaba sobre los conflictos del mundo y sus consecuencias. Eso levantaba expectación y muchos escuchaban atentamente.

—Es evidente —dijo Arturo— que si la gente se cuidara de mirar para el otro con misericordia y comprensión, los problemas se resolverían de otra forma.

—Y se terminaría con el hambre y el sufrimiento en el mundo —replicó Emeterio. Un poco de amor sería la chispa que vencería la indiferencia entre los pueblos y aportaría una vida más digna.

En ese momento sonó una salva de aplausos. La gente estaba de acuerdo en que con amor todo problema tendría solución.

Manuel, que formaba parte de esa tertulia, escuchaba pacientemente. Entonces, después de los aplausos y entendiendo que los allí congregados, al menos la mayoría, estaban de acuerdo, aprovechó para intervenir.

—Estoy plenamente de acuerdo con lo comentado por Arturo y Emeterio. Creo que la salvación del mundo está en el amor. Cuando se ama —y amar es interesarse por las necesidades del otro— todo transcurre mejor y el mundo respira paz y bienestar.

De nuevo sonaron los aplausos. Entonces Manuel dijo:

—Esto no lo digo yo —añadió—; son palabras del mismo Jesús en el evangelio de Mt 25, 31-46:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante Él todas las naciones. Él separará las ovejas de las cabras…

Y terminando de leer todo el pasaje completo, concluyó:

—Seremos juzgados por esto: por cómo me acerqué; por cómo actué con los que estaban a mi lado; por mi sensibilidad o indiferencia con los demás …

Y mirando a todos con ternura y amor, concluyó:

En definitiva, seré juzgado por cómo miré a Jesús presente en cada necesidad.

De nuevo irrumpió una sonora salva de aplausos.

Todos somos conscientes de que el amor es la solución de este mundo, pero, a pesar de eso, muchos nos empeñamos en resolverlo a nuestra manera y olvidamos que:

“La clave es ese «conmigo»: con el hambriento, con el herido, con el olvidado”.

domingo, 22 de febrero de 2026

¡TENTACIONES! La identidad puesta a prueba.

Mt 4, 1-11

Cada instante de nuestra vida está marcado —aunque no lo advirtamos— por las preguntas más importantes de nuestro ser:

¿Quiénes somos?

¿De dónde venimos?

¿A dónde vamos?

Sin embargo, pocas veces nos enfrentamos a esas cuestiones de buen gusto, a no ser que hayamos sido forzados por algunas circunstancias.

Y de repente, en el silencio de nuestro propio desierto, aparecen las tentaciones que ponen en tela de juicio nuestra propia identidad y nos exigen el ADN de nuestro ser.

¿Acaso estoy obligado a justificar la esencia de mi ser? ¿Acaso tengo que demostrar mi filiación de hijo de Dios? ¿No soy yo consciente de mis sentimientos interiores y de la experiencia de amor que me une a Dios?

Cada cual debe interrogarse a sí mismo y sacar sus propias conclusiones, porque seguro que seremos tentados en esta dinámica.

—¿Y cómo crees que debemos proceder? —preguntó Pedro con cara de preocupación.

—Evitando entrar en su lógica —respondió tajantemente Manuel, que había iniciado el tema. Con el diablo no se negocia ni se razona.

Las miradas de los allí presentes se cruzaron algo confusas y muchos con el ceño fruncido.

Manuel, desconcertado, levantó la mano y dijo:

—Jesús fue movido a ese espacio de desierto, silencio y búsqueda por el Espíritu, se fue preparando durante cuarenta días y cuarenta noches, y de repente le vino un planteamiento que ponía en tela de juicio su propia autoconciencia y ser.

Hizo una pausa, guardó unos segundos de silencio y procedió:

—El tentador le ataca proponiéndole una condición: «Si eres Hijo de Dios», entonces…

Antes de seguir, se detuvo, aguardó unos segundos y, mirando a todos con firmeza, dijo

 —Jesús no cae en esa trampa, como se autocomprende en referencia al Padre; no acepta justificar su identidad según las condiciones del tentador. 

Quizás con esto nos diga algo…

¿No es agotador tener que estar justificándose constantemente?

Jesús no dialoga nunca con el diablo, no negocia con él, sino que rechaza sus insinuaciones con las Palabras benéficas de las Escrituras (Mt 4, 1-11).

Esto supone una invitación para nosotros: 

¡Con el diablo no se discute ni se dialoga, se le responde con la Palabra de Dios!

sábado, 21 de febrero de 2026

LA NECESIDAD DE MÉDICO

Lc 5, 27-32

—Le gustaba observar y discernir sobre lo que veía. Pero, cuando adoptaba una actitud biempensante, no dejaba títere con cabeza: todo le parecía lejano, distante de la realidad.

No consideraba oportuno acercarse a los demás y, menos aún, compartir mantel, reunirse comunitariamente, dialogar y reconciliarse con quienes pensaban distinto o pertenecían a otros grupos.

Ese es el personaje de nuestra historia. Se llama Alfredo. No ve con buenos ojos nada que le suene a comensalidad, comunidad, diálogo, reconciliación, diversidad, comunión, justicia, apoyo mutuo, sanación, inclusión, igualdad, hospitalidad, acogida, aceptación… e incluso algo de desafío y Eucaristía.

Sin embargo, ni se le pasa por la cabeza que precisamente él, y quienes viven gozándose en la crítica, sean de los que más necesitan del Médico.

Hizo un silencio, tomó el Evangelio y, señalando el pasaje de Lc 5, 27-32, leyó:

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban…

Al terminar la lectura, añadió:

—No vino a condenar, sino a salvar. Pensemos en nosotros: cuántas veces condenamos… cuántas veces buscamos chismes sobre los demás.

El problema no era Leví, sino los que creían no necesitar conversión.

Con estas palabras cerraba Manuel su historia de hoy en la tertulia.

viernes, 20 de febrero de 2026

LIBERTAD INTERIOR

Juan no estaba conforme con el cumplimiento mandado. Sentía que el compromiso no consistía solo en obedecer leyes, sino en procurar que fueran justas, sobre todo con los más vulnerables.

Todo parecía normal, correcto… y, sin embargo, algo dentro de él se resistía. Percibía que la justicia no era igual para todos ni se aplicaba del mismo modo.

Se descubría atrapado por su propia comodidad. No quería complicarse con los problemas ajenos. Deseaba vivir tranquilo, sin cargas, sin dolores prestados. Y esa era su lucha diaria: comprobar que muchas veces no era dueño de sí mismo.

«No soy libre» —pensó, con tristeza.

Algo inquieto, salió a caminar. Buscaba silencio para mirarse por dentro. Al cabo de un rato, cansado, se sentó en una mesa y pidió una infusión. Necesitaba serenarse.

Mientras esperaba, escuchó a un grupo de hombres que conversaban con seriedad.

—El ayuno adquiere su verdadero sentido cuando se une a la justicia, cuando nace de una relación profunda con Dios y se acompaña de compasión hacia quien sufre —decía Manuel.

Los ojos de Juan se iluminaron. Algo dentro de él despertó.

«Claro» —se dijo— nuestros actos no pueden quedarse en ritos externos; deben llevarnos a comprender la realidad y comprometernos con ella.

Comprendió entonces que la Cuaresma no es solo oración, ayuno y limosna, sino un camino que supera ritualismos vacíos.

No se trata de extremos ni de legalismos, sino de vivir en la presencia de Jesús. Con Él, la libertad interior se vuelve posible y el corazón aprende a ser justo y generoso.