jueves, 19 de febrero de 2026

GANAR O PERDER

Lc 9, 22-25

Para Enrique todo se reducía a ganar. Perder era cosa de otros; él siempre ambicionaba vencer y, más aún, aspiraba a ser el mejor.

Pero llegó el día en que las cosas se le torcieron y, pese a todos sus esfuerzos, salió derrotado. No podía soportarlo. Su corazón, inflamado por la codicia de ganar siempre, no entendía de rendiciones.

Algo desorientado, se puso a caminar. No sabía a dónde iba, pero no podía estarse quieto. Necesitaba asumir aquella decepción y no lo lograba. Su conciencia no paraba de repetirle que había perdido… y eso le parecía imposible.

«¿Qué había ocurrido?», se dijo.

De pronto se detuvo. Miró a su alrededor y exclamó:
    —¡He sido capaz de pensar!

Sorprendido y con rostro jubiloso, se sentó en una terraza cercana

—¿Desea algo el caballero? —dijo muy atento el camarero.

—Sí, un café, por favor —respondió Enrique con una grata sonrisa.

—Vamos enseguida.

No sabía cómo, pero desde ese momento experimentó cierta tranquilidad. Algo como si, de repente, entendiera que perder no era ningún fracaso, sino la oportunidad de comprender que somos vulnerables, y conviene aprovecharla para crecer y mejorar.

Su alegría era desbordante hasta el extremo de querer compartirla. No pudiendo reprimirse, saludó con efusividad al señor que estaba en la mesa de al lado.

—Buenos días, señor, hace un día espléndido.

Manuel le miró con agrado y, devolviéndole el saludo, le correspondió:

—Buenos días, sí, eso parece, el día es hermoso y vale la pena aprovecharlo para cargar nuestros pulmones de ese aire fresco que nos limpia y nos renueva.

Maravillado por la respuesta de Manuel y entusiasmado por lo que estaba experimentando, dijo:

—Tiene usted razón. La vida es hermosa cuando se toma como un camino que enseña y ayuda a ser mejor.

Entonces, Manuel, sonriendo y mirándole, le dijo:

—Sus palabras llevan mucha verdad y, me atrevería a decir que son sabias.

Haciendo una pausa, tomando en sus manos la Biblia que leía, dijo:

—En el evangelio de Lc 9, 22-25, Jesús nos habla de su Pasión y muerte, y también de su Resurrección al tercer día…

Al terminar de leer todo el pasaje completo, agregó.

—¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?

El corazón de Enrique se estremeció. Era eso lo que estaba sintiendo; lo importante no era ganar en este mundo, sino la entrega hasta el extremo de perder para ganar la verdadera vida en el otro.

Perder la vida para salvarla, renunciar para alcanzar lo verdaderamente valioso, tal y como nos dice Jesús.

No es el poder lo que salva, sino el amor. Ese es el distintivo de Dios. Él mismo es amor. «Y ahí la clave es ese «conmigo».

miércoles, 18 de febrero de 2026

TIEMPO PARA DESCUBRIR NUESTRAS MÁSCARAS

Mt 6, 1-6. 16-18

    Sentado en su mesa, Florian reflexionaba seriamente. Había llegado a la conclusión de que se valoraba por encima de todo, incluso —pensó— más que a su propia dignidad. Y eso le preocupaba.

«No puedo amarme si primero no pongo el amor a los demás», se decía con semblante angustiado. Lo ocurrido días pasados le había llevado a plantearse seriamente su conducta.

—¿Qué te ocurre, amigo Florian? —le saludó Pedro—. Te noto algo triste.

—Sí, me siento mal y lo reconozco. Y eso agranda mi dolor.

—Pero ¿tan seria es la cosa? —preguntó Pedro, algo impaciente.

Con la cara escondida entre los brazos, Florian susurró:

—Me siento culpable de mis actos. Soy egoísta y, en muchas ocasiones, paso por encima de los que considero más débiles o inferiores que yo.

Pedro sintió compasión y, poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:

—Todos tenemos algo de narcisismo en algunos momentos de nuestra vida. Buscamos la atención de los demás con el propósito de sobresalir y destacar. Son nuestras cruces de cada día.

Aquellas palabras calmaron algo la desesperación de Florian. No era paz completa, pero sí un respiro que le permitió escuchar. Abrió los brazos y levantó la cabeza.

En ese momento llegó Manuel y, dándose cuenta de lo que sucedía, preguntó mientras saludaba:

—Muy buenos días, queridos amigos. ¿Cómo están los ánimos hoy en esta terraza?

Pedro, mientras Florian escurría el bulto, le hizo un gesto indicándole que lo estaba pasando mal.

Manuel, que conocía muy bien a Florian, intuyó lo que ocurría. Saludó a Santiago, el camarero, y sentándose, a la espera de su café, dijo:

—Hoy entramos en el tiempo cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para examinarnos y descubrir que, en infinidad de ocasiones, buscamos la atención del otro y alimentamos nuestro propio narcisismo.

En ese instante, Florian sintió una sacudida en su corazón.

Era narcisista, y de ahí su congoja. Levantó la cabeza con timidez y dirigió lentamente su mirada hacia Manuel. Este, al darse cuenta, continuó:

—Andamos justificándonos, reclamando reconocimientos y situándonos sobre andamios imaginarios desde los que nos contemplamos más altos de lo que somos, deleitándonos en la admiración que provocamos.

Las lágrimas afloraron en las mejillas de Florian. Se había dado cuenta de su camino equivocado.

No podemos querer a los demás si no nos queremos «un poco» a nosotros mismos. Eso está bien y es necesario; pero ¡cuidado! Cuando ese «poco» se convierte en «mucho» y en un «más que a los otros», entonces ya hemos metido la pata.

Cuánto daño nos ha hecho ese «porque yo lo valgo»… cuando olvidamos que valemos porque somos amados.

martes, 17 de febrero de 2026

¡CUIDADO CON LA MALA LEVADURA!

Mc 8, 14-21

La vida se nos escapa casi sin darnos cuenta. Nos parece que va despacio; si hacemos silencio, incluso creemos que se detiene, pero la realidad es que no hay pausa, siempre camina y, casi sin notarlo, avanza rápidamente.

—Hoy, mi vida, me parece que ha sido un abrir y cerrar los ojos —dijo Fernando. No me he dado cuenta de cómo han pasado los años y me preocupa no estar atento a lo verdaderamente importante.

—¿A qué te refieres cuando dices: a lo verdaderamente relevante? —preguntó extrañado Aurelio.

—A que la vida no termina en este mundo —respondió Fernando—, sino que, llegado el final de esta, empieza la verdadera, la que nos preparamos aquí, seamos o no conscientes.

—Es decir —contestó Aurelio—, para ti esta vida no termina aquí, sino que continúa.

—Evidentemente —dijo Fernando—, y por eso debemos, al menos, estar atentos a nuestro vivir y hacer en este mundo.

—No sé a qué te refieres —dijo extrañado Aurelio. ¿Cómo piensas que debemos actuar en este mundo?

Manuel, que escuchaba tranquilamente la conversación entre Fernando y Aurelio, decidió intervenir.

—Con sus permisos, según mi criterio, lo más que debe interesarnos es la Palabra de Dios. Es, digámoslo así, esa buena levadura que nos hace crecer.

Señaló con su dedo el pasaje evangélico de Mc 8,14-21, en su Biblia, y después de leerlo completamente, dijo:

—Nos da y aumenta nuestra fe y nos previene de todos aquellos que nos pueden desviar de lo esencial: Estar atento a la Palabra de Dios es lo que nos interesa.

Todos entendieron el peligro de la levadura de los fariseos, que se nos cuela mezclada con nuestras ansias, fermentando nuestra torpeza y olvidos.

 A veces ni nos enteramos de media misa. Dejamos de pasar esos encuentros que nos dan vida, y Jesús nos susurra al corazón: «Céntrate, búscame, despierta… mira lo que ves, escucha lo que oyes.

lunes, 16 de febrero de 2026

PIDEN UN SIGNO

Mc 8, 11-13

—¿Creen ustedes que, presentado un signo y aclarado el misterio, haría falta la Pasión del Señor? 

Hizo una parada y, tomando resuello, continuó:

—¿Habría sido necesario encarnarse para luego dejar claro que el encarnado era hijo de Dios de una manera evidente, accediendo a presentar los signos que le pedían? —decía Manuel a los que se habían congregado en la terraza.

Todos permanecieron callados. Obviamente, era un absurdo venir a este mundo, tomar la naturaleza humana, integrarse en la sociedad, nacer, vivir y crecer pobremente para luego mostrar su poder a los fariseos y concederles las pruebas que le pedían.

—Reclamar signos, exigir certezas, exhortar al otro para que nos dé evidencias sería contradictorio con la incertidumbre de José; al nacimiento en la paupérrima pobreza de Jesús; a las penurias y sufrimiento en la huida a Egipto.

Miró a todos con una mirada desafiante y dijo:

—Responder a la petición farisaica sería ilógico a todo lo acontecido antes. ¿Para qué lo primero, si luego quedase claro con lo segundo?

Hizo una pausa, esperó unos segundos y, observando sus caras de impotencia y sin réplica, concluyó:

—¿Para qué entonces la fe?

Nadie supo qué responder. Era evidente: pedir un signo elimina toda exigencia de fe. Presentada la prueba, no hay ninguna necesidad de creer; estás delante, lo estás viendo con tus propios ojos.

Nos sucederá eso cuando estemos delante del Señor. Desaparecerán la esperanza y la fe; solo permanecerá eternamente el amor.

domingo, 15 de febrero de 2026

MÁS ALLÁ DE LA LETRA

Mt 5, 17-37

Muchas veces atribuimos a las personas cualidades o defectos y, según esos rasgos, las calificamos de una u otra manera. Eso nos lleva a situarlas en un nivel limitado de confianza —o de desconfianza— según nuestro propio juicio.

Quizás no lo advirtamos, pero suele ocurrir sin que apenas nos demos cuenta. Conviene vigilarlo, porque podemos hacer y hacernos mucho daño con nuestros discernimientos.

Ese era, precisamente, el tema que hoy se debatía en la tertulia: nuestro sentido de lo justo y de lo injusto.

Cuando llegó Teodoro, hablaba Federico, uno de los tertulianos habituales.

—Confieso que damos opiniones con mucha facilidad sin caer en la cuenta de que toda persona tiene derecho a preservar su fama. Y eso debemos corregirlo.

—Estoy de acuerdo —dijo Pedro, conocido tertuliano y de los más influyentes—. Es una de nuestras faltas más ordinarias, y en ella caemos rutinariamente.

Sentado y atento, Teodoro escuchaba lo que se debatía. Observó cómo se incorporaba otro, al parecer muy conocido en la tertulia, que, tras saludar a los presentes, fue invitado a dar su opinión.

—Según me han informado —intervino Manuel—, hablan del respeto a las personas. Bien, según mi criterio, es una de las dimensiones más importantes de nuestra vida: la relación con los demás. Y ahí debe brillar nuestra justicia respecto a ellos.

—¿A qué te refieres con eso de nuestra justicia? —preguntó Federico.

—Somos seres en relación —respondió Manuel—, y nuestro ámbito relacional está marcado de manera extraordinaria: con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Y es a esta última relación a la que me refiero ahora.

Muchos empezaron a darse cuenta de algo importante: relacionarnos exige respeto, incluso al valorar o juzgar a otros.

Hubo unos minutos de silencio. Nadie se atrevía a intervenir. Entonces Manuel, que ya había buscado en su Biblia la referencia oportuna, dijo:

—En el evangelio según san Mateo (5,17-37), Jesús nos advierte de todo esto, y nos dice:

«Les digo que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos».

Se detuvo un momento, levantó la cabeza y miró a todos los que le escuchaban. Luego añadió:

—Según cómo sea nuestra justicia, así nos jugaremos la entrada en el reino de los cielos.

Después prosiguió la lectura hasta completarla y concluyó:

—Se nos anima al respeto a uno mismo y a los demás, a la integridad no solo en los actos, sino también en las intenciones y en los deseos.

En el ambiente iban quedando las ideas claras. No se trata de prohibiciones, sino de caminos hacia una vida más plena y más buena.

sábado, 14 de febrero de 2026

LA PALABRA NACE DE LA ORACIÓN

Lc 10, 1-9

Cuando tratas de decir la verdad, no eres bien recibido en todos los lugares. Hay muchos a los que no les interesa, pues viven del engaño y la mentira; otros la aceptan para los asuntos que les sean favorables, pero la esconden cuando advierten que no les favorece en sus asuntos.

Juan se preguntaba por qué sucedía eso con la verdad.

Sumidos en esos pensamientos, llegó a la terraza. Deseaba hablar con su amigo Manuel para saber qué pensaba él sobre esa circunstancia.

—Buenos días —saludó a Santiago, el camarero. Puso cara de decepción cuando se percató de que no estaba Manuel.

—¿Por qué esa cara desilusionada, te ocurre algo? —le preguntó Pedro, uno de los más asiduos tertulianos.

—Quería preguntarle a Manuel sobre lo que sucede con la verdad.

—¿A qué te refieres con eso de la verdad? —le respondió Pedro con extrañeza.

—¡Hombre!, no llego a comprender por qué quienes defienden la verdad, en lugar de ser bien recibidos, ocurre lo contrario.

—Simplemente, porque la verdad molesta a muchos —dijo Pedro.

—Pero es bueno para todos, y eso debe ser lo suficientemente importante para que sea aceptada —respondió Juan con firmeza y decisión.

—Sí, tienes razón, pero parece que en nuestro mundo no es así —contestó Pedro.

Entretenidos en esa dialéctica, no advirtieron que llegaba Manuel. Y fueron sorprendidos por su afectuoso saludo.

—Buenos días, queridos amigos. ¿De qué hablan con tanto interés?

Pedro se adelantó a responder:

—Juan quiere saber por qué la verdad encuentra dificultad en ser aceptada por muchas personas. Y quería saber tu opinión al respecto.

Manuel, tomando asiento y haciéndole un saludo a Santiago, se llevó la mano a la barbilla buscando la respuesta.

Tras una breve pausa, dijo:

—Todos buscamos la verdad, pero el pecado contamina el corazón del hombre, incitándole a rechazarla y satisfacer su egoísmo con la mentira.

Miró a Juan, pero parecía que no estaba satisfecho plenamente con esa respuesta, así que tomó su Biblia y buscó pacientemente el pasaje evangélico de Lc 10, 1-9. Entonces lentamente, leyó:

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó delante de Él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! “…leyó el pasaje completo y concluyó en voz baja:”

—Si existe el pecado, es porque la verdad no es acogida por muchos. Y esa es una realidad palpable.

Dejó de hablar, dio un rodeo con sus ojos a todos los que le escuchaban y continuó:

—A veces la Verdad, es decir, la Palabra de Dios, se proclama sin oración, y eso, por muy bien que se haga, no es la Palabra de Dios.

Entonces, levantando sus brazos para llamar la atención, exclamó:

 —“Solamente de un corazón en oración puede salir la Palabra de Dios”.

Hizo una pausa y concluyó:

—Si esto lo añadimos al pecado, llegamos a comprender cómo en muchos lugares se rechaza la Palabra de Dios. Es decir la Verdad.

La cara de Juan tenía ahora otro semblante. Empezaba a entender la oposición con la que se encontraba la Verdad.

viernes, 13 de febrero de 2026

SORDOS Y MUDOS

Mc 7, 31-37

Había mucha información, pero paradójicamente poca comunicación. Las noticias corrían muy deprisa y llegaban a todas partes; sin embargo, la gente no se escuchaba ni participaba entre sí.

Un mundo lleno de ruido y primicias, pero también de silencios provocados por una algarabía que no deja a las personas mirar más allá de lo inmediato. En este contexto, el hombre, contaminado por los afanes del mundo, queda interiormente sordo y mudo y, en consecuencia, desconectado de la trascendencia de su propio destino.

Hoy era un día de mucho trajín en la terraza. Estaba casi llena y el trabajo era intenso y sin tregua. Había visitas de turistas y la animación era enorme.

—Hoy es uno de esos días —dijo Pedro— en los que no hay tiempo ni para tomar conciencia de quién eres. La tarea no te deja pensar ni darte cuenta de que existes.

Manuel, que escuchaba a Pedro, tomó la palabra y conectó con el pensamiento de Pedro. Evidentemente, el alboroto rompía toda posibilidad de silencio y comunicación.

—Coincido contigo, Pedro —añadió Manuel—. El ruido exterior ahoga el interior del hombre y lo aparta de la verdadera relación con su propio destino.

Entonces, dándose cuenta de que algunos de los que llenaban a rebozar la terraza le escuchaban, aprovechó para darle sentido a aquella reflexión que había iniciado Pedro.

—El hombre, distraído por el estallido del mundo en que vive, queda sordo y mudo por dentro. Pierde el sentido de su trascendencia e impide su conexión con Dios.

Mirando alrededor y observando que le escuchaban muchos, dijo:

—Necesitamos, tal y como leemos en Mc 7.31-37, que Jesús abra nuestros oídos y destrabe nuestras lenguas para que recuperemos nuestra relación con nuestro Padre Dios.

Leyó en alta voz todo el pasaje evangélico y, tras finalizar, concluyó:

—Dios se ha hecho “hombre” para que el hombre pueda escuchar la voz de Dios, la voz de Amor que abra su corazón, y así aprenda a hablar a su vez el lenguaje del amor, traduciéndolo en gestos de generosidad y de donación de sí.

Al terminar, se produjo un aplauso espontáneo. Muchos habían comprendido que necesitaban silencio interior para abrirse a la voz de ese Dios que ha venido a ofrecernos la felicidad eterna que todos buscamos.