| Jn 15, 9-17 |
Rodolfo se sentía orgulloso de los éxitos que la vida le había dado. Era el dueño de importantes negocios de aquella ciudad. Dominaba la opinión con su periódico y nadie se atrevía a levantarle la voz.
Hay circunstancias en las que los poderosos se creen con derechos sobre los demás, y sus éxitos los hacen cada vez más narcisistas y prepotentes.
Había llegado a la terraza de Santiago y, con cierto aire de superioridad, se sentó. Levantó la mano y, como si de un rey se tratara, pidió un café con la arrogancia de quien se cree superior.
—Un café de inmediato —dijo con una voz autoritaria.
Santiago, al oírlo, hizo el servicio, pero no por la orden intimidatoria de Rodolfo, sino por prestar el mejor servicio que podía.
—Aquí tiene usted su café, señor —dijo Santiago— con la naturalidad con la que atendía a cualquiera.
—Sabe usted —respondió Rodolfo— a quién le está sirviendo el café.
Santiago, mirándole pacientemente, replicó:
—A un cliente que me lo ha pedido, y al que atiendo como creo que debo hacer y hago con todos.
—Sepa usted que este que está aquí sentado puede beneficiarle o perjudicarle según le parezca.
Serio y con firmeza, Santiago respondió:
—No tiene usted derecho a hablar así, ni tampoco autoridad para creerse el dueño del pueblo.
Manuel, sentado a pocos metros de allí, levantó la cabeza y, mirando a Rodolfo, dijo:
—Está usted cometiendo el mismo error que todos los que, a lo largo de la historia, se han creído grandes.
Le miró con un semblante serio y decidido y dijo:
—Solo hay uno grande y, precisamente, nos dice lo siguiente: Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor.
Hizo una pausa y añadió:
—Puede leerlo en Juan 15, 9-17. Jesús nos llama amigos y más tarde, tras la resurrección, se referirá a nosotros como hermanos.
Guardó unos segundos de silencio y, mirándole con ternura, agregó:
—Entre hermanos debe haber amor, justicia y paz. Nada de amenazas ni de desafíos.
Rodolfo no supo qué decir. Algo en su interior le revelaba que estaba equivocado y que su prepotencia le había traicionado.
Agachó la cabeza. No dijo nada, pero guardó silencio.
En el ambiente flotaba un deseo de humildad.
La prepotencia conduce a una degeneración del amor, a abusar de los demás, a hacer sufrir a la persona amada (Papa Francisco 09-05-2021).