domingo, 22 de febrero de 2026

¡TENTACIONES! La identidad puesta a prueba.

Mt 4, 1-11

Cada instante de nuestra vida está marcado —aunque no lo advirtamos— por las preguntas más importantes de nuestro ser:

¿Quiénes somos?

¿De dónde venimos?

¿A dónde vamos?

Sin embargo, pocas veces nos enfrentamos a esas cuestiones de buen gusto, a no ser que hayamos sido forzados por algunas circunstancias.

Y de repente, en el silencio de nuestro propio desierto, aparecen las tentaciones que ponen en tela de juicio nuestra propia identidad y nos exigen el ADN de nuestro ser.

¿Acaso estoy obligado a justificar la esencia de mi ser? ¿Acaso tengo que demostrar mi filiación de hijo de Dios? ¿No soy yo consciente de mis sentimientos interiores y de la experiencia de amor que me une a Dios?

Cada cual debe interrogarse a sí mismo y sacar sus propias conclusiones, porque seguro que seremos tentados en esta dinámica.

—¿Y cómo crees que debemos proceder? —preguntó Pedro con cara de preocupación.

—Evitando entrar en su lógica —respondió tajantemente Manuel, que había iniciado el tema. Con el diablo no se negocia ni se razona.

Las miradas de los allí presentes se cruzaron algo confusas y muchos con el ceño fruncido.

Manuel, desconcertado, levantó la mano y dijo:

—Jesús fue movido a ese espacio de desierto, silencio y búsqueda por el Espíritu, se fue preparando durante cuarenta días y cuarenta noches, y de repente le vino un planteamiento que ponía en tela de juicio su propia autoconciencia y ser.

Hizo una pausa, guardó unos segundos de silencio y procedió:

—El tentador le ataca proponiéndole una condición: «Si eres Hijo de Dios», entonces…

Antes de seguir, se detuvo, aguardó unos segundos y, mirando a todos con firmeza, dijo

 —Jesús no cae en esa trampa, como se autocomprende en referencia al Padre; no acepta justificar su identidad según las condiciones del tentador. 

Quizás con esto nos diga algo…

¿No es agotador tener que estar justificándose constantemente?

Jesús no dialoga nunca con el diablo, no negocia con él, sino que rechaza sus insinuaciones con las Palabras benéficas de las Escrituras (Mt 4, 1-11).

Esto supone una invitación para nosotros: 

¡Con el diablo no se discute ni se dialoga, se le responde con la Palabra de Dios!

sábado, 21 de febrero de 2026

LA NECESIDAD DE MÉDICO

Lc 5, 27-32

—Le gustaba observar y discernir sobre lo que veía. Pero, cuando adoptaba una actitud biempensante, no dejaba títere con cabeza: todo le parecía lejano, distante de la realidad.

No consideraba oportuno acercarse a los demás y, menos aún, compartir mantel, reunirse comunitariamente, dialogar y reconciliarse con quienes pensaban distinto o pertenecían a otros grupos.

Ese es el personaje de nuestra historia. Se llama Alfredo. No ve con buenos ojos nada que le suene a comensalidad, comunidad, diálogo, reconciliación, diversidad, comunión, justicia, apoyo mutuo, sanación, inclusión, igualdad, hospitalidad, acogida, aceptación… e incluso algo de desafío y Eucaristía.

Sin embargo, ni se le pasa por la cabeza que precisamente él, y quienes viven gozándose en la crítica, sean de los que más necesitan del Médico.

Hizo un silencio, tomó el Evangelio y, señalando el pasaje de Lc 5, 27-32, leyó:

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban…

Al terminar la lectura, añadió:

—No vino a condenar, sino a salvar. Pensemos en nosotros: cuántas veces condenamos… cuántas veces buscamos chismes sobre los demás.

El problema no era Leví, sino los que creían no necesitar conversión.

Con estas palabras cerraba Manuel su historia de hoy en la tertulia.

viernes, 20 de febrero de 2026

LIBERTAD INTERIOR

Juan no estaba conforme con el cumplimiento mandado. Sentía que el compromiso no consistía solo en obedecer leyes, sino en procurar que fueran justas, sobre todo con los más vulnerables.

Todo parecía normal, correcto… y, sin embargo, algo dentro de él se resistía. Percibía que la justicia no era igual para todos ni se aplicaba del mismo modo.

Se descubría atrapado por su propia comodidad. No quería complicarse con los problemas ajenos. Deseaba vivir tranquilo, sin cargas, sin dolores prestados. Y esa era su lucha diaria: comprobar que muchas veces no era dueño de sí mismo.

«No soy libre» —pensó, con tristeza.

Algo inquieto, salió a caminar. Buscaba silencio para mirarse por dentro. Al cabo de un rato, cansado, se sentó en una mesa y pidió una infusión. Necesitaba serenarse.

Mientras esperaba, escuchó a un grupo de hombres que conversaban con seriedad.

—El ayuno adquiere su verdadero sentido cuando se une a la justicia, cuando nace de una relación profunda con Dios y se acompaña de compasión hacia quien sufre —decía Manuel.

Los ojos de Juan se iluminaron. Algo dentro de él despertó.

«Claro» —se dijo— nuestros actos no pueden quedarse en ritos externos; deben llevarnos a comprender la realidad y comprometernos con ella.

Comprendió entonces que la Cuaresma no es solo oración, ayuno y limosna, sino un camino que supera ritualismos vacíos.

No se trata de extremos ni de legalismos, sino de vivir en la presencia de Jesús. Con Él, la libertad interior se vuelve posible y el corazón aprende a ser justo y generoso.

jueves, 19 de febrero de 2026

GANAR O PERDER

Lc 9, 22-25

Para Enrique todo se reducía a ganar. Perder era cosa de otros; él siempre ambicionaba vencer y, más aún, aspiraba a ser el mejor.

Pero llegó el día en que las cosas se le torcieron y, pese a todos sus esfuerzos, salió derrotado. No podía soportarlo. Su corazón, inflamado por la codicia de ganar siempre, no entendía de rendiciones.

Algo desorientado, se puso a caminar. No sabía a dónde iba, pero no podía estarse quieto. Necesitaba asumir aquella decepción y no lo lograba. Su conciencia no paraba de repetirle que había perdido… y eso le parecía imposible.

«¿Qué había ocurrido?», se dijo.

De pronto se detuvo. Miró a su alrededor y exclamó:
    —¡He sido capaz de pensar!

Sorprendido y con rostro jubiloso, se sentó en una terraza cercana

—¿Desea algo el caballero? —dijo muy atento el camarero.

—Sí, un café, por favor —respondió Enrique con una grata sonrisa.

—Vamos enseguida.

No sabía cómo, pero desde ese momento experimentó cierta tranquilidad. Algo como si, de repente, entendiera que perder no era ningún fracaso, sino la oportunidad de comprender que somos vulnerables, y conviene aprovecharla para crecer y mejorar.

Su alegría era desbordante hasta el extremo de querer compartirla. No pudiendo reprimirse, saludó con efusividad al señor que estaba en la mesa de al lado.

—Buenos días, señor, hace un día espléndido.

Manuel le miró con agrado y, devolviéndole el saludo, le correspondió:

—Buenos días, sí, eso parece, el día es hermoso y vale la pena aprovecharlo para cargar nuestros pulmones de ese aire fresco que nos limpia y nos renueva.

Maravillado por la respuesta de Manuel y entusiasmado por lo que estaba experimentando, dijo:

—Tiene usted razón. La vida es hermosa cuando se toma como un camino que enseña y ayuda a ser mejor.

Entonces, Manuel, sonriendo y mirándole, le dijo:

—Sus palabras llevan mucha verdad y, me atrevería a decir que son sabias.

Haciendo una pausa, tomando en sus manos la Biblia que leía, dijo:

—En el evangelio de Lc 9, 22-25, Jesús nos habla de su Pasión y muerte, y también de su Resurrección al tercer día…

Al terminar de leer todo el pasaje completo, agregó.

—¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?

El corazón de Enrique se estremeció. Era eso lo que estaba sintiendo; lo importante no era ganar en este mundo, sino la entrega hasta el extremo de perder para ganar la verdadera vida en el otro.

Perder la vida para salvarla, renunciar para alcanzar lo verdaderamente valioso, tal y como nos dice Jesús.

No es el poder lo que salva, sino el amor. Ese es el distintivo de Dios. Él mismo es amor. «Y ahí la clave es ese «conmigo».

miércoles, 18 de febrero de 2026

TIEMPO PARA DESCUBRIR NUESTRAS MÁSCARAS

Mt 6, 1-6. 16-18

    Sentado en su mesa, Florian reflexionaba seriamente. Había llegado a la conclusión de que se valoraba por encima de todo, incluso —pensó— más que a su propia dignidad. Y eso le preocupaba.

«No puedo amarme si primero no pongo el amor a los demás», se decía con semblante angustiado. Lo ocurrido días pasados le había llevado a plantearse seriamente su conducta.

—¿Qué te ocurre, amigo Florian? —le saludó Pedro—. Te noto algo triste.

—Sí, me siento mal y lo reconozco. Y eso agranda mi dolor.

—Pero ¿tan seria es la cosa? —preguntó Pedro, algo impaciente.

Con la cara escondida entre los brazos, Florian susurró:

—Me siento culpable de mis actos. Soy egoísta y, en muchas ocasiones, paso por encima de los que considero más débiles o inferiores que yo.

Pedro sintió compasión y, poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:

—Todos tenemos algo de narcisismo en algunos momentos de nuestra vida. Buscamos la atención de los demás con el propósito de sobresalir y destacar. Son nuestras cruces de cada día.

Aquellas palabras calmaron algo la desesperación de Florian. No era paz completa, pero sí un respiro que le permitió escuchar. Abrió los brazos y levantó la cabeza.

En ese momento llegó Manuel y, dándose cuenta de lo que sucedía, preguntó mientras saludaba:

—Muy buenos días, queridos amigos. ¿Cómo están los ánimos hoy en esta terraza?

Pedro, mientras Florian escurría el bulto, le hizo un gesto indicándole que lo estaba pasando mal.

Manuel, que conocía muy bien a Florian, intuyó lo que ocurría. Saludó a Santiago, el camarero, y sentándose, a la espera de su café, dijo:

—Hoy entramos en el tiempo cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para examinarnos y descubrir que, en infinidad de ocasiones, buscamos la atención del otro y alimentamos nuestro propio narcisismo.

En ese instante, Florian sintió una sacudida en su corazón.

Era narcisista, y de ahí su congoja. Levantó la cabeza con timidez y dirigió lentamente su mirada hacia Manuel. Este, al darse cuenta, continuó:

—Andamos justificándonos, reclamando reconocimientos y situándonos sobre andamios imaginarios desde los que nos contemplamos más altos de lo que somos, deleitándonos en la admiración que provocamos.

Las lágrimas afloraron en las mejillas de Florian. Se había dado cuenta de su camino equivocado.

No podemos querer a los demás si no nos queremos «un poco» a nosotros mismos. Eso está bien y es necesario; pero ¡cuidado! Cuando ese «poco» se convierte en «mucho» y en un «más que a los otros», entonces ya hemos metido la pata.

Cuánto daño nos ha hecho ese «porque yo lo valgo»… cuando olvidamos que valemos porque somos amados.

martes, 17 de febrero de 2026

¡CUIDADO CON LA MALA LEVADURA!

Mc 8, 14-21

La vida se nos escapa casi sin darnos cuenta. Nos parece que va despacio; si hacemos silencio, incluso creemos que se detiene, pero la realidad es que no hay pausa, siempre camina y, casi sin notarlo, avanza rápidamente.

—Hoy, mi vida, me parece que ha sido un abrir y cerrar los ojos —dijo Fernando. No me he dado cuenta de cómo han pasado los años y me preocupa no estar atento a lo verdaderamente importante.

—¿A qué te refieres cuando dices: a lo verdaderamente relevante? —preguntó extrañado Aurelio.

—A que la vida no termina en este mundo —respondió Fernando—, sino que, llegado el final de esta, empieza la verdadera, la que nos preparamos aquí, seamos o no conscientes.

—Es decir —contestó Aurelio—, para ti esta vida no termina aquí, sino que continúa.

—Evidentemente —dijo Fernando—, y por eso debemos, al menos, estar atentos a nuestro vivir y hacer en este mundo.

—No sé a qué te refieres —dijo extrañado Aurelio. ¿Cómo piensas que debemos actuar en este mundo?

Manuel, que escuchaba tranquilamente la conversación entre Fernando y Aurelio, decidió intervenir.

—Con sus permisos, según mi criterio, lo más que debe interesarnos es la Palabra de Dios. Es, digámoslo así, esa buena levadura que nos hace crecer.

Señaló con su dedo el pasaje evangélico de Mc 8,14-21, en su Biblia, y después de leerlo completamente, dijo:

—Nos da y aumenta nuestra fe y nos previene de todos aquellos que nos pueden desviar de lo esencial: Estar atento a la Palabra de Dios es lo que nos interesa.

Todos entendieron el peligro de la levadura de los fariseos, que se nos cuela mezclada con nuestras ansias, fermentando nuestra torpeza y olvidos.

 A veces ni nos enteramos de media misa. Dejamos de pasar esos encuentros que nos dan vida, y Jesús nos susurra al corazón: «Céntrate, búscame, despierta… mira lo que ves, escucha lo que oyes.

lunes, 16 de febrero de 2026

PIDEN UN SIGNO

Mc 8, 11-13

—¿Creen ustedes que, presentado un signo y aclarado el misterio, haría falta la Pasión del Señor? 

Hizo una parada y, tomando resuello, continuó:

—¿Habría sido necesario encarnarse para luego dejar claro que el encarnado era hijo de Dios de una manera evidente, accediendo a presentar los signos que le pedían? —decía Manuel a los que se habían congregado en la terraza.

Todos permanecieron callados. Obviamente, era un absurdo venir a este mundo, tomar la naturaleza humana, integrarse en la sociedad, nacer, vivir y crecer pobremente para luego mostrar su poder a los fariseos y concederles las pruebas que le pedían.

—Reclamar signos, exigir certezas, exhortar al otro para que nos dé evidencias sería contradictorio con la incertidumbre de José; al nacimiento en la paupérrima pobreza de Jesús; a las penurias y sufrimiento en la huida a Egipto.

Miró a todos con una mirada desafiante y dijo:

—Responder a la petición farisaica sería ilógico a todo lo acontecido antes. ¿Para qué lo primero, si luego quedase claro con lo segundo?

Hizo una pausa, esperó unos segundos y, observando sus caras de impotencia y sin réplica, concluyó:

—¿Para qué entonces la fe?

Nadie supo qué responder. Era evidente: pedir un signo elimina toda exigencia de fe. Presentada la prueba, no hay ninguna necesidad de creer; estás delante, lo estás viendo con tus propios ojos.

Nos sucederá eso cuando estemos delante del Señor. Desaparecerán la esperanza y la fe; solo permanecerá eternamente el amor.