| Lc 2, 41-51 |
No entiendo, se decía Pedro, cómo muchos pasan la vida sin plantearse qué hay detrás de la muerte. Dan por seguro que todo se acaba ahí.
—¿Qué piensas, Manuel, al respecto? ¿Te parece que realmente se vive con esa distracción?
Manuel, sobrecogido por la pregunta de Pedro, encogió los hombros y dijo:
—Aparentemente da esa impresión. El mundo parece de espaldas a Dios, pero hay acontecimientos que nos sorprenden y avivan la fe…
Levantó la mirada y, dando un giro con la mano, añadió:
—Y de repente, como si despertaran de un sueño, todo se vuelve piedad y vuelta a la fe. Son esos momentos de celebraciones, de visita de un Papa y otros…
—Sí —respondió Pedro—, pero son acontecimientos pasajeros, destellos que pronto se apagan…
—Pero volvemos a lo mismo —dijo Manuel—, interrumpiéndole. Se hace necesario perseverar y guardar esos momentos en lo más profundo del corazón…
Y con una suave y agradable sonrisa, agregó:
—No es el caso de María, la madre de Jesús. Ella también recorre un camino de aprendizaje y fe.
Hizo una pausa y con dulzura dijo:
—Convive con la angustia y la inquietud, y aprende a guardar silencio, pero sobre todo a escuchar y contemplar a ese niño que se está haciendo un hombre.
Pedro comprendió entonces que la fe necesita alimento y cercanía. Cuando nos alejamos de Dios, las preocupaciones del mundo nos distraen y acabamos instalándonos en la rutina cotidiana.
Custodiar la Palabra de Dios es recibirla en nuestro corazón, pero es necesario prepararlo para recibirla. Y eso exige meditarla, leerla a diario y tratar de escenificarla en nuestra vida.
Y María es referencia y ejemplo para nosotros, sus hijos.