| Mt 5, 17-37 |
Muchas veces atribuimos a las personas cualidades o defectos y, según esos rasgos, las calificamos de una u otra manera. Eso nos lleva a situarlas en un nivel limitado de confianza —o de desconfianza— según nuestro propio juicio.
Quizás no lo advirtamos, pero suele ocurrir sin que apenas nos demos cuenta. Conviene vigilarlo, porque podemos hacer y hacernos mucho daño con nuestros discernimientos.
Ese era, precisamente, el tema que hoy se debatía en la tertulia: nuestro sentido de lo justo y de lo injusto.
Cuando llegó Teodoro, hablaba Federico, uno de los tertulianos habituales.
—Confieso que damos opiniones con mucha facilidad sin caer en la cuenta de que toda persona tiene derecho a preservar su fama. Y eso debemos corregirlo.
—Estoy de acuerdo —dijo Pedro, conocido tertuliano y de los más influyentes—. Es una de nuestras faltas más ordinarias, y en ella caemos rutinariamente.
Sentado y atento, Teodoro escuchaba lo que se debatía. Observó cómo se incorporaba otro, al parecer muy conocido en la tertulia, que, tras saludar a los presentes, fue invitado a dar su opinión.
—Según me han informado —intervino Manuel—, hablan del respeto a las personas. Bien, según mi criterio, es una de las dimensiones más importantes de nuestra vida: la relación con los demás. Y ahí debe brillar nuestra justicia respecto a ellos.
—¿A qué te refieres con eso de nuestra justicia? —preguntó Federico.
—Somos seres en relación —respondió Manuel—, y nuestro ámbito relacional está marcado de manera extraordinaria: con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Y es a esta última relación a la que me refiero ahora.
Muchos empezaron a darse cuenta de algo importante: relacionarnos exige respeto, incluso al valorar o juzgar a otros.
Hubo unos minutos de silencio. Nadie se atrevía a intervenir. Entonces Manuel, que ya había buscado en su Biblia la referencia oportuna, dijo:
—En el evangelio según san Mateo (5,17-37), Jesús nos advierte de todo esto, y nos dice:
«Les digo que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos».
Se detuvo un momento, levantó la cabeza y miró a todos los que le escuchaban. Luego añadió:
—Según cómo sea nuestra justicia, así nos jugaremos la entrada en el reino de los cielos.
Después prosiguió la lectura hasta completarla y concluyó:
—Se nos anima al respeto a uno mismo y a los demás, a la integridad no solo en los actos, sino también en las intenciones y en los deseos.
En el ambiente iban quedando las ideas claras. No se trata de prohibiciones, sino de caminos hacia una vida más plena y más buena.