viernes, 27 de marzo de 2026

UN CAMINO DE LUCHA

Jn 10, 31-42

La desconfianza era total. Juan no entendía lo que allí se estaba diciendo. Estaba dispuesto a la confrontación, a la hostilidad y al rechazo. Sin embargo, había indicios que invitaban a pensar de otra manera, a aceptar que lo escrito tenía sentido y era razonable.

«¿Por qué la gente es tan testaruda e incrédula?», pensó.

Y, mirando a los tertulianos que estaban a su lado, dijo:

—El mal siempre está presente. Muchas veces se disfraza de verdad para confundirnos y, bajo esa apariencia, sufrimos ataques y nos convertimos en blanco de quienes se oponen a la verdad y a la justicia.

Manuel lo miró con ojos de benevolencia y, con ternura, le respondió:

—Así es, la vida es un camino de lucha: camino de verdad y camino de mentira.

Y, levantándose con los brazos abiertos, se dirigió a todos los presentes:

—Hay quienes viven centrados únicamente en su propio interés. Su lucha consiste en alcanzar lo que desean, incluso a costa de quien se interponga en su camino.

Hizo una pausa, tomó la Biblia entre sus manos y, con serenidad, leyó:

—Del santo Evangelio según san Juan (10, 31-42): «En aquel tiempo, los judíos tomaron de nuevo piedras para apedrearlo…».

Al terminar el pasaje, levantó la cabeza y, mirándolos fijamente, añadió:

—Jesús también afronta, a lo largo de su vida, la hostilidad, la confrontación y el rechazo. Y nos invita a ir más allá de las apariencias.

El Señor, al citar las Escrituras, nos recuerda que somos portadores de una chispa divina, incluso cuando nuestros actos se alejan de Dios.

Reconoce nuestra dignidad como hijos del Padre y como receptores de su Palabra. Nuestra naturaleza es contradictoria: deseamos acogerle, pero también le damos la espalda; le buscamos y, a veces, le evitamos.

Sin embargo, Él, incansable, no deja de atraernos:

«Crean en las obras de mi Padre; miren a su alrededor y descubran motivos para la esperanza».

jueves, 26 de marzo de 2026

TODO ES CUESTIÓN DE FIARTE

Jn 8, 51-59

Cuando la mente se cierra, se hace imposible el diálogo y la escucha. Todo se vuelve conflicto, agresividad y no hay manera de entenderse.

«Si conviertes tu pensamiento en tu verdad —pensaba Fernando—, te será imposible abrirte al pensamiento del otro y dejar que la posibilidad del cambio pueda producirse».

 Nace así la pelea, el rechazo e incredulidad.

Tomó un sorbo de café, bebió un poco de agua y, apoyando su espalda en el respaldo de la silla, con los ojos cerrados, dejó que su mente siguiera desgranando todas las consecuencias del encuentro con mentes que se cierran a la razón y el sentido común:

Puentes rotos que impiden la comunicación, incluso entre generaciones. 

Conflictos, creencias encontradas, animadversión ante lo desconocido, repulsión desde los propios prejuicios, dificultad para entenderse, agresividad que surge ante la opinión contraria. 

 Ideas como absolutos que presentan al otro como un adversario y no como alguien con quien dialogar. 

Sentirse amenazado, resistencias que crecen, miedo a lo diferente, inquietud ante lo desconocido…

Visualizó esa imagen tantas veces en actitud de defensa, de ataque a priori o de agresividad como respuesta y reacción frente a otra forma de entender el mundo y la realidad.

Abrió los ojos, enderezó su espalda y, convencido de que debía cambiar, pensó:

«Quizás la respuesta tenga que ser otra».

Algo más relajado, dejó caer su cuerpo en la silla. Tomó la Biblia en sus manos y leyó (Jn 8, 51-59): Les aseguro que el que es fiel a mi palabra, no morirá jamás. Los judíos le dijeron: «Ahora sí estamos seguros de que estás endemoniado. Abraham murió, los profetas también, y tú dices: «El que es fiel a mi palabra, no morirá jamás». …

Cuando terminó de leerlo, pensó«Toda tu vida está llena de actos de fe. Te has fiado de tus padres, de un buen amigo, del taxista, del piloto, del que te sirve un café, del cocinero…».
¿Y de Jesús? Solo Él te ofrece lo que realmente buscas: vida eterna en plenitud.

Y es que, aunque parezca que estamos en un diálogo, la realidad es que contemplamos un conflicto en el que una parte se niega rotundamente a escuchar porque ya ha decidido que no puede ser verdad. 

Acto tan humano en el que me puedo reconocer fácilmente, porque generas incredulidad y rechazo.

miércoles, 25 de marzo de 2026

ENCARNADO EN NATURALEZA HUMANA

Lc 1, 26-38

Todo lo filtraba por su razón. No daba crédito a nada que no pudiese ser filtrado por su intelecto.

 Joaquín se resistía a creer en aquello que no veía. Me recordaba a Tomás (Jn 20,25) cuando dijo a sus compañeros: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”.

Muchas tertulias estaban animadas por la negativa de Joaquín a creer. Decía que lo que no entraba en su entendimiento no lo aceptaba.

Levantándose Manuel, se le acercó y le dijo.

—¿Me estás diciendo que no crees sino en lo que ves? —le interpeló Manuel con cara de asombro.

—Tú lo has dicho —respondió Joaquín—: si no veo, no lo creo. 

Entonces, Manuel, como queriendo atrapar aire entre sus manos, le miró y dijo.

—¿Puedes ver este poco de aire que tengo en mi mano?

La cara de Joaquín cambió de color. No supo qué responder.

Después de unos segundos se le ocurrió decir.

—El aire no se puede ver, pero se sabe que está ahí.

—Pero, ¿cuándo sabes que está o que no está? Porque dependerá de que haya o no aire; tus pulmones te dirán que no pueden respirar.

Joaquín se quedó sin palabras. Se daba cuenta de que estaba cogido. Creía en el aire, pero no lo podía ver.

Manuel, en pie y con afabilidad, le dijo.

—Creer es confiar en lo que no vemos… pero que sabemos que está. Sin embargo, como el aire, se puede sentir. Hay muchas cosas que no las vemos, pero creemos en ellas porque vemos sus efectos.

Le miró fijamente a los ojos y añadió.

—También a Dios lo sentimos y vemos la acción de su mano en los misterios de este mundo. Ha tomado nuestra naturaleza humana y se ha hecho hombre como tú y yo.

Hizo una pausa, levantó la Biblia que tenía en la mano y dijo.

—Eso nunca lo podremos entender, pero nuestra propia existencia nos dice que está entre nosotros.
Y con voz suave y clara, leyó: Evangelio según San Lucas (Lc 1, 26-38):
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María…

Al terminar de leer, con los ojos clavados en Joaquín, dijo:

—Dios no se queda lejos… decide entrar en nuestra historia. «Hagamos redención del género humano. Vamos a involucrarnos íntimamente en su realidad; démosle redención y esperanza.

Y así llega la plenitud de los tiempos con el sí de una joven.

El silencio descubría el convencimiento de Joaquín. No necesitamos ver para creer, porque Dios está ya dentro de nosotros mismos.

Para salvarnos, Dios cuenta con María, y cuenta con nosotros. Nos sigue invitando a una misión que no nace de nosotros, pero que nos apasiona: la suya.

La de continuar encontrando a los perdidos, animando a los abatidos, alentando a los que se ahogan, levantando a los caídos, desde un quitar miedos y llevar la alegría.

Que no nos abrume el desafío; lo que se nos pide es una disposición, la del sí.

martes, 24 de marzo de 2026

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Jn 8, 21-30

No sabía qué decir ni qué pensar. Benjamín se debatía en esa disyuntiva entre la vida y la muerte. Sí, sabía que tenía que morir, pero… ¿Era posible volver a la vida?

En esa dicotomía pasaba largos ratos, hasta el punto de haber transmitido esa preocupación a quienes se relacionaban con él.

—Te noto muy obsesionado con esa idea —le dijo su buen amigo Manuel—, y eso, aunque conviene pensarlo y es necesario, no debe llegar a convertirse en una manía.

Lo miró a los ojos y, fijando en él su mirada, añadió:

—La muerte es algo natural, y debemos afrontarla en paz y con esperanza. Sobre todo quienes, como ustedes y yo, creemos que no es el final, sino el comienzo de una vida plena junto a nuestro Padre Dios.

Benjamín se quedó quieto, como una estatua. Parecía inmóvil; diría que estaba petrificado si no se notara su respiración.

Al cabo de unos segundos, como si despertara de un breve letargo, respondió:

—Creo que tienes razón, pero hay momentos en que me supera. Incluso siento miedo de no aprovechar este tiempo de vida para alcanzar la plenitud eterna.

Manuel abrió su Biblia —siempre la tenía a mano— y leyó el evangelio de Juan (8, 21-30):

—En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros». Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”? Y Él les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados…

Cuando terminó, dirigió una mirada serena a Benjamín y le explicó:

—Jesús es el enviado del Padre y cumple su voluntad. Cuando sea levantado en alto —en la cruz—, entonces comprenderán que Él es el Hijo de Dios hecho hombre.

El rostro de Benjamín había cambiado. Ahora reflejaba paz. Comprendía que su vida estaba en manos de Dios, Señor de la vida y de la muerte.

lunes, 23 de marzo de 2026

MISERICORDIA ANTES QUE LA LEY

Jn 8, 1-11

El panorama no era esperanzador. La noche anterior había sido descubierta abandonándose a la lujuria. Su fama de indecente estaba bien ganada.

Laura no era bien recibida en su pueblo. Al menos, en aquellos ambientes que se consideraban respetables y que excluían a quienes no lo eran.

Deambulaba sin encontrar un lugar donde sentirse acogida. Empezaba a experimentar la soledad de no tener a nadie con quien compartir su vida. Le costaba hallar un sitio donde, al menos, le permitieran permanecer sin ser rechazada.

Cansada de tanto vagar, sintió deseos de descansar. Buscó un rincón tranquilo y se acomodó en uno de los bancos de aquella plaza desierta.

Estaba a punto de dormirse cuando un leve murmullo la despertó. Un grupo de peregrinos meditaba el Evangelio, compartiendo distintos momentos de la vida del Señor.

—Ahora hablamos de la adúltera (Jn 8, 1-11) —dijo Faustino—, aquella mujer sorprendida en pecado. ¿Alguien quiere comentar algo?

Uno del grupo respondió:

—Según la ley, debería ser condenada… aunque no estoy seguro de lo de lapidarla.

—Si aplicas la ley de aquellos tiempos, no hay otra alternativa —replicó Faustino.

Entonces, una voz se alzó entre ellos:

—La misericordia va más allá de la ley.

La frase quedó suspendida en el aire. Nadie respondió. En el fondo, todos sabían que no estaban libres de culpa.

—Todos tenemos derecho al perdón —dijo entonces la inconfundible voz de Manuel—, sobre todo cuando reconocemos nuestro pecado y nos dolemos de él.

Hizo una pausa, bebió un sorbo de agua y, mirándolos con ternura, continuó:

—En este Evangelio, Jesús nos confronta con nuestra propia miseria: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».

Y, si somos sinceros, tendremos que callar… y marcharnos.

Se puso en pie, dio un paso al frente y, con los brazos abiertos, concluyó:

—Jesús, Hombre de misericordia, nos enseña a mirar más allá de la condena, a ofrecer perdón… y también a recibirlo.

Todos, con la cabeza inclinada, reconocían en su interior la verdad de aquellas palabras.

domingo, 22 de marzo de 2026

NECESITADOS DE CONFIANZA

Jn 11, 3-7.17. 20-27. 33b-45

Aquel día Rogelio estaba triste. Su amigo no tenía buen aspecto y, según las últimas noticias, padecía una enfermedad grave. El último parte médico aventuraba menos de una semana de vida.

No podía dejar de pensar en él, y su corazón conmovido sufría por su amigo. Sentía deseos de hacer algo, pero, «¿qué podía hacer él ante aquello?», se dijo.

Mientras pensaba en alguna solución que pudiera dar esperanza, se fue a la iglesia más próxima a rezar.

Es lo primero que se nos ocurre cuando estamos en apuros, tenemos algún dolor que nos abruma o en los momentos, como este que vivía Rogelio, en los que toda esperanza parece perdida.

Sin embargo, también nos ocurre lo contrario, derramamos quejas y protestas: ¿Por qué tiene que ocurrirme eso a mí? ¿Si no hubiese hecho esto? Lamentos que de alguna manera hacen culpable al Señor.

Muchos te abandonan, Señor, al experimentar estas vivencias. Tal vez creían en un Dios que debía solucionar todos los problemas… y descubren que no es así.

Al salir de la iglesia se encontró con su amigo Manuel, y este, al notar que su saludo mostraba preocupación, le dijo:

—¿Qué te sucede?

Rogelio, mirándole muy preocupado, respondió:

—Mi amigo Paco está gravemente enfermo. El médico ha dicho que durará menos de una semana.

Manuel, emocionado, le puso la mano sobre el hombro y añadió:

—Siempre hay esperanza. La muerte no tiene la última palabra. Tengamos confianza en Aquel que tiene poder sobre la muerte.

Y tomando la Biblia, proclamó el evangelio según San Juan, 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45: En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella»…

Al terminar de leer todo el pasaje evangélico, dijo:

En la vida, el dolor a veces nos abruma, la desdicha nos atrapa y la pena parece colorear cada momento. Son instantes en los que anhelamos ternura y cercanía.

Entonces buscamos, creamos o no, la persona de Jesús. Él es nuestra esperanza y resurrección de vida eterna.

Rogelio había encontrado una esperanza a la que aferrarse.

“Porque creer no es entenderlo todo, sino confiar en Aquel que no nos abandona.”
  Se acordó de sus oraciones en la iglesia y, levantando la cabeza hacia el cielo, dio gracias a Dios.

sábado, 21 de marzo de 2026

DE GALILEA NO SALEN PROFETAS

Jn 7, 40-53

Se sentía perseguido. Sus palabras, bien recibidas por unos, eran motivo de duda y rechazo para otros. Mientras unos lo defendían y reconocían en su decir verdad y justicia, otros trataban de prenderle y apartarlo del pueblo.

Su presencia llegaba a molestar y ponía en peligro su vida. Rodolfo, consciente de ello, decidió no callar, sino seguir adelante. Estaba decidido a cumplir con lo que creía que debía hacer: decir la verdad y defender al más pobre y vulnerable.

Aquel día se entabló una disputa por su causa en la tertulia del pueblo. Un grupo estaba a su lado, pero otros trataban de apartarlo de la gente.

—Este hombre, lo que dice tiene sentido y llega al corazón de quienes lo escuchan —decía uno de los que le defendían—. No hemos oído hablar a nadie así en defensa de los más vulnerables.

—Pero sus palabras generan confusión —respondían otros—. No nos parece fiable y está confundiendo al pueblo.

El ambiente se fue enrareciendo y las voces se elevaron hasta el extremo de estar a punto de llegar a las manos.

Fue entonces cuando alguien de entre los dos bandos se levantó. Alzó sus manos con autoridad y dijo:

—¿Acaso la ley permite juzgar a alguien sin escucharlo primero y averiguar qué es lo que dice o ha hecho?

Abrió la Biblia que mantenía en la mano y leyó:

Evangelio según San Juan, capítulo 7, versículos 40-53: En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: «Este es de verdad el profeta».

Cuando terminó de leer, se hizo un silencio. Muchas miradas se cruzaron entre ambos bandos. Nadie se atrevió a responder. Todos enmudecieron.

Muchos comprendieron entonces que participar en la discordia, incluso creyendo defender lo bueno, puede alejarnos de la verdad si no escuchamos primero desde el corazón.

Escuchemos antes de juzgar. Protejamos al más frágil. Busquemos comprender antes de condenar. Y abramos el corazón a la posibilidad de que, incluso en medio de la discordia, podamos encontrar un camino hacia la verdad.