Con una sonrisa de medio lado, Sebastián se mofaba de todo aquel que no ponía el poder como prioridad en su vida. Para él no había otra cosa: poder, poder y poder.
—¿Crees que con el poder se consigue todo lo que deseas? —le preguntó Servando, uno de sus amigos más cercanos.
—Claro que sí, sin lugar a duda —respondió Sebastián—. Con el poder consigues dinero y todos los objetivos que te propongas. El poder te da la fuerza para lograr tus deseos.
Un momento, levantó la voz Carmelo:
—En mi opinión, no estoy de acuerdo. No todo se puede comprar con el poder y el dinero. El ser humano tiene voluntad. Aunque puedan seducirlo o presionarlo, en su interior sigue siendo libre para decidir.
—Sí, puede oponerse, pero al final, bien o de malas maneras, se hace lo que el poder quiere.
Levantándose y tomando su Biblia en la mano con paciencia y serenidad, Manuel leyó en Mc 12, 28b-34:
—En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.
Cuando terminó de leer todo el pasaje completo, volvió a sentarse y, mirándolos, añadió:
—Jesús nos habla de la única prioridad necesaria:
Escuchar a Dios.
Amar a Dios.
Unir dos amores: a Dios y al prójimo.
De amar a quien está cerca.
Todos quedaron sorprendidos y expectantes con las palabras de Manuel. Verdaderamente, el amor es la fuerza más grande y poderosa del universo.
El amor supera al poder. Aunque parezca más débil, mueve la voluntad y actúa como una fuerza constructiva que impulsa la paz, la unidad familiar y el crecimiento humano.