viernes, 23 de octubre de 2026

¿SABEMOS DISTINGUIR LO JUSTO DE LO INJUSTO?

Lc 12, 54-59

Alfonso presumía de saberlo casi todo. En las conversaciones con sus amigos siempre encontraba algo que aportar, fuera cual fuera el tema. Muchos, convencidos de su sabiduría, llegaban a preguntarle incluso qué tiempo iba a hacer.

Vivimos en una época en la que todos parecemos saber de todo y en la que, con frecuencia, nos posicionamos con rotundidad. Sin embargo, no siempre somos conscientes de que quizá se nos escapan aspectos importantes de la realidad y de que tener una opinión no significa necesariamente saber discernir qué es justo y qué no lo es.

Esta dificultad se hace especialmente evidente cuando tenemos que afrontar un conflicto o tomar una decisión que afecta a otras personas. Entonces nos cuesta reconocer nuestras razones, escuchar las de los demás y descubrir qué es lo verdaderamente justo. A veces preferimos mantener nuestra postura antes que abrirnos al diálogo y buscar un camino de reconciliación.

En el evangelio de hoy (Lc 12, 54-59), Jesús nos invita a interpretar los signos de los tiempos y a discernir lo que es justo. También nos recuerda la importancia de buscar una solución a los conflictos antes de que sea demasiado tarde. Nuestras decisiones tienen consecuencias, y de nuestra manera de afrontar las diferencias puede depender que una situación avance hacia la reconciliación o termine agravándose.

No basta, por tanto, con interpretar lo que sucede desde nuestras propias categorías ni con creernos en posesión de toda la verdad. Estamos llamados a mirar la realidad con ojos evangélicos, a escuchar con humildad y a preguntarnos qué nos pide Dios en cada circunstancia.

Quizá hoy tengamos que dar el primer paso hacia alguien con quien mantenemos diferencias, escuchar a quien hemos juzgado demasiado deprisa o reconocer que también nosotros podemos estar equivocados. Porque discernir lo justo no consiste únicamente en tener razón, sino en buscar la verdad y la justicia sin cerrar la puerta a la misericordia y a la reconciliación.

jueves, 22 de octubre de 2026

UN FUEGO QUE MOTIVA Y COMPROMETE

Lc 12, 49-53

Teodoro estaba cansado. Su rostro reflejaba fatiga y cierta melancolía.

Manuel no pudo evitar preguntarle, con preocupación:

Teo tomó asiento y, con voz apagada, respondió:

Manuel, preocupado por sus palabras, le puso una mano en el hombro y le dijo:

Sacó la Biblia de su bolso, la abrió por Lc 12, 49-53 y leyó:

Tras la lectura, se hizo un breve silencio. Teo levantó lentamente la cabeza. La terraza había quedado en silencio y todos parecían reflexionar sobre aquellas palabras.

Manuel tomó de nuevo la palabra:

—Las palabras de Jesús pueden parecernos duras. Él no busca la división por la división, sino que nos llama a tomar partido por la verdad, la justicia y el amor, aunque hacerlo nos cueste incomprensiones o conflictos. Seguirlo no siempre resulta fácil. Por eso necesitamos la fuerza del Espíritu y una fe capaz de sostenernos en las dificultades.

Hizo una pausa y continuó:

Todos comprendieron entonces que el fuego del que habla Jesús es una llamada a dejar que su amor encienda nuestro corazón, nos motive, nos impulse y nos lleve a comprometernos con una causa que merece la pena: seguir a Jesús y trabajar por un mundo mejor.

La fidelidad al Evangelio puede alterar una paz aparente y provocar incomprensiones, incluso en la familia. Pero Jesús no nos invita a buscar enfrentamientos, sino a construir una paz cimentada en la verdad, la justicia y el respeto a los demás.

Jesús expresa también su deseo de que la tierra arda. Es el fuego de un amor que transforma, que no destruye, sino que reconstruye a las personas, renueva los corazones y hace posible el nacimiento de un mundo nuevo.

Teo levantó la mirada. Sus dificultades no habían desaparecido, pero aquellas palabras le recordaban que no estaba solo y que aún había razones para seguir adelante. El fuego de Jesús podía devolverle la fuerza y la esperanza para continuar la lucha de cada día.

miércoles, 21 de octubre de 2026

PREPARADOS PARA LA ALEGRÍA.

Lc 12, 39-43

Era un día apacible y Sebastián decidió dar un paseo. El aire fresco y puro llenaba de un aroma especial el recorrido.

Al cabo de un buen rato, decidió descansar al pasar por una terraza cuyo ambiente le causó buena impresión.

—Buenos días. La mañana es espléndida para saborearla acompañada de un buen café. ¿Puede servírmelo?

—Enseguida, señor —respondió Santiago—, que así se llamaba el camarero.

Volvió la mirada al escuchar una conversación que en ese momento se producía a unos metros de su mesa.

Abrió la Biblia por Lucas 12, 39-48 y leyó:

—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre» …

Al terminar de leer, Manuel, cerrando la Biblia, comentó:

—Jesús nos invita a estar preparados, pero no para vivir preocupados por cuándo llegará, sino para que nos encuentre viviendo con fidelidad, atentos a los demás y comprometidos con el bien.   

Sebastián se había quedado en silencio. Le había llamado la atención aquella conversación e impresionado.

«¿Estoy viviendo de tal manera que pueda recibir con alegría al Señor cuando llegue?», pensó.

Todos los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Vivimos vigilantes cuando hacemos crecer lo mejor de nosotros mismos y aprendemos a reconocer y corregir aquello que puede llevarnos a hacer daño.

Nos situamos así en la línea de lo bueno y lo benevolente, de lo pacífico y lo pacificador, de lo santo y lo santificante.

La vigilancia no nace del temor, como a veces hemos llegado a interpretar, sino de la alegría de esperar la llegada del amigo: una alegría que puede ser tanto mayor cuanto menos esperada sea su visita.

martes, 20 de octubre de 2026

¿TENEMOS LA CERTEZA DE QUE ESPERAMOS A ALGUIEN?

Lc 12, 35-38

En muchas ocasiones se nos ha dicho que hay que estar preparados. Quizá, cuando éramos jóvenes, no prestábamos demasiada atención a estas advertencias. Ahora, con los años y la experiencia acumulada, nos las tomamos más en serio.

En cualquier momento, la vida puede sorprendernos. A veces, con algo agradable; otras, con situaciones que nos cuesta aceptar

—Estoy de acuerdo —dijo Pedro—, pero en muchas ocasiones nos olvidamos o no lo tenemos en cuenta. Y en muchas ocasiones somos sorprendidos.

—Es verdad —respondió Manuel—, pero eso no hace sino afirmar más que debemos estar siempre preparados. Incluso a pesar de que las perspectivas sean buenas.

Muchos levantaron la mano y asintieron que pensaban lo mismo. El estar preparado nos da seguridad y paz.

Entonces, Manuel, levantándose, con una mirada complaciente, comentó:

—No se trata de estar preparados por la ansiedad de quien teme que algo suceda, sino por la esperanza de quien sabe que alguien viene a su encuentro

—¿De qué esperanza hablas? —preguntó Pedro—. No entiendo a qué te refieres.

—Estoy hablando de aquellos que no viven desde la incertidumbre del cuándo, sino de la certeza de la llegada del Señor.

Y lo más asombroso es que, cuando llegue ese momento, serás tú, Señor, quien nos siente a la mesa; tú, quien cambie nuestras expectativas y se ponga a servirnos, alimentarnos y cuidarnos.

Nuestra actitud de servicio debe estar siempre disponible. La infinita misericordia de Dios, manifestada en la encarnación de su Hijo, nos revela un amor que se hace presencia y entrega. Ese amor debe impulsarnos a vivir abiertos a los demás, sin poner límites a nuestra disponibilidad

En el relato de hoy —Lc 12, 35-38— se nos dice que no se trata de vivir inquietos por si el Señor llega, sino de vivir de tal manera que, cuando llegue, nos encuentre haciendo lo que él mismo nos enseñó: amar y servir.

lunes, 19 de octubre de 2026

RICOS ANTE DIOS O PARA EL MUNDO

Lc 12, 13-21

Es bien sabido que las herencias provocan, con demasiada frecuencia, enfrentamientos familiares que pueden llegar incluso a las amenazas de muerte.

La envidia, la codicia y el afán de tener más que los demás son los abrojos que, si no se arrancan a tiempo, terminan destruyendo el sembrado familiar que unos buenos padres quizá habían cultivado con cariño.

Pedro, impresionado por lo que había oído a Manuel, dijo:

—Cuesta entender cómo unos hermanos pueden llegar a enfrentarse hasta el extremo de matarse por conseguir una herencia mayor o por creer que les corresponde más que a los demás.

—Sí, parece increíble, pero la realidad nos demuestra que estas cosas suceden, y con más frecuencia de la que pensamos.

Hizo una pausa y continuó:

—Y hay algo todavía peor: muchas personas ponen toda su seguridad y su felicidad en las riquezas.

Entonces, abrió la Biblia por Lc 12, 13-21, y leyó:

—En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».

Él le dijo:

«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».

Y les dijo:

«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

Y les propuso una parábola:

«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:

“¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha”.

Y se dijo:

“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.

Pero Dios le dijo:

“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.

Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

Los bienes, materiales o no, no son malos en sí mismos; lo que puede hacernos daño es la relación que establecemos con ellos.

Todo dependerá del uso que les demos y del lugar que ocupen en nuestra vida».

domingo, 18 de octubre de 2026

¿DEL CÉSAR O DE DIOS?

Mt 22, 15-21

A veces nos parece excesivo pagar tantos impuestos, aunque, al mismo tiempo, reclamamos servicios públicos que atiendan nuestras necesidades. 

Nos quejamos, muchas veces con razón, de lo que pagamos y de lo que recibimos, pero no siempre nos detenemos a pensar en la responsabilidad que tenemos todos en la construcción del bien común.

La costumbre es la de quejarnos, y casi siempre con razón, por lo elevados que son esos impuestos que nos exigen pagar. Sobre todo porque en muchas ocasiones no guardan una correspondencia entre lo pagado y los servicios recibidos.

Manuel, que había escuchado atentamente la conversación, levantó la mano y dijo:

Manuel, mirándolos a todos, cerró la Biblia y comentó:

Sin embargo, el Evangelio nos invita a una libertad más profunda: la de quien sabe distinguir lo pasajero de lo esencial y no permite que ningún poder, interés o ideología ocupe el lugar que corresponde a Dios.

Pero reconocer a Dios como centro de nuestra vida no significa desentendernos de las cosas del mundo. Al contrario: significa vivirlas con responsabilidad, trabajar por el bien común, defender la dignidad de cada persona y actuar con justicia, incluso cuando hacerlo nos resulte incómodo. 

Porque dar a Dios lo que es de Dios también nos exige preguntarnos si nuestra manera de vivir, de trabajar y de participar en la sociedad está de acuerdo con su Evangelio.

sábado, 17 de octubre de 2026

VALENTÍA Y TESTIGOS

Lc 12, 8-12

Juan no entendía por qué todo le salía mal. Tenía como un presentimiento de que las cosas se le torcían porque sí y entendía que su destino era ese.

Al entrar en la terraza se encontró con Manuel y, sin pérdida de tiempo, le dijo:

Manuel, sorprendido por lo que le dijo Juan, respondió:

Manuel, poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:

Hizo una pausa y continuó:

Juan le miró desconcertado y añadió:

—Posiblemente no me haya explicado bien. El miedo puede condicionarnos, paralizarnos y llevarnos a renunciar a aquello que estamos llamados a vivir. Y sin darnos cuenta cortamos la rama en la que estamos sentados.

Manuel, con la intención de dar esperanza, sacó la Biblia y dijo:

Entonces, mirándole con ternura, leyó:

El ejemplo de la rama nos invita a reflexionar sobre cómo, en ocasiones, nuestros miedos pueden condicionarnos hasta el punto de impedirnos avanzar. No se trata de negar las dificultades ni de pensar que todo depende de nuestra actitud, sino de no permitir que el temor tenga la última palabra. 

Dios respeta nuestra libertad, pero no nos deja solos. Nos ofrece la fuerza de su Espíritu para afrontar las dificultades y mantenernos firmes en aquello que sabemos que es bueno y justo.

En una sociedad cada vez más secularizada, declararnos seguidores de Jesús significa no ocultar nuestra condición de creyentes ni avergonzarnos de ella. Pero dar testimonio no consiste únicamente en manifestar nuestras convicciones religiosas, sino, sobre todo, en vivir de acuerdo con el Evangelio.

Se trata de buscar la verdad, practicar el bien y defender la justicia, incluso cuando hacerlo no resulte cómodo o no coincida con lo que la sociedad considera aceptable. Porque no todo lo legal es necesariamente justo, ni todo lo socialmente bien visto responde a los valores del Reino de Dios.

Así lo entendieron los apóstoles después de la resurrección del Señor. A pesar de las amenazas y prohibiciones, continuaron anunciando a Jesús, convencidos de que debían obedecer a Dios antes que a los hombres.

Ese es también nuestro desafío: no dejarnos vencer por el miedo, no renunciar a nuestras convicciones por comodidad y confiar en que el Espíritu Santo nos dará la fuerza y las palabras necesarias para ser testigos de Jesús con nuestra vida.