| Mt 24, 42-51 |
Todos buscamos seguridad: física, familiar, laboral, social, de ocio, de vida, etc. Y para eso, y por eso, nacen los seguros de todo tipo.
Podríamos atrevernos a decir que en nuestra vida le damos gran importancia a la búsqueda de un buen seguro. Pero la dificultad está en lo inesperado de la tempestad, el accidente o la sorpresa.
Conviene, a pesar de nuestras seguridades, estar vigilantes y preparados. Y eso nos exigirá estar activos en cumplir con nuestras obligaciones de la mejor manera posible.
—Pero —argumentó Pedro—, ¿cómo es posible permanecer seguros si en cualquier momento podemos ser sorprendidos?
Manuel le miró con ternura y respondió:
—De eso se trata, de que nos sorprenda cumpliendo con nuestras obligaciones.
—Pero, ¿de qué obligaciones hablas? —comentó Pedro frunciendo el ceño.
Manuel, abriendo la Biblia por Mt 24, 42-51, dijo:
—Se trata de que no sabemos que día vendrá el Señor.
Entonces, lentamente y alzando la voz, leyó:
—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Hizo una pausa, observó la atención que le prestaban y continuó:
—Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. ¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga dar a la servidumbre la comida a su hora?
Guardó un breve silencio y siguió:
—Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así. En verdad os digo que le confiará la administración de todos sus bienes. Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos. El día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo castigará con rigor y le hará compartir la suerte de los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
El ambiente se quedó sin voz. Nadie se atrevía a comentar. Manuel, consciente de lo que podían estar pensando, agregó:
—La parábola del ladrón nos habla de vigilancia y preparación, pero no para vivir angustiados por ser sorprendidos.
Los miró con complacencia y añadió:
—No se trata de evitar que nos pillen, sino de esforzarnos en vivir de tal manera que no tengamos nada que temer. Se trata de procurar no situarse entre los hipócritas, sino entre los fieles.
Las caras se habían relajado. Todo consistía en tener buena intención y actuar en verdad.
Si el ladrón representa la venida del Señor, vendrá sin avisar, por sorpresa… para hacerse con el tesoro que somos nosotros, y para descubrir cómo abre un agujero para entrar en nuestro corazón.
Hay que estar atentos, centrarse en lo valioso y reconocer su presencia en los momentos y lugares más inesperados. Sentiremos alegría por la posibilidad de encuentro y comunicación.
Entonces, puso la mirada fija en todos y con firmeza dijo:
—No sabemos cuándo vendrá el Señor; pero sí sabemos cómo quiere encontrarnos: fieles, despiertos, sirviendo y viviendo según su Palabra.