| Mt 5, 43-48 |
Nuestra propia naturaleza descubre la impotencia de alcanzar la perfección. Somos un conglomerado de miserias que impiden que podamos entenderte, Señor.
La idea de amar a aquellos que nos han causado daño parece desafiar nuestros propios impulsos. Y no todo queda en eso, sino que también nos llamas a ser perfectos.
¡Señor!, ¡cómo podemos aspirar a ello si estamos llenos de imperfecciones que nos llevan al pecado?
Pedro levantó la cabeza, irguió su cuerpo y, con la mirada puesta en Manuel, dijo:
—No encuentro fuerzas para perdonar a quien me ha ofendido. Y menos amarlo…
Guardó unos segundos de silencio y, mirando a Manuel, añadió:
—¿Cómo es posible que el Señor me pida eso?
Manuel permaneció unos segundos impávido. Luego se levantó pacientemente y comentó:
—Se trata de ser misericordiosos y perdonar como somos también nosotros perdonados…
Puso la mano en el hombro de Pedro y agregó:
—No se trata de perfeccionismo, sino de aprender a vivir la misericordia, incluso con quienes nos han herido.
Pedro se estremeció interiormente. Experimentó el perdón de sus errores y pecados y, de la misma manera, comprendió que debía perdonar a los que le habían ofendido.
Es un proceso lento de aprendizaje, de ensayo y error, donde cada paso hacia el perdón y la compasión nos recuerda cómo es nuestro Padre y cómo somos nosotros…
No es perfección, sino aprender a reflejar la generosidad y la misericordia de nuestro Padre Dios.