sábado, 25 de abril de 2026

UNA GRAN TAREA

Mc 16, 15-20

La verdad no se puede ocultar, y menos guardarla en silencio —decía Pedro.

Entonces, «¿cómo se puede progresar?» —añadió pensativo.

—Buenos días, Pedro —dijo Manuel al llegar a la terraza.

Santiago, que lo había visto llegar, le acercó su café.

—Buenos días, Manuel —respondió Pedro, todavía enredado en su reflexión.

—¿En qué pensabas? Te noto abstraído —preguntó Manuel.

Pedro levantó la mirada y, tras un instante, respondió:

—Pensaba que la verdad no se puede esconder. Si lo haces, impides que otros la conozcan y progresen. Y tú, ¿qué opinas?

Manuel dio un sorbo a su café y contestó con calma:

—La verdad está para ser conocida. Ocultarla es una falta grave, porque priva a otros de aprender. Enseñar al que no sabe es un precepto de la Santa Madre Iglesia.

—Y también de cualquier sociedad civilizada —añadió Pedro—. El mundo avanza gracias a los descubrimientos de otros…

Guardó silencio unos segundos y, como iluminado por una idea, exclamó:

—¡Claro! Si se hubieran ocultado, hoy seríamos más ignorantes y viviríamos más atrasados.

Alzó ligeramente los brazos y añadió con énfasis:

—¡Cuántas personas habrían dejado de beneficiarse, incluso de salvar sus vidas, si esos descubrimientos no hubieran salido a la luz!

Manuel colocó la Biblia sobre la mesa, la abrió por Mc 16, 15-20 y leyó:

—«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará…».

Luego, mirando a Pedro y a algunos tertulianos que se habían acercado, dijo:

—Por eso, los bautizados tenemos una gran tarea: gastar la vida y el corazón en anunciar esta verdad que salva.

Hizo una breve pausa, sonrió suavemente y añadió:

—Porque, en el fondo, todos queremos ser felices eternamente.

El rostro de Pedro reflejaba una profunda satisfacción.

—Sí —afirmó convencido—, la verdad hay que anunciarla.

Y ese será nuestro principal trabajo: anunciar al mundo entero el amor y la misericordia infinita de Dios.

viernes, 24 de abril de 2026

EL ALIMENTO QUE SOSTIENE Y TRANSFORMA

Jn 6, 52-59

Cuando te propones mantener una línea determinada en tu conducta diaria, experimentas que eso te exige disciplina y voluntad.

Entonces observas que sostenerte firme no es cosa fácil y que necesitas ayuda para permanecer fiel a tu propósito.

Cada día trae nuevas experiencias que a veces se tornan alegrías y otras tristezas.

El camino de la vida está plagado de llanuras, pero también de montañas, y nuestra marcha debe estar proporcionada a cada dificultad.

Mientras se debatía en esos pensamientos, Emeterio degustaba su café en la terraza de Santiago.

Llevaba un buen rato cuando, sin advertirlo, oyó un saludo que le sacó de su reflexión.

—Buenos días, amigo Emeterio —le saludó Manuel—. 

Llegaba en ese momento a la terraza.

Dándose la vuelta, encontró la cara de Manuel que le sonreía.

—Buenos días, Manuel —respondió alegremente—, me alegro de verte.

Ambos amigos se dieron un fuerte abrazo.

—¿Cómo te encuentras? —dijo Manuel—. Hace tiempo que no venías por aquí.

—Sí, es verdad —respondió Emeterio—, a veces por una cosa y otra por otras, pasa el tiempo y no tengo la hermosa oportunidad de tomarme un café en esta estupenda terraza.

Permaneció unos breves segundos mirando a Manuel y continuó.

—Oyes, Manuel, estos últimos días he estado pensando que la vida reclama firmeza y voluntad. Sin esfuerzos no consigues nada.

—Así es, querido amigo —respondió Manuel—, firmeza y voluntad son imprescindibles para conseguir tus metas propuestas.

Algo pensativo y confuso, Emeterio le preguntó:

—Pero, cuando tus fuerzas desfallecen y tu voluntad empieza a resquebrajarse, ¿qué haces?

Manuel le miró compasivamente y levantando la cabeza al cielo, le dijo:

—Buscar a quien nunca desfallece. Alimentarte de su fuerza y voluntad y apoyarte en él para renovar tu energía y seguir tu camino.

Asombrado y extrañado, con los ojos fijos en él, exclamó:

—Pero ¿de quién me hablas? —preguntó Emeterio—. ¿Acaso hay alguien en quien me pueda apoyar para recobrar mis fuerzas y voluntad?

—Si no lo hubiera, no te lo propondría —respondió Manuel.

Entonces, puso la Biblia sobre la mesa y le dijo:

—En el evangelio de Jn 6, 52-59, Jesús se nos ofrece como el alimento necesario para poder seguirle. Sus palabras nos lo dejan claro: «En verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.»

Hizo una pausa, observó su expresión de asombro y añadió:

—«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.»

Emeterio se quedó sin palabras. No esperaba esta respuesta de Manuel. Sin embargo, tras unos minutos su rostro fue cambiando.

Ahora tenía alguien a quien acudir.

Comer tu carne y beber tu sangre, Señor, se convierte en intimidad y unión contigo para transformarnos en aquello que nos nutre, ser como Tú.

jueves, 23 de abril de 2026

LLAMADOS A LA VIDA QUE NO TERMINA

Jn 6, 44-51

No sabía qué decir ni cómo explicarlo. No entendía cómo la gente podía vivir de manera tan superficial. Todo aquello le dejaba desconcertado.

Mientras tomaba su café, seguía dándole vueltas. Observaba a la gente pasar, como si nada, sin plantearse lo esencial… sobre todo lo que tiene que ver con la trascendencia.

«¿Es que no queremos salvarnos?», pensó.

«¿No nos damos cuenta de que nuestra vida está marcada por el tiempo?»

«¿Y nadie se pregunta qué hay después?», se dijo, levantando la cabeza justo cuando llegaba Manuel.

Lo miró con agrado, pero con cierta vehemencia le dijo:

—Manuel, ¿entiendes cómo es posible que la gente no se plantee nada?

Algo extrañado, Manuel guardó silencio unos segundos. Tomó asiento y, señalando a Santiago, pidió su café.

Después, fijando la mirada en Florencio, respondió con una suave sonrisa:

—Recuerda que somos libres… y que en nuestras respuestas siempre existe la opción de resistirnos.

—De acuerdo —dijo Florencio—, pero todos queremos vivir felices… y para siempre. ¿O me equivoco?

—No te equivocas —respondió Manuel—. Pero nuestra elección necesita un conocimiento más íntimo del Señor. Solo así podemos fiarnos de su Palabra.

Hizo una breve pausa y añadió:

—Por eso, después de unos ejercicios o un cursillo espiritual, muchas personas cambian de manera sorprendente. Su vida se transforma.

Y, acompañando sus palabras con un gesto de las manos, concluyó:

—Cuando se conoce de verdad a Jesús, la vida cambia… y eso se nota, sobre todo, en el entorno más cercano.

El rostro de Florencio reflejaba ahora serenidad.

«Claro», pensaba, «el Señor no nos obliga; nos llama, nos habla al corazón y nos muestra el amor del Padre…».

Y comprendía que, en el fondo, todos tenemos hambre… y solo Él puede saciarnos. 

Ahora, ¿dónde estamos nosotros? 

¿Estamos respondiendo a esa llamada… o resistiéndonos? 

miércoles, 22 de abril de 2026

EN OTRO MUNDO

Jn 6, 35-40

Si fuésemos conscientes de la mejor oferta —sed y hambre saciadas—, nos enfrentaríamos a la realidad de otra manera, mucho más humana.

De esta manera pensaba Manuel mientras tomaba su café en la terraza de Santiago.

—¿Alguno de ustedes conoce una oferta mejor que la de la plenitud de la vida eterna? —preguntó Manuel a sus amigos tertulianos.

Todos quedaron en silencio.

La realidad era esa: buscamos la felicidad… pero, ¿qué felicidad?

¿Una que nos deja con la sensación de no quedar nunca satisfechos?
¿Una que, cuando parece alcanzarse, se evapora en pocos minutos?
¿Una que nos obliga a estar siempre persiguiéndola?

Pasados unos segundos, se oyó la voz de Pedro:

—¿Y qué es lo que nos ocurre? Porque sí, todos buscamos la felicidad… pero, ¿no nos damos cuenta de que no está en este mundo?

—Al menos, no plenamente —dijo Roberto.

—Eso es —añadió Pedro—. Entonces, ¿por qué no la buscamos donde está?

—Pero… ¿Dónde? —preguntó Francisco, siguiendo con interés la conversación.

Manuel, que esperaba esas preguntas, se levantó; con una suave sonrisa, señaló la Biblia que sostenía en su mano y dijo:

—En el Hijo, que se nos ofrece como Pan de Vida eterna. En el evangelio de Juan (6, 35-40) nos dice: «Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Dios es Padre —y también Madre en su ternura— que anhela la plenitud para cada uno de nosotros.

Una oferta que nadie debería rechazar: la plenitud… la Vida, con mayúscula.

Ahora, ¿dónde estoy yo buscando hoy la felicidad?

martes, 21 de abril de 2026

¿SIGNOS O FE

Jn 6, 30-35

En el fondo, lo que busca la gente es seguridad: garantizar su salud, sus necesidades materiales y hasta espirituales.

Pero esas seguridades nacen muchas veces de nuestro propio discurso, de lo que pensamos y proyectamos.

Queremos un dios a nuestra medida

No les interesan promesas ni futuro; buscan el presente: el pan y la seguridad de hoy, no la de mañana.

Aunque quieren creer, solo les convence lo inmediato. Lo de fiarse les cuesta.

Todos escuchaban perplejos las palabras de Pedro. Hablaba con convicción y reconocía que la gente, en su mayoría, busca su conveniencia.

—¿Qué dicen a esto que comparto? ¿Alguien tiene otra opinión?

Todos callaban, hasta que alguien, levantando la mano, dijo:

—No estoy del todo de acuerdo. Cargar la cruz de la incertidumbre, del riesgo o de la esperanza se hace pesado…

Dejó pasar unos segundos y, con talante reflexivo, dijo:

—… pero algunos esperan y soportan las dudas y confían —concluyó Agustín.

Fue en ese momento cuando Manuel intervino y, tomando la palabra, añadió:

—El hombre es limitado y débil. Necesita pedir que sus sueños y anhelos permanezcan vivos.

Hizo una pausa, tomó la Biblia en la mano, la abrió por el evangelio de Jn 6, 30-35 y continuó:

—En este evangelio, Jesús se nos revela como el pan de la vida…

Miró a todos con decisión y ternura y siguió:

—… El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed…

Dejó pasar unos segundos. Guardó silencio y concluyó:

—Olvídense de signos y las seguridades del maná; lo que el Señor nos ofrece es Pan de Vida Eterna.

En el ambiente flotaba el sentimiento de que solo así se encuentra el verdadero sentido de la vida: la tan anhelada trascendencia.

lunes, 20 de abril de 2026

BÚSQUEDA INTERESADA

Jn 6, 22-29

Detrás de muchas amistades hay, en el fondo, un cierto interés. A veces buscamos a alguien no tanto por lo que es, sino por lo que puede aportarnos.

—¿Estás de acuerdo, Manuel? —preguntó Pedro.

—Desde nuestra humanidad, claro que sí —respondió Manuel—. El hombre tiende a buscar su propio interés…

Guardó unos segundos y, con tono más reflexivo, añadió:

—…Sin embargo, experimenta que eso no le llena plenamente. Intuye que hay algo más sublime.

Pedro, algo desorientado, dijo:

—¿A qué te refieres con eso de “más sublime”? No termino de entenderlo.

—Buscamos satisfacer nuestras necesidades materiales, pero, igual que llegan, se van. No permanecen.

Entonces, abriendo la Biblia, continuó:

—En Jn 6, 22-29, Jesús dice: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis…

Miró a Pedro con benevolencia y concluyó:

—…no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado».

Y, queriendo aclarar del todo la inquietud de Pedro, añadió:

—«Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre; porque a este es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello».

El rostro de Pedro reflejaba ahora comprensión. Había captado a qué se refería Manuel.

Sí, es verdad: tanto ayer como hoy, el ser humano busca lo divino porque descubre en sí mismo una sed profunda. Pero no pocos intentan someter lo divino a sus propias necesidades.

Y eso es precisamente lo que Jesús desenmascara, concluyendo:

—«La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado».


domingo, 19 de abril de 2026

DESESPERANZADOS

Lc 24, 13-35

Al entrar a la terraza, Osvaldo se fijó en Clemente. No era el de otros días; su cara era seria y de aspecto triste.

—¿Qué te ocurre, amigo?, pareces preocupado. ¿Algo va mal?

—En realidad no lo sé, no me encuentro bien.

Hizo una pausa y tomó resuello.

—Me asaltan pensamientos que me desesperan. Llego a pensar que nada tiene sentido.

—¿A qué te refieres cuando dices esto? No te entiendo.

—A la vida, al deseo de esperanza trascendente. Me atormenta que esta vida pueda acabar aquí.

Miró para Osvaldo y con cierta angustia le dijo:

—Algo dentro de mí me mueve a pensar que esta vida es continuación de la otra…

—¿De qué otra vida hablas? —le interrumpió Osvaldo.

—De la que es eterna y plena. Y esa lucha de lo de aquí y allá me supera y me deja con el amargo sabor de la decepción. ¿Se me nota, no?

—¡Hombre! —respondió Osvaldo—, no pareces el mismo.

—Y no lo soy. Corro el riesgo de encerrarme en mí mismo y dar la espalda a la posibilidad de vivir con esperanza.

Osvaldo se quedó sin palabras. No sabía qué decirle a Clemente. Levantó los ojos e hizo señal al camarero para que trajera dos cafés.

En ese momento, sus ojos se iluminaron. Observó que llegaba Manuel y sería una buena ocasión para buscar alguna respuesta de esperanza.

—Buenos días, Manuel —dijo Osvaldo—, bendita tu llegada.

Algo extrañado, Manuel devolvió la bendición:

—Benditos todos los que se esfuerzan en vivir en la Voluntad de Dios.

Dando tiempo a que Manuel se acomodara y le sirvieran su café, Osvaldo le miró esperanzado e intentó poner a Manuel en situación:

—Hablábamos de las decepciones que la vida nos depara. Al parecer, nuestro amigo Clemente —comentaba— las está sufriendo con mucha frecuencia.

—Sí —añadió Clemente—, hay días que me falta ilusión y deseos de vivir. Todo a mis ojos pierde sentido.

Manuel, con la mirada fija en él, respondió:

—¿Y a quién no le pasa eso en algunos momentos de su vida? Todos sufrimos decepciones y nos cuesta superarlos.

Hizo una pausa y, con cierta ironía y una leve sonrisa, continuó:

—Sin darnos cuenta, damos siempre vuelta a lo mismo. 
Bebió un poco de agua, se tranquilizó y añadió

—Pensamientos que vuelven y no nos dejan en paz.

Volvió a detenerse, puso su Biblia sobre la mesa y, abriéndola, buscó el evangelio de Lc 24, 13-35. Entonces dijo:

—Actuamos como verdaderos carceleros de nuestro corazón, mordiéndolo con dudas y temores. Nos sucede como a Epulón (Lc 16, 19-31), incapaces de percatarnos de quién está a la puerta de nuestra casa.

Entonces, con ternura y comprensión, añadió:

—Aquellos dos discípulos iban de regreso, desencantados, tristes y resignados. Al parecer para ellos todo había acabado; volvían desanimados a sus labores diarias. Pero… alguien camina con ellos, y no lo sabían. 

Cuando Manuel acabó de leer, Clemente empezó a levantar la cabeza.

Sus ojos ya no eran los mismo.

Algo había cambiado.

La vida ha vencido a la muerte.