viernes, 30 de octubre de 2026

LAS MIRADAS DE LA VIDA

Lc 14, 1-6

La vida tiene muchas miradas. Todo dependerá de la intención de quien la mire. Hay quien la mira con ternura y compasión y hay quien la mira con egoísmo y malintencionadamente.

Quien mira la vida desde el egoísmo piensa sobre todo en sus propios intereses y acaba poniendo a los demás a su servicio. Quien la mira con bondad y compasión procura descubrir qué necesitan los otros y cómo puede ayudarles

Eso es precisamente lo que denuncia Jesús en el evangelio de Lc 14, 1-6 cuando dice:

Ellos se quedaron callados.

Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. 

Y a ellos les dijo:

Y no pudieron replicar esto.

La pregunta parece referirse al sábado, pero en realidad va mucho más lejos. Jesús está preguntando qué ocupa el centro de nuestra vida: la norma o la persona; el cumplimiento o la misericordia; aquello que siempre hemos hecho o la necesidad concreta de quien tenemos delante.

Jesús no desprecia la ley. Lo que rechaza es una interpretación de la ley que impida hacer el bien. Por eso toma al enfermo, lo cura y lo despide.

Hay situaciones en las que nosotros también podemos tener perfectamente claras las normas y, sin embargo, no saber qué necesita la persona que tenemos al lado.

 Podemos cumplir horarios, organizar nuestras casas, mantener nuestras costumbres y hacer correctamente nuestras tareas y, al mismo tiempo, pasar junto a alguien que necesita ser escuchado, acompañado o simplemente tratado con un poco más de delicadeza.

A veces esperamos una ocasión extraordinaria para vivir la caridad cuando la mayor parte de la caridad se juega en cosas pequeñas: en cómo respondemos, cómo escuchamos, cómo hablamos de alguien cuando no está presente, cómo acogemos sus limitaciones, cómo interpretamos sus errores.

Porque mirar bien no consiste solamente en ver al otro, sino en detenernos, comprender su situación y preguntarnos qué podemos hacer por él». 

jueves, 29 de octubre de 2026

PELIGROS Y RECHAZOS

Lc 13, 31-35

A lo largo de la vida aparecen peligros que amenazan nuestra estabilidad interior: el pecado, la mentira, la tentación y todo aquello que nos aparta de la verdad y abre la puerta al odio, la venganza y el enfrentamiento.

Frente a estas dificultades, la verdad se alza como un baluarte de salvación. Acogerla y vivir conforme a ella nos ayuda a vencer aquello que divide al hombre y dificulta una convivencia pacífica. 

Para el cristiano, esa verdad tiene un rostro: Jesucristo, que nos conduce a Dios y nos enseña a vivir en el amor.

Hoy, como ayer, el hombre se ve amenazado por las tentaciones que anidan en su corazón y en él se cierne la lucha de despojarse de todo eso que le aparta de la verdad y, sobre todo, de Dios, la Verdad absoluta.

En el evangelio de hoy —Lc 13, 31-35— Jesús, en respuesta a unos fariseos que se le acercan a decirles: «Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte», les dijo:

Este lamento revela la ternura maternal de Dios. En sus palabras, se percibe el dolor de Jesús ante la negativa de Jerusalén a aceptar su amor y protección.

El Señor desea proteger, reunir y salvar, pero no fuerza la respuesta del hombre: «No habéis querido». Respeta nuestra libertad, aunque le duela que nos cerremos a su amor y suframos las consecuencias de alejarnos de Él. 

La desolación de la que habla Jesús no revela una falta de amor por parte de Dios, sino la tragedia de un corazón que se resiste a acoger la gracia.

miércoles, 28 de octubre de 2026

UNIDOS EN EL CAMINO

Lc 6, 12-19

La vida nos exige parar, aunque muchas veces no nos demos cuenta. Necesitamos detenernos para mirarnos tal como somos, reconocer lo que hacemos bien y descubrir aquello que necesitamos corregir.

Crecer y mejorar requiere una reflexión serena, sin prisas ni interrupciones. El camino se hace al andar, dice el poeta, pero también necesitamos detenernos de vez en cuando para mirar nuestro interior y orientar nuestros pasos.

Algo de esto les sucedió a aquellos discípulos elegidos por Jesús. Sin dejar de ser discípulos, fueron llamados a dar un paso más: convertirse en apóstoles, enviados a compartir con otros lo que habían recibido del Señor.

Caminar juntos ayuda a crecer, a mirarnos unos a otros y a comprometernos en la búsqueda del bien común. Pero no basta con caminar juntos. Es el Señor quien los hace bajar al llano de la vida cotidiana y los impulsa a ponerse en medio de los anhelos, los deseos y los sufrimientos de la gente, para compartir con todos la fuerza sanadora que viene de él.

Ayer, como hoy, el mundo necesita esta fuerza que sana, alienta y devuelve la esperanza.

En una realidad herida por tantas injusticias y sufrimientos, hacer memoria de los apóstoles puede ayudarnos a renovar nuestra vida en Dios y a descubrir de nuevo nuestra misión: compartir la fuerza sanadora del Evangelio y hacer presente, con nuestra vida, la Buena Noticia de Jesús.

martes, 27 de octubre de 2026

EL REINO DE DIOS

Lc 13, 18-21

Es bien sabido que todo tiene un principio y que nada aparece grande o terminado. Lo grande empieza por lo pequeño. También nuestra vida comenzó siendo pequeña.

Pero, casi sin darnos cuenta, hemos crecido. ¿Qué nos ha sucedido?

Nuestro cuerpo ha cambiado, nuestro corazón ha madurado y hoy somos más grandes, más maduros. Pero hay una pregunta que no podemos dejar de hacernos: ¿sabemos hacia dónde vamos?

Porque crecer no es solamente avanzar en edad. Nuestra vida tiene un sentido, una meta, y esa meta está en alcanzar la plenitud de la vida en Dios.

¿Caemos en la cuenta de esta realidad? Nos lo preguntamos.

Porque crecer sin una meta puede hacernos perder el sentido de nuestro camino.

Pero ¿dónde está nuestra meta? Seguimos preguntándonos.

No busquemos en el mundo la respuesta definitiva, porque las cosas del mundo no pueden ofrecernos por sí solas la plenitud que nuestro corazón anhela.

Busquemos en la Palabra de Dios. En el Evangelio de hoy, según san Lucas (Lc 13, 18-21), Jesús nos dice:

El Reino de Dios comienza en lo pequeño, crece y transforma. Y así debería crecer también nuestra vida de fe.

Pero ¿cómo es nuestro crecimiento? ¿Crece realmente nuestra fe, nuestra confianza en Dios y nuestro amor a los demás?

Porque puede suceder que, creyendo que avanzamos, estemos retrocediendo.

Todo aquello que nos aleja de lo que Dios nos propone nos aparta del crecimiento de su Reino en nosotros.

Por eso, no basta con crecer. Necesitamos crecer en la dirección correcta, dejar que Dios transforme nuestro corazón y hacer de nuestra vida un lugar donde también otros puedan encontrar acogida, esperanza y amor.

lunes, 26 de octubre de 2026

NORMAS Y DIGNIDAD

Lc 13, 10-17

Hay normas y leyes que anteponen el cumplimiento al bienestar de las personas. Y eso no está bien, pues el valor de la persona está por encima de las leyes.

En la vida ha habido diferentes culturas y épocas donde se ha antepuesto la ley por encima de la persona. 

Concretamente, Jesús tuvo que denunciar este derecho sabático de los judíos, su propio pueblo, de anteponer el cumplimiento por encima del bien de la persona.

Da la sensación de que el problema aparece cuando se aplican sin humanidad, como si cumplirlas fuera más importante que atender a las personas.

Pero también sucede hoy. Hay leyes que priman la productividad y la economía antes que el derecho al bienestar de la persona. Y no solo eso, sino que en muchas ocasiones se pasa por encima de las personas con tal de cumplir con objetivos e intereses tanto materiales como inmateriales.

Entonces, tomó la Biblia y, abriéndola por Lucas 13, 10-17, leyó:

Pedro guardó silencio unos instantes. Comprendió que Jesús no había venido a despreciar la ley, sino a recordar que ninguna norma puede justificar la indiferencia ante el sufrimiento humano.

Porque poner a la persona por encima de la norma no significa vivir sin principios, sino aprender a cumplirlos con amor, justicia y misericordia.

La santidad comienza en las cosas pequeñas: en nuestra manera de hablar, de tratar a los demás y de saber perdonar. Ser cristiano hoy no consiste solamente en creer en Dios, sino en dejar que Dios transforme nuestra manera de vivir.

La caridad no nace del miedo, sino de la conciencia de sabernos amados. Y quien se sabe amado aprende, poco a poco, a amar a los demás.

Porque, muchas veces, lo que más transforma una vida no son los grandes discursos, sino una palabra que acoge, un silencio que evita herir, un perdón que interrumpe el ciclo del resentimiento.

domingo, 25 de octubre de 2026

DIOS ES AMOR

Mt 22, 34-40

Es costumbre hacer balance cuando termina un ciclo, un año o una etapa de nuestra vida. Al comenzar algo nuevo, nos planteamos metas, proyectos y compromisos. Pero hay un balance que, tarde o temprano, todos tendremos que hacer: el de nuestra propia vida».

Es conocida, al menos por los que entienden que el amor será el tema de nuestro balance al final de la vida, esta frase de San Juan de la Cruz:

“Al final de la vida se nos examinará en el amor”.

Es decir, se nos examinará en nuestras relaciones: cómo hemos construido nuestros vínculos con Dios, con nosotros mismos y, por consiguiente, con los demás.

Es evidente que igual que en nuestras familias, sobre todo en los brazos y calor de nuestros padres, aprendemos a amar, a darnos y sacrificarnos unos por otros, en nuestra vida debemos proceder de la misma forma.

Pronto nos damos cuenta de que lo principal en nuestra vida es el amor. Sentirnos amados nos impulsa también a amar. Es lo justo y razonable: el amor recibido nos ayuda a amar y el amor de Dios siempre nos ofrece un punto de partida.

Y la referencia absoluta de ese amor nos viene de Dios. Un Dios que envía a su Hijo para que nos enseñe el Camino, la Verdad y la Vida por donde debemos conducirnos para, como Él, amar también nosotros. La medida de nuestra vida, por tanto, no será cuánto hemos conseguido, sino cuánto hemos amado.

En el evangelio de este día Jesús nos lo deja bien claro:

Del santo evangelio según san Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: 

«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».

Él le dijo:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente».

Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

sábado, 24 de octubre de 2026

LA HIGUERA DE NUESTRA VIDA

Lc 13, 1-9

Alfredo era una de esas personas que vivían demasiado pendientes de sí mismas. Su vida parecía una higuera estéril, incapaz de dar fruto, porque apenas dejaba espacio para el bien que podía hacer a los demás.

Alguna vez hemos oído de personas que han vivido para sí mismas, saciadas y tranquilas, replegadas en su comodidad, incapaces de dirigir su mirada y su corazón a aquellos que están cerca de ellas en un estado de sufrimiento, pobreza y malestar.

Y también hemos oído a quienes han dicho que esa conducta de vida la tendrán que pagar algún día. Incluso algunos han llegado a pensar que Dios castiga a los que se portan mal.

Sin embargo, a esta actitud de egoísmo y esterilidad espiritual se contrapone el infinito amor misericordioso de nuestro Padre Dios, que se refleja en el evangelio de Lc 13, 1-9:

Jesús nos invita a convertirnos y a abandonar la idea de que el sufrimiento es un castigo de Dios. Las desgracias no son una medida de la culpabilidad de las personas. Lo que Jesús nos pide es que aprovechemos la vida para cambiar, amar y dar fruto.  

La conversión verdadera tiene que dar fruto: una confianza más profunda en Dios, una mirada más compasiva y una vida más dispuesta a amar, compartir y hacer el bien. No basta con desear cambiar; es necesario que ese cambio se note en nuestra manera de vivir.

Y para eso siempre hay tiempo. Dios siempre está dispuesto a esperar el fruto de la conversión. Nunca da a nadie por perdido. El dueño de la higuera llevaba tres años esperando el fruto, y va a esperar uno más, cuidando de la higuera, abonándola, cavando alrededor.