viernes, 1 de mayo de 2026

NOS PREPARA UN LUGAR

Jn 14, 1-6

Cuando era pequeño —pensaba Justino— deseaba intensamente ser mayor. En mi época, los niños usábamos pantalones cortos hasta que llegábamos a cierta edad, y una de las cosas que más anhelábamos era vestir pantalones largos, como los hombres.

Ahora, ya crecido, te das cuenta de que la mejor etapa de nuestra vida suele ser la infancia. Ignoramos muchas cosas y solo pensamos en vivir y jugar.

¿Por qué, entonces, ese deseo de crecer? Supongo que, como tantas otras, son etapas que vamos atravesando en el camino de la vida.

Con el paso de los años, experimentas que tu vida avanza hacia otro mundo. Este termina… y llegará otro.

—¿Es que piensas que detrás de esta vida hay otra? —preguntó Osvaldo.

—Sin lugar a duda —respondió Justino—. Es más, creo que esta es el camino que nos prepara para vivir felices en la otra.

Algo desconcertado, Osvaldo frunció el ceño y, mirándole con extrañeza, dijo:

—¿Realmente crees lo que dices o son solo suposiciones?

Manuel, que estaba al lado y había escuchado toda la conversación, intervino:

—Justino habla con sabiduría. Esta vida es un camino hacia la otra, pero no de cualquier manera…

Hizo una pausa. Sacó la Biblia, la abrió por el evangelio de Juan (14, 1-6) y proclamó:

—Jesús nos dice que en la casa de su Padre hay muchas moradas, y que va a prepararnos un lugar. Y cuando lo tenga preparado, vendrá y nos llevará con Él.

Continuó, con voz serena:

—Entonces Tomás le preguntó: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Guardó unos segundos, señaló el texto y añadió:

—Jesús le responde: «Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Levantando los brazos al cielo, lleno de gozo, proclamó:

—Nuestra referencia es Cristo. Él nos muestra el camino que conduce a la Casa del Padre. Su Verdad y su Vida marcan nuestras huellas y orientan cada paso.

A Osvaldo todo le había quedado claro. Ahora no solo conocía el camino, sino también a quién debía mirar para encontrarlo.

jueves, 30 de abril de 2026

LO QUE EL MUNDO NO ENTIENDE

Jn 13, 16-20

Federico era tomado por el bobo del grupo. Todos, cuando tenían algún problema, recurrían a él para que se lo solucionara. Y la mayoría de las veces lo lograba.

No era considerado bobo en el sentido léxico de la palabra, sino porque estaba disponible para todos, incluso para aquellos que luego le faltaban al respeto.

Federico, aun sin darse cuenta, expresaba su amor haciéndose disponible a todos, amigos o enemigos.

Y eso el mundo —ni siquiera sus propios amigos— lo entendía.

En la tertulia se había montado una discusión sobre eso.

Florencio, uno de los más activos, dijo:

—La vida es de aquellos que saben dar y recibir. Pero solo triunfan los que reciben más que lo que dan.

Rogelio, poniendo cara de disconformidad, se levantó y expuso:

—A eso le llamo yo aprovecharse. No es justo recibir más de lo que das. Lo justo sería equiparar ambas cosas.

Pedro, observando lo que se planteaba, introdujo otra visión del asunto.

—Desde esa visión de la que ustedes hablan, yo no logro entender cómo los padres dan todo, y gratuitamente, por sus hijos.

Todos se quedaron perplejos. Algunos fruncieron el ceño; otros quedaron extrañados, sin saber qué decir.

Entonces, Manuel, que había presenciado toda la discusión, levantó el brazo, pidió calma y dijo:

—Hay una palabra que explica todo lo que a ustedes les parece imposible de entender.

Hizo una pausa, bebió un poco de agua y, poniendo la Biblia sobre la mesa, dijo:

—El amor lo explica todo.

Abrió la Biblia por Juan 13, 16-20 y leyó:

—Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía.

Al terminar de leer todo el pasaje evangélico, y con una mirada compasiva y cariñosa, puso los ojos en todos y concluyó:

—Amar es ponerse a los pies. Amar es tratar con cuidado. Amar es servir, acoger, ponerse a la altura del otro…

Hizo una breve pausa y añadió:

—Incluso, si hace falta, literalmente a sus pies, para que el otro se sienta importante.

No hubo nadie que levantara la voz. Muchos, conscientes de sus actos, agacharon la cabeza; otros, avergonzados, escondieron su rosto.

Manuel, con suavidad y ternura, concluyó:

—Eso es lo que ha estado haciendo Federico. Cada uno de sus actos ha sido una verdadera obra de amor. Algo que este mundo todavía no ha entendido.

Levantó los ojos, como buscando algo más allá de todos, y susurró:

—Porque, si lo hubiera entendido… el mundo ya sería un remanso de paz.

miércoles, 29 de abril de 2026

EL VALOR DE LAS COSAS

Mt 11, 25-30

En ocasiones, los problemas nacen de nuestras propias apreciaciones y no de la realidad. Colocamos una dificultad donde no la hay y terminamos complicándonos la vida sin motivo aparente.

Aquella mañana, Enrique tenía mala cara. No parecía conforme con lo que le estaba pasando y, desesperado, dio un golpe con el puño sobre la mesa.

Santiago, el camarero, lo miró con extrañeza, sin aprobar aquel modo de reaccionar.

Manuel, sorprendido, se acercó y le preguntó:

—¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan nervioso?

Enrique escondió la cabeza entre los brazos, sin decir nada.

Manuel se sentó a su lado y, con calma, le dijo:

—Cuando tenemos que afrontar dificultades y preocupaciones, el cuerpo se nos descompone… y terminamos liándonos nosotros solos.

Le puso la mano sobre los hombros y añadió:

—Pero hay algo muy importante: saber mirar lo esencial. Dejar a un lado lo que hoy es… y mañana deja de ser.

Con ternura, continuó:

—Todo lo de aquí abajo tiene su tiempo y su medida. Haz silencio por dentro y por fuera. Mira a Jesús… y todo cobra otra perspectiva; relativizas… y llega el sosiego.

Sacó la Biblia y, señalando el Evangelio de Mateo (11, 25-30), dijo:

—Jesús nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».

Hizo una pausa y continuó:

—«Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas».

Poco a poco, Enrique se fue calmando. Los problemas seguían ahí, pero la vida ya no se veía igual. Porque lo verdaderamente importante no son las cosas de aquí abajo, sino los bienes de arriba.

martes, 28 de abril de 2026

RAZONES SOBRAN… PERO FALTA ESCUCHAR.

Jn 10, 22-30

Muchas veces no es que no entendamos… es que no queremos entender. Unas veces por nuestras propias distracciones y otras porque nos cerramos a lo que nos revelan.

Cuando priorizamos nuestras ideas, dejamos de lado las demás, incluso aunque sean verdaderas. No queremos entender ni escuchar sino lo que nos gustaría oír.

Con esas actitudes, el diálogo se vuelve imposible para llegar a entenderse. De esa manera se frustran muchos acuerdos de paz y de concordia.

Juan, que buscaba dar respuesta a sus interrogantes, no comprendía cómo se podía estar tan ciego y cerrarse a sus convicciones.

—Pedro —preguntó Juan con decisión—, ¿crees que esto pasa?

Algo extrañado por la pregunta, Pedro, algo pensativo, dijo:

—Los hechos lo demuestran. En el fondo hay muchos desacuerdos porque solo se piensa en lo que tú llevas como verdad, y se desestiman las demás.

—Sí, creo que tienes razón —añadió Juan—. Muchas veces hay suficientes razones para zanjar las dudas y creer en lo que se debate, pero…

Sin darle tiempo a seguir, Pedro le interrumpió:

—Nadie quiere dar el brazo a torcer y, aunque haya razones para hacerlo, continúan en sus treces.

Manuel, que escuchaba pacientemente, los miró con una suave sonrisa y, levantando el brazo para intervenir, dijo:

—Solemos formar grupos y quienes no están en ellos los excluimos. No admitimos que nos saquen de nuestras ideas y comodidades. Y así a la verdad le cerramos la puerta.

—Quieres decir —comentó Juan— que por nuestra terquedad no damos el paso que debemos dar.

Mirándole fijamente a los ojos, Manuel le dijo:

—Quiero decir que nuestra soberbia no nos deja reconocer la verdad.

Sacó la Biblia y abriéndola delante de ellos, dijo:

—En el evangelio de Juan 10, 22-30, Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí…

Dejó pasar unos segundos y concluyó:

—Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas.

Aguardó unos segundos y, observando sus miradas extrañas, continuó:

—Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.

Esto ha pasado siempre. La gente se cierra a la verdad cuando piensa y cree que su verdad es mejor.

Los contemporáneos de Jesús como los nuestros ahora presentan los mismos síntomas. Admitimos lo que nos interesa, lo inmediato, el gozo rápido, y nos equivocamos.

Algo había quedado claro: cuando no se quiere escuchar y se cierra el corazón, la verdad no entra por mucho que se oiga.

Y reconocer su voz no es cuestión de oír… sino de querer escuchar.

lunes, 27 de abril de 2026

AMOR INCONDICIONAL

Jn 10, 11-18

—¿Crees que hay personas capaces de darse incondicionalmente por los demás? —preguntó Pedro a Manuel.

—Por sí solas, creo que no —respondió Manuel—. La naturaleza humana tiende al egocentrismo y difícilmente escapa a esa inclinación…

Hizo una pausa, quedó pensativo y añadió:

—Es verdad que no todos somos iguales. Hay personas más desprendidas, más dispuestas a servir, pero…

Con cierta firmeza concluyó:

—Solo unidos a Aquel que ama sin condiciones y entrega su vida por todos, podemos llegar a darnos así a los demás.

Pedro, algo confuso, preguntó:

—¿De quién me hablas? ¿Quién es Aquel al que te refieres?

Frunciendo el ceño, añadió:

—¿Tiene ese poder para vencer nuestro egoísmo?

Manuel, que esperaba con paciencia esas preguntas, tomó su Biblia y buscó en el Evangelio de Juan 10,11-18.

—En este pasaje, Jesús nos dice que es el Buen Pastor, y que cada uno de nosotros es importante para Él, incluso cuando nos perdemos o dudamos de nuestro propio valor.

Le tocó el brazo para llamar su atención y, mirándolo con insistencia, añadió:

—Él no deja de llamarnos ni de buscarnos. Quiere que vivamos bajo su cuidado.

Hizo una breve pausa, lo miró fijamente a los ojos y concluyó:

—Eso es amor incondicional.

Podemos entregar nuestra vida cuando vivimos unidos al Padre, por medio del Hijo.

Es su gracia la que nos hace libres para amar y servir sin condiciones a los demás.

domingo, 26 de abril de 2026

PUERTA: SOLO HAY UNA

Jn 10, 1-10

Todos entendemos lo que significa pastorear. Un pastor es quien cuida, protege y guía. Tradicionalmente, lo asociamos a los rebaños, ya sean ovejas, cabras o ganado.

Sin embargo, la historia también nos habla de falsos pastores que no han cumplido su misión. Incluso los cuentos, a modo de fábula, advierten de las consecuencias de jugar con el peligro.

Pero hoy queremos mirar a Aquel que nos ama de verdad, que cuida de nosotros con un amor fiel.

—De alguna manera —dijo Pedro—, nuestros padres han sido nuestros primeros pastores. Nos han cuidado hasta que hemos podido valernos por nosotros mismos.

—Es una bonita comparación —respondió Manuel—. Nos han dado nuestros primeros “pastos”, nos han guiado fuera del redil y nos han protegido de tantos peligros.

Levantó la vista, como buscando algo más allá, y añadió:

—Han sido verdaderos colaboradores del Creador… como una pequeña puerta que nos ha permitido crecer.

Se detuvo un instante. Miró a Pedro y dijo con firmeza:

—Pero Puerta, solo hay una.

Abrió la Biblia y leyó:

—«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas… Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará: entrará y saldrá y encontrará pasto».

Hizo una breve pausa y continuó:

—Nosotros somos administradores de los dones recibidos. Pastores unos de otros en lo cotidiano… pero la salvación viene solo por Él.

Quedó claro para todos: solo Uno es el Pastor y la Puerta por la que se alcanza la vida verdadera.

—Pidamos por las vocaciones —añadió—, las nuestras y las que vendrán.

sábado, 25 de abril de 2026

UNA GRAN TAREA

Mc 16, 15-20

La verdad no se puede ocultar, y menos guardarla en silencio —decía Pedro.

Entonces, «¿cómo se puede progresar?» —añadió pensativo.

—Buenos días, Pedro —dijo Manuel al llegar a la terraza.

Santiago, que lo había visto llegar, le acercó su café.

—Buenos días, Manuel —respondió Pedro, todavía enredado en su reflexión.

—¿En qué pensabas? Te noto abstraído —preguntó Manuel.

Pedro levantó la mirada y, tras un instante, respondió:

—Pensaba que la verdad no se puede esconder. Si lo haces, impides que otros la conozcan y progresen. Y tú, ¿qué opinas?

Manuel dio un sorbo a su café y contestó con calma:

—La verdad está para ser conocida. Ocultarla es una falta grave, porque priva a otros de aprender. Enseñar al que no sabe es un precepto de la Santa Madre Iglesia.

—Y también de cualquier sociedad civilizada —añadió Pedro—. El mundo avanza gracias a los descubrimientos de otros…

Guardó silencio unos segundos y, como iluminado por una idea, exclamó:

—¡Claro! Si se hubieran ocultado, hoy seríamos más ignorantes y viviríamos más atrasados.

Alzó ligeramente los brazos y añadió con énfasis:

—¡Cuántas personas habrían dejado de beneficiarse, incluso de salvar sus vidas, si esos descubrimientos no hubieran salido a la luz!

Manuel colocó la Biblia sobre la mesa, la abrió por Mc 16, 15-20 y leyó:

—«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará…».

Luego, mirando a Pedro y a algunos tertulianos que se habían acercado, dijo:

—Por eso, los bautizados tenemos una gran tarea: gastar la vida y el corazón en anunciar esta verdad que salva.

Hizo una breve pausa, sonrió suavemente y añadió:

—Porque, en el fondo, todos queremos ser felices eternamente.

El rostro de Pedro reflejaba una profunda satisfacción.

—Sí —afirmó convencido—, la verdad hay que anunciarla.

Y ese será nuestro principal trabajo: anunciar al mundo entero el amor y la misericordia infinita de Dios.