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| Lc 11, 15-26 |
Por mucho que queramos evitarlo, la conciencia nos avisa cuando no hemos obrado bien. Y nos sentimos molestos, intranquilos y, en lugar de buscar soluciones, tratamos de justificarnos y de engañarnos a nosotros mismos.
De alguna manera pretendemos anestesiar nuestra conciencia. Rehuimos enfrentarnos con la verdad y nos autoengañamos distorsionando la realidad.
Cuando el mal espíritu consigue anestesiar la conciencia, podemos hablar de su verdadera victoria: se convierte en dueño de esa conciencia. Y de poco sirve decir, como hacen algunos: «¡Esto sucede en todas partes!».
Porque, apenas advertirlo, ya nos hemos excluido de ese “todo”: todos, pero yo no. Y, de ese modo, acabamos viviendo esa mundanidad que es hija del mal espíritu.
De ahí que la Iglesia, para ejercitar la vigilancia, nos proponga siempre el ejercicio del examen de conciencia (Papa Francisco, 09/10/2015).
Manuel tomó la palabra y dijo:
—Jesús, al expulsar un demonio, nos muestra el rostro de Dios: consuelo, sanación, alivio del sufrimiento.
Sin embargo, como respuesta, recibe acusaciones y críticas: le acusan de sembrar el mal cuando solo hace el bien.
Entonces sacó la Biblia y leyó:
—Del santo evangelio según san Lucas 11, 15-26.
En aquel tiempo, habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios». Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo.
Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Sí, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros».
Al terminar de leer todo el pasaje evangélico, añadió:
—Observamos, por un lado, que la mayor parte de la multitud se admiró. Pero hay algunas personas que no pueden aceptar la actuación de Jesús, que una y otra vez se manifiesta curando, levantando, liberando, salvando…
Jesús desborda todas sus previsiones y sus “conocimientos” sobre Dios, y eso les hace perder el control, el dominio y el poder religioso que ostentan sobre el pueblo.
Su incapacidad para abrirse a la irrupción del misterio de Dios en la persona de Jesús los lleva a buscar razones absolutamente incoherentes para explicar de dónde procede el poder con el que Jesús actúa. Razones que Jesús desmonta de un simple plumazo…
Porque aquí hay alguien que es más fuerte que todos los “demonios”: alguien que se ha acercado al ser humano para liberarlo de todos ellos y ofrecerle una vida plena de sentido desde el Amor que nos constituye.
En esa dinámica solo hay un protagonista: Jesús, a quien queremos seguir. Pero puede ocurrirnos que, después de vivir alguna experiencia de liberación de nuestros “demonios”, no demos el paso de acoger esa presencia vivificadora de Jesús en nuestra vida. Y entonces podemos quedarnos, en definitiva, como estábamos o incluso mucho peor.
Sobre eso nos advierte también Jesús en el evangelio que acabamos de escuchar. Es la imagen de la casa arreglada, pero vacía, en la que Jesús no ha sido acogido para habitar en ella.
Porque no basta con expulsar aquello que nos hace daño. Necesitamos dejar que Jesús ocupe el espacio que queda libre. Con Él no hay demonios que valgan; sin Él, habremos elegido seguir dando vueltas a nuestros propios demonios.


