martes, 20 de octubre de 2026

¿TENEMOS LA CERTEZA DE QUE ESPERAMOS A ALGUIEN?

Lc 12, 35-38

En muchas ocasiones se nos ha dicho que hay que estar preparados. Quizá, cuando éramos jóvenes, no prestábamos demasiada atención a estas advertencias. Ahora, con los años y la experiencia acumulada, nos las tomamos más en serio.

En cualquier momento, la vida puede sorprendernos. A veces, con algo agradable; otras, con situaciones que nos cuesta aceptar

—Estoy de acuerdo —dijo Pedro—, pero en muchas ocasiones nos olvidamos o no lo tenemos en cuenta. Y en muchas ocasiones somos sorprendidos.

—Es verdad —respondió Manuel—, pero eso no hace sino afirmar más que debemos estar siempre preparados. Incluso a pesar de que las perspectivas sean buenas.

Muchos levantaron la mano y asintieron que pensaban lo mismo. El estar preparado nos da seguridad y paz.

Entonces, Manuel, levantándose, con una mirada complaciente, comentó:

—No se trata de estar preparados por la ansiedad de quien teme que algo suceda, sino por la esperanza de quien sabe que alguien viene a su encuentro

—¿De qué esperanza hablas? —preguntó Pedro—. No entiendo a qué te refieres.

—Estoy hablando de aquellos que no viven desde la incertidumbre del cuándo, sino de la certeza de la llegada del Señor.

Y lo más asombroso es que, cuando llegue ese momento, serás tú, Señor, quien nos siente a la mesa; tú, quien cambie nuestras expectativas y se ponga a servirnos, alimentarnos y cuidarnos.

Nuestra actitud de servicio debe estar siempre disponible. La infinita misericordia de Dios, manifestada en la encarnación de su Hijo, nos revela un amor que se hace presencia y entrega. Ese amor debe impulsarnos a vivir abiertos a los demás, sin poner límites a nuestra disponibilidad

En el relato de hoy —Lc 12, 35-38— se nos dice que no se trata de vivir inquietos por si el Señor llega, sino de vivir de tal manera que, cuando llegue, nos encuentre haciendo lo que él mismo nos enseñó: amar y servir.

lunes, 19 de octubre de 2026

RICOS ANTE DIOS O PARA EL MUNDO

Lc 12, 13-21

Es bien sabido que las herencias provocan, con demasiada frecuencia, enfrentamientos familiares que pueden llegar incluso a las amenazas de muerte.

La envidia, la codicia y el afán de tener más que los demás son los abrojos que, si no se arrancan a tiempo, terminan destruyendo el sembrado familiar que unos buenos padres quizá habían cultivado con cariño.

Pedro, impresionado por lo que había oído a Manuel, dijo:

—Cuesta entender cómo unos hermanos pueden llegar a enfrentarse hasta el extremo de matarse por conseguir una herencia mayor o por creer que les corresponde más que a los demás.

—Sí, parece increíble, pero la realidad nos demuestra que estas cosas suceden, y con más frecuencia de la que pensamos.

Hizo una pausa y continuó:

—Y hay algo todavía peor: muchas personas ponen toda su seguridad y su felicidad en las riquezas.

Entonces, abrió la Biblia por Lc 12, 13-21, y leyó:

—En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».

Él le dijo:

«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».

Y les dijo:

«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

Y les propuso una parábola:

«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:

“¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha”.

Y se dijo:

“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.

Pero Dios le dijo:

“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.

Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

Los bienes, materiales o no, no son malos en sí mismos; lo que puede hacernos daño es la relación que establecemos con ellos.

Todo dependerá del uso que les demos y del lugar que ocupen en nuestra vida».

domingo, 18 de octubre de 2026

¿DEL CÉSAR O DE DIOS?

Mt 22, 15-21

A veces nos parece excesivo pagar tantos impuestos, aunque, al mismo tiempo, reclamamos servicios públicos que atiendan nuestras necesidades. 

Nos quejamos, muchas veces con razón, de lo que pagamos y de lo que recibimos, pero no siempre nos detenemos a pensar en la responsabilidad que tenemos todos en la construcción del bien común.

La costumbre es la de quejarnos, y casi siempre con razón, por lo elevados que son esos impuestos que nos exigen pagar. Sobre todo porque en muchas ocasiones no guardan una correspondencia entre lo pagado y los servicios recibidos.

Manuel, que había escuchado atentamente la conversación, levantó la mano y dijo:

Manuel, mirándolos a todos, cerró la Biblia y comentó:

Sin embargo, el Evangelio nos invita a una libertad más profunda: la de quien sabe distinguir lo pasajero de lo esencial y no permite que ningún poder, interés o ideología ocupe el lugar que corresponde a Dios.

Pero reconocer a Dios como centro de nuestra vida no significa desentendernos de las cosas del mundo. Al contrario: significa vivirlas con responsabilidad, trabajar por el bien común, defender la dignidad de cada persona y actuar con justicia, incluso cuando hacerlo nos resulte incómodo. 

Porque dar a Dios lo que es de Dios también nos exige preguntarnos si nuestra manera de vivir, de trabajar y de participar en la sociedad está de acuerdo con su Evangelio.

sábado, 17 de octubre de 2026

VALENTÍA Y TESTIGOS

Lc 12, 8-12

Juan no entendía por qué todo le salía mal. Tenía como un presentimiento de que las cosas se le torcían porque sí y entendía que su destino era ese.

Al entrar en la terraza se encontró con Manuel y, sin pérdida de tiempo, le dijo:

Manuel, sorprendido por lo que le dijo Juan, respondió:

Manuel, poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:

Hizo una pausa y continuó:

Juan le miró desconcertado y añadió:

—Posiblemente no me haya explicado bien. El miedo puede condicionarnos, paralizarnos y llevarnos a renunciar a aquello que estamos llamados a vivir. Y sin darnos cuenta cortamos la rama en la que estamos sentados.

Manuel, con la intención de dar esperanza, sacó la Biblia y dijo:

Entonces, mirándole con ternura, leyó:

El ejemplo de la rama nos invita a reflexionar sobre cómo, en ocasiones, nuestros miedos pueden condicionarnos hasta el punto de impedirnos avanzar. No se trata de negar las dificultades ni de pensar que todo depende de nuestra actitud, sino de no permitir que el temor tenga la última palabra. 

Dios respeta nuestra libertad, pero no nos deja solos. Nos ofrece la fuerza de su Espíritu para afrontar las dificultades y mantenernos firmes en aquello que sabemos que es bueno y justo.

En una sociedad cada vez más secularizada, declararnos seguidores de Jesús significa no ocultar nuestra condición de creyentes ni avergonzarnos de ella. Pero dar testimonio no consiste únicamente en manifestar nuestras convicciones religiosas, sino, sobre todo, en vivir de acuerdo con el Evangelio.

Se trata de buscar la verdad, practicar el bien y defender la justicia, incluso cuando hacerlo no resulte cómodo o no coincida con lo que la sociedad considera aceptable. Porque no todo lo legal es necesariamente justo, ni todo lo socialmente bien visto responde a los valores del Reino de Dios.

Así lo entendieron los apóstoles después de la resurrección del Señor. A pesar de las amenazas y prohibiciones, continuaron anunciando a Jesús, convencidos de que debían obedecer a Dios antes que a los hombres.

Ese es también nuestro desafío: no dejarnos vencer por el miedo, no renunciar a nuestras convicciones por comodidad y confiar en que el Espíritu Santo nos dará la fuerza y las palabras necesarias para ser testigos de Jesús con nuestra vida.

viernes, 16 de octubre de 2026

NO TENGAS MIEDO

Lc 12, 1-7

Cuando miramos el camino recorrido y nos preguntamos qué nos espera al final, quizá descubrimos que la cuestión decisiva no es cuánto hemos hecho ni cuánto nos queda por hacer, sino en qué manos descansa nuestra vida. 

Y san Pablo nos recuerda algo fundamental: antes de todo lo que hacemos está lo que Dios hace por nosotros.

Es la hora de preguntarnos qué hay detrás de ese final al que estamos próximos. 

Sin embargo, son muchos los que no se hacen esa pregunta; otros temen hacérsela y otros dejan pasar la vida de una forma indiferente. La realidad es que, queramos o no, estamos en ese punto de nuestra vida.

Hay una verdad profundamente consoladora en este texto: antes de todo lo que hacemos está lo que Dios hace por nosotros. Antes de nuestras respuestas, de nuestros proyectos y hasta de nuestras fragilidades, está su amor gratuito.

 Pablo nos recuerda que la identidad cristiana no se conquista, se recibe. No somos hijos porque seamos buenos. Intentamos vivir como hijos e hijas porque ya hemos sido amados.

Esta convicción transforma la manera de vivir la fe. Deja de ser una carga para convertirse en una respuesta agradecida.  Dejamos de apoyarnos únicamente en nuestras fuerzas para descansar en la fidelidad de Dios.

La fe madura cuando dejamos de preguntarnos continuamente qué tenemos que hacer para Dios y comenzamos a dejarnos sorprender por lo que Dios ya está haciendo en nosotros.

Podemos preguntarnos: ¿Desde dónde estoy sosteniendo mi vida, mi fe y mis responsabilidades? ¿Desde la confianza o desde la exigencia constante?

Cuando olvidamos que el Espíritu es el verdadero protagonista, aparecen el cansancio, el activismo y la frustración.

Cuando recordamos que somos herederos de una promesa, renacen la alegría, la esperanza y la libertad. Ya lo decía el Maestro Eckhart: “Si la única oración que dijiste en toda tu vida fue gracias, eso sería suficiente.”

Jesús habla a sus discípulos mientras crece la tensión con quienes rechazan su mensaje. Por eso comienza con una advertencia contundente: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía».

La imagen de la levadura es muy expresiva. Una pequeña cantidad basta para fermentar toda la masa. Del mismo modo, la falta de verdad y de coherencia puede infiltrarse poco a poco en la vida de una persona o de una comunidad.

Después, Jesús enlaza esta advertencia con una llamada insistente a no tener miedo. En realidad, ambas cosas están profundamente unidas. Muchas veces las máscaras nacen del miedo: miedo a ser juzgados, a fracasar, a perder prestigio o a mostrar nuestra fragilidad.

Quizá una de las palabras que más necesitamos escuchar hoy sea precisamente esta: «No tengáis miedo». Vivimos rodeados de incertidumbres personales, sociales y eclesiales. Sin embargo, Jesús nos recuerda que nuestra vida descansa en una providencia más grande que nuestros cálculos y preocupaciones.

El centro de este evangelio no es la denuncia, sino la confianza. Jesús llama a los discípulos «amigos míos» y les recuerda que el Padre cuida hasta de los pequeños pájaros y conoce incluso el número de los cabellos de su cabeza.

Nada de nuestra vida le es indiferente. La fe no elimina las dificultades ni las incertidumbres. Pero nos permite afrontarlas desde otro lugar. 

Cuando sabemos que somos amados por Dios, ya no necesitamos vivir escondiéndonos detrás de una imagen ideal de nosotros mismos. Podemos reconocer nuestras debilidades, aceptar nuestras limitaciones y mostrarnos como somos. 

La confianza no nos hace perfectos; nos permite vivir en la verdad sin dejar de sentirnos amados.

jueves, 15 de octubre de 2026

“VENID A MÍ”

Mt 11, 25-30

—Cuando nos encontramos con alguien que se cree autosuficiente, comprendemos que cuanto más confía en sus propias fuerzas, más difícil puede resultarle reconocer que necesita a Dios.

Y pensamos así porque entendemos que el que cree que puede con todo puede tener dificultad para reconocer que necesita a Dios; sin embargo, Dios sostiene al que está cansado y necesita recibir.

El encuentro con Dios necesita de la humildad. Y solo es humilde aquel que se cree necesitado y reconoce sus limitaciones.

Quien piensa que por estar con Jesús se libra de cargas está equivocado. Jesús no promete una vida sin cargas. Dice algo más profundo: «Cargad con mi yugo». El cristiano aprende a llevar sus responsabilidades, luchas y sufrimientos con Cristo y desde Cristo. Su yugo no aplasta porque no lo llevamos solos. 

Todos miraban a Manuel y estaban atentos a su palabra. Hizo una pausa y, sin más, continuó:

—San Agustín escribió: «Ama y haz lo que quieras». Cuando el corazón ha sido alcanzado por el amor de Dios, la obediencia deja de ser una carga exterior y se convierte en respuesta de amor.

Jesús no dice: «Venid cuando estéis fuertes, cuando hayáis cambiado, cuando seáis dignos». Dice simplemente: «Venid a mí». La iniciativa es suya. La gracia precede a nuestra respuesta.

Si queremos que nuestra vida cristiana dé fruto, primero se tiene que dar el encuentro con Jesús; después viene la transformación y, finalmente, la misión.

No somos enviados a anunciar el Reino para conseguir que Dios nos ame; somos enviados porque hemos experimentado que ya somos amados. La misión nace de la intimidad. 

Había conformidad y todos estaban de acuerdo con lo que escuchaban de la palabra de Manuel 

Santa Teresa sabía que la oración era, ante todo, amistad: permanecer muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama. Desde ahí podemos entregar a Jesús nuestros cansancios, heridas, exigencias y miedos. 

Cuando en la vida te veas cansado y agobiado, y vuelvan a tu memoria recuerdos dolorosos, atrévete a presentárselos a Jesús.    

Pregúntale con confianza: «Jesús, ¿dónde estabas Tú en aquel momento de mi vida?».  

Quizá no encuentres enseguida una respuesta, pero puedes dejar que Él te acompañe también en esa herida.  

Pídele, además, la gracia de caminar hacia el perdón, a tu ritmo, sin negar el daño que sufriste. Porque poner nuestras heridas en manos de Jesús y dejarnos acompañar por Él puede ayudarnos a recuperar una libertad que el dolor nos había arrebatado. 

Tal vez hoy necesitamos dejar de intentar sostener nuestra vida con nuestras propias fuerzas y escuchar nuevamente su invitación: «Venid a mí». No se trata de escapar de la cruz, sino de descubrir que Cristo está en la cruz y podemos descansar en Él.

miércoles, 14 de octubre de 2026

AMAR Y COMPARTIR

Lc 11, 42- 46

Sucede muy a menudo que nos preocupamos seriamente por cumplir los mandatos, la legislación, los mandamientos …

Somos muy cumplidores, y eso no es malo, pero se convierte en algo malo cuando anula el derecho y el amor de Dios.

A veces pensamos que, cumpliendo, Dios siempre estará a nuestro lado. ¿No nos damos cuenta de que «por sí mismos» los mandatos no garantizan la presencia de Dios?

Los fariseos del tiempo de Jesús pensaban que cumpliendo las normas establecidas, hacían la voluntad de Dios. Y hoy nosotros no estamos excluidos de esa tentación. 

Conviene, pues, revisar nuestras actitudes y todo aquello que nos aleja del amor, para crecer como personas y acercarnos al sueño de Dios para nosotros.

La terraza estaba expectante. Todos permanecían atentos a las palabras de Manuel.

Entonces, mirándolos con ternura, sacó la Biblia y leyó:

Esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello.

¡Ay de vosotros, que sois como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!». Le replicó un maestro de la Ley:

Jesús replicó:

Manuel, cerrando la Biblia y dirigiéndose a todos los presentes, dijo:

Solo de un corazón que ama sale vida para los demás.

Se respiraba un ambiente fraterno. Todos comprendían que, para ser cristianos coherentes y creíbles, no basta con predicar el Evangelio ni con cumplir exteriormente sus preceptos: es necesario vivirlos con autenticidad, de modo que nuestras obras nazcan de un corazón sincero. 

Cumplir puede ser necesario, pero amar es lo que da sentido a nuestro cumplimiento. Porque, al final, la autenticidad cristiana no se mide por el lugar que ocupamos ni por el reconocimiento que recibimos, sino por la vida que ayudamos a generar en los demás.