lunes, 16 de marzo de 2026

CREER ANTES DE VER

Jn 4, 43-54

Juan Fernando era una de esas personas que podrían considerarse felices. Disfrutaba de una situación acomodada y tenía todos los privilegios que cualquiera podría desear.

No necesitaba nada, y mucho menos creer en dioses que le solucionaran los problemas. Se bastaba a sí mismo y se sentía seguro. Solo creía en lo que veía o en aquello que, una vez comprobado, merecía su confianza.

En realidad, muchas veces valoramos las palabras según el prestigio de quien las dice, y así nos perdemos mensajes valiosos porque no vienen acompañados de trompetas, fuegos de artificio o argumentos de autoridad.

Nunca pensó que llegaría a verse necesitado. Pero un día, movido por el inmenso amor a su hijo, gravemente enfermo, comenzó a recordar lo que había oído sobre los milagros y sobre la fe en Dios.

Entonces empezó a pedir oraciones por la sanación de su hijo. Visitó lugares santos y se puso a rezar.

No se rendía. Algo dentro de él le empujaba a seguir buscando, a seguir pidiendo, a recorrer caminos donde pudiera implorar por la curación de su hijo.

Un día, por el camino, se encontró con un hombre sentado a la sombra de un árbol leyendo. La serenidad que reflejaba su rostro le llamó la atención, y decidió acercarse.

—Buenos días, buen hombre —le dijo con cierta esperanza—. Con su permiso, ¿podría decirme qué lee con tanta paz?

El hombre levantó la mirada. Tenía una suave sonrisa y una expresión tranquila.

—Leo la Palabra de Dios. En ella encuentro paz y luz para mis problemas. Quizás no siempre los resuelve como yo espero, pero me ayuda a vivirlos sin perder la paz.

Juan Fernando, animado por aquellas palabras, le preguntó:

—¿Y qué evangelio está leyendo?

—El capítulo cuatro, versículos del cuarenta y tres al cincuenta y cuatro, donde Jesús cura al hijo de un funcionario real.

El hombre le acercó la Biblia para que pudiera leerla.

Cuando terminó, el rostro de Juan Fernando parecía iluminado por una paz nueva. Cerró la Biblia, se la devolvió con gratitud y emprendió el camino de regreso a su casa.

Su corazón se había abierto a la confianza en el Señor.

Sabía ahora que Jesús, sin gestos dramáticos, solo con su Palabra, puede transformar la realidad. Una realidad que quizá no siempre coincide con lo que nosotros deseamos, pero que siempre conduce a la verdadera salvación.

domingo, 15 de marzo de 2026

LA PERSONA POR ENCIMA DE LA LEY

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Para León, todo aquel que no cumplía la ley debería ser excluido. Él no entendía la vida de otra manera; su postura era vivir estrictamente de acuerdo con lo mandado.

Por eso, cuando le llegó la noticia de que alguien estaba incumpliendo lo establecido, su reacción fue señalarlo y excluirlo de la sociedad. Era intolerable que esa actitud conviviera con el pueblo.

—No se puede aceptar a alguien que se arrogue el derecho de incumplir las reglas —dijo León dando un fuerte golpe con el puño sobre la mesa. Eso es inadmisible. Por lo tanto, hay que excluirlo.

—Sí, pero primero debemos comprobar los hechos del posible infractor —respondió Guillermo—, no sea que estemos equivocados.

—Claro —dijo León—, todo debe estar bajo la ley.

Todos parecían conformes; sin embargo, se oyó un pequeño murmullo que llamó la atención de León. Estaba algo extrañado, irguió su cuerpo y miró hacia donde procedía el murmullo.

Sin darle tiempo a intervenir, emergió una figura que, levantando los brazos, dijo:

—No estoy de acuerdo con lo que aquí se ha dicho. Es obvio que la ley está para cumplirla, pero por encima de la ley está el bien de la persona.

Ante la mirada furiosa de León y los demás, cuadrando sus hombros y dando un paso hacia delante, Manuel, que así se llamaba quien había hablado, abrió su Biblia y dijo:

—Evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38: En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa enviado)».

Al terminar de leerlo todo, miró con ternura a León y dijo:

—Muchas veces nuestras posturas previas terminan condicionando nuestras conclusiones.

Y levantando los brazos, exclamó:

—¿No nos damos cuenta de que lo que hace Jesús es aliviar el sufrimiento de aquella persona ciega? ¿Es que ponemos el cumplimiento del sábado ante la curación de una persona?

Entonces, llevándose las manos a la cabeza, añadió:

—Lo verdaderamente importante es «que se manifiesta la obra de Dios».

La presencia de Dios busca eliminar el sufrimiento o ayudarnos a vivirlo de otra manera.

sábado, 14 de marzo de 2026

ENALTECIDOS Y HUMILLADOS

Lc 18, 9-14

Con los hombros cuadrados, el cuello alzado y la barbilla hacia delante, Florencio se paseaba seguro de sí mismo. Con cierta ironía y una sonrisa de medio lado, se mofaba de todos aquellos a quienes consideraba débiles y pequeños.

Él era diferente y su fortaleza la sacaba a relucir en todo momento. Se vanagloriaba de sus virtudes y presumía de ser un varón justo, cumplidor de la ley, no como esos, decía, pobres diablos, ladrones y adúlteros que van pidiendo clemencia que no merecen.

En cierta ocasión alardeó de sus capacidades delante de otros que, humildemente, reconocían sus debilidades y sus faltas. Irguió su figura y, con un ademán despreciativo, ignoró a los demás, diciendo:

—Estoy orgulloso de ser diferente de los demás, y de hacer las cosas como deben hacerse, tal cual manda la ley.

Miró a su alrededor y levantando los brazos en señal de triunfo, dijo:

—No hay obstáculo, puedo con todos.  Nada parecido a estos otros que se derrumban ante cualquier dificultad y faltan a las normas más elementales.

En ese momento alguien con cara de enfado y apretando los puños, le miró fijamente y dijo:

—No es buena señal creerse buena persona, pues esa creencia puede alejarnos sin advertirlo de la verdad. Todos, aunque no nos demos cuenta, cometemos errores y faltas.

Florencio apretó los puños y trató de contenerse. No supo qué responder, pero su cara reflejó cierto desconcierto.

Con ternura y paciencia, el señor que había intervenido sacó una Biblia y, mirando con suavidad a Florencio, leyó:

Lc 18, 9-14: En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos…

Dejó de leer y levantando su cabeza miró con cariño a Florencio. Tras unos segundos, continuó:

—Por considerarse justos y despreciar a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro, publicano.

Después de unos segundos de acabar de leer todo el pasaje, dijo:

—La misma vida nos enseña lo que dice el evangelio: el que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Y clavando su mirada en Florencio, añadió:

Porque todos cometemos faltas y tenemos debilidades. Necesitamos de la humildad y de la misericordia.

Florencio, a pesar de su ira, abrió sus puños y empezó a relajarse. Su corazón comenzaba a comprender que todos somos pecadores.

viernes, 13 de marzo de 2026

¿EN QUÉ GASTO EL MAYOR TIEMPO DE MI VIDA?

Con una sonrisa de medio lado, Sebastián se mofaba de todo aquel que no ponía el poder como prioridad en su vida. Para él no había otra cosa: poder, poder y poder.

—¿Crees que con el poder se consigue todo lo que deseas? —le preguntó Servando, uno de sus amigos más cercanos.

—Claro que sí, sin lugar a duda —respondió Sebastián—. Con el poder consigues dinero y todos los objetivos que te propongas. El poder te da la fuerza para lograr tus deseos.

Un momento, levantó la voz Carmelo:

—En mi opinión, no estoy de acuerdo. No todo se puede comprar con el poder y el dinero. El ser humano tiene voluntad. Aunque puedan seducirlo o presionarlo, en su interior sigue siendo libre para decidir.

—Sí, puede oponerse, pero al final, bien o de malas maneras, se hace lo que el poder quiere.

Levantándose y tomando su Biblia en la mano con paciencia y serenidad, Manuel leyó en Mc 12, 28b-34:

—En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Cuando terminó de leer todo el pasaje completo, volvió a sentarse y, mirándolos, añadió:

—Jesús nos habla de la única prioridad necesaria:

 Escuchar a Dios.

Amar a Dios.

Unir dos amores: a Dios y al prójimo.

 De amar a quien está cerca.

Todos quedaron sorprendidos y expectantes con las palabras de Manuel. Verdaderamente, el amor es la fuerza más grande y poderosa del universo.

El amor supera al poder. Aunque parezca más débil, mueve la voluntad y actúa como una fuerza constructiva que impulsa la paz, la unidad familiar y el crecimiento humano.

jueves, 12 de marzo de 2026

EL MAYOR BIEN: LA PAZ

Lc 11, 14-23

Adolfo se extrañaba de todo lo que ocurría a su alrededor. No lograba entender tanta desunión entre unos y otros, de la que nacía tanto mal.

—¿Por qué tanta división, no se dan cuenta de que eso no conduce a nada bueno? —dijo Adolfo con un gran suspiro.

A pesar de estar inmerso en la disputa, todos le observaron con una mirada extraña.

Rodolfo, uno de los líderes, dijo:

—No podemos consentir que estos —refiriéndose a los del grupo enemigo— se salgan con la suya. Son los causantes de todo el mal que hay en el barrio.

—Con estas peleas solo se empeora la convivencia y se rompe la paz del barrio —respondió Adolfo.

Elevando su voz y mostrando sus palmas, añadió.

—No se dan cuenta de que es mejor dialogar razonadamente, buscando acercar posturas. Divididos no se logra nada.

—Estamos de acuerdo —respondió Rodolfo con cierto apuro—, pero con esta gente no hay posibilidad de entablar una conversación tranquila y razonable.

Cuadrándose de hombros, dando un paso hacia delante y con la mirada clavada en ambos grupos, Adolfo abrió su Biblia, levantó los brazos y, llamando la atención de todos, dijo pacientemente:

—En el evangelio de Lc 11, 14-23 se dice: En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios».

Cuando terminó la lectura, y lleno de paz y templanza, añadió:

—El poder no soluciona las diferencias, sino enciende las confrontaciones. Quizás Jesús nos esté llamando a ser claros en nuestro alineamiento con Él y a reconsiderar desde dónde interpretamos la realidad.

El mayor bien es la paz, porque de la paz nacen la verdad, la justicia y el amor misericordioso.

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL SENTIDO DE LA LEY

Mt 5, 17-19

Lo había intentado muchas veces, pero no lograba enderezar su vida. Cipriano era de aquellos que, a pesar de sus errores, luchaban por levantarse y no volver a caer. Sin embargo, sus reiteradas caídas lo arrastraban, poco a poco, a darse por vencido.

Un día, cansado de tanto querer y no poder, se dejó llevar por la desgana. Cogió su coche y se alejó de su pueblo. Quería experimentar nuevas sensaciones y conocer otros lugares.

Recorrió varios pueblos y caminos y, ya algo cansado, se detuvo en la plaza de uno donde la tranquilidad le llamó la atención. Allí, sentado bajo unos árboles, reponía fuerzas.

De pronto reparó en una iglesia que había enfrente. Le extrañó ver a algunas personas entrar y, seducido por la curiosidad, se acercó. Al entrar, comprobó que se celebraba una misa. Sorprendido por la paz que allí se respiraba, tomó asiento en uno de los bancos.

En ese momento el sacerdote leía el Evangelio (Mt 5, 17-19):

—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

Cuando terminó de proclamarlo, hizo el siguiente comentario:

—Jesús viene a anunciarnos el Amor misericordioso de su Padre. No viene a abolir nada, sino a darle cumplimiento, a ayudarnos a descubrir el Espíritu que da vida a la Ley.

Tras unos segundos, añadió:

—Los mandamientos, la Ley, nos ayudan a tratarnos con respeto, con prudencia y con sencillez evangélica. Y esa sencillez la contemplamos en Jesús. Él es nuestra referencia y nuestro ejemplo.

E irguiendo un poco el cuerpo, para dar mayor énfasis a sus palabras, concluyó:

—«El hombre sencillo y recto —como dijo san Juan XXIII—, el que teme al Señor, es siempre el más digno y el más fuerte».

Cipriano se había quedado inmóvil, como si su vida se hubiera detenido por un instante. Su corazón, sereno, sentía gozo y paz. Ahora comprendía que, solo con sus fuerzas, los errores seguían pesando; pero, junto al Señor, la esperanza de ir corrigiéndose —no por su mérito, sino por la gracia de Dios— daba verdadero sentido a su vida.

Se levantó y salió del templo. Era el mismo de antes, pero su manera de ver y entender la vida había cambiado. Ahora todo tenía más sentido y la vida, aunque todavía no estuviera del todo enderezada, estaba llena de esperanza.

martes, 10 de marzo de 2026

SETENTA VECES SIETE

Mt 18, 21-35

La angustia de Juan era insoportable. No lograba conciliar el sueño y las noches se le hacían muy duras. Su figura llamaba la atención por su tristeza hasta el extremo de ser compadecido por sus íntimos amigos.

—No te preocupes, hombre —le decía uno de sus amigos—, todo se arreglará. Ten confianza y paciencia.

—No puedo evitarlo —respondió Juan, compungido y desesperado—. El dolor me supera.

Manuel, que llegaba en ese momento a la terraza, observó la escena y, viendo el abatimiento de Juan, se acercó para animarlo.

—Ánimo, amigo. Nunca debemos perder la esperanza. Todo tiene solución; incluso la muerte no tiene la última palabra.

—Trato de sobreponerme —respondió Juan—, pero la deuda que tengo encima no me deja en paz. No logro apartarla de mi mente y no le veo salida.

Manuel se acercó y, poniéndole la mano sobre el hombro, le preguntó con suavidad:

—¿Se puede saber qué problema te aflige?

Juan levantó la cabeza y, con la mirada perdida, respondió:

—Debo mucho dinero y no puedo pagarlo. Estoy a punto de hacer un disparate.

—Cálmate —le dijo Manuel—. Confía y pide clemencia. No te rindas.

Entonces se sentó a su lado, abrió su Biblia y, con serenidad, leyó:

Evangelio según san Mateo 18, 21-35: En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Al terminar la lectura guardó silencio unos instantes. Permaneció sentado junto a Juan y luego dijo:

—Al perdonar, no solo liberamos a la otra persona; también nos liberamos nosotros del peso del rencor.

Juan levantó la cabeza, enderezó su cuerpo y, lleno de esperanza, se puso en pie con la decisión de enfrentarse a su problema, confiando en alcanzar clemencia y tiempo para saldar su deuda.