| Lc 5, 33-39 |
El Espíritu de Jesús sigue soplando, trayendo novedad e invitándonos a ser valientes y estrenar caminos.
No se te van a pedir tus éxitos, sino el amor que hayas gastado en beneficio de los demás.
| Lc 5, 33-39 |
El Espíritu de Jesús sigue soplando, trayendo novedad e invitándonos a ser valientes y estrenar caminos.
| Mt 9, 14-17 |
Manuel meditaba esta lectura del Evangelio tomando su acostumbrado café. Se preguntaba muchas cosas, pero entendía muy bien que solo en la ausencia del Señor era evidente ayunar. ¿Cómo – asentía él también – vamos a ayunar estando con Jesús? En ese momento su meditación se vio interrumpida con la presencia de Pedro.
Había quedado meridianamente claro. El ayuno es necesario en tiempo de desierto, de desencuentro y de búsqueda. Estando ya en y con Él, todo se vuelve paz, alegría y gozo. La Misericordia de Dios ha nacido, por los méritos de su Hijo – Pasión, muerte y Resurrección – en nuestros corazones. No es momento de ayunar, sino de exultar de alegría, paz y gozo.
Resulta más fácil
y hasta cierto punto más cómodo privarse de algo durante este tiempo cuaresmal
que tratar de vivir en actitud de bondad, misericordia y generosidad. Resulta
más fácil y cómodo cumplir con ciertos ayunos que vivir en una actitud de
servicio, disponibilidad y desprendimiento.
Es evidente que
tanto la privación como la disponibilidad por amor son actitudes de ayuno y
sacrificio, pero al Señor le gusta más la de estar disponible, por amor, al
servicio a quienes lo necesitan. Porque, no se trata de privarte sino de darte.
Es posible que al dar tú te prives. Es ese el verdadero ayuno.
Y un ayuno que se hace desde la voluntad de amar, de servir y de corresponder al amor que recibimos de nuestro Padre Dios. Un ayuno que se vive cada día desde la alegría de estar cooperando en la construcción de un mundo mejor, más justo, verdadero y misericordioso. No se trata, pues, de privarnos sino de darnos y compartir. Es la respuesta a: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13). Y es evidente que eso se hace con gozo y alegría, porque en el dar encontramos esa paz que nos llena precisamente de ese gozo y alegría que llena plenamente nuestra vida.
No hemos recibido
el Espíritu Santo para seguir igual. Todo lo contrario, el Espíritu de Dios nos
invita a abrirnos a una vida nueva. Una vida que, poco a poco, va germinando,
como si de una semilla se tratara, para dar frutos de amor y misericordia.
Porque, para eso ha venido el Hijo de Dios, para transformar nuestros corazones
en corazones – valga la redundancia – de amor y misericordia.
Y ha llegado el
Reino de Dios. ¡Está entre nosotros!, por tanto no podemos ayunar mientras
vivimos injertados en el Señor. Él vive en nosotros y derrama su Gracia en
nuestros corazones de modo que no necesitamos ayunar porque estamos en y con Él.
Otra cosa que en muchos momentos de nuestra vida debamos prepararnos para
fortalecernos ante las seducciones y tentaciones. La oración se fortalece con
el ayuno y también nuestra voluntad se ve reconfortada y fortalecida con la
sobriedad y sacrificio.
Sin embargo, lo
verdaderamente importante es nuestra actitud para estar abiertos al Espíritu
Santo y a la novedad que cada día nos alumbra la Palabra de Dios. Una novedad
cuyo fundamento principal es el amor y la misericordia. Porque, de nada vale el
sacrificio y el ayuno si dejamos a un lado al pobre, al que sufre y al que nada
tiene.
Nuestro principal ayuno es abrirnos a las necesidades de aquellos que sufren y que carecen de lo imprescindible para vivir dignamente. Ese es el vino nuevo que hay que echar al odre nuevo.
Tanto el ayuno
como el desprendimiento de la limosna nos exigen una disponibilidad y desapego
de nuestras propias ambiciones y deseos que el mundo, en el que vivimos, nos
ofrece y nos seduce. La lucha ha de ser constante porque la seducción está viva
dentro de nosotros. La Cuaresma es precisamente tiempo para prepararnos en ese
sentido. Ese es el objetivo, fortalecernos espiritualmente para ser lo que
queremos ser, amor tal y como nos ha propuesto y enseñado Jesús.
Nos preparamos
para esa Semana Grande y Santa donde vivimos la Pasión, muerte y Resurrección
de nuestro Señor y en la que vemos como Él nos ha amado hasta el extremo de
ofrecer y entregar su Vida en una muerte de cruz, por todos nosotros. Y
queremos y deseamos vivir en esa actitud de desprendimiento, de servicio, de
compartir y de ser cada día más amor como lo es nuestro Señor.
Por tanto, dispongámonos a vivir este tiempo cuaresmal de la mejor manera posible. No como un tiempo concreto que empieza y se acaba, sino como un tiempo permanente que se manifiesta y vive durante toda nuestra vida. Eso nos exigirá siempre estar cerca del Señor.
Jesús trae la
novedad, pero no una novedad por moda o porque hay que cambiar, sino una
novedad que renueva lo sin sentido y ritual. El ayuno no es moda ni rito. Dios
no quiere ni nos pide sacrificio sino amor y reconocimiento de su Divinidad
misericordiosa. Dios busca y nos revela su amor misericordioso y, en
consecuencia, nos pide fe en Él y en su bondad. Quiere que despertemos a su
rescate de nuestra dignidad de hijos perdida por el pecado y quiere nuestra
libertad en sintonía con su Voluntad, que es el mejor regalo que podamos
conseguir.
Porque, su
Voluntad es nuestro bien y nuestra felicidad. Es, precisamente, lo que buscamos
aunque sin darnos cuenta y sin advertirlo. Pero, esa
felicidad que anhelamos está escondida en nuestro corazón, pero un corazón
misericordioso y compasivo. Ese es el Corazón de nuestro Padre Dios,
Misericordioso y Compasivo. Por tanto, si queremos acercarnos y ser semejantes
a Dios, a nuestro Padre Dios, tendremos que acercarnos a su Corazón. Tratar de
imitarle en el esfuerzo de hacer de nuestro pobre y pecador corazón un
corazón humilde, misericordioso y compasivo.
Por supuesto, eso
no lo podremos conseguir por nuestra cuenta ni con solo nuestro esfuerzo.
Necesitamos el concurso imprescindible del Espíritu Santo que, para eso, lo
hemos recibido en nuestro Bautismo. Y es ese el verdadero ayuno que nos pide
Dios. Un ayuno sacrificado en hacer su Voluntad. Una Voluntad que en muchos momentos
exigirá eso, abstinencias, renuncias, sacrificios y penitencias. Evidentemente,
no cuando estamos con Él – Novio – sino cuando la oscuridad nos lo quiere
arrebatar.
Hagamos de nuestro corazón un paño nuevo, un odre nuevo para instalar en él un vino nuevo para que quede en él la impronta del Corazón de Jesús..
| Lc 5,33-39 |
—No
solo sentido ni lógica —añadió Manuel.
No puedes estar en dos estados a la vez, triste y festivo; ayuno o abundancia.
Menos aún cuando el Novio está presente. Es evidente que se celebre y las
celebraciones, ¡ya sabemos!, son festivas y con abundancia de comida y bebida.
—Es
lógico —replicó Pedro. Tiempo habrá de ayunar cuando – ausente el Novio – la situación
lo requiera.
La
vida es alegría y esperanza. No se puede vivir en la tristeza porque hemos
nacido para ser felices. Esa es la idea para la que Dios, nuestro Padre nos ha
creado, y a la que, a pesar de vivir en un valle de lágrimas, nuestro destino
es el gozo y la felicidad eterna. Y Jesús, el Novio, ha venido a enseñarnos el
camino. Un Camino, Verdad y Vida a donde, Él, nos guía y conduce. Por eso hay
que seguirle y creer en su Palabra.
Jesús no puede enseñarnos a estar triste aunque, el Camino que Él nos señala tenga muchos momentos de tristeza – la Cruz – porque, Él es la Vida, es la Alegría y Felicidad Eterna. Sin embargo, sí nos enseña a amar. Un amor que muchos momentos de nuestra vida nos exigirá dolor y sufrimiento. Lo experimentamos en nuestras propias familias con nuestros padres e hijos y personas más cercanas. La vida nos enseña que hay momentos de tristeza y alegría.
El
ayuno tiene sentido cuando en él perdemos algo que beneficia a otro. Es de
sentido común sacrificarnos, a costa de menoscabar nuestra seguridad o
bienestar, para ayudar y beneficiar a los que realmente lo necesitan. De modo
que, ayuna por ayunar no tendría sentido, y menos cuando celebramos y tenemos
al Novio con nosotros. Dios no quiere que lo pasemos mal ni que hagamos
sacrificios. Al contrario, quiere misericordia, comprensión y solidaridad con
aquel que necesita del que tiene para vivir con dignidad. Es entonces cuando el
ayuno cobra todo su sentido.
―Me
cuesta entender lo del ayuno ―comentó Pedro. No llego a entender el motivo por
el que hay que mortificarse ayunando y privándote del gozo de un placer.
―El
ayuno tiene sentido ―dijo Manuel― cuando está orientado a hacer algo en favor
de otro. Te mortificas, te privas de algo para fortalecer tu equilibrio y resistir
ante la tentación o conseguir una mejora para alguien necesitado. Ya sea alguna
privación, mortificación o sacrificio.
―Es
decir ―dijo Pedro― ayunar por ayunar no tiene sentido.
―Evidentemente
―respondió Manuel. El ayuno siempre debe ir orientado a un fin que ayude y
mejore a otro. Incluso a ti mismo. No tiene sentido hacerlo cuando no hay
necesidad o está el Novio presente, refiriéndose Jesús a Él. Son momento de alegría
y gozo y, por supuesto, no cabe el ayuno.
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| Mt 9,14-15 |
Nuestra naturaleza está herida. Nacemos con el pecado original y, por tanto, atraídos por nuestra naturaleza humana hacia el mal. ¿Qué es el mal? Pues, sencillamente, esos instintos a satisfacer nuestros egoísmos, nuestras pasiones, nuestras ambiciones y planes que olvidan a los demás sometiéndolos a nuestras satisfacciones y deseos. El mal nos inclina a separarnos, a individualizarnos y a pensar en nosotros tratando indiferente a los demás.
El ayuno significa abstenernos de ese mal y buscar dominar nuestro cuerpo, nuestra mente y corazón poniéndonos en la Voluntad de Dios. En pocas palabras, ayunar significa tratar de cumplir la Voluntad de Dios más que los preceptos y cumplimientos. Si bien, estos son reflejos de lo otro. Es decir, quien cumple la Voluntad de Dios, reza, hace oración y cumplen con los mandamientos de la santa Madre Iglesia. ¿Y cuál es la Voluntad de Dios? Podemos verlo en – Isaías 58, 1-9ª – y sacar nuestras propias conclusiones.
Ahora, es evidente que estando con el Novio – Jesús – no es momento de ayuno, sino de fiesta. Él representa esa Banquete al que hemos sido invitados – Eucaristía – y en donde quedaremos saciados de Vida Eterna. Sin embargo, sabemos por experiencia que hay momentos duros, de vacilación y duda y donde el Maligno se aprovecha para tentarnos y confundirnos. Quizás sea ese el momento de tratar de dominarnos, de fortalecernos, de hacer ayuno tanto corporal como espiritual. Un ayuno de compartir con los más necesitados y más pobres, tanto material como espiritual.
Quizás estemos viviendo unos momentos de persecuciones en los que necesitamos ayunar solidarizándonos con los que sufren guerras ideológicas en las que se quiere secuestrar el mensaje de la Buena Noticia y borrarlo de la humanidad. Quizás sea el momento de un ayuno solidario y comunitario para oponernos a aquellos que, contrarios a la Voluntad de Dios, quieren construir un orden nuevo según su voluntad mostrándose indiferente a la Voluntad de Dios. Ese es el significado de la cuaresma, oración, ayuno y limosna. Observamos que las tres cosas, de las que el mundo carece, hacen mucha falta. La pregunta es, ¿qué podemos hacer nosotros.

La diferencia y el cambio que existe entre el Antiguo Testamento y el Nuevo están en la venida de Jesús, el Hijo de Dios. El Mesías prometido. Con Él se inaugura el Reino de Dios; con Él ha llegado el Reino de Dios que, desde ese momento, está entre nosotros. Porque, Jesús es el Reino de Dios, es el Mesías, enviado por el Padre a restaurar el Reino de Dios en este mundo.
Esa cambio trae la novedad del significado del ayuno, que deja de ser meritorio e impuesto – por los judíos – para pedir la llegada del Reino de Dios, porque ya está entre nosotros. Ya no tiene sentido, está con Jesús entre nosotros, vive entre nosotros y nos anuncia esa Buena Noticia del Amor Misericordioso de Dios Padre.
Y es lógico y de sentido común: Mientras está el Mesías, el Salvador, el Esposo con sus amigos, ¿cómo van a ayunar los amigos? Ahora, otra cosa será el día que falte y no esté con sus amigos, será, entonces, necesario hacer ayuno. Y así lo manda la Iglesia en algunos días concreto – Miércoles de ceniza y Viernes santo – pero no para mover a Dios en su favor, pues, Dios, ya en el Hijo, nos anuncia que nos ama con locura, y le envía para rescatarnos del pecado y liberarnos de la esclavitud a la que nos somete, dándonos la Gracia y Fortaleza de corresponder a ese Amor Infinito y Misericordioso que Dios, nuestro Padre, nos ofrece gratuitamente.
Ahora, nuestra relación con Dios pasa por Jesús. Él es nuestro camino y llegamos a Dios por Jesús. Es el Salvador que por los méritos de su Pasión y Muerte nos libera del pecado y gana – por sus Méritos – la Misericordia de Dios y nuestra dignidad de hijos. Se rompen las antiguas tradiciones expresadas en las metáforas paños viejos y nuevos u odres nuevos y viejos. Jesús el Dios encarnado y hecho hombre viene para perfeccionar la Ley y mostrarnos el verdadero y único Camino, Verdad y Vida que nos lleva a la salvación eterna
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| Lc 5,33-39 |
La vida nos enseña que cada cosa tiene su tiempo. Hay tiempo para la alegría, la fiesta, el comer y beber, y, también, hay tiempo donde nos toca llorar, sufrir y ayunar. Es la experiencia que tenemos en nuestras familias y en nuestro mundo. La gran diferencia es que nosotros estaremos siempre con el Novio. En la alegría y también en el ayuno. Esa es la cuestión.
Sabemos, por la vida misma, que llegarán días de fiesta, pero, tambíén días de tristeza, dolor y sufrimiento. Sabemos que llegará nuestra hora y el momento de partir a ese otro mundo donde Jesús nos prepara una morada, porque, nos ha dicho: -Jn 14,2 - En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para vosotros.
Cuando nos toca disfrutar y vivir momentos de alegría, de regocijo y satisfacción debemos vivirlos - valga la redundancia - con entusiasmo y exultar de paz y alegría. El Señor está siempre con nosotros y, con nosotros vive nuestras alegría y también nuestras penas. Cada cosa a su tiempo.
Sabemos que nuestra vida tendrá su dolor y su propio momento de pasión. La experiencia la vivimos en carne propia dentro de nuestras propias familias. Se han ido nuestros abuelos, nuestros padres y, precisamente en esos momentos hemos soportados días de llanto, de ayuno y dolor. Han venido etapas de carencias, de sufrimientos y hemos ayunado y perseverados en la oración. Pero, a pesar de todo, también sabemos que siempre el Novio está y estará con nosotros.
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| Lc 5,33-39 |
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| Mc 2,18-22 |
| Mt 9,14-15 |
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| (Lc 5,33-39) |
| (Mt 9,14-17) |