jueves, 6 de agosto de 2026

UN PARENTESIS NECESARIO

Mt 17, 1-9

—Soy consciente —decía Pedro— de la necesidad que todos debemos tener de un “aparte” donde encontrarnos con nosotros mismos.

Fernando, con cara de extrañado y sin dejar de mirarle, dijo:

—¿Qué quieres decir con un “aparte”?

Pedro, sin apenas inmutarse, respondió:

—Quiero decir que necesitamos buscar espacios de silencio donde podamos reflexionar sobre quiénes somos, hacia dónde vamos y cómo nos estamos preparando…

Tras unos breves segundos, añadió:

—Y buscar el verdadero sentido de nuestras cruces… Porque todos, queramos o no, las encontraremos.

Fernando frunció el ceño y preocupado preguntó:

—¿Por qué nos hablas de cruces? ¿Acaso son necesarias?

Manuel, que ya llevaba un buen rato allí y había oído la propuesta de Pedro. Levantó la mano y dijo:

—No es necesario citarlas, están implícitas en nuestra vida.

Le miró con ternura y añadió:

—La vida pasa inevitablemente por la cruz. Está a la hora de tu nacimiento, en tu crecimiento, en tu desarrollo, en tu formación y en tus encuentros de cada día.

Hizo una pausa, y mostrando en la Biblia el evangelio de Mt 17, 1-9, comentó:

—Jesús, transfigurado en el Tabor, quiso mostrar a sus discípulos su Gloria, no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde llevarla.

Y levantado los brazos, agregó:

—Toda nuestra vida está llena de cruces a las que tenemos que sobreponernos. Cruces que nos producen cansancio, rutina, desánimos, enfermedades, confrontaciones, diferencias… y muerte.

Guardó un breve silencio y, con mucha suavidad, concluyó:

—Pero, agarrados al Señor, esas cruces serán la puerta de nuestra salvación eterna.

Se había comprendido: la cruz no es el final del camino, sino el sendero que conduce a la verdadera felicidad. 

Ese fue el “aparte” que Jesús buscó en el Tabor para enseñar a sus discípulos que, después de la cruz, llega siempre la gloria de la Resurrección. Y ese es el “aparte” que también nosotros necesitamos nuestro propio Tabor donde encontrarnos con el Señor.

Moisés y Elías eran el signo de esa esperanza que Dios tenía preparada.