| Mt 13, 18-23 |
Tu vida dependerá del cuidado que prestes a tu corazón. De la misma forma que una buena tierra se estropea si no recibe la atención necesaria, también tu corazón puede deteriorarse si no se le presta la debida vigilancia.
Armando, que atendía con gran interés, levantó la mano y preguntó.
—¿A qué cuidado se refiere cuando habla de atender al corazón?
Manuel, fijando los ojos en él, respondió.
—A distinguir el mal del bien y a limpiarlo de esas malas hierbas que impiden crecer a las buenas.
Giró la cabeza y, mirando a todos, añadió.
—Todo dependerá de tu trabajo y esfuerzo. No esperes que
Hizo una pausa, elevó los brazos y, con voz firme, agregó.
—Pon lo que se te ha dado y esmérate en mantener tu corazón limpio de esa mala cizaña que ahoga tus buenas intenciones.
Armando comprendió a lo que se refería Manuel y
Somos de todo: veredas, pedregales, sin raíces, volubles, zarzales, apasionados, seducidos, deslumbrados… y hasta tierra buena y fértil.
Cada uno de nosotros tiene la capacidad de ser esa tierra fértil, de acoger la palabra con profundidad y permitir que germinen esas semillas buenas… sembradas abundantemente.
La clave está en nuestra disposición, disponibilidad y apertura a acoger la Palabra desde la profundidad del corazón y dar frutos que sirvan al bien del mundo.
Pero esos frutos no surgen de ciencia infusa; será ingenuo pensar que todo lo hace Dios y que a nosotros nos toca simplemente disfrutar.
Jesús nos invita a poner de nuestra parte, a trabajar nuestra pequeña parcela, a retirar las piedras de la inconstancia y las zarzas del egoísmo y del materialismo, para que la tierra buena del Reino vaya extendiéndose en nosotros y a través de nosotros.