| Lc 4, 31-37 |
Llama la atención la reacción de aquellos contemporáneos de Jesús al quedarse asombrados de sus enseñanzas porque su palabra estaba llena de autoridad.
La reciente visita del papa León XIV a España y, muy especialmente, sus palabras, nacidas de la Verdad del Evangelio, no han dejado a nadie indiferente.
Y es que hay autoridad que obliga simplemente a actuar como se te indica y autoridad que nos convence no solo por las palabras, sino por el ejemplo de quien la ejerce. Y así es la de Jesús en el Evangelio.
No se tiene autoridad simplemente por hablar. No es solo una forma elocuente de hablar, sino una fuerza efectiva que se manifestaba en hechos.
Jesús no necesitaba apelar a fuentes externas; hablaba con la fuerza directa de Dios y desde su propia identidad como Hijo.
Inmediatamente después del discurso, Jesús ordena al espíritu inmundo: «¡Cállate y sal de él!», y el demonio obedece al instante.
Su palabra no se limitaba a teorías, sino que restablecía la libertad, la salud y el orden allí donde reinaba el caos del mal.
Levantándose y abriendo la Biblia, Manuel leyó:
—Del santo evangelio según san Lucas 4, 31-37: En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Hizo una pausa, tomó asiento y continuó:
—Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz: «¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Guardó unos segundos y prosiguió:
—Pero Jesús le increpó diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
De nuevo, Manuel se levantó y, alzando la voz, dijo:
—Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: «¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen». Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.
El Señor no deja a nadie indiferente. Dios se hace presente no solo en sus Palabras, sino en toda su vida.
Contra él nada ni nadie puede. Ni aun los espíritus malignos, esos que minaban la vida de aquel hombre de la sinagoga y de tantas y tantas personas que experimentan el mal en su vida y en la de tantos que les rodean.