| Mt 16, 13-20 |
A la hora de identificar a alguien, nos surgen muchas dudas. Y, también, surgirán muchas opiniones.
La gente que lo conoce dará una opinión con la que podemos estar o no de acuerdo. Otros, que están más cerca, tendrán la suya propia, y otra será la que sale de lo más profundo de su corazón.
¿Con cuál de las tres me quedo? —preguntó Manuel a los tertulianos.
Tras un breve silencio, Pedro levantó la mano y respondió:
—Lo que dicen los demás puede orientarte, pero nada sustituye a la experiencia personal».
Manuel lo miró con cierta duda y comentó:
—Estoy del todo de acuerdo en que la opinión más válida e importante es la tuya propia…
Hizo una pausa y añadió:
—Pero la verdadera respuesta nace del encuentro personal desde la buena intención, pero también de la escucha, de la fe y de la búsqueda de la verdad… Si es consecuencia de la capacidad persuasiva de lo que piensan otros, tu opinión está manipulada y carece de valor.
Muchos hicieron un gesto aprobando lo que Manuel había dicho. Sin embargo, otros mostraban su disconformidad. Había opiniones de todos los gustos.
Manuel tomó en las manos la Biblia, la abrió por Mt 16, 13-20, y sin más, leyó:
—Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas».
Hizo una breve pausa, los miró con ternura y siguió:
—Él les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Guardó unos segundos de silencio y con voz firme y despacio, dijo:
—Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Se les quedó fijamente mirándolos, y concluyó:
—Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.
La cuestión es que cada cual se plantee y busque su opinión desde una experiencia personal venida de su quehacer cotidiano: el trabajo, la familia, los problemas de salud, el tráfico, la escuela, los servicios sanitarios, etc. Pero, siempre apoyado y abierto a la acción del Espíritu Santo.
Confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, cambia el rumbo de nuestra vida.