| Mt 9, 32-38 |
Después de una gran experiencia, muchos nos admiramos y hasta, por unos días, nos interrogamos y nos proponemos cambiar. Pero, luego, en el trajín diario de cada día, todo pasa y solo queda el recuerdo de habernos emocionado.
Recuerdo que decía un amigo que muchas personas, tras un viaje a los lugares santos o vivir una convivencia religiosa, se cuestionaban su manera de vivir o su forma de pensar de otra manera.
Incluso llegaban a proponerse algún compromiso. Pero todo quedaba en eso; pasado un tiempo la fruta no maduraba; seguía verde.
—¿Tienes idea, Manuel, a qué se debe esa forma de responder? —dijo Pedro algo desorientado.
Manuel, mirándole y encogiéndose de hombros, recordó la parábola del sembrador (Mt 13, 1-23) y respondió.
—Supongo que esa experiencia no ha sido lo suficientemente profunda para echar raíces…
Guardó un breve silencio y, contemplando su cara perpleja, añadió.
—Las emociones afloran con facilidad y pueden hacernos creer que han llegado al corazón; pero la realidad es otra…
Le miró con convencimiento y agregó.
—Necesita tiempo para madurar, para perseverar y para, a pesar de los contratiempos, sostenerse firme.
Hizo una pausa. Bebió agua y esperó alguna pregunta. Al tener como respuesta silencio, decidió continuar.
—En muchas ocasiones nos quedamos en la admiración y, para excusar nuestra pasividad, terminamos rechazando aquello que antes habíamos admirado.
Abrió la Biblia y dijo.
—Es lo que sucedió en este evangelio de Mt 9, 32-38; muchos se admiraron de lo que hizo Jesús, pero otros se justificaron diciendo que actuaba con el poder de los demonios.
Entonces, cerró la Biblia con golpe brusco y, llamando la atención, agregó.
—¿Estamos nosotros en esa actitud?
Pedro y los demás, desviando las miradas, permanecieron en silencio. Manuel, comprendió lo que pasaba por sus corazones y concluyó.
—Jesús termina ese evangelio pidiendo que roguemos al Señor de la mies —nuestro Padre Dios— que envíe trabajadores a su mies.
Nadie dijo nada. El silencio hablaba por sí solo.