viernes, 24 de abril de 2026

EL ALIMENTO QUE SOSTIENE Y TRANSFORMA

Jn 6, 52-59

Cuando te propones mantener una línea determinada en tu conducta diaria, experimentas que eso te exige disciplina y voluntad.

Entonces observas que sostenerte firme no es cosa fácil y que necesitas ayuda para permanecer fiel a tu propósito.

Cada día trae nuevas experiencias que a veces se tornan alegrías y otras tristezas.

El camino de la vida está plagado de llanuras, pero también de montañas, y nuestra marca debe estar proporcionada a cada dificultad.

Mientras se debatía en esos pensamientos, Emeterio degustaba su café en la terraza de Santiago.

Llevaba un buen rato cuando, sin advertirlo, oyó un saludo que le sacó de su reflexión.

—Buenos días, amigo Emeterio —le saludó Manuel—. 

Llegaba en ese momento a la terraza.

Dándose la vuelta, encontró la cara de Manuel que le sonreía.

—Buenos días, Manuel —respondió alegremente—, me alegro de verte.

Ambos amigos se dieron un fuerte abrazo.

—¿Cómo te encuentras? —dijo Manuel—. Hace tiempo que no venías por aquí.

—Sí, es verdad —respondió Emeterio—, a veces por una cosa y otra por otras, pasa el tiempo y no tengo la hermosa oportunidad de tomarme un café en esta estupenda terraza.

Permaneció unos breves segundos mirando a Manuel y continuó.

—Oyes, Manuel, estos últimos días he estado pensando que la vida reclama firmeza y voluntad. Sin esfuerzos no consigues nada.

—Así es, querido amigo —respondió Manuel—, firmeza y voluntad son imprescindibles para conseguir tus metas propuestas.

Algo pensativo y confuso, Emeterio le preguntó:

—Pero, cuando tus fuerzas desfallecen y tu voluntad empieza a resquebrajarse, ¿qué haces?

Manuel le miró compasivamente y levantando la cabeza al cielo, le dijo:

—Buscar a quien nunca desfallece. Alimentarte de su fuerza y voluntad y apoyarte en él para renovar tu energía y seguir tu camino.

Asombrado y extrañado, con los ojos fijos en él, exclamó:

—Pero ¿de quién me hablas? —preguntó Emeterio—. ¿Acaso hay alguien en quien me pueda apoyar para recobrar mis fuerzas y voluntad?

—Si no lo hubiera, no te lo propondría —respondió Manuel.

Entonces, puso la Biblia sobre la mesa y le dijo:

—En el evangelio de Jn 6, 52-59, Jesús se nos ofrece como el alimento necesario para poder seguirle. Sus palabras nos lo dejan claro: «En verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.»

Hizo una pausa, observó su expresión de asombro y añadió:

—«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.»

Emeterio se quedó sin palabras. No esperaba esta respuesta de Manuel. Sin embargo, tras unos minutos su rostro fue cambiando.

Ahora tenía alguien a quien acudir.

Comer tu carne y beber tu sangre, Señor, se convierte en intimidad y unión contigo para transformarnos en aquello que nos nutre, ser como Tú.