| Jn 13, 16-20 |
Federico era tomado por el bobo del grupo. Todos, cuando tenían algún problema, recurrían a él para que se lo solucionara. Y la mayoría de las veces lo lograba.
No era considerado bobo en el sentido léxico de la palabra, sino porque estaba disponible para todos, incluso para aquellos que luego le faltaban al respeto.
Federico, aun sin darse cuenta, expresaba su amor haciéndose disponible a todos, amigos o enemigos.
Y eso el mundo —ni siquiera sus propios amigos— lo entendía.
En la tertulia se había montado una discusión sobre eso.
Florencio, uno de los más activos, dijo:
—La vida es de aquellos que saben dar y recibir. Pero solo triunfan los que reciben más que lo que dan.
Rogelio, poniendo cara de disconformidad, se levantó y expuso:
—A eso le llamo yo aprovecharse. No es justo recibir más de lo que das. Lo justo sería equiparar ambas cosas.
Pedro, observando lo que se planteaba, introdujo otra visión del asunto.
—Desde esa visión de la que ustedes hablan, yo no logro entender cómo los padres dan todo, y gratuitamente, por sus hijos.
Todos se quedaron perplejos. Algunos fruncieron el ceño; otros quedaron extrañados, sin saber qué decir.
Entonces, Manuel, que había presenciado toda la discusión, levantó el brazo, pidió calma y dijo:
—Hay una palabra que explica todo lo que a ustedes les parece imposible de entender.
Hizo una pausa, bebió un poco de agua y, poniendo la Biblia sobre la mesa, dijo:
—El amor lo explica todo.
Abrió la Biblia por Juan 13, 16-20 y leyó:
—Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía.
Al terminar de leer todo el pasaje evangélico, y con una mirada compasiva y cariñosa, puso los ojos en todos y concluyó:
—Amar es ponerse a los pies. Amar es tratar con cuidado. Amar es servir, acoger, ponerse a la altura del otro…
Hizo una breve pausa y añadió:
—Incluso, si hace falta, literalmente a sus pies, para que el otro se sienta importante.
No hubo nadie que levantara la voz. Muchos, conscientes de sus actos, agacharon la cabeza; otros, avergonzados, escondieron su rosto.
Manuel, con suavidad y ternura, concluyó:
—Eso es lo que ha estado haciendo Federico. Cada uno de sus actos ha sido una verdadera obra de amor. Algo que este mundo todavía no ha entendido.
Levantó los ojos, como buscando algo más allá de todos, y susurró:
—Porque, si lo hubiera entendido… el mundo ya sería un remanso de paz.