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(Mt 9,14-17) |
Sería absurdo y contradictorio infringirse sacrificios y mortificaciones cuando lo que buscamos, porque está inscrito en nuestro corazón, es la felicidad y el gozo de sentirnos bien y en paz con nosotros mismos y con los demás. Ese es el deseo de nuestro Padre Dios, y todo lo que no sea paz y amor sería sufrimiento. Por eso buscamos al Señor, porque Él nos ofrece y nos da su Paz y su Amor.
Ayunar sería, entonces, buscar esa paz en el amor solidario a los demás. Sería descubrir en la renuncia de mi propio ego la caridad a satisfacer las carencias o privaciones primarias y necesarias de los demás. Ayunar sería entregarme y darme, por el Amor del Señor vivo en mí, al amor de los demás. Algo que está presente y muy vivo en la vivencia diaria de la Iglesia.
Y eso está y radica el criterio y secreto del ayuno. Se trata de renunciar o privarme, y quizás, mortificarme por un compromiso de amor a los demás. Nuestra alegría se hace verdadera alegría cuando nuestro gozo se mezcla y se confunde con el gozo de los demás. En esa medida, la alegría del mundo es también nuestra alegría.
Convierte Señor mi duro y egoísta corazón en un corazón suave, bondadoso y entregado por amor. Amén.