| Mt 11, 2-11 |
De repente, como si despertara de un largo silencio, Sebastián levantó
la cabeza y dejó escapar el pensamiento que llevaba atrapado en su interior.
—No entiendo cómo el
mundo se obstina en cerrar los ojos a la verdad —dijo, con cierto desasosiego.
Pedro, sorprendido, se volvió hacia él y preguntó:
—¿Por qué dices eso? ¿Acaso sabes tú lo que realmente piensa el mundo?
—Por sus obras los conocerán —respondió Sebastián—. Rechazan todo lo
bueno que hace tanta gente en nombre de la Iglesia: en los hospitales, con los
enfermos, con los pobres, los lisiados, y con tantas personas excluidas y
abandonadas.
Manuel, que escuchaba atento, no pudo contenerse. Con un gesto de
satisfacción, comentó:
—Tienes mucha razón. La
Iglesia hace una labor impresionante en nombre del Señor. Esa es, precisamente,
la respuesta de Jesús cuando los discípulos de Juan le preguntan si Él era el
Mesías que había de venir (Mt 11, 2-11).
El rostro de Sebastián se iluminó con una hermosa sonrisa. Impulsado por
las palabras de Manuel, añadió:
—Siempre, a pesar de mis
dudas y confusiones, he pensado que Juan Bautista fue el gran precursor, el que
nos señala la llegada del Reino de Dios.
Entonces Manuel, tomando la Biblia entre sus manos, prosiguió con voz
firme:
—En ese evangelio Jesús
concluye ensalzando a Juan con estas palabras: “En verdad les digo que no ha
nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en
el Reino de los cielos es más grande que él”.
Aquellas palabras
despertaron en Sebastián una renovada fe y una profunda esperanza en Jesús.
Sí, pensó: “«Verdaderamente este es el Hijo de Dios. El
Mesías que había de venir.»”
Quizá también nosotros,
como Juan, nos confundimos. Esperamos un Mesías que imparta justicia
implacable, que castigue a los opresores, que haga caer a los injustos. Pero
Jesús no viene así. Él es un Mesías de amor y misericordia, de paz y perdón. Su
fuerza es la compasión.
La tertulia tomó
conciencia de la inmensa labor que realiza la Iglesia: una labor callada,
cotidiana y a menudo desconocida; de atención, cuidado, ayuda y acompañamiento
de los enfermos, los pobres y los olvidados.
Esa fue la obra de
Jesús: una llamada constante al amor y la misericordia hacia los más humildes.