domingo, 14 de diciembre de 2025

… Y LOS POBRES SON EVANGELIZADOS

Mt 11, 2-11

   De repente, como si despertara de un largo silencio, Sebastián levantó la cabeza y dejó escapar el pensamiento que llevaba atrapado en su interior.

   —No entiendo cómo el mundo se obstina en cerrar los ojos a la verdad —dijo, con cierto desasosiego.
    
    Pedro, sorprendido, se volvió hacia él y preguntó:

   —¿Por qué dices eso? ¿Acaso sabes tú lo que realmente piensa el mundo?
  —Por sus obras los conocerán —respondió Sebastián—. Rechazan todo lo bueno que hace tanta gente en nombre de la Iglesia: en los hospitales, con los enfermos, con los pobres, los lisiados, y con tantas personas excluidas y abandonadas.

    Manuel, que escuchaba atento, no pudo contenerse. Con un gesto de satisfacción, comentó:

   —Tienes mucha razón. La Iglesia hace una labor impresionante en nombre del Señor. Esa es, precisamente, la respuesta de Jesús cuando los discípulos de Juan le preguntan si Él era el Mesías que había de venir (Mt 11, 2-11).

   El rostro de Sebastián se iluminó con una hermosa sonrisa. Impulsado por las palabras de Manuel, añadió:

   —Siempre, a pesar de mis dudas y confusiones, he pensado que Juan Bautista fue el gran precursor, el que nos señala la llegada del Reino de Dios.

Entonces Manuel, tomando la Biblia entre sus manos, prosiguió con voz firme:

   —En ese evangelio Jesús concluye ensalzando a Juan con estas palabras: “En verdad les digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”.

    Aquellas palabras despertaron en Sebastián una renovada fe y una profunda esperanza en Jesús.

    Sí, pensó: «Verdaderamente este es el Hijo de Dios. El Mesías que había de venir.»

   Quizá también nosotros, como Juan, nos confundimos. Esperamos un Mesías que imparta justicia implacable, que castigue a los opresores, que haga caer a los injustos. Pero Jesús no viene así. Él es un Mesías de amor y misericordia, de paz y perdón. Su fuerza es la compasión.

    La tertulia tomó conciencia de la inmensa labor que realiza la Iglesia: una labor callada, cotidiana y a menudo desconocida; de atención, cuidado, ayuda y acompañamiento de los enfermos, los pobres y los olvidados.

    Esa fue la obra de Jesús: una llamada constante al amor y la misericordia hacia los más humildes.