| Mt 18, 21-35 |
La angustia de Juan era insoportable. No lograba conciliar el sueño y las noches se le hacían muy duras. Su figura llamaba la atención por su tristeza hasta el extremo de ser compadecido por sus íntimos amigos.
—No te preocupes, hombre —le decía uno de sus amigos—, todo se arreglará. Ten confianza y paciencia.
—No puedo evitarlo —respondió Juan, compungido y desesperado—. El dolor me supera.
Manuel, que llegaba en ese momento a la terraza, observó la escena y, viendo el abatimiento de Juan, se acercó para animarlo.
—Ánimo, amigo. Nunca debemos perder la esperanza. Todo tiene solución; incluso la muerte no tiene la última palabra.
—Trato de sobreponerme —respondió Juan—, pero la deuda que tengo encima no me deja en paz. No logro apartarla de mi mente y no le veo salida.
Manuel se acercó y, poniéndole la mano sobre el hombro, le preguntó con suavidad:
—¿Se puede saber qué problema te aflige?
Juan levantó la cabeza y, con la mirada perdida, respondió:
—Debo mucho dinero y no puedo pagarlo. Estoy a punto de hacer un disparate.
—Cálmate —le dijo Manuel—. Confía y pide clemencia. No te rindas.
Entonces se sentó a su lado, abrió su Biblia y, con serenidad, leyó:
Evangelio según san Mateo 18, 21-35: En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Al terminar la lectura guardó silencio unos instantes. Permaneció sentado junto a Juan y luego dijo:
—Al perdonar, no solo liberamos a la otra persona; también nos liberamos nosotros del peso del rencor.
Juan levantó la cabeza, enderezó su cuerpo y, lleno de esperanza, se puso en pie con la decisión de enfrentarse a su problema, confiando en alcanzar clemencia y tiempo para saldar su deuda.
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