| Lc 24, 35-48 |
—La consecuencia de la resurrección es la de convertirnos en cómplices del Espíritu —decía Manuel a varios tertulianos que se habían congregado en la terraza de Santiago esta mañana.
—¿Me quieres explicar qué es eso de “cómplices del Espíritu”? —dijo Ambrosio— con el ceño fruncido.
Entonces Manuel dio un paso adelante y, con una expresión serena y de gran firmeza, le dijo:
—Desde el momento de la Resurrección de Jesús, nuestra vida queda sustentada y apoyada en Él. Y será el Espíritu Santo quien nos iluminará y nos dará la fortaleza y valentía para dar testimonio de su Palabra.
Miró fijamente a todos y, con gran ternura, añadió:
—Desde ese momento, nuestra vida empieza a respirar mansedumbre y servicio. Es una paz que nace de la conciencia de haber actuado con justicia y amor, con los demás y uno mismo.
Entonces, mirando al cielo, clamó con voz gozosa:
—Y todo eso se hace posible porque nos abrimos a la acción del Espíritu Santo. De modo que sin Él, no podemos hacer la Voluntad de Dios.
El rostro de Ambrosio cambió de fruncido a plácido y gozoso. Reflejaba que ya había comprendido esa complicidad que ahora todos tendremos si nos abrimos a la acción del Espíritu Santo.
Y es que desde la hora de nuestro bautismo el Espíritu Santo habita en nosotros. A partir de ahí, dependerá de cada uno que le abramos la puerta de nuestro corazón para que pueda actuar y transformarnos.