| Mc 4, 21-25 |
A pesar de que él lo ignoraba, Ignacio daba siempre un buen ejemplo con su actitud humilde, abierta y disponible a hacer el bien. Todos, aunque lo ocultaban, consideraban su bien hacer y le tenían gran estima.
Por el contrario, Basilio, su vecino, escondía malas intenciones y, aunque trataba de aparentar lo que no era, transmitía confusión, inseguridad y egoísmo.
Todos se daban cuenta de la diferencia que existía entre lo que hacía Ignacio y lo que presentaba Basilio. Mientras el primero dejaba pasar la luz nítida y agradable, el otro llenaba el ambiente de oscuridad y tiniebla.
Con esta historia, Manuel presentó a la tertulia la siguiente pregunta:
—¿Quiénes de estos dos supuestos personajes piensan ustedes que alumbran con los actos de su vida a los demás?
Tras una breve deliberación, contestaron:
—Creemos que el primero —respondieron todos.
Manuel guardó unos segundos de silencio. Mirándolos con ternura y cariño, puntualizó:
—Sí, no cabe duda de que con los buenos actos alumbras el bien, pero no todo se queda ahí.
Dejó de hablar y, sorprendido por sus caras de asombro y perplejidad ante su respuesta, dijo con serenidad y firmeza:
—Lo importante es responder a ese don de la fe recibido y, consciente de ello, transmitir la luz del Evangelio que transforma, sana y garantiza la salvación a quien lo acoge.
Todos comprendieron que nuestra santidad no es simplemente nuestras buenas obras, sino la disposición del corazón que nos hace humildes y niños en brazos de Dios, conscientes de nuestras flaquezas y confiados en la acción del Espíritu Santo.