Quizás muchos de nosotros, posiblemente sin darnos cuenta, pensamos muy parecido a los sumos sacerdotes y fariseo del tiempo de Jesús. No creemos que Jesús sea el Mesías, ni el Hijo de Dios, y menos el enviado a anunciarnos el Amor y la Misericordia de Dios.
Igual decimos que creemos, y, de vez en cuando, vamos a misa, pero ese Dios en
el que decimos que creemos no se corresponde con el que nos anuncia Jesús, y
menos del que Él nos habla. Es un dios creado por nosotros y conforme a
nuestros intereses, pensamientos y formas de ver e interpretar nuestra vida.
Sin embargo, nos
gusta y nos parece bien como habla Jesús. Incluso, estamos de acuerdo en todo
lo que dice, hasta el extremo de coincidir y pensar que sin su Palabra, este mundo
pierde el norte y el rumbo de la libertad, los derechos y valores que hemos heredado
de la ley natural. Pero, su xenofobia y creencias les traicionan. No admiten
que un galileo venga a ahora a ser la esperanza y promesa que ellos esperan. Y
eso les vendan sus ojos y les acalla su conciencia.
Sin embargo, no
sucede lo mismo con Nicodemo, un fariseo que si trata de escuchar y de
responder a su conciencia. Pide y piensan que hay que escuchar a Jesús y tratar
de ver y entender que es lo que dice. También hoy, por la Gracia de Dios, hay
muchas personas que se acercan a Jesús, a su Palabra y tratan de escucharla y
vivirla. Y en esos estamos todos los que creemos en Él y tratamos de anunciar
esa Buena Noticia.