| Mc 1, 14-20 |
Era algo temprano y se
decidió a salir. Pensaba que un buen paseo le tranquilizaría y calmaría sus
nervios. Echó a andar a paso ligero y su respiración acelerada le marcaba el
paso. Trataba de despejar su mente y cansar su corazón.
Llevaba una hora con
este trote cuando decidió descansar al pasar por una terraza. El olor al buen
café y unas cómodas sillas le tentaron.
Al cabo de un breve
rato. Gustavo volvió su cabeza ante las voces que le llegaban del otro lado de
la terraza. Observó que un grupo de personas dialogaban sobre la inquietud de
una realidad compleja, triste, que nos afecta… guerras, violaciones y matanzas
que no parecen importar mucho al mundo en general que nos rodea.
La conclusión era
evidente: el mundo, según los acontecimientos, iba a peor cuando lo esperado
era que mejorara y hubiese paz y concordia.
Entonces, Manuel, que
seguía el debate atento, decidió intervenir y poner el punto sobre la i.
—Es una realidad que el
mundo va para atrás cuando todos pensamos que mejoraría, pero la triste
realidad es que es el resultado de haber dado la espalda a Dios.
Muchos pusieron cara de
extrañeza, como que discrepaban un poco. Otros se sonrieron irónicamente, y
algunos guardaron silencio.
Entonces Manuel, levantando una de sus manos y señalando el Evangelio de
Marcos 1, 14-20, leyó:
Después de
que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de
Dios. Decía: «Se ha
cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios, convertíos y creed en el
Evangelio» …
Al terminar, miró con ternura a los tertulianos y cariñosamente dijo:
—La vida se nos va casi
sin darnos cuenta, pero la vida es un don del infinito amor de Dios, y es
también el tiempo de verificación de nuestro amor por Él.
En ese momento, Gustavo,
que había pasado todo ese rato escuchando con mucha atención, se sobresaltó
interiormente. Su inquietud se transformó en serenidad al oír las palabras con
las que Manuel concluía su intervención:
—Por eso, cada momento,
cada instante de nuestra existencia es un tiempo precioso para amar a Dios y
para amar al prójimo, y así entrar en la vida eterna. Estoy seguro de que todos
coincidiremos en que el mundo cambiaría a mejor.
El silencio daba la
razón a Manuel. Las miradas hablaban por sí solas. Y resonaban esas hermosas
palabras que Jesús dijo a Simón y Andrés: «Vengan en pos de mí y les haré pescadores de
hombres».