Juan no estaba conforme con el cumplimiento mandado. Sentía que el compromiso no consistía solo en obedecer leyes, sino en procurar que fueran justas, sobre todo con los más vulnerables.
Todo parecía normal, correcto… y, sin embargo, algo dentro de él se resistía. Percibía que la justicia no era igual para todos ni se aplicaba del mismo modo.
Se descubría atrapado por su propia comodidad. No quería complicarse con los problemas ajenos. Deseaba vivir tranquilo, sin cargas, sin dolores prestados. Y esa era su lucha diaria: comprobar que muchas veces no era dueño de sí mismo.
«No soy libre» —pensó, con tristeza.
Algo inquieto, salió a caminar. Buscaba silencio para mirarse por dentro. Al cabo de un rato, cansado, se sentó en una mesa y pidió una infusión. Necesitaba serenarse.
Mientras esperaba, escuchó a un grupo de hombres que conversaban con seriedad.
—El ayuno adquiere su verdadero sentido cuando se une a la justicia, cuando nace de una relación profunda con Dios y se acompaña de compasión hacia quien sufre —decía Manuel.
Los ojos de Juan se iluminaron. Algo dentro de él despertó.
«Claro» —se dijo— nuestros actos no pueden quedarse en ritos externos; deben llevarnos a comprender la realidad y comprometernos con ella.
Comprendió entonces que la Cuaresma no es solo oración, ayuno y limosna, sino un camino que supera ritualismos vacíos.
No se trata de extremos ni de legalismos, sino de vivir en la presencia de Jesús. Con Él, la libertad interior se vuelve posible y el corazón aprende a ser justo y generoso.
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