| Mc 6, 34-44 |
Quedamos atrapados por
nuestros hábitos y nos convertimos en esclavos de dependencias que hemos hecho
vitales para vivir. Abrimos los ojos y descubrimos que ya no somos libres. Son
muchas las cosas que nos gobiernan, como si de ellas dependiera nuestra vida.
¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde
estamos? ¿Quién puede liberarnos de estas cadenas que hemos ido tejiendo casi
sin darnos cuenta?
Leopoldo se quedó en
silencio. Se sentía impotente, incapaz de levantarse, de ordenar su vida y de
liberarse de todo aquello que lo sometía.
Poco a poco empezó a darse
cuenta de que, en la medida en que se alejaba de Jesús, el Señor, y de su amor,
se debilitaba, se sentía perdido, y su existencia se transformaba en desilusión
e insatisfacción.
Rebuscó entre sus papeles y
sacó un evangelio viejo y pequeño. Al abrirlo, con la esperanza de encontrar
alguna respuesta a su problema, leyó lo primero que apareció ante sus ojos
(Marcos 6, 34-44):
En aquel tiempo,
Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que
no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Cuando…
Al terminar de leer,
experimentó una fuerza interior que lo impulsó a levantarse, a luchar y a no
evadir el problema. Todo lo contrario: a mirarlo de frente, a tratar de darle
respuesta, a cambiar su mirada y a no quedarse en la mera contemplación de lo que
le pasaba.
Hizo una pausa. Bebió un
poco de agua. Tomó resuello y respiró profundamente, como queriendo tomar
impulso, y se dijo:
«Señor, quiero implicarme, no quedarme inerte, con
miedo a mojarme, buscando mantenerme seco y justificando así mi parálisis. Dame
la fortaleza para liarme, para no escaquearme de lo que tengo, de lo que soy y
de lo que puedo».
Quedaba flotando en el
ambiente una certeza sencilla y profunda: lo más grande y gozoso es comunicar
amor, porque obras son amores.