| Lc 19, 1-10 |
La noche, por otro lado, invitaba a ello: era apacible, y el cielo lucía
uno de sus mejores vestidos, un fulgurante manto estrellado capaz de serenarle
el alma solo con contemplarlo.
A pesar de ser un hombre rico y bien situado, no era feliz. Lo sabía y le
inquietaba no comprender por qué. Reconocía, además, que no tenía buena fama:
muchos lo consideraban alguien que se aprovechaba de las debilidades ajenas
para acrecentar sus riquezas.
Al pasar junto a una terraza, percibió gran animación. La buena
iluminación y un grupo de personas enfrascadas en un diálogo sereno le
despertaron una inesperada curiosidad. Sin proponérselo, se dejó atraer por
aquel ambiente y se adentró en el lugar.
—¿Desea algo el señor? —le preguntó Santiago, tomándolo por sorpresa.
—¡Ah!, sí... un café, por favor —respondió, aún atento a la conversación.
—Enseguida, señor —dijo Santiago con diligencia.
Juan no apartaba la vista de la tertulia. Cada palabra parecía
interpelarlo.
—Es muy difícil que una persona rica cambie de parecer; lo más lógico es
que prevalezcan sus caprichos y egoísmos. ¿No les parece? —comentaba Enrique,
uno de los tertulianos más participativos.
—Es posible —respondió Pedro—, pero, ¿no creen ustedes que hay
excepciones en toda regla?
Entonces Manuel, que escuchaba con atención, tomó su Biblia —siempre la llevaba consigo—, la abrió y leyó en voz clara:
Lc 19, 1-10
«En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En
esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién
era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de
estatura».
Hizo una breve pausa y levantó la mirada hacia los tertulianos. También
advirtió que algunos transeúntes y clientes no habituales seguían la lectura
con interés. Tras unos segundos de silencio, continuó:
«Corriendo más adelante, se subió a un sicómoro para verlo, porque tenía
que pasar por allí».
Alzó las manos en un gesto natural, dirigiéndose a Enrique y Pedro, y
prosiguió:
«Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo,
date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”.
Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento».
Enrique guardó silencio, reflexivo. Pedro asentía suavemente, convencido
de que aquello podía suceder. Todos mantenían sus ojos fijos en Manuel.
Mientras tanto, Juan —aquel observador clandestino— permanecía con la
cabeza entre las manos, apoyado sobre la mesa. En su interior se abría paso una
verdad que jamás había querido mirar: la riqueza, cuando se convierte en un
fin, es una cadena que esclaviza y sofoca la posibilidad de ser verdaderamente
feliz.
La voz de Manuel volvió a irrumpir, serena y suave:
«Al ver esto, todos murmuraban diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa
de un pecador”.
Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes
se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces
más”».
Hizo una última pausa, miró a los presentes y concluyó:
«Jesús le dijo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este
es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo
que estaba perdido”».