| Mt 24, 37-44 |
A pesar de los conflictos y las amenazas que
atraviesan la historia, los hombres desean la paz. Sin embargo, esclavos de sus
egoísmos y de su soberbia, se enredan una y otra vez en enfrentamientos,
disputas y guerras que ponen en peligro la estabilidad y la convivencia.
—Siempre estamos en las mismas —comentó uno de los
tertulianos —. Cuando menos te lo esperas, surge una amenaza y se arma un
conflicto. No hay descanso.
—Sucede lo de siempre
—respondió Manuel, con gesto de disgusto —. La vida está llena de desencuentros
que provocan choques y violencia. Y al final, se arma el lío. Es el cuento de
nunca acabar.
—Afortunadamente
—intervino Pedro—, en mi país llevamos un tiempo de paz. Pero aun así, siempre
percibimos el riesgo de que estalle un conflicto que nos lleve a una guerra.
—Eso es cierto —asintió Manuel—. Nunca hay tranquilidad.
Tras una breve pausa,
prosiguió con semblante serio:
—Jesús nos lo recuerda en
Mateo 24, 37-44: igual que en los días de Noé, cuando el diluvio sorprendió a
todos, así sucederá cuando venga el Hijo del hombre.
—¿Entonces? —exclamó el
tertuliano, visiblemente preocupado—. ¿Qué va a pasar?
—Lo que está escrito —respondió Manuel—. Algún día
Cristo volverá, y hemos de estar vigilantes para cuando llegue ese momento. Él
instaurará su Reino, una familia humana reconciliada, y conviene que nos
encuentre preparados.
El silencio se apoderó de la tertulia. Las miradas se
cruzaron y, en medio de la inquietud, se dibujó también una esperanza: alcanzar
algún día esa paz definitiva que sólo puede venir de Él.