miércoles, 11 de febrero de 2026

LO IMPURO SE CUECE EN EL CORAZÓN

Mc 7, 14-23

—La cuestión está —decía Ovidio— en la intención de los actos, no en la pureza o impureza.

Miró con delicadeza a Octavio e insistió en lo que acababa de decir.

—Una cosa es impura cuando es mala y va contra el bien de la persona. A diferencia de lo que contamina o infecta, causando enfermedad, la impureza, referida a nuestras relaciones, está relacionada con la moralidad de estas.

—Coincido contigo —respondió Octavio—, lo que verdaderamente hace daño y perjudica al hombre sale de nuestro corazón, no viene de afuera.

En ese momento llegó Manuel a la terraza y con un gesto afectuoso saludó a los tertulianos presentes.

Entonces, Octavio, queriendo confirmar lo que él acababa de decir, al tener en gran estima a Manuel, quiso saber lo que pensaba al respecto.

—Estábamos hablando sobre la impureza y me gustaría saber tu opinión al respecto.

Manuel, que no esperaba tal pregunta, solicitó unos breves segundos, pidió su acostumbrado café y, sacando su Biblia, al mismo tiempo que se disponía a contestar, dijo:

—La impureza puede considerarse cuando algún alimento está en mal estado, e incluso algo material se adultera con otras sustancias.

Se paró unos breves segundos y levantando su Biblia dijo:

—Pero, referido a lo que nos dice Jesús…

Hizo una pausa y leyó el pasaje evangélico de Mc 7, 14-23, que ya tenía delante de sus ojos:  

—En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga».
Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le…

Cuando terminó de leerlo, mirando para Octavio y todos los que le escuchaban, concluyó:

—Jesús lo deja muy claro. No lo que viene de afuera contamina, sino lo que sale de dentro, del corazón del hombre. Porque es ahí donde se cuecen y salen pensamientos perversos, tal y como hemos escuchado.

Octavio y Ovidio levantaron su dedo pulgar manifestando su acuerdo con lo dicho por Manuel.

Todo había quedado muy claro: las impurezas desde el punto de vista moral y en relación con los demás nacen en el corazón del hombre, y es ahí donde se tienen que purificar con la Gracia de Dios y el Espíritu Santo que nos asiste.