domingo, 11 de enero de 2026

NECIO ES DE PERSISTIR EN «SU» VERDAD

Mt 3, 13-17

    Jerónimo se sentía seguro y dueño de sus propias convicciones. Siempre se erigía como el sabio, el que tenía la verdad y la razón y nada le hacía cambiar. Incluso, consideraba ceder como claudicar “ante” su sabiduría.

    Una mañana de esas en l

as que uno se siente pletórico, Jerónimo salió con la intención de compartir y dialogar con los amigos en actitud de mostrar sus conocimientos y sabiduría.

  La terraza estaba animada. Jerónimo conocía ese lugar y le agradaba tomarse un buen café. Había venido ya varias veces y hasta participado en alguna tertulia con la que se había encontrado. Hoy estaba ansioso por participar en alguna.

    —Me parece que la justicia exige que quien ha cometido algún delito, lo pague. ¿Están de acuerdo? —hablaba Francisco, un habitual tertuliano.
    —Completamente de acuerdo —respondió Pedro, aunque con ciertos matices.

    Con rostro de extrañeza y frunciendo el ceño, dijo Francisco:

   —¿A qué matices te refieres? No encuentro ninguna disculpa ni atenuantes. El delito cometido tiene que pagarse.
    De acuerdo, pero toda persona, incluso el que ha delinquido, tiene derecho a resarcirse, a regenerarse. Por lo tanto, debemos ayudarle a integrarse en la medida en que paga su culpa.

   En ese momento, Jerónimo, con aire de suficiencia y manteniendo su cabeza erguida como si su palabra fuese la última, dijo:

   —La justicia está siempre por encima de todo. Quien ha faltado a ella debe, prioritariamente, pagar su delito. Otra cosa es que luego se le brinde la oportunidad de arreglar su vida.

   Muchos asintieron las palabras de Jerónimo; otros pusieron gestos de extrañezas, sin estar muy conformes. 

    El ambiente, al parecer, condenaba al delincuente, y Jerónimo, una vez más, se exaltaba creyéndose una persona inteligente.

   En este contexto ambiental, cuando todos apenas se atrevían a susurrar, se oyó una voz que con serenidad y paz dijo:

    —Nuestra justicia dice que el que se equivoca paga, y así repara el mal que ha hecho. Pero la justicia de Dios, como enseña la Escritura (cf. Mt 3, 13-17), es mucho más grande.

    Era Manuel, que miraba a todos, sobre todo a Jerónimo, con ojos de misericordia y cariño. Hizo una pausa, tomó resuello y continuó:

    —No tiene como fin la condena del culpable, sino su salvación y su regeneración: volverlo justo, de injusto a justo.

    El silencio hablaba por sí solo. Todos enmudecieron, sobre todo Jerónimo y Francisco, y el ambiente quedó perfumado con el amor y la misericordia que las palabras de Manuel derramaban sobre el ambiente de la terraza.

    Entonces, Manuel, aprovechando el silencio y la atención de todos, dijo:

   —Es una justicia que proviene del amor, de esas entrañas de compasión y misericordia que son el corazón mismo de Dios, Padre que se conmueve cuando estamos oprimidos por el mal y caemos bajo el peso de los pecados y de nuestras fragilidades.

    Sobraban las palabras.  La expresión del rostro de Jerónimo dejaba al descubierto que lo grandioso no es la persistencia ni el inmovilismo, sino el saber ceder ante la verdad. Son precisamente las personas inteligentes las que saben y pueden cambiar de opinión.

    La verdadera conversión comienza cuando dejamos de defender “mi verdad” para abrazar la Verdad que nos libera.