| Mt 3, 13-17 |
Una mañana de esas en l
as que uno se siente pletórico, Jerónimo salió con la intención de compartir y
dialogar con los amigos en actitud de mostrar sus conocimientos y
sabiduría.
La terraza estaba
animada. Jerónimo conocía ese lugar y le agradaba tomarse un buen café. Había
venido ya varias veces y hasta participado en alguna tertulia con la que se
había encontrado. Hoy estaba ansioso por participar en alguna.
Con rostro de extrañeza
y frunciendo el ceño, dijo Francisco:
En ese momento,
Jerónimo, con aire de suficiencia y manteniendo su cabeza erguida como si su
palabra fuese la última, dijo:
—La justicia está
siempre por encima de todo. Quien ha faltado a ella debe, prioritariamente,
pagar su delito. Otra cosa es que luego se le brinde la oportunidad de arreglar
su vida.
Muchos asintieron las
palabras de Jerónimo; otros pusieron gestos de extrañezas, sin estar muy
conformes.
El ambiente, al parecer,
condenaba al delincuente, y Jerónimo, una vez más, se exaltaba creyéndose una
persona inteligente.
En este contexto
ambiental, cuando todos apenas se atrevían a susurrar, se oyó una voz que con
serenidad y paz dijo:
—Nuestra justicia dice
que el que se equivoca paga, y así repara el mal que ha hecho. Pero la justicia
de Dios, como enseña la Escritura (cf. Mt 3, 13-17), es mucho más grande.
Era Manuel, que miraba a
todos, sobre todo a Jerónimo, con ojos de misericordia y cariño. Hizo una
pausa, tomó resuello y continuó:
—No tiene como fin la
condena del culpable, sino su salvación y su regeneración: volverlo justo, de
injusto a justo.
El silencio hablaba por
sí solo. Todos enmudecieron, sobre todo Jerónimo y Francisco, y el ambiente quedó
perfumado con el amor y la misericordia que las palabras de Manuel derramaban
sobre el ambiente de la terraza.
Entonces, Manuel,
aprovechando el silencio y la atención de todos, dijo:
—Es una justicia que
proviene del amor, de esas entrañas de compasión y misericordia que son el
corazón mismo de Dios, Padre que se conmueve cuando estamos oprimidos por el
mal y caemos bajo el peso de los pecados y de nuestras fragilidades.
Sobraban las
palabras. La expresión del rostro de
Jerónimo dejaba al descubierto que lo grandioso no es la persistencia ni el
inmovilismo, sino el saber ceder ante la verdad. Son precisamente las personas
inteligentes las que saben y pueden cambiar de opinión.
La verdadera conversión comienza cuando dejamos de defender “mi verdad” para abrazar la Verdad que nos libera.