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domingo, 11 de enero de 2026

NECIO ES DE PERSISTIR EN «SU» VERDAD

Mt 3, 13-17

    Jerónimo se sentía seguro y dueño de sus propias convicciones. Siempre se erigía como el sabio, el que tenía la verdad y la razón y nada le hacía cambiar. Incluso, consideraba ceder como claudicar “ante” su sabiduría.

    Una mañana de esas en l

as que uno se siente pletórico, Jerónimo salió con la intención de compartir y dialogar con los amigos en actitud de mostrar sus conocimientos y sabiduría.

  La terraza estaba animada. Jerónimo conocía ese lugar y le agradaba tomarse un buen café. Había venido ya varias veces y hasta participado en alguna tertulia con la que se había encontrado. Hoy estaba ansioso por participar en alguna.

    —Me parece que la justicia exige que quien ha cometido algún delito, lo pague. ¿Están de acuerdo? —hablaba Francisco, un habitual tertuliano.
    —Completamente de acuerdo —respondió Pedro, aunque con ciertos matices.

    Con rostro de extrañeza y frunciendo el ceño, dijo Francisco:

   —¿A qué matices te refieres? No encuentro ninguna disculpa ni atenuantes. El delito cometido tiene que pagarse.
    ―De acuerdo, pero toda persona, incluso el que ha delinquido, tiene derecho a resarcirse, a regenerarse. Por lo tanto, debemos ayudarle a integrarse en la medida en que paga su culpa.

   En ese momento, Jerónimo, con aire de suficiencia y manteniendo su cabeza erguida como si su palabra fuese la última, dijo:

   —La justicia está siempre por encima de todo. Quien ha faltado a ella debe, prioritariamente, pagar su delito. Otra cosa es que luego se le brinde la oportunidad de arreglar su vida.

   Muchos asintieron las palabras de Jerónimo; otros pusieron gestos de extrañezas, sin estar muy conformes. 

    El ambiente, al parecer, condenaba al delincuente, y Jerónimo, una vez más, se exaltaba creyéndose una persona inteligente.

   En este contexto ambiental, cuando todos apenas se atrevían a susurrar, se oyó una voz que con serenidad y paz dijo:

    —Nuestra justicia dice que el que se equivoca paga, y así repara el mal que ha hecho. Pero la justicia de Dios, como enseña la Escritura (cf. Mt 3, 13-17), es mucho más grande.

    Era Manuel, que miraba a todos, sobre todo a Jerónimo, con ojos de misericordia y cariño. Hizo una pausa, tomó resuello y continuó:

    —No tiene como fin la condena del culpable, sino su salvación y su regeneración: volverlo justo, de injusto a justo.

    El silencio hablaba por sí solo. Todos enmudecieron, sobre todo Jerónimo y Francisco, y el ambiente quedó perfumado con el amor y la misericordia que las palabras de Manuel derramaban sobre el ambiente de la terraza.

    Entonces, Manuel, aprovechando el silencio y la atención de todos, dijo:

   —Es una justicia que proviene del amor, de esas entrañas de compasión y misericordia que son el corazón mismo de Dios, Padre que se conmueve cuando estamos oprimidos por el mal y caemos bajo el peso de los pecados y de nuestras fragilidades.

    Sobraban las palabras.  La expresión del rostro de Jerónimo dejaba al descubierto que lo grandioso no es la persistencia ni el inmovilismo, sino el saber ceder ante la verdad. Son precisamente las personas inteligentes las que saben y pueden cambiar de opinión.

    La verdadera conversión comienza cuando dejamos de defender “mi verdad” para abrazar la Verdad que nos libera.

martes, 23 de agosto de 2022

JUSTICIA, MISERICORDIA Y FE

Son los tres pilares sobre los que tienes que construir y edificar tu vida: Justicia, Misericordia y Fe apoyados en la Roca que es Jesús. En Él podemos y seremos capaces de practicar la justicia, la misericordia y abrirnos al don de la fe recibida, de y por su Amor Misericordioso. Todo lo demás vendrá por añadidura.

Es de pura lógica que quien práctica la justicia cumplirá con todos los preceptos y normas que marca la Ley. Es primero ser justo, misericordioso y, por supuesto, creer firmemente en Jesús, el Hijo de Dios Vivo. Por lo tanto, lo básico y fundamental es vivir en la justicia, la misericordia y confiados en la Bondad Misericordiosa de Dios.

Debemos tener mucho cuidado y estar siempre en estado de alerta con nosotros mismos, porque, el diablo está al acecho y, aprovechándose de nuestras inclinaciones naturales a las pasiones, concupiscencias y satisfacciones egoístas, trata de seducirnos, acomodarnos y vivir en el cumplimiento y práctica olvidando lo fundamental, el amor. El amor que se concreta en la justicia, misericordia y, sobre todo, la fe en Jesús.

 

—¿No te parece, Pedro —dijo Manuel— sin darnos cuenta nos instalamos en nuestras propias seguridades y comodidades olvidándonos de lo fundamental, el amor?

—Es, verdaderamente, un peligro —respondió Pedro.

—Y muy fácil de caer. Somos propensos al pecado, débiles y fáciles de ser seducidos. El diablo sabe aprovechar bien esas oportunidades y circunstancias.

—Conviene, por tanto —afirmó Pedro— tener fe y agarrarnos fuertemente al Señor. En y con Él venceremos esas tentaciones y seducciones.


Ese es el camino. Confiados y sustentados por la fe en el Señor, esforzarnos en hacer su Voluntad, tal es vivir verdaderamente en la justicia, la misericordia y confiado en su Palabra. Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

jueves, 17 de enero de 2019

EXCLUSIÓN Y OFRENDA

Resultado de imagen de Mc 1,40-45

La lepra fue en un momento una enfermedad mortal y, debido a su contagio, excluyente. Caer enfermo de lepra era como estar muerto en vida. Eran apartados de la sociedad y retirados a esperar, con mucho sufrimiento, la muerte. Recuperarse era milagroso y, si eso sucedía, había que pagar una ofrenda como prueba de purificación para integrarse en la sociedad de nuevo.

Hoy ha sido erradicada y hay medicinas para combatirla con eficacia en posibles lugares que pueda existir. No representa ningún peligro, si bien, el mayor peligro será la falta de medios en aquellos lugares que todavía pueda existir posibilidad. Sin embargo, hay otras muchas lepras que azotan nuestra vida y nuestra sociedad. Hoy, quizás, hay muchos más excluidos que, migrando de otros lugares, por circunstancias no de lepra, pero sí de dictaduras, explotaciones, guerras, hambre...etc, huyen de sus países buscando un lugar donde puedan vivir con dignidad y en paz.

Posiblemente, hoy tenemos que pedir al Señor por la paz y por la justicia en todos esos países, para que las personas puedan vivir dignamente en libertad, respeto y amor. Y tenemos que pedirlo convencidos de que en el Señor se puede conseguir. Pero, esa oración pasa también por cada uno de nosotros que con nuestra ofrenda y testimonio podemos ir contribuyendo a esa justicia y a esa paz.

La salud y el bienestar depende de todos, y todos tienen que colaborar aportando su esfuerzo y su contribución. Es la justicia social, donde lo más fuertes y dotados comparten con los más débiles y necesitados. Eso nos descubriría el amor y la fraternidad de la que tanto están necesitadas la humanidad. 

Y el Señor Jesús ha venido para eso, para curarnos esas enfermedades egoístas que nos enfrentan y nos enferman. Él quiere limpiarnos, pero nosotros tenemos también que pedírselo y hacer el gesto de querer demostrarlo con nuestra actitud generosa y fraterna.

martes, 23 de agosto de 2016

BUENAS INTENCIONES DE CORAZÓN

(Mt 23,23-26)

Cuando alguien tiene buena intención dentro de su corazón, eso se nota y sale afuera. Se transparenta y se ve. Es cuando entonces se oye: Es una buena persona. Y la esencia de que así sea no consiste en la ley ni en los cumplimientos, sino en la bondad de su corazón y la generosidad misericordiosa de sus actos.

No eres bueno porque cumples, sino porque eres generoso, solidario, justo y fiel. Y, no cabe ninguna duda, quien es así cumple con todo lo demás. Las leyes y cumplimientos son añadidura de la justicia, misericordia y la fe. Por eso, se hace necesario saber exactamente donde está la sustancia de la verdad y lo que es accidental o añadidura.

Todo lo que no vaya directamente al meollo, termina en apariencias e hipocresías. Porque la verdad es la que hace que el amor sea puro y limpio. Limpio por dentro y limpio por fuera. Porque siendo mentira, es decir, apariencia y falsedad, se ve, bajo una capa falsa de limpieza, limpio por fuera, pero lleno de herrumbre y corrompido por dentro.

No nos paremos en lo superficial y accidental. Ocurre muchas veces que discutimos si es legal esto o lo otro. Si hay que rezar así o de otra forma. Lo verdaderamente importante es la justicia, la misericordia y la fe. Es lo que Jesús hizo y vivió entre nosotros. Y es lo que el mundo necesita. Porque quien es justo vive en la verdad y en la paz; porque quien es misericordioso, comprende, se compadece y perdona, y quien cree en Jesús, está sostenido por la fe y no se derrumba.

Pidamos esa Gracia y que sepamos discernir que es verdaderamente importante para, descubierto, esforzarnos en cumplirlo.

lunes, 2 de marzo de 2015

JUSTICIA Y MISERICORDIA

(Lc 6,36-38)


Está claro que la justicia nos metería a todos en la cárcel. ¿Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra? Jesús sabía lo que decía porque sabía, valga la redundancia, que todos somos pecadores. Precisamente Él ha venido a salvar a todos los hombres.

Pero, por encima de la justicia está la Misericordia. Sobre todo la Misericordia de Dios, por la que le son perdonados los pecados a los hombres. Y esa es nuestra salvación, la Misericordia de Dios, porque de no ser así, nadie escaparía a su condenación.

Por eso debemos evitar juzgar, para no ser juzgados; y perdonar, para ser perdonados. En la medida que practiquemos eso estaremos ganando también nuestro perdón y salvación. No cabe duda que se hace difícil, y que de enfrentarnos nosotros solos a tal misión seguramente nos será imposible. Necesitamos la Gracia de Dios y la asistencia del Espíritu Santo.

Porque acoger, escuchar, comprender, dialogar, ser paciente, no recriminar, no amenazar, no echar nada en cara, no insultar...etc., son virtudes que nosotros solos no podemos practicar. Necesitamos la asistencia del Espíritu Santo para llegar a vivir en perfección esas virtudes  ofreciéndolas sin condiciones y dándonos gratuitamente, para que nos identifiquen con el Señor Jesús.

Por eso, Espíritu Santo, te pedimos paciencia, fortaleza, paz y sabiduría para saber estar donde y como debemos estar en nuestra relación diaria con los hermanos. Amén.

domingo, 21 de septiembre de 2014

EN CONSTANTE BÚSQUEDA

(Mt 20,1-16)

Si el Señor no nos busca estamos perdidos. Incluso, en constante búsqueda y llamada somos muchos los que permanecemos indiferentes y miramos para otro lado. Muchos ni quieren oír hablar de Él. ¿Qué sería de nosotros si el Señor no se preocupara  y nos dejase de la mano? No sería difícil imaginar la terrible tragedia de nuestra vida.

Sin Él nuestra vida carece de sentido, porque nuestra esperanza no existiría. Esperanza que todos tenemos, aunque muchos la pongan en otras cosas equivocadamente. Pero está ahí, y en Él somos constantemente llamados. A veces por las calles, en las plazas o en otros lugares, y por la mañana, tarde e incluso noche. El Señor quiere ocuparnos y despertarnos a trabajar por su Reino. Un Reino de justicia, de amor y de paz.

Independientemente de la hora a la que acudamos a su Viña, seremos siempre indignos de recibir salario alguno, porque por justicia no merecemos ser pagados. Si el Señor aplicara su Justicia nadie escaparía a su condena, pero es Misericordioso y, por su amor, no sólo nos llama, sino que nos perdona y hasta nos paga un salario. Un salario que distribuye según su Misericordia y su Bondad.

¿Quiénes somos nosotros para reprocharles? ¿Con qué autoridad levantamos nuestra voz para pedirle justicia al único y verdadero Justo? ¿Acaso no le debemos toda nuestra existencia? ¿Y no nos llama siempre, incluso cuando peor lo estamos pasando o más le necesitamos?

Demos gracias al Señor por buscarnos y preocuparse por nuestra indiferencia, nuestra pasividad, nuestra pereza y darnos la oportunidad de trabajar por su Reino, que es nuestro Reino, pues Él lo ha creado para y por nosotros. Amén.

martes, 26 de agosto de 2014

LA PALABRAS DE JESÚS RETUMBAN EN MI CORAZÓN

(Mt 23,23-26)


«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello.

Estas palabras retumban en mi corazón porque me identifico y experimento retratado en esas actitudes. Podría ir poniendo, ¡ay de mí, Salvador, que pagas tus impuestos y tributos, pero descuidas lo más importante de la Ley, la justicia, la misericordia y la fe! Con esas palabras, hoy, Jesús, irrumpe en la vida de su Iglesia para despertar nuestras conciencias y avivar nuestras vidas, quizás algo dormidas en la comodidad y la indiferencia, quedando reducida a un sin número de prácticas piadosas.

Prácticas piadosas que aparenta pureza por fuera, pero por dentro dejan mucho que desear. Esconden ambiciones, egoísmos, malas intenciones e hipocresías. Dan luz que no alumbra sino que se mueve en la oscuridad confundiendo y precipitando al vacío. 

Señor, purifica mi corazón y hazme sentir el deseo de amar, un amor apoyado en la misericordia, en la justicia y la fidelidad. Un amor que deje salir la huella de tu Amor y Misericordia fosilizada desde la eternidad en mi pobre y humilde corazón.

Crea, Señor, en mí un corazón nuevo capaz de latir al mismo ritmo que el Tuyo y, al menos, que aspire a vivir en el esfuerzo de cada día por amar, ser justo y fiel a tu Palabra en los hermanos. Amén.

miércoles, 20 de agosto de 2014

LA GENEROSIDAD DE DIOS

(Mt 20,1-16)


Jesús nos habla de un Reino de los Cielos diferente a nuestro mundo. Aquí, donde las cosas se miden por su productividad, por su ignorancia, por méritos...etc., no se corresponde de igual manera en el Reino de Dios. No cabe duda que en nuestro mundo los primeros obreros recibirían mayor salario que los otros, pero en el Reino de los Cielos las cosas son diferentes.

Para Dios no cuenta el tiempo sino la entrega del corazón y la aceptación de su Palabra. Quizás los últimos necesitaban más que ningún otro la Palabra de Dios, y a ellos el Señor se entregó, como también a los primeros. Posiblemente muchos que, aparentemente, han recibido muy poco recibirán más Misericordia de Dios que otros que han recibido más dones y cualidades y han sido contratados muy tempranos.

Sólo Dios sabe lo que corresponde a cada uno, y todos debemos estar atentos y prestos a escuchar su llamada y a estar agradecidos por todo lo recibido. Nadie merece tantos dones: la vida, el sol, la lluvia, la tierra y sus frutos, el mar y sus peces, la bondad, la justicia...etc., y sobre todo el amor. Tanto los que pertenece a este siglo como los que han vivido siglos anteriores han tenido lo suficiente para encontrar a Dios, y los que han llegado tarde o a última hora, el Señor les ha dado la misma oportunidad que los primeros.

Tú, Señor, sabe lo que nos conviene, y nada nos merecemos, pues todo lo que tenemos ha venido de tu Amor y Bondad. Danos Señor lo que Tú, por tu Amor, decidas, pues sólo Tú repartes justicia. Amén.

miércoles, 16 de octubre de 2013

VIVIR EN LA JUSTICIA Y EL AMOR

(Lc 11,42-46)

Todos nuestros esfuerzos tienen un sólo objetivo: "Vivir en el amor y la justicia", porque el uno presupone lo otro, pues de no ser así estamos señalándonos como lo que Jesús nos descubre hoy: "Fariseos". De nada vale cumplir con las normas y preceptos religiosos, si luego nos falla la caridad contenida en el amor que el Padre nos da para que también lo demos nosotros.

Y es entonces, cuando nos proponemos vivir en la verdad, cuando experimentamos lo duro, difícil y pesado que se hace el camino del amor y la justicia. Pero también, la necesidad que tenemos de no ir solo, porque solos seremos derrotados. Descubrimos entonces que sólo en el Señor, injertados en el Espíritu Santo, seremos capaces de vivir y cargar con nuestra propia cruz y también aliviar la de los otros.

Y no vale medias tintas o pasos disimulados. Nos autoengañamos. Sólo el esfuerzo sincero, verdadero y auténtico nos eximirá de ser señalados. Nos confesamos pecadores y pobres, pero en el Espíritu nos esforzamos en cumplir y vivir el amor.

Por eso, desde nuestra humanidad pecadora, asumiendo nuestras debilidades y fracasos, te pedimos Padre Bueno nos perdones nuestras limitaciones, pecados e impotencia, y nos des la fuerza para, caminando en la acción del Espíritu Santo, sepamos y podamos vivir en la justicia y la caridad.

miércoles, 21 de agosto de 2013

¿MERECEMOS COMO DIOS NOS TRATA?

(Mt 20,1-16)

Si de justicia se tratara, Dios es siempre justo. Todos estaríamos condenado y sin esperanza de redención. Hemos rechazado, por el pecado original, a Dios, y sin embargo nos envía a su único Hijo, entregado a una muerte de cruz, para redimirnos y obtener nuestra salvación. El Amor de nuestro Padre Dios está por encima de la justicia. Su Misericordia es infinita.

¿Cómo me atrevo a pedirle más salario por mi trabajo? ¿Acaso no he recibido yo lo justo por lo tratado? ¿Y si he recibido más, no debo también dar más, tal y cómo he recibido? ¿Tienen los últimos culpas de no haber sido llamados a hora tardía? ¿No han respondido igual que nosotros?

Todas estas preguntas suscitan interrogantes que, injertados en el Espíritu Santo, deben servirnos para reflexionar en la Voluntad de Dios. Estamos llamados a trabajar en la Viña del Señor, y aunque unos lo descubramos más tempranos y otros más tardes, todos seremos recompensados justamente. El Amor del Padre es justo y misericordioso y su sabiduría imparte justicia a cada uno de sus hijos. Nada se esconde a su justicia.

jueves, 28 de febrero de 2013

¿COMPROMISO POR CONCIENCIA?

(Lc 16,19-31


Es lo que se esconde dentro de cada uno de nosotros. Al menos yo me confieso culpable de actuar muchas veces por conciencia más que por un sentido de justicia, amor o solidaridad. Porque esa es la diferencia, damos y colaboramos con organismos que atienden a los necesitados, pero más con un sentido de limpiar nuestros roperos y acallar nuestras conciencias que por justicia y amor.

Y ese es nuestro camino, ir convirtiendo nuestro corazón de piedra, centrado en vivir lo más confortable posible, mientras muchos lázaros yacen llenos de llagas y muertos de hambre. Nos reconocemos pecadores, egoístas, aunque nuestras conciencias nos molesten y nos atormenten de vez en cuando y tratemos de acallarlas con nuestras limosnas de conciencia, pero no de justicia y amor.

Pero, por eso, que es propio de nuestra naturaleza caída y limitada, no debemos desesperar, sino levantarnos y estar dispuesto a dejarnos perdonar. Porque nuestro Padre Dios nos quiere tanto que nos ha perdonado ya. A nosotros nos toca dejarnos llevar por la acción del Espíritu para que nuestros actos sean cada vez más por justicia y amor que por conciencia. De cualquier forma, al final lo verdadero se impondrá, y la justicia dictará sentencia. Eso está dentro de nosotros, y todos esperamos una justicia final, aunque sea en el otro mundo.

domingo, 1 de junio de 2008

LA JUSTICIA, DESNATURALIZADA



«La paz será obra de la justicia»: así dejó escrito Benedicto XVI, junto a su firma, como se ve en la foto, en el Libro de Oro de las Naciones Unidas, al visitar su sede en Nueva York, el pasado mes de abril. Es el comienzo del verso 17 del capítulo 32 del libro de Isaías, que continúa con esta afirmación llena de esperanza, al describir el don precioso de la paz: «Y el fruto de la justicia, el reposo y la seguridad para siempre». En su discurso ante los representantes de las naciones de la tierra, el Papa recordó, precisamente, que «el deseo de la paz y la búsqueda de la justicia» son «principios fundacionales de la Organización», que «expresan las justas aspiraciones del espíritu humano y constituyen los ideales que deberían estar subyacentes en las relaciones internacionales». Pero el Santo Padre no olvidó añadir a la paz y la justicia el principio radical en la fundación de la ONU, cuyo progresivo abandono es, en definitiva, el origen de los males, y de modo especial en lo que concierne a la justicia, que cada día más gravemente afligen a la Humanidad: «El respeto de la dignidad de la persona». Cuando este respeto, que ha de ser total, se quebranta en lo más mínimo, ya está servida la injusticia y, en consecuencia, la destrucción de la paz en su verdad más honda: el conjunto de todos los bienes que colman la felicidad de los hombres y de los pueblos, ese reposo y seguridad para siempre con que el profeta resume el destino eterno para el que hemos sido creados.Este destino, el único que responde a la sed infinita que constituye a todo corazón humano, coincide en realidad con el Origen, expresado así en la Sagrada Escritura: El Señor, nuestra Justicia, cuyo nombre no es otro que Misericordia. He ahí la razón por la que el Papa Juan Pablo II, con su lúcido realismo sobre la situación del mundo contemporáneo, tras afirmar el binomio justicia y paz, del libro de Isaías, recordado por Pablo VI en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1972: «Si quieres la paz, trabaja por la justicia», treinta años después, en el Mensaje para la Jornada de 2002, añadió la misericordia: «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón: esto es lo que quiero recordar a cuantos tienen en sus manos el destino de las comunidades humanas, para que se dejen guiar siempre en sus graves y difíciles decisiones por la luz del verdadero bien del hombre, en la perspectiva del bien común». Ese bien no puede ser otro que la esencia misma del respeto de la dignidad de la persona humana, es decir, la misericordia. ¿Acaso no hemos sido creados a imagen y semejanza de la Divina Misericordia?

La referencia al perdón no era nueva en el magisterio de Juan Pablo II; ya la hizo en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1997, y hoy sigue siendo de plenísima actualidad, más aún que entonces, si cabe: «Un presupuesto esencial del perdón y de la reconciliación -decía el Papa- es la justicia, que tiene su fundamento último en la ley de Dios y en su designio de amor y de misericordia sobre la Humanidad. Entendida así, la justicia no se limita a establecer lo que es recto entre las partes en conflicto, sino que tiende, sobre todo, a restablecer las relaciones auténticas con Dios, consigo mismo y con los demás. Por tanto, no hay contradicción alguna entre perdón y justicia. En efecto, el perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación, que es propia de la justicia, sino que trata de reintegrar tanto a las personas y los grupos en la sociedad, como a los Estados en la comunidad de las naciones. Ningún castigo debe ofender la dignidad inalienable de quien ha obrado mal. La puerta hacia el arrepentimiento y la rehabilitación debe quedar siempre abierta». ¿Cuál es el secreto de esta admirable paradoja que une indisolublemente la justicia más estricta con el perdón más generoso? ¡Ese respeto a la dignidad de la persona que recordaba Benedicto XVI, ante la Asamblea General de la ONU, como su más básico principio fundacional! ¿Acaso toda persona humana, hasta la más pobre, frágil e indefensa, no ha sido justificada precisamente por el Amor infinito, Aquel que, para ello, derramó toda su sangre en la Cruz? Sólo un amor así hace justicia al hombre. Y éstas no son consideraciones piadosas; es el cimiento sin el cual -¡de qué modo tan claro lo estamos viendo, si no nos empeñamos en cerrar los ojos!- no es que quede destrozada la Justicia; es que se destroza la vida entera. Si la Justicia se politiza, o se comercializa, o se manipula, queda desnaturalizada; deja de ser justicia; y sin justicia no hay vida digna de tal nombre.
Artículo publicado en la página "criterios" de la revista Alfa y Omega nº 595, que publico aquí por su gran interés y porque me solidarizo en todo su contenido con lo que pienso. En mis reflexiones publicadas transmito esto criterios y los defiendo desde la propia dignidad de la persona. En la ley natural, que nos ha sido dada por nuestro PADRE DIOS, dónde se inspira todo derecho de la dignidad humana a ser tratado justamente, en paz y misericordia, no por ello sin dejar retribuido lo merecido por la culpa. el perdón no exime de la responsabilidad. El SEÑOR nos lo ha dejado muy claro. ÉL no disculpó al buen ladrón de una muerte merecida por sus culpas y pecados, el mismo se confesó merecedor de ese castigo, pero el SEÑOR le perdonó y le prometió que ese mismo día estaría con ÉL en el paraíso. Ese debe ser nuestro camino, fuera de partidismo, egoísmos, ideologías propias e interesadas. Todo está claro como el agua No hay disculpas. sólo falta fe y, por supuesto, amor. Cada uno será responsable de sus actos, como el buen ladrón o el mal ladrón que, lejos de su arrepentimiento, sólo buscaba su propio bien y egoísmo.
Doy gracias al SEÑOR por nuestro Papa Benedicto XVI y le pido que le asista según su promesa en espíritu y verdad. Gracias, SEÑOR, por el regalo de tener entre nosotros hermanos que ponga toda su vida en defensa, como TÚ nos enseñaste, a luchar por el bien de la humanidad.
¡Alabado y glorificado sea el SEÑOR!