| Mt 18, 1-5. 10 |
¿Quién siente necesidad de protegerse? El fuerte se siente seguro y piensa que puede bastarse a sí mismo. El débil, en cambio, experimenta la necesidad de ser protegido.
La seguridad ha sido siempre algo consustancial al ser humano. Sentirnos seguros y protegidos nos hace sentir mejor. Sin embargo, el verdadero poder no se encuentra en el dominio de los fuertes, sino en la capacidad de cuidar de los más débiles.
Lo descubrimos también en quienes tienen como misión proteger y cuidar a los demás: policías, guardias civiles y tantas personas que trabajan por la seguridad de los ciudadanos. No es casualidad que la Iglesia celebre el 2 de octubre la fiesta de los Santos Ángeles Custodios.
Manuel, que hablaba a los tertulianos, alzó los brazos y dijo:
—El icono, por decirlo de alguna manera, que mejor simboliza la debilidad y la inocencia es el niño. Y precisamente eso es lo que hace Jesús: pone al niño en el centro.
Abrió la Biblia y, en Mt 18, 1-5.10, leyó:
—En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
—Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos.
El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial.
Todos estaban sorprendidos, pero también asentían con la cabeza en señal de acuerdo.
El niño no tiene poder: el niño tiene necesidad.
Cuando cuidamos al ser humano, reconocemos que siempre necesitamos de los demás. Todos nosotros estamos vivos porque hemos sido acogidos, cuidados y protegidos. Sin embargo, el poder puede hacernos olvidar esta verdad.
Los discípulos están imbuidos de la lógica del mundo de su época, donde el estatus y el honor lo eran todo. Por eso buscan asegurar sus puestos de poder en ese «Reino» que imaginan como algo terrenal y político.
El niño representa todo lo contrario: vulnerabilidad, dependencia, necesidad de defensa y protección.
Pero «los pequeños» no son solamente los niños. También son los pobres y excluidos, los discípulos más débiles, quienes flaquean en la fe o carecen de influencia. Y cuando acogemos y cuidamos a uno de esos pequeños, estamos acogiendo y cuidando al mismo Jesús.
Jesús nos invita así a pasar de la lógica del poder y de la autorreferencialidad a la lógica del servicio y del cuidado. El gran peligro que acecha a la comunidad no viene solamente de fuera, de las persecuciones, sino también de dentro: la ambición, el orgullo, la soberbia y el desprecio mutuo.
La grandeza, para Jesús, no consiste en estar por encima de los demás, sino en hacerse pequeño para ponerse al servicio de los demás.