| Jn 1, 47-51 |
A veces nos sorprendemos de lo que nos pasa. No comprendemos cómo otros nos consideran mejor de lo que nosotros mismos pensamos. Incluso nos sentimos valorados y no sabemos muy bien por qué.
—¿Te ha sucedido eso a ti, Manuel? —preguntó Pedro, poniendo una cara extrañada.
—Sí, creo que sí. En algunos momentos he llegado a pensar que muchos me valoran sin conocerme profundamente.
Hizo una pausa y, encogiéndose de hombros, dijo:
—Uno sabe, si no de forma plena, sí aproximadamente, de qué pata cojea. Conoce sus debilidades o defectos y trata de esconderlos.
Y, frunciendo el ceño, Pedro comentó:
—¿Y a qué crees que es debido? ¿Piensas que nos engañamos o tratamos de engañar?
Manuel, mirándole con ternura, respondió:
—No, al menos quienes no pretenden engañar. Quizás por las apariencias o por vergüenza ocultamos nuestros fallos, pero, íntimamente, los reconocemos… Otra cosa es que tratemos de corregirlos.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Pedro, desconcertado.
—Porque quien actúa de buena fe trata de no aparentar y de mostrarse tal como es —añadió Manuel—. Sabe que, al final, toda la verdad emerge y…
Entonces tomó la Biblia y, abriéndola por Juan 1,47-51, leyó:
—En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?».
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió:
«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Al terminar de leer el pasaje evangélico, agregó:
Es un gran error vivir escondidos en las apariencias. Mostrarnos ante los demás de una manera que no corresponde con lo que realmente somos no nos lleva a ninguna parte. Perdemos el tiempo intentando ocultar lo que, tarde o temprano, acaba apareciendo.
Eso fue, precisamente, lo que descubrimos en Natanael. Jesús conocía su corazón y pudo reconocer en él a un hombre «en quien no hay engaño».
Dios sabe cómo somos, conoce nuestras debilidades y también nuestras buenas intenciones.
Por eso, más que preocuparnos por aparentar ante los demás, debemos procurar conocernos, aceptarnos y esforzarnos por corregir aquello que debemos mejorar.
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