miércoles, 2 de septiembre de 2026

LLAMADOS AL SERVICIO

Lc 4, 38-44

Cuesta entenderlo porque no es nada fácil bajarse, humillarse y servir. Y cuando la propuesta de seguir a Jesús se concreta en el servicio desinteresado y gratuito, la cara se arruga y la respuesta es la evasiva.

No hay otra manera de amar a Dios sino amando al prójimo. Y al prójimo necesitado, vulnerable, marginado que tiende su mano.

Pero, para poder recibir ese amor, también es necesario dejarse amar y dejarse ayudar. Hay personas necesitadas que, por diferentes circunstancias, rechazan la ayuda que se les ofrece, no aceptan orientaciones o se resisten a cambiar aquello que les perjudica.

Amar al necesitado no significa darle siempre lo que pide, sino buscar sinceramente su bien, aunque a veces eso implique acompañar, orientar o poner límites.

Ya lo dijo Pablo en —2 Tesalonicenses 3, 10—: «El que no quiera trabajar, que tampoco coma».  Porque ayudar no significa hacer todo por el otro ni permitir que la ayuda sea utilizada de manera inadecuada. El verdadero servicio busca el bien de la persona, desde el respeto, la paciencia y la verdad.

 

El evangelio de Lucas 4, 38-44, nos muestra a Jesús entregado a la curación, empezando por la suegra de Pedro y continuando por todos los que le traían a su presencia.

Manuel se levantó y leyó:

—En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.

Hizo una pausa y pacientemente continuó:

—Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.

Tomó de nuevo asiento y, mirándolos, prosiguió:

—Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado». Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Todos permanecían en silencio. Sus rostros traslucían conformidad con lo que habían oído. No cabe ninguna duda de que Jesús es el modelo y la referencia.

Los líderes son servidores, no competidores. El mismo Pablo, siendo fundador, no asume un lugar de preeminencia; se hace siervo, eso es todo.

«Ese es el rango más alto al que podemos aspirar en la Iglesia: ser servidores»; no hay necesidad de competencia o rivalidad. Todos somos siervos de Cristo; estamos en cooperación.

Una de las glorias de la Iglesia es que nadie hace la misma cosa. Diferentes, pero trabajando unidos por un proyecto común. (Recogido de Fr. Martín Alexis González Gaspar O.P.) - Convento de Ntro. Padre Sto. Domingo (Torrente, Valencia).