| Mt 18, 21-19, 1 |
La terraza estaba concurrida. El día invitaba a deleitarse con un buen café y a gozar del buen tiempo.
Manuel, que observaba la escena, pensó que podía aprovechar la ocasión para reflexionar sobre la parábola del siervo despiadado.
Levantándose y haciendo un gesto para llamar la atención de los tertulianos, dijo:
—Amigos, en muchas ocasiones he sentido muy de cerca la experiencia del perdón. Y según desde dónde la mire, la veo de diferente manera.
Hizo una pausa, bebió un poco de agua y continuó:
—Cuando se trata de recibirlo, no nos cuesta mucho esfuerzo aceptarlo. Incluso aunque nos sintamos culpables.
Mirándolos con atención, añadió:
—Pero cuando somos nosotros los que tenemos que darlo, la cosa cambia. Nos cuesta más y ponemos muchas dificultades.
Entonces, sacó la Biblia y comenzó a leer, despacio y con suavidad, el pasaje de Mt 18, 21-19, 1:
—En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Guardó un breve silencio y, mirándolos con ternura, siguió:
—Y les propuso esta parábola: Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
Hizo un alto, tomó un respiro y continuó:
—El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Observó que algunos asentían con la cabeza. Después de una breve pausa, Manuel siguió leyendo:
—Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Uno de los tertulianos lo interrumpió:
—Me parece que ese empleado ha actuado mal. El que había sido perdonado no se comportó así con su compañero.
—Y dices bien —respondió Manuel—. Pedimos perdón para nosotros, pero nos cuesta ofrecerlo cuando se trata de los demás. Sobre todo si son nuestros deudores.
Entonces, volvió a abrir la Biblia y continuó leyendo:
—Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?
Los miró fijamente y añadió:
—Así termina el evangelio: Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.
Cuando no somos capaces de perdonar, cuando seguimos atados al resentimiento, también perdemos la paz.
Se trata de no aferrarse a la herida, liberarnos de los grilletes del resentimiento y optar por la misericordia y la reconciliación. Perdonar no siempre es fácil, pero es el camino que nos ayuda a recuperar la paz.
Perdonar como somos perdonados por el Señor.