| Lc 8, 19-21 |
«¿Soy yo capaz de amar?», se preguntó Pedro.
Andaba inquieto y preocupado por la relación con su familia. No entendía lo que había sucedido, pero intuía que la cosa no iba bien.
Estando en estos menesteres, observó que llegaba a la terraza Manuel. Este, al ver el rostro preocupado de Pedro, dijo:
—Buenos días, querido amigo. Te noto algo impaciente, ¿te ocurre algo?
Pedro, molesto y confuso, no eludió la pregunta. Necesitaba desahogarse y trató de explicarse.
—Hay problemas en la familia. No nos entendemos y eso nos separa. No sé cómo arreglarlo, y eso me pone nervioso y me deja intranquilo.
Manuel, sentándose a su lado, le puso la mano en el hombro y le dijo:
—En todas las familias, bien por una causa o bien por otra, hay problemas.
Hizo una pausa, le miró profundamente y añadió:
—A veces, detrás de los conflictos familiares también aparecen el egoísmo, la codicia, el afán de enriquecerse a cualquier precio o las ganancias obtenidas mediante el engaño; son actitudes que siguen presentes en nuestro mundo…
Guardó un breve silencio y continuó:
—Y también se hacen presentes en las familias, generando desigualdades y enfrentamientos… No sé qué ocurre en la tuya, pero solo desde una visión fraterna podemos encontrar momentos de paz y de escucha.
Tomó la Biblia y en Lucas 8, 19-21, leyó:
—En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta Él. Entonces lo avisaron:
“Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte”.
Él respondió diciéndoles: “Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.
«Hacer realidad la propuesta de Jesús nos abre necesariamente al hermano, especialmente al más pequeño, débil y vulnerable.
La voluntad de Dios no se cumple solo con palabras piadosas ni con el cumplimiento de normas, sino cuidando la vida, dejándose tocar por el dolor del prójimo y saliendo de una fe individualista y ritualista.»
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