domingo, 1 de noviembre de 2026

BIENAVENTURADOS LOS QUE VIVEN EN EL AMOR

Mt 5, 1-12ª

Muchos son los que se afanan por conseguir fortuna, fama, poder y admiración. Piensan que la felicidad consiste en eso y a eso dedican toda su vida.

Hizo una breve pausa y continuó:

Pedro, que estaba atento, levantó la mano y dijo:

Manuel, mirándole con cariño, respondió:

Manuel le miró fijamente y con ternura añadió:

Entonces Pedro, algo extrañado, preguntó:

Manuel, pacientemente y con serenidad, abrió la Biblia y leyó:

Pedro y los demás comenzaron a comprender que Jesús les estaba mostrando un camino diferente. 

Solo el amor es capaz de sembrar la paz en el mundo. Porque no se trata de ser más, sino de darnos más con amor y misericordia. Es ahí donde está el núcleo de la verdadera felicidad.

La solemnidad de Todos los Santos puede llevarnos fácilmente a pensar en personas extraordinarias, casi inalcanzables, cuya vida parece muy distante de la nuestra.

Sin embargo, el Evangelio nos propone una mirada muy distinta. Jesús no presenta la santidad como un privilegio reservado a unos pocos, sino como una llamada universal que pasa por la vida cotidiana.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de quienes han descubierto que la verdadera felicidad no nace del poder, del éxito o del reconocimiento, sino del amor vivido con humildad, misericordia y entrega.

En ellas encontramos el camino de una santidad posible, cercana y profundamente humana, una invitación a dejarnos transformar por el Evangelio para que nuestra manera de vivir haga visible, aquí y ahora, el rostro de Dios.

Porque la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias para que los demás nos admiren, sino en vivir las cosas ordinarias con un amor extraordinario.