sábado, 24 de octubre de 2026

LA HIGUERA DE NUESTRA VIDA

Lc 13, 1-9

Alfredo era una de esas personas que vivían demasiado pendientes de sí mismas. Su vida parecía una higuera estéril, incapaz de dar fruto, porque apenas dejaba espacio para el bien que podía hacer a los demás.

Alguna vez hemos oído de personas que han vivido para sí mismas, saciadas y tranquilas, replegadas en su comodidad, incapaces de dirigir su mirada y su corazón a aquellos que están cerca de ellas en un estado de sufrimiento, pobreza y malestar.

Y también hemos oído a quienes han dicho que esa conducta de vida la tendrán que pagar algún día. Incluso algunos han llegado a pensar que Dios castiga a los que se portan mal.

Sin embargo, a esta actitud de egoísmo y esterilidad espiritual se contrapone el infinito amor misericordioso de nuestro Padre Dios, que se refleja en el evangelio de Lc 13, 1-9:

Jesús nos invita a convertirnos y a abandonar la idea de que el sufrimiento es un castigo de Dios. Las desgracias no son una medida de la culpabilidad de las personas. Lo que Jesús nos pide es que aprovechemos la vida para cambiar, amar y dar fruto.  

La conversión verdadera tiene que dar fruto: una confianza más profunda en Dios, una mirada más compasiva y una vida más dispuesta a amar, compartir y hacer el bien. No basta con desear cambiar; es necesario que ese cambio se note en nuestra manera de vivir.

Y para eso siempre hay tiempo. Dios siempre está dispuesto a esperar el fruto de la conversión. Nunca da a nadie por perdido. El dueño de la higuera llevaba tres años esperando el fruto, y va a esperar uno más, cuidando de la higuera, abonándola, cavando alrededor.