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| Lc 12, 39-43 |
Era un día apacible y Sebastián decidió dar un paseo. El aire fresco y puro llenaba de un aroma especial el recorrido.
Al cabo de un buen rato, decidió descansar al pasar por una terraza cuyo ambiente le causó buena impresión.
—Buenos días. La mañana es espléndida para saborearla acompañada de un buen café. ¿Puede servírmelo?
—Enseguida, señor —respondió Santiago—, que así se llamaba el camarero.
Volvió la mirada al escuchar una conversación que en ese momento se producía a unos metros de su mesa.
—Hay que estar preparados —decía Manuel—. Si nos descuidamos, podemos terminar dejando de lado aquello que de verdad importa.
—Es cierto —respondió Pedro—. Estar vigilantes es prestar atención a lo que vivimos, cuidar nuestras decisiones y no acostumbrarnos a pasar de largo ante el bien que podemos hacer.
—De acuerdo —respondió Manuel—, pero estar vigilantes no consiste solo en esperar al Señor, sino en ser fieles a lo que se nos ha confiado y vivir responsablemente mientras esperamos.
Abrió la Biblia por Lucas 12, 39-48 y leyó:
—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre» …
Al terminar de leer, Manuel, cerrando la Biblia, comentó:
—Jesús nos invita a estar preparados, pero no para vivir preocupados por cuándo llegará, sino para que nos encuentre viviendo con fidelidad, atentos a los demás y comprometidos con el bien.
Sebastián se había quedado en silencio. Le había llamado la atención aquella conversación e impresionado.
«¿Estoy viviendo de tal manera que pueda recibir con alegría al Señor cuando llegue?», pensó.
Todos los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Vivimos vigilantes cuando hacemos crecer lo mejor de nosotros mismos y aprendemos a reconocer y corregir aquello que puede llevarnos a hacer daño.
Nos situamos así en la línea de lo bueno y lo benevolente, de lo pacífico y lo pacificador, de lo santo y lo santificante.
La vigilancia no nace del temor, como a veces hemos llegado a interpretar, sino de la alegría de esperar la llegada del amigo: una alegría que puede ser tanto mayor cuanto menos esperada sea su visita.
