miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA CUESTIÓN: BUSCAR LA VERDAD

Lc 7, 31-35

En muchas ocasiones nos sentimos inclinados a acusar sin pararnos a reflexionar y a discernir en busca de la verdad.

Detrás de estas acusaciones se esconde su orgullo y soberbia: creer que ya sabemos lo que está bien y no necesitamos dejarnos interpelar. 

Y aparecen nuestros prejuicios: juzgar a las personas antes de acogerlas y conocerlas realmente.

Y, quizá sin pretenderlo, nos cerramos a la búsqueda de la verdad: interpretamos la realidad desde nuestras propias categorías y rechazamos aquello que la cuestiona.  

El amor verdadero exige salir de nuestras comodidades y, a veces, cambiar. Reaccionamos ante lo que vemos sin buscar qué hay detrás, sin discernir ni profundizar.

 Es más fácil poner excusas que dejarnos transformar. Ambas posturas pueden alejarnos de un amor auténtico. 

Cuando no queremos acoger una propuesta, siempre podemos encontrar un motivo para descartarla.

—Hay algo que siempre me ha preocupado, mi destino —dijo Pedro seriamente.

—¿A qué te refieres? —preguntó Manuel extrañado.

—A que sé que mi vida terminará en algún momento —respondió Pedro—, y siento miedo por saber qué pasará… A dónde voy o qué sucederá, me interpelan constantemente.

Manuel, sonriendo, dijo:

—Son preguntas que están en boca de todos. Es posible que muchos no nos las hagamos. Quizá por miedo o por otras razones, pero ese, queramos o no, es nuestro destino.

Hizo una pausa y añadió:

—Buscar respuestas es tarea de cada uno. Cada cual será responsable de su elección.

Todos permanecieron en silencio. Manuel, levantándose, abrió la Biblia y leyó:

—Del santo evangelio según san Lucas 7, 31-35: En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?

Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:
“Hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado”.

Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: Tiene un demonio; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.

Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».

El Señor nos invita a dar un giro, a abrirnos a la sorpresa que nos depara la vida, a celebrarla y a vivir de acuerdo con un criterio: el de la Buena Noticia.

El rigorismo moral pone el acento en la norma, el cumplimiento y el juicio. Puede llevar a pensar: “Esto está bien, esto está mal; yo cumplo, tú no cumples”. 

La persona corre el riesgo de quedar reducida a sus comportamientos. 

En cambio, el amor no elimina la exigencia, sino que cambia su raíz. No hago el bien simplemente porque una norma me obliga, sino porque he descubierto un bien que merece la pena y quiero responder libremente a él.

Por eso, amor y exigencia no son contrarios. El amor verdadero exige, pero no desde la imposición ni desde el miedo, sino desde la libertad, la responsabilidad, la entrega y el deseo del bien del otro.

Moniciones:

¿Estoy dispuesto a buscar sinceramente la verdad, incluso cuando me obliga a revisar mis ideas, mis comodidades o mi manera de juzgar a los demás?

¿Mi manera de vivir la fe nace de una libertad que ama o de un cumplimiento que juzga?