| Mt 18, 21-35 |
La experiencia me dice que perdonar no es fácil, pero también me deja muy claro que el rencor daña y pasa factura.
De tener que elegir, lo más inteligente es tratar de perdonar y reconciliarte. Siempre es conveniente dejar una puerta abierta porque nunca se sabe a dónde te va a llevar la vida.
Hay olvidos que no tienen que ver con la memoria, sino con el corazón. Olvidamos un nombre, una fecha, un rostro; pero también podemos olvidar algo mucho más decisivo: que estuvimos de rodillas, y que unas manos nos levantaron sin pedirnos nada a cambio.
Ese es el olvido que retrata el Evangelio de este domingo (Mt 18, 21-35), y es también el olvido en el que, con demasiada facilidad, podemos caer todos.
Pedro pregunta a Jesús cuántas veces hay que perdonar, buscando un límite razonable, una cifra que permita decir «hasta aquí».
Jesús no responde con un número, sino con una historia: la de un hombre que debía diez mil talentos, una fortuna imposible de devolver, y a quien el rey, sin negociar ni exigir garantías, se compadeció y dejó libre.
El drama no empieza ahí. Empieza unos versículos después, cuando ese mismo hombre, con las rodillas todavía calientes del suelo donde había suplicado, agarra por el cuello a un compañero que le debe una suma insignificante.
Las tres lecturas de este domingo repiten, desde ángulos distintos, una misma invitación: no olvides.
No olvides la alianza, dice el Eclesiástico.
No olvides a quién perteneces, dice Pablo.
Y el Evangelio añade: no olvides el corazón del Rey.
Perdonar no siempre es fácil. Necesita su ritmo, su tiempo y, muchas veces, un camino interior. Pero también necesitamos buscarlo, o al menos mantener abierta la puerta para que pueda suceder.
Porque quizá perdonar no consiste en olvidar lo que ocurrió, sino en no permitir que aquello que ocurrió tenga la última palabra sobre nuestro corazón.
La misericordia que hemos recibido es la que nos enseña a ofrecer misericordia. Y quizá la pregunta que hoy nos deja el Evangelio sea muy sencilla: ¿recordamos que también nosotros hemos necesitado que alguien nos perdonara?
MONICIONES:
¿Contamos las veces que perdonamos, poniendo un límite a nuestra misericordia, o dejamos que el perdón permanezca siempre disponible en nuestro corazón?
¿Hay heridas
que decimos haber perdonado, pero que seguimos guardando por dentro,
cerrándonos a la posibilidad de reconciliación?