| Jn 15, 9-11 |
Tengo de todo y, sin embargo, me falta lo más grande: la alegría de sentirme feliz.
Con esas palabras, Rogelio confirmaba que la felicidad no consiste en tener, sino en ser. No se trata de poseer todo lo que desees, sino de compartir lo que tienes con los demás.
Aquel día se sentía por primera vez verdaderamente feliz. Había sido capaz de compartir con aquellas personas que encontró en su camino lo que llevaba para pasar un buen día al aire libre.
—Ha sido usted muy amable, señor —le dijo uno de aquellos del grupo.
—Nada de eso —respondió Rogelio—, el afortunado he sido yo, por haber pasado un rato con ustedes.
—Sí, y nos alegramos de eso —dijo otro del grupo—, pero no es frecuente encontrar personas que compartan sus cosas con nosotros.
—Supongo que no saben lo que se pierden —respondió Rogelio—; la felicidad se esconde en el dar más que en el recibir.
Y así es, descubrimos lo que tanto buscamos cuando somos capaces de darnos y compartir.
De regreso a casa, Rogelio decidió pasar por la terraza de Santiago. Su semblante irradiaba alegría por todas partes.
—Buenas tardes, Rogelio —le saludó Manuel—, ¿de dónde vienes tan alegre?
—No lo sé… He pasado un rato con unas personas que me encontré en el camino y me siento muy bien. Me brota una alegría interior.
Manuel, que conocía a esas personas de las que hablaba Rogelio, se percató de lo que posiblemente había sucedido.
—¿Hablas de un grupo de personas que andan al borde del parque? —le preguntó Manuel.
—Sí, ¿las conoces?
—He pasado largos ratos con ellos también —respondió Manuel—, y tienes razón, se pasa muy bien.
Hizo un breve silencio, le miró y dijo:
—Sobre todo cuando te abres y compartes. Algo sucede en tu interior que te llenas de gozo.
Rogelio asintió con una encendida sonrisa y elevando sus hombros. Sí, estaba de acuerdo. El corazón salta de alegría.
Entonces Manuel, sacó la Biblia e indicándole que escuchara, leyó:
—Evangelio según San Juan, capítulo 15, versículos del 9 al 11: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Cuando terminó de leer, dirigió los ojos a Rogelio y añadió:
—Ese es el secreto: cuando amamos como nos ama el Señor, la verdadera alegría nos inunda. Y se nota.
Rogelio comprendía ahora de dónde podía venirle ese gran gozo y alegría.
Se trata de amar y ser amados, de compartir vida, de relacionarnos desde la gratuidad, sin reserva… Porque, si Jesús nos sueña de alguna manera, es ciertamente felices.
Nos invita a una existencia donde el amor y la alegría se entrelazan en una danza que nos lleva a dar y recibir vida en su máxima expresión.
Hoy el Señor nos recuerda que permanecer en su amor es la fuente de la verdadera alegría.