martes, 24 de marzo de 2026

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Jn 8, 21-30

No sabía qué decir ni qué pensar. Benjamín se debatía en esa disyuntiva entre la vida y la muerte. Sí, sabía que tenía que morir, pero… ¿Era posible volver a la vida?

En esa dicotomía pasaba largos ratos, hasta el punto de haber transmitido esa preocupación a quienes se relacionaban con él.

—Te noto muy obsesionado con esa idea —le dijo su buen amigo Manuel—, y eso, aunque conviene pensarlo y es necesario, no debe llegar a convertirse en una manía.

Lo miró a los ojos y, fijando en él su mirada, añadió:

—La muerte es algo natural, y debemos afrontarla en paz y con esperanza. Sobre todo quienes, como ustedes y yo, creemos que no es el final, sino el comienzo de una vida plena junto a nuestro Padre Dios.

Benjamín se quedó quieto, como una estatua. Parecía inmóvil; diría que estaba petrificado si no se notara su respiración.

Al cabo de unos segundos, como si despertara de un breve letargo, respondió:

—Creo que tienes razón, pero hay momentos en que me supera. Incluso siento miedo de no aprovechar este tiempo de vida para alcanzar la plenitud eterna.

Manuel abrió su Biblia —siempre la tenía a mano— y leyó el evangelio de Juan (8, 21-30):

—En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros». Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”? Y Él les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados…

Cuando terminó, dirigió una mirada serena a Benjamín y le explicó:

—Jesús es el enviado del Padre y cumple su voluntad. Cuando sea levantado en alto —en la cruz—, entonces comprenderán que Él es el Hijo de Dios hecho hombre.

El rostro de Benjamín había cambiado. Ahora reflejaba paz. Comprendía que su vida estaba en manos de Dios, Señor de la vida y de la muerte.