| Jn 10, 11-18 |
—¿Crees que hay personas capaces de darse incondicionalmente por los demás? —preguntó Pedro a Manuel.
—Por sí solas, creo que no —respondió Manuel—. La naturaleza humana tiende al egocentrismo y difícilmente escapa a esa inclinación…
Hizo una pausa, quedó pensativo y añadió:
—Es verdad que no todos somos iguales. Hay personas más desprendidas, más dispuestas a servir, pero…
Con cierta firmeza concluyó:
—Solo unidos a Aquel que ama sin condiciones y entrega su vida por todos, podemos llegar a darnos así a los demás.
Pedro, algo confuso, preguntó:
—¿De quién me hablas? ¿Quién es Aquel al que te refieres?
Frunciendo el ceño, añadió:
—¿Tiene ese poder para vencer nuestro egoísmo?
Manuel, que esperaba con paciencia esas preguntas, tomó su Biblia y buscó en el Evangelio de Juan 10,11-18.
—En este pasaje, Jesús nos dice que es el Buen Pastor, y que cada uno de nosotros es importante para Él, incluso cuando nos perdemos o dudamos de nuestro propio valor.
Le tocó el brazo para llamar su atención y, mirándolo con insistencia, añadió:
—Él no deja de llamarnos ni de buscarnos. Quiere que vivamos bajo su cuidado.
Hizo una breve pausa, lo miró fijamente a los ojos y concluyó:
—Eso es amor incondicional.
Podemos entregar nuestra vida cuando vivimos unidos al Padre, por medio del Hijo.
Es su gracia la que nos hace libres para amar y servir sin condiciones a los demás.