jueves, 2 de abril de 2026

GESTO SIMBÓLICO

Jn 13, 1-15

Sufría cada vez que intentaba dar un paso. Sus movimientos eran lentos y temblorosos. Juliana, que era su nombre, apenas podía moverse.

Por otro lado, su vieja casa estaba necesitada de muchas cosas. No tenía agua corriente ni luz. Había muchas carencias que le hacían penosa su vida.

Nada más amanecer, abría su ventanuco para que la casa se aireara y entrara algo de sol. Luego se sentaba a la entrada sobre algunas piedras para tomar algo de sol que la calentara.

Allí mitigaba sus penas y trataba de consolarse.

«Al menos tengo donde guarecerme y poder descansar», pensó.

Su despensa, por llamarla de alguna forma, estaba casi vacía. Un poco de pan, unas botellas de agua, dos huevos y algunos paquetes de legumbres.

Había algunos momentos en que sus mejillas se bañaban de lágrimas que utilizaba para limpiar su envejecido rostro.

Todo parecía repetirse. Le costaba mucho hacer ese recorrido, pero necesitaba llegar a la Beneficencia de Cáritas para conseguir algo de alimentos.

Y, resignada, empezaba a hacer el recorrido cuando sintió un toque en su hombro.

Al darse la vuelta, vio la figura de un hombre que le dijo:

—Buenos días, señora, ¿a dónde se dirige de esa forma?

Sorprendida por esa pregunta, y extrañada de que alguien se interesara por ella, respondió:

—Necesito comer y tengo que acercarme a la Beneficencia por alimentos.

—Pero así no puede usted ir —replicó Onésimo—. ¡Apenas puede moverse! ¿Y cómo traerá lo que den?

Sollozando y escondiendo su cara, dijo:

—¿Qué puedo hacer? No me queda otro remedio.

Onésimo, compadecido de aquella mujer y sin apenas titubear, tomó a la mujer por su brazo y la llevó de nuevo a su sitio.

Con gran respeto pero de manera firme, añadió:

—Usted quédese aquí y descanse. Yo iré por alimentos y se los traeré. No se preocupe.

La alegría de Onésimo era patente. Su corazón latía de gozo. Ahora tenía la ocasión de amar.

«Y lo haré todos los días», se dijo. «Además, miraré qué otras cosas necesita». Igual puedo arreglarle la casa un poco.

“Onésimo, sin saberlo, comenzó a lavar los pies de Juliana con su entrega.”

En el Evangelio de Juan (13, 1-15), Jesús nos enseña —con el gesto del lavatorio de los pies— diferentes formas de amar, a preocuparnos unos por otros y a preguntarnos cómo estamos amando.”

Jueves Santo, pan partido, acción de gracias, amor fraterno, la cena del Señor.

Quizás sobren las palabras y lo más adecuado sea contemplar y experimentar cómo tus manos se acercan a nuestros pies …

 Cómo los tomas con cuidado entre tus manos y viertes un poco de agua templada, sentir el escalofrío que produce el tacto de tus dedos sobre los tobillos …

El cuidado con que poco a poco nos lavas, es decir, nos amas…

Nos deja un gesto simbólico que evoca servicio, donación y entrega. Comunión y comunicación, cuidado y atención…

Y una invitación: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? También ustedes deben lavarse los pies unos a otros.

Les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan con los otros.