La tertulia estaba muy animada hasta el extremo de llamar la atención de todos los que se acercaban.
La participación era intensa y el diálogo, fluido y atractivo.
—No entiendo cómo se puede predicar una cosa y hacer otra —defendía Hermelindo con vehemencia—. Eso tiene un nombre: hipocresía.
Pedro, en un tono más desenfadado, dijo:
—Lo que hagas con tu vida será lo que verdaderamente transmitas…
Hizo un breve silencio y concluyó:
—Porque las palabras, si no van de acuerdo con tus obras, quedan vacías y no llegan al corazón.
El ambiente estaba encendido y los aplausos sonaban con facilidad cuando la intervención de algún tertuliano era notable y sintonizaba con el sentir general.
En ese momento, Manuel, que dirimía también en la tertulia, dijo:
—Todo se reduce a amar. Porque el amor tiene que ver con dar y darse, con vida compartida y con sincronía entre palabra y vida.
Sonaron aplausos y Manuel, levantándose y alzando los brazos, agregó:
—En el capítulo 15 de Juan, del 12 al 17, Jesús nos lo dice con claridad: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado…
Al terminar de leer, mirando para todos, dijo:
—Es evidente que, si actuamos de esta manera, nuestras relaciones son sinceras, verdaderas y destierran la hipocresía y el engaño…
Permaneció unos segundos en silencio y, al final, dijo:
—Porque las palabras convencen… pero la vida es la que habla al corazón.
Sonó un estruendo de aplausos. Todos los tertulianos se levantaron y aplaudían a rabiar.
Estaba claro: donde hay amor, brotan verdad, justicia y paz.