| Mc 7, 31-37 |
Había mucha información, pero paradójicamente poca comunicación. Las noticias corrían muy deprisa y llegaban a todas partes; sin embargo, la gente no se escuchaba ni participaba entre sí.
Un mundo lleno de ruido y primicias, pero también de silencios provocados por una algarabía que no deja a las personas mirar más allá de lo inmediato. En este contexto, el hombre, contaminado por los afanes del mundo, queda interiormente sordo y mudo y, en consecuencia, desconectado de la trascendencia de su propio destino.
Hoy era un día de mucho trajín en la terraza. Estaba casi llena y el trabajo era intenso y sin tregua. Había visitas de turistas y la animación era enorme.
—Hoy es uno de esos días —dijo Pedro— en los que no hay tiempo ni para tomar conciencia de quién eres. La tarea no te deja pensar ni darte cuenta de que existes.
Manuel, que escuchaba a Pedro, tomó la palabra y conectó con el pensamiento de Pedro. Evidentemente, el alboroto rompía toda posibilidad de silencio y comunicación.
—Coincido contigo, Pedro —añadió Manuel—. El ruido exterior ahoga el interior del hombre y lo aparta de la verdadera relación con su propio destino.
Entonces, dándose cuenta de que algunos de los que llenaban a rebozar la terraza le escuchaban, aprovechó para darle sentido a aquella reflexión que había iniciado Pedro.
—El hombre, distraído por el estallido del mundo en que vive, queda sordo y mudo por dentro. Pierde el sentido de su trascendencia e impide su conexión con Dios.
Mirando alrededor y observando que le escuchaban muchos, dijo:
—Necesitamos, tal y como leemos en Mc 7.31-37, que Jesús abra nuestros oídos y destrabe nuestras lenguas para que recuperemos nuestra relación con nuestro Padre Dios.
Leyó en alta voz todo el pasaje evangélico y, tras finalizar, concluyó:
—Dios se ha hecho “hombre” para que el hombre pueda escuchar la voz de Dios, la voz de Amor que abra su corazón, y así aprenda a hablar a su vez el lenguaje del amor, traduciéndolo en gestos de generosidad y de donación de sí.
Al terminar, se produjo un aplauso espontáneo. Muchos habían comprendido que necesitaban silencio interior para abrirse a la voz de ese Dios que ha venido a ofrecernos la felicidad eterna que todos buscamos.