Lo que nos pide
Jesús, el Señor, no es nada que Él no haya hecho antes. Su testimonio de vida
es testimonio – valga la redundancia – de verdad. Él ha guardado el mandato de
su Padre hasta el extremo de entregar, libre y voluntariamente, su Vida por
amor y obediencia a su Padre. Y lo mismo nos pide ahora a nosotros: «Como el
Padre me amó, yo también los amo a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan
mis mandamientos, permanecen en mi amor, como yo he guardado los mandamientos
de mi Padre, y permanezco en su amor.
Confiesa su amor
por nosotros de la misma manera que su Padre le ama al guardar Él el mandato de
su Padre. Y se hace Señor y ejemplo para cada uno de nosotros. Es nuestra
referencia y modelo para, tratando de esforzarnos en imitarle, guardar sus
mandatos y permanecer en Él. Así de esa manera también permaneceremos en el
Padre.
Experimentamos que
somos espejos de nosotros mismos. Si nos miramos en un espejo nos vemos
reflejados y, quizás sin darnos cuenta, miramos por nosotros mismo. Es evidente
que la faz de nuestros hermanos no se hace visible. Incluso desaparece, pero, interiorizada
nuestra vista podemos apreciar que están en lo más profundo de nosotros mismos.
Podemos atrevernos a descubrirlos y romper nuestro propio e invisible narcisismo
que se nos esconde a nosotros mismos, pero está.
Sin embargo, descubrir que solo no podemos es el primer paso por dar. Necesitamos al Paráclito que el Padre nos envía para, abriéndonos a Él, darlo. Se trata de irnos olvidando de nosotros para ver al otro y ponerlo en nuestra presencia tomándolo en cuenta. Es entonces cuando descubrimos que nuestra misión es amar como Jesús nos ama. Y esa medida experimentamos también nuestro amor, a través de Jesús, al Padre. Es cuestión de empezar el camino, ¡no te parece?