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viernes, 28 de marzo de 2025

EL PRIMERO, MOTIVA AL SEGUNDO. El SEGUNDO, EXPRESA EL PRIMERO.

Es evidente que, los dos primeros y fundamentales mandamientos, se corresponden. El uno, porque, amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu mente y con todo tu ser, es lo lógico y natural. Dios es nuestro salvador y Señor. Y el segundo, al prójimo, porque, en él expresamos ese amor a Dios, al que no vemos y lo proyectamos en el prójimo.

¿Cómo demostrarle ese amor, que decimos de palabra, al Señor? Dios ha querido que lo expresemos en el prójimo. Sobre todo, a ese prójimo débil, necesitado y, quizás, carente de muchas cosas, no sólo materiales sino también espirituales. De modo que serás sincero y verdadero cuando ese amor que quieres manifestar a Dios, lo manifiestes en el prójimo. Incluso, con los prójimos enemigos o que no piensan como tú.

Está muy claro. Dios nos lo ha dejado sin lugar a duda:  el Amor que dices y que manifiestas profesarle a Él, exprésalo y demuéstralo amando al prójimo. De ahí que ambos mandamientos, primero y segundo van muy unidos.

lunes, 19 de agosto de 2024

SÓLO EL CONTACTO CON JESÚS NOS LIBERA DEL SIMPLE CUMPLIMIENTO.

No sólo es el cumplir, sino el amor misericordioso que sólo podemos recibir al estar en contacto con Jesús y recibir su Cuerpo y Sangre como alimento espiritual que nos fortalece, nos da paz y sabiduría para amar como Él nos ama. La vida es un libro de sabiduría, pero sólo sabremos leerla si caminamos unidos a Cristo Jesús.

El hecho de cumplir está muy bien, pero por sí solo no nos basta para darle verdadero sentido al amor. Partimos de que somos pecadores y el cumplimiento de los mandamientos nos acerca mucho al Señor. Pero, sólo en Él podemos encontrar el don de la gratuidad y la misericordia.

Verdaderamente estamos llamados a ser libres. Y es esa libertad la que nos ayudará a superar toda ley y todo precepto desde un amor incondicional y gratuito. Se trata de no permanecer atado al poder y tener para ser, sino desde el ser, injertado en el Espíritu Santo, hacer y obrar en entera libertad. Es entonces cuando el despojo de lo que se tiene importa poco, porque el valor de descubrir que estamos en el Señor llena toda nuestras esperanzas de vida.

No nos salva ni libera el cumplimiento. Eso sí, nos hace mejores, pero continuamos atado al tener y poseer. Sólo nos libera el Señor, que nos da la capacidad de amar gratuitamente poniendo todo lo que somos y tenemos a su servicio. Fue ese el problema de aquel joven rico que, siendo bueno, prefirió seguir atado a sus riquezas antes que liberarse poniendo en el centro de su corazón al Señor.

Vivir para el Señor significa tener la prioridad en tu vida de hacer la Voluntad del Padre según la Palabra de nuestro Señor Jesús. Una Palabra que precisamente cumple esa Voluntad del Padre: Amarnos con misericordia infinita. Amén.

martes, 14 de mayo de 2024

GUARDAR MIS MANDAMIENTOS COMO YO LOS HE GUARDADO CON MI PADRE.

Lo que nos pide Jesús, el Señor, no es nada que Él no haya hecho antes. Su testimonio de vida es testimonio – valga la redundancia – de verdad. Él ha guardado el mandato de su Padre hasta el extremo de entregar, libre y voluntariamente, su Vida por amor y obediencia a su Padre. Y lo mismo nos pide ahora a nosotros: «Como el Padre me amó, yo también los amo a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecen en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

Confiesa su amor por nosotros de la misma manera que su Padre le ama al guardar Él el mandato de su Padre. Y se hace Señor y ejemplo para cada uno de nosotros. Es nuestra referencia y modelo para, tratando de esforzarnos en imitarle, guardar sus mandatos y permanecer en Él. Así de esa manera también permaneceremos en el Padre.

Experimentamos que somos espejos de nosotros mismos. Si nos miramos en un espejo nos vemos reflejados y, quizás sin darnos cuenta, miramos por nosotros mismo. Es evidente que la faz de nuestros hermanos no se hace visible. Incluso desaparece, pero, interiorizada nuestra vista podemos apreciar que están en lo más profundo de nosotros mismos. Podemos atrevernos a descubrirlos y romper nuestro propio e invisible narcisismo que se nos esconde a nosotros mismos, pero está.

Sin embargo, descubrir que solo no podemos es el primer paso por dar. Necesitamos al Paráclito que el Padre nos envía para, abriéndonos a Él, darlo. Se trata de irnos olvidando de nosotros para ver al otro y ponerlo en nuestra presencia tomándolo en cuenta. Es entonces cuando descubrimos que nuestra misión es amar como Jesús nos ama. Y esa medida experimentamos también nuestro amor, a través de Jesús, al Padre. Es cuestión de empezar el camino, ¡no te parece?

viernes, 14 de mayo de 2021

UN CAMINO MUY BIEN RESUMIDO Y SEÑALADO

 

Jesús nos traza el camino a seguir. Nos hace, digamos, un resumen de lo fundamental y necesario para seguirle, advirtiéndonos, primero, que permanezcamos en Él como Él permanece en el Amor del Padre. Tal y como el Padre le ha amado, así - nos dice - nos ha amado Él. Por tanto, nos invita a permanecer en su Amor. Y la pregunta que surge espontánea e inmediata es: ¿Y cómo permanecemos en Él?

La respuesta viene enseguida. Jesús nos aclara el camino: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Y todos sabemos, lo tenemos incluso impreso en nuestro corazón, los mandamientos que nos manda el Señor. Todos se contienen en uno: Amor. Uno, que se extiende también al prójimo. Amar a Dios, primero, pero casi unido al segundo, que se refiere al prójimo. Porque, de no amar al prójimo, mientes si dices que amas a Dios. Por lo tanto, están ligados el uno con el otro.

Y ese amor, continúa Jesús, no es un amor etéreo, intangible e invisible, sino un amor que se concreta y se manifiesta en el día a día de tus relaciones con los demás, con aquellos que entran directamente o indirectamente en tu vida. Porque, ¿si no manifiestas tu amor con ellos, que están a tu lado, como puedes manifestarlo con Dios al que no ves?

Y termina Jesús diciendo que la elección la hace Él. No somos nosotros quienes le hemos elegido, sino que ha sido y es el Señor quien nos crea y nos elige. Claro, nos da libertad para responder o no. Luego, de ti depende que abras tu corazón y le pidas al Padre lo que realmente necesitas para responderle y seguirle. Jesús te dice que todo lo que pidas al Padre en su nombre se te concederá. Y, por último nos recuerda que lo que quiere de todos nosotros es que nos amemos los unos a los otros.

lunes, 21 de agosto de 2017

NO SE TRATA DE UNAS NORMAS Y BASTA


Mt 19,16-2
Normalmente, cuando se trata de alcanzar algo se establecen unas normas o condiciones, que de no cumplirlas, difícilmente se podrá alcanzar. Así, los deportistas se proponen un plan para cumplirlo y alcanzar la plena forma. Otros, se ejercitan en el esfuerzo de estudios, sacrificios o trabajos para alcanzar ese ideal que se han trazado, pero no ocurre así con la meta de la Vida Eterna.

Porque, el cumplimiento de los diez mandamientos no son unas normas, ni tampoco un mínimo que hay que cumplir y ya está. Se trata de unas actitudes y camino de perfección. Nunca podremos considerar que hemos llegado al pleno cumplimiento. Siempre hay más. Más entrega, más servicio, más caridad y, sobre todo, más amor. Así nos ama Jesús, y así, en esa actitud debemos amar nosotros.

Religión no son prácticas, normas, oraciones, novenas, misas, trabajo y cumplimientos. Religión es vida. Vida vivida en la verdad, justicia y amor. Vida según el estilo de Jesús. No es, por tanto, una doctrina, ni una idea, ni una ideología, ni prácticas o normas. Religión es el estilo de Vida de nuestro Señor Jesús, y seguirlo en ese mismo estilo es lo que nos hace verdaderos cristianos y seguidores. 

Es verdad que todo lo demás se hace muy necesario. Porque, sin oración, sin Eucaristías, sin prácticas y esfuerzo perseverante y constante, difícilmente podemos seguir al Señor. Pero, la esencia de nuestro ser cristiano y de nuestra fe es vivir en Él. Por lo tanto, posiblemente muchos nos podemos identificar con ese joven rico, que confunde los mandamientos con un mero cumplimiento y un mínimo que él ya da por cumplido.

Jesús le exhorta a dejarlo todo y a poner el énfasis de nuestra vida en Él. Ponerlo en el primer plano de nuestra vida y tratar de esforzarnos cada día por ser mejores y parecidos a Él.

jueves, 18 de mayo de 2017

HACER LO QUE JESÚS NOS ENSEÑA E IMITARLE

 (Jn 15,9-11)
Él es nuestra Referencia, nuestro Camino, Verdad y Vida. No tenemos sino que permanecer en Él e imitarle. Y eso está dentro de nuestras posibilidades. De las posibilidades de todos los hombres y en la medida de nuestras capacidades y talentos. Se nos ha dada libertad y capacidad para discernir y, unidos, sirviéndonos los unos a los otros, podemos, injertados en Él y permaneciendo en su Palabra, corresponder libremente a ese Amor Inmenso e Infinito que el Padre nos tiene.

Jesús, el Hijo de Dios, nos ama también inmensamente como nos ama el Padre: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado».

El Evangelio de hoy es muy breve y conciso, pero muy profundo y claro. Recibimos un Amor del Hijo tal y como el Padre ama al Hijo. Y todo consiste en guardar sus mandamientos. Y en ese esfuerzo de guardarlos estaremos permaneciendo en el Señor. Porque, somos débiles y frágiles a caer y defraudar al Señor. Y, por tanto, a alejarnos. El peligro es el diablo, que nos tienta y nos debilita, seduciéndonos con las cosas del mundo.

Pero, el Señor no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas y, siempre, nos deja la puerta abierta para que nos levantemos y regresemos, como el hijo pródigo, a la Casa del Padre. Para y por eso nos ha dejado el Sacramento de la Penitencia, para levantarnos y, humildemente, arrepentidos de todos nuestros fallos y pecados, emprender el camino hacia el Señor y permanecer unido a Él.

jueves, 4 de junio de 2015

TÚ, SEÑOR, ERES LO PRIMERO

(Mc 12,28-34)


Sin lugar a dudas que el Señor, nuestro Dios Padre, es lo primero. Él es el único Señor, y a Él debemos amar con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y todo nuestro ser. Porque sin su amor poco seremos y no podremos amar al prójimo, nuestro segundo mandamiento. Ambos son los primeros y mayores mandamientos y en los que están contenidos todos los demás.

Sería absurdo amar a Dios y olvidarse del prójimo. Y también lo contrario, amar al prójimo sin tener en cuenta a Dios. El uno, el primero sobre el amor a Dios es imprescindible para cumplir el segundo. Y sin el segundo es imposible demostrarle a Dios que le amamos. Porque el amor a Dios consiste en demostrárselo en el prójimo. Es decir, la única manera de decirle a Dios que le queremos es amando al prójimo. Y ahora nos emerge una nueva pregunta: ¿Cómo amar al prójimo? Porque hay prójimos que nos resulta imposible amarlos. Esa es la cuestión, que tengo que decirle a Dios que le amo, pero la única forma de besar el rostro del Señor es besando el del prójimo.

Jesús es la Referencia. Él es el modelo en el que tenemos que medirnos y fijarnos. Hay que intimar con Él para saber sus secretos de amar. Y no sólo intimar, sino dejarse llevar por su Palabra y sus consejos. Él nos ha dejado un compañero experto, sin error y perfecto en el arte de guiarnos y darnos las oportunas enseñanzas y tácticas para amar: El Espíritu Santo. En Él podemos encontrar todo lo necesario para imitar a Jesús y alcanzar la capacidad de amar como Él.

Asistidos en Él encontraremos respuestas a cada situación que la vida nos depara. Al mismo tiempo nacerá una amistad íntima de colaboración donde nosotros aportamos nuestra libertad y obediencia, y Él, el Espíritu, nos ilumina, nos infunde luz, sabiduría, valor, entendimiento y capacidad para discernir el camino que tenemos que tomar a cada instante. Claro, esto supone íntimo contacto en la oración, en ir en íntima colaboración durante todo el tiempo de nuestro camino.

Y, sobre todo, en una frecuente comunión Eucarística con el Cuerpo y la Sangre de Jesús: Nuestra fortaleza y nuestro alimento.

viernes, 8 de mayo de 2015

¿ENTIENDO QUE ES AMAR COMO JESÚS ME HA AMADO?

(Jn 15,12-17)


Nos parece que entendemos esa frase de: Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. No parece complicado entenderla, pero tiene mucha miga y profundidad. 

Y esto lo podemos comprender si hacemos un poco de memoria y recordamos las veces que hemos oído decir: "Esto yo no lo puedo perdonar", o, "esto no tiene perdón". Quizás estamos de acuerdo que hay cosas que no se pueden perdonar, y eso significa y nos descubre que no hemos comprendido todavía como nos ama Jesús. Y de no entenderlo, no podemos amarnos como Él nos ama.

El problema es que no podemos entenderlo, porque un amor inmerecido no cabe en nuestra cabeza. Eso le ocurrió al hermano mayor, no pudo entender como el Padre podía perdonar a su hijo después de no hacerle caso y dilapidar toda su fortuna en herencia. ¿Es qué el hijo vino porque se arrepentía? No entramos a juzgar esos sentimientos porque no podemos, pero si es verdad que no le quedaba otra opción si quería dormir bajo techo y comer. 

Eso sí, podemos decir que vino por intereses y conveniencia, no sólo por arrepentimiento. ¡Y mi padre le perdona! Se pregunta el hijo mayor. Y también se lo preguntaron los fariseos de aquel tiempo, y lo hacen también los de hoy. Y también nosotros, fariseos, gentiles o ateos. No entendemos como se puede perdonar a quienes no merecen perdón. El Amor de Dios es un escándalo, porque no lo merecemos. ¡Qué maravilla! En ese sentido deberíamos siempre estar agradecidos y asombrados de tanta Misericordia y tanto Misterio. Porque debemos ser algo muy importante para el Señor.

Pero, hoy, Jesús nos dice que igual que Él, nosotros también debemos perdonar. Un perdón sin condiciones; un perdón inmerecido; un perdón que aunque nos lo pidan por conveniencia y aparente arrepentimiento, estemos dispuestos a dar. Un perdón por verdadero amor, tal y como Jesús nos perdona a nosotros. Este es el reto. ¿Estamos dispuestos a perdonar?

No nos queda otro camino sino el del perdón. Pero es un camino en el que tenemos que ir acompañado, porque sólo no podemos recorrerlo. Necesitamos primero dejarnos Amar por Jesús, para luego, por su Gracia, poder amar de la misma forma nosotros. En Él podemos. Nos lo dice también hoy en su Palabra: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.

Es el gran misterio de nuestra vida: ¿Cómo nos perdona el Señor sin merecernos en nada ese perdón? El Amor del Señor es una locura que nunca entenderemos, y que se extiende a todos: fariseos, publicanos, judíos, gentiles, creyentes, ateos, pecadores... etc.

Pidamos al Señor luz y un corazón sencillo y pequeño para que, como los niños, podamos descubrir la necesidad de dejarnos amar por el Señor.

lunes, 19 de mayo de 2014

EL CAMINO SE DEMUESTRA ANDANDO

(Jn 14,21-26)


No es cuestión de presencia ni de apariencias sino de realidades. Y la realidad se hace vivencia a través de tus propias obras. El amor es cosa de cada día y se traduce en tus actos ordinarios hechos con naturalidad y cargados de amor. La santidad se esconde en lo ordinario de cada instante vivido como extraordinario en la presencia del Señor.

Son los Mandamientos vividos en tu vida lo que descubre y pregona tu seria confesión de amor al Señor. No vale para nada la palabra si ésta no es acompañada de las obras de forma coherente y responsable. El Señor no deja lugar a dudas: «El que tiene mis Mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él».

No estamos solos, pues nos ha sido enviado por el Padre y en nombre de Jesús, el Paráclito, el Espíritu Santo, que nos enseñará y recordará todo lo que Jesús nos ha enseñado. Estamos muy bien acompañados para no perdernos y para poder guardar los Mandamientos del Señor.

Por lo tanto, nada se puede ocultar porque las obras te descubren y delatan. Tu fe y tu amor podrás confesarlo, pero sólo serán verdad si ocupan el primer lugar dentro de tu corazón. Pidamos al Señor la fuerza de que nuestras obras sean reflejo de nuestra fe y amor. Amén.

miércoles, 14 de mayo de 2014

DISPUESTO A TU LLAMADA SEÑOR A PESAR DE MIS MISERIAS

(Jn 15,9-17)


A veces me pregunto si mis palabras son huecas y falsas, porque me parece que mi vida está muy por debajo de lo que digo, hablo y escribo. Me da miedo no estar a la altura de lo que el Señor me pide, y cada vez experimento un santo temor a no responder con mis oraciones y obras a lo que mi corazón desea y quiere a pesar de su humanidad pecadora y sometida.

Quiero ser tu amigo, Señor, y hacer lo que me mandas. Esa buena intención es la que mantiene mi vida y la que llena mi corazón de esperanza. Pero, también, me produce gran inquietud y temor de quedarme anclado en la rutina y costumbre y no crezca en conversión y obras. Porque mi respuesta se concreta en mi vida y en mis obras, y si no es así falsas serán mis palabras.

Me da miedo Señor que me hayas elegido y no te responda. Me da miedo de que me rinda a la pereza o a la comodidad y no escuche tus mandatos y no viva en tu mandamientos. Sé que tengo que esforzarme, pero te pido que me des el estimulo y las fuerzas para superarme y vencerme.

Y te tomo por la Palabra, Señor, para pedir en tu nombre que me des un corazón como el tuyo con el que pueda servirte en los hermanos amándolos como Tú me mandas a amarlos.

lunes, 29 de abril de 2013

CONOCER PARA AMAR

(Jn 14,21-26)

No hay ninguna duda que para amar hay que conocer. Eso supone diálogo y presencia para abrir la vía del conocimiento mutuo. Hay tres condiciones básicas para que el diálogo se produzca: 1º Abertura - 2º sinceridad y 3º comprensión. Si falta alguna de ellas, el diálogo sale adulterado y el conocimiento no se percibe ni se adquiere plenamente en lo que cabe y puede.

Y digo esto, porque en esta vida nunca llegaremos a la plenitud del conocimiento ni de otras cosas. Esta vida es un camino de perfección, y en ello necesitamos el amor para perdonarnos nuestras deficiencias, errores y limitaciones. Siempre con la buena y sana actitud de corregirnos, pero también con el esfuerzo de sabernos perdonados.

Conocer a Jesús es conocer al Padre. Y ese conocimiento nos lleva a conocer sus Mandamientos. Conocidos podemos guardarlos, y quien los guarda, realmente le ama. Y quien ama a Jesús, ama también al Padre. Y ese amor nos comprometerá en el amor a los demás hombres, sobre todo a los enemigos.

Pero esto no lo podremos hacer solo. Empeñarse en amar, amar en todos los aspectos es cosa muy difícil, imposible para nosotros solos. Necesitamos el auxilio del Espíritu Santo, porque se trata de morir a nuestro egoísmo, a nuestras apetencias, a nuestros caprichos y egos personales, y solo con la asistencia del Espíritu Santo podremos llegar a la madurez plena del amor.